¿Es la Sexualidad Infantil un Tema Tabú en Nuestra Sociedad?


Imagen extraída de www.crianzaautorregulada.com

Se ha evidenciado que la etapa por excelencia donde prototípicamente la población espera la eclosión de la sexualidad es la adolescencia. Fuera de ésta (y de la vida adulta) conlleva un mayor esfuerzo imaginarse cómo se desarrolla la vida sexual de los seres humanos, surge el tabú: no se habla de ello, no se sabe cómo educar o reaccionar al respecto, alarma en los casos más extremos… ¿eso significaría que no existe/no hay sexualidad antes ni después? La respuesta es un rotundo NO: la sexualidad es una capacidad humana innata, biológicamente preprogramada que se va desarrollando y sufriendo cambios (ni ganancias ni pérdidas) a lo largo del ciclo vital completo, es decir, desde que nacemos hasta que morimos. O lo que es lo mismo: existe sexualidad en la infancia, juventud, adultez y tercera y cuarta edad.

En el post de hoy nos encargaremos de dar a conocer datos verídicos y pautas sobre cómo abordar la sexualidad en la que posiblemente sea la etapa vital donde más tabú es en gran parte de los hogares: la infancia.

Los progenitores esperan “la revolución sexual” aunada al cóctel hormonal de la adolescencia y no es descabellado que aparezca la sorpresa cuando mezclamos en la misma frase infancia, sexualidad y genitales, sobre todo si son conductas que desconciertan y se anticipa que no se sabrá reaccionar adecuadamente ante ellas.

Unas píldoras psicoeducativas sobre la sexualidad en la infancia

Primero de todo, el objetivo prioritario de este blog será desmitificar la sexualidad infantil teniendo información asequible y veraz al respecto.

Para ello una máxima a tener en cuenta será la diferenciación entre el disfrute de sensaciones placenteras que aparece en la infancia versus el sentido erótico que tiene la sexualidad tal y como la viven los adultos. Será importante salir de esa posición subjetiva y adultocéntrica para conocer la sexualidad de la manera en que la experimentan los peques.

Ya cuando nacen toda su anatomía fisiológica está definida. Los genitales y pecho principalmente se consideran zonas erógenas por la infinidad de terminaciones nerviosas que existen en ellas; son zonas donde se hace evidente la importancia del tacto, ya que erógeno no significa otra cosa que que causa excitación, que aporta sensaciones agradables, que da “gustirrinín”.

Es entre los 0 y 3 años cuando se descubre la capacidad de aportar placer de esas zonas corporales y, por tanto, la consecuencia previsible será que aparezcan conductas de autoestimulación: tocarse, balancearse en una silla, frotarse con una almohada/cojín o incluso cuando llevan pañal tirarse de culo repetidamente por el golpecito amortiguado que sienten. La experiencia infantil fruto de ello será sentir (de sensaciones, no de sentimientos) algo parecido a relajación, agradabilidad, o incluso algunos niños lo definen como “cosquillas”. Es decir, empiezan a poder discernir entre situaciones agradables y desagradables (y ese fenómeno no sólo provendrá del ámbito de la sexualidad, sino que hay muchas más fuentes generadoras de dichas sensaciones al mismo nivel: jugar, la compañía de personas que les quieren, estar con el chupete si usan, etc).

Junto a lo anterior, otro dato que explica las conductas de autoestimulación es la aparición del final de la etapa sensoriomotora (a los 2 años aproximadamente), caracterizada por la realización de experimentos conductuales. La curiosidad, la exploración, el observarlo todo y descrubirlo son los ingredientes clave de la infancia; mediante ellos los niños aprenden a repetir aquellas situaciones que les reportan un resultado favorable, como serían en este caso los tocamientos y las sensaciones agradables que éstos provocan.

Asimismo, en esta franja de edad también aparece el descubrimiento del propio cuerpo. Coincidiendo con la retirada del pañal (frente al camuflaje de los genitales con éste) los peques de repente encuentran que hay algo “ahí abajo”, además, algo que no conocían y que si tocan les resulta agradable. Suelen verse normalizados con mayor frecuencia los tocamientos de los niños, justificándose en parte porque se entiende también que el pene está “más a mano” y la vulva más escondida; sin embargo, no olvidemos que esa visión está tácitamente basada en roles y prejuicios socialmente aprendidos (las silenciadas sexualidad y masturbación femenina), mientras que los datos demuestran que el objetivo o finalidad, la naturaleza y las sensaciones experimentadas son las mismas sean genitales masculinos o femeninos, es decir, lo haga un niño o una niña.

Por contra, como en la variabilidad está la clave, otros niños puede que hagan el mismo caso a los genitales que a cualquier otra parte del cuerpo, sin diferenciación alguna por suponer mayor placer.

Cuando alcanzan los 3 años, y hasta los 6 años aproximadamente, aparece el interés por el cuerpo de otros. Los pequeños empezarán a identificar que existen diferencias entre la fisionomía de los distintos sexos. Unido a la curiosidad y deseo de saber (también popularizada como “etapa del por qué”) es común que realicen muchas preguntas que a veces pueden suponer un “¡tierra trágame!” para los padres. Tal y como sugiere la experta en sexología Arancha Gómez en su sección para el blog de Malasmadres, la herramienta fundamental en esas situaciones será primero de todo esclarecer los objetivos que se tienen a la hora de educar sexualmente, de más generales a más específicos; desde Cenit Psicólogos le añadimos el ir resolviendo esas dudas adaptando la información y el lenguaje a la edad evolutiva del niño, además de el principio fundamental de nunca mentirles.

Se establece el cuerpo como fuente de placer por lo que la masturbación es una conducta natural (también la presencia de pequeñas erecciones), siendo incluso previsibles otras conductas fruto de la imitación de lo que observan a su alrededor (adultos, animales, medios de comunicación,…).

¿Cómo deberían reaccionar los padres ante hijos que se tocan o masturban?

Más allá de tener la información adecuada, las siguientes pautas también serán de gran ayuda a esos progenitores que no saben cómo actuar ante la sorprendente realidad de que sus pequeños también tienen capacidad de disfrute sexual (adaptada a su edad evolutiva):

  • No demonizar los tocamientos con teorías conservadoras propias de ciertas religiones (“si te tocas irás al infierno”).
  • No dar falsas explicaciones fatalistas (¡y nada reales!) sobre cuáles podrían ser las consecuencias de seguir llevando a cabo dichas conductas. Por ejemplo, “si te tocas se te va a caer la cola”.
  • Reconducir dichas conductas a contextos adecuados o socialmente adaptados: dado que las “normas sociales” (por la capacidad de comprensión que exigen) son difíciles de interiorizar a tan corta edad habrá que expresarles de manera sencilla, sin alarmismos y para que ellos puedan entenderlo bien, que son comportamientos íntimos y que para ello lo ideal es que puedan hacerlo en su cuarto, en el baño, en casa, etc no en el cole, en el parque o cuando hay visitas en casa.

Como interiorizar conceptos del tipo pudor o intimidad podría hacerse cuesta arriba (sobre todo mientras más pequeño sea el menor) un modo de ir introduciendo dicha norma social podría ser intentar enseñarles la diferenciación entre contextos “públicos” y “privados”.

  • No castigar, de lo contrario los peques aprenderán que esas zonas del cuerpo y/o comportamientos son prohibidos o  disgustan a sus padres, por lo que puede que le cojan miedo y no lo vuelvan a repetir (resultado que iría en contra de que el menor se conozca y acepte como es para que en futuras etapas pueda disfrutar de manera satisfactoria del erotismo, es decir, iría en detrimento de un adecuado desarrollo psicosexual) o… que directamente lo repitan pero cuando no estén los progenitores delante, es decir, se escondan.
  • Perseguir tasas bajas si nos preocupa que la frecuencia (elevada) pueda provocar daños en sus genitales, ya sea a nivel cutáneo o por infecciones (si tienen las manitas sucias y así, para lo que además se necesitará el desarrollo de unas medidas de higiene determinadas).
  • Identificar si un repunte de su frecuencia se puede estar debiendo a otras causas: estresores de la vida diaria, problemas emocionales, hipersexualización aprendida mediante observación del entorno, etc.
  • Conocer el desarrollo evolutivo de su sexualidad y poder detectar comportamientos no propios del estadío en el que se encuentran; posiblemente puedan deberse a lo mencionado en el punto anterior, o en el peor de los casos a estar vivenciando situaciones directas o indirectas de tocamientos y/o abuso sexual por parte de adultos u otros menores.
  • Dotar por ello de una educación sexual adaptada a la edad evolutiva (y lenguaje) del niño o niña como modo de prevención primaria de abusos sexuales: será muy importante que durante la infancia aprendan a reconocer las conductas de abuso y violencia (y las emociones derivadas de ello, como serían la vergüenza, la culpa, el dolor…) para que si alguien a lo largo de su vida quebranta su integridad física o emocional o invade su intimidad sepan y puedan identificarlo a tiempo, poner límites y evitar la situación de peligro acudiendo a cuidadores/progenitores o alguna otra persona de confianza.

Asimismo, dicha psicoeducación será la base afectivo-sexual sobre la que se irán asentando las fases futuras de su desarrollo y relaciones interpersonales, por lo que como las demás capacidades humanas necesitará del desarrollo paso a paso y a lo largo del tiempo teniendo como base del aprendizaje madurativo el afecto y respeto por parte de las figuras de apego/educativas.

  • Y por último, para que la mencionada educación sexual sea de calidad como progenitores habrá que intentar no proyectar miedos, inseguridades o ideas preconcebidas propios sobre el sexo al menor. La base más-menos segura sobre la que se asiente su sexualidad influirá en cómo éste viva o experimente su vida sexual en un futuro.

En definitiva, ¡encontrar a los pequeños “con las manos en la masa” es tan natural como la vida misma!. Está claro  que no deben ser conductas juzgadas como negativas entonces, a los pequeños también les apetece recibir estimulación placentera. Y es aquí donde me gustaría destacar una frase anecdótica del que fue uno de mis mejores profesores en la Universidad de Salamanca, Félix López, experto en sexualidad e infancia: “Cuando lo repiten tres veces ya no es casualidad, lo hacen porque les gusta”.

Lo diferenciador será la reacción que como adultos tengamos ante tal sorpresa, abogando siempre por la normalización con permisibilidad y la educación de calidad desde el contexto del hogar. No obstante, puede haber casos en los que se crea que no se tienen los recursos suficientes para afrontarlo como padres/madres o que la frecuencia, modo o circunstancialidad de las conductas de autoestimulación de los pequeños preocupen… en ese caso lo aconsejable será acudir a los profesionales oportunos al caso para que puedan dotar de las herramientas adecuadas para afrontar lo novedoso e “impactante” de la situación.

Fuentes: López, F. (2005). La educación sexual de los hijos. Madrid: Pirámide., Ortiz, M. J., Sánchez, F. L., Rebollo, M. J. F., & Etxebarria, I. (2014). Desarrollo afectivo y social. Ediciones Pirámide., www.clubdemalasmadres.com , www.caib.es

Escrito por: Maite Nieto Parejo

Cuando criar desgasta: ¿Qué es el «burnout» parental?

Cuando escuchamos hablar de burnout, o síndrome de estar quemado, generalmente lo asociamos al ámbito laboral, y lo cierto que es en este contexto donde se comenzó a usar el término al observar una serie de reacciones similares en trabajadores bajo condiciones adversas en el trabajo.

Sin embargo, recientemente se han realizado investigaciones que sugieren que en el contexto de la crianza de un hijo se pueden dar estas mismas condiciones y por lo tanto en ocasiones se puede dar un acusado burnout en madres y padres durante el proceso de crianza, con el estrés diario que ésta puede producir.

El burnout parental tiene tres características principales.

1. Agotamiento físico y emocional.
2. Distanciamiento emocional del hijo.
3. Sentimiento de incompetencia en el rol de padre o madre.

En ocasiones es difícil distinguir entre el burnout parental y la depresión postparto, ya que ambos tienen esas sensaciones de fatiga y falta de energía en común, pero es importante destacar el factor temporal. En el burnout parental, estas sensaciones aparecen más tarde, sobre el año o más del hijo. Además, cuando se trata de burnout, el desánimo se relaciona más directamente con el niño o con el rol de padre o madre y las tareas relacionadas y no aparece en otros contextos de la vida de la madre o el padre.

Hay situaciones en las que puedes reconocer que lo estás experimentando, como por ejemplo:

– Te sientes más irritable de lo habitual y tu tolerancia a la frustración es menor.
– Estás agotada.
– No eres capaz de recordar la última vez que hiciste algo no relacionado con tus hijos.
– Piensas que tu hijo está haciendo algo con el propósito de molestarte (cuando no es capaz).
– Desearías tener más tiempo para ti.
– No recuerdas bien quién eres como persona individual.
– Si tienes un momento para ti, no sabes muy bien qué hacer con ese tiempo.
– Te sientes obligada a decir que estás feliz el 100% de las veces.
– Te sientes culpable por tener estos sentimientos.

foto extraída de news.yahoo.com
foto extraída de news.yahoo.com

Esto es preocupante ya que se ha observado que este tipo de burnout puede producir consecuencias graves tanto en los padres y madres como en el hijo, aumentando la negligencia parental, el daño y los pensamientos de escape.

La investigadora principal, Moira Mikolajczak, explica cómo se produce este estrés parental. “En el contexto cultural actual, hay mucha presión sobre los padres, pero ser un padre o madre perfecto es imposible, y tratar de alcanzar este objetivo puede llevarnos al agotamiento. Nuestras investigaciones sugieren que lo que sea que cada padre haga para recargar las pilas y evitar este agotamiento es bueno para los hijos también.”

En el contexto clínico es habitual encontrarse con buenos padres y madres que terminan por agotarse y en un momento dado dejan de hacer lo mejor para sus hijos debido a esto. Esta autora y su equipo investigaron a 2068 padres y madres que realizaron una encuesta sobre burnout y comportamientos durante la crianza. Además, ya que se trata de un tema suficientemente sensible, se incluyeron ítems en la encuesta que medían cuanta deseabilidad social tenía el participante. Encontraron que efectivamente, cuanto más agotamiento aparecía por la necesidad de hacerlo excesivamente bien, más ideación de escape, más violencia y negligencia parental aparecían.

Teniendo en cuenta que se estima que un 14% de los padres y madres (muy especialmente ellas) desarrollarán este tipo de síndrome de burnout parental, observando las consecuencias que acarrea, así como las características que lo definen, es importante que vigilemos si nosotras o alguien de nuestro alrededor está cerca de desarrollarlo, ya que es importante, tanto para la madre o padre como para el niño, que se aprenda a recargar esas pilas y combatir este burnout.

Fuentes:

Psychcentral.com, the mindfulmom.com.

Hubert, S., & Aujoulat, I. (2018). Parental Burnout: When Exhausted Mothers Open Up. Frontiers in psychology, 9, 1021. doi:10.3389/fpsyg.2018.01021

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

TAREA DE VERANO: (SABER) ABURRIRSE

Imagen extraída de www.cadenaser.com
Imagen extraída de www.cadenaser.com

Llegan las vacaciones estivales y con ellas el gran dilema ¿qué hacemos con tanto tiempo libre? o incluso peor ¿dónde ubicar a los niños para que no se aburran con tantas vacaciones por delante?

Después de la sobreestimulación escolar colocamos el rasero a un nivel semejante, y los niños han de estar ocupados, aprovechando el tiempo. Pero, ¿y si te dijéramos que tal vez sea conveniente que en lugar de coparles la agenda optéis por favorecer la existencia de tiempo libre? La no participación de los padres en ocuparles el tiempo vacacional propiciará que los niños lleguen a aburrirse y desde ese estado de inactivación empiecen a explorar nuevas actividades a las que dedicarse y con ello aparezca el aprendizaje de gestionar u ocupar el tiempo por sí mismos, sin la guía de los adultos. Explícitamente supondrá irles transfiriendo autonomía, y de forma latente les transmitimos que confiamos en su criterio y apoyamos sus gustos e intereses individuales.

El aburrimiento en el siglo XXI está demonizado

Sí, como lo oyes. En general, hoy en día existe una baja tolerancia a aburrirse. En cuanto aparece un período de tiempo de escasa actividad (o de baja estimulación de nuestro sistema nervioso) decimos que nos estamos aburriendo, y de manera casi automática echamos mano a nuestro teléfono móvil o cualquier otro aparato tecnológico; inmediatamente emerge una estimulación externa normalmente bastante activadora que nos distrae. Con los niños podríamos decir que facilitamos que ocurra exactamente lo mismo: móviles, tablets, videoconsolas, etc derriban inmediatamente al temido monstruo del aburrimiento.

A su vez, la tolerancia y costumbre a dicho nivel de estimulación que ofrecen las nuevas tecnologías ha desencadenado que nuestro umbral para llegar a aburrirnos sea actualmente mucho más bajo, lo cual suele vivenciarse como algo desagradable y a evitar rápidamente.

¿Por qué es importante aburrise?

El quedarse momentáneamente en ese aburrimiento propiciaría que tanto niños como adultos nos centráramos en nuestro mundo interior: que demos rienda suelta a la creatividad, la imaginación e incluso a la fantasía.

Asimismo, favorece el estado de motivación idóneo para empezar a hacer cosas (las que quiera que se elijan). Si estamos todo el rato ocupados nunca aparecerá ese aliciente de buscar nuevas tareas a las que dedicarnos, y por tanto esa autosuficiencia de organizar el propio tiempo.

Colateralmente alimenta la capacidad tolerar de frustración, es decir, sobre todos los más pequeños aprenderán que no siempre el entorno les ofrecerá estímulos apetentes y distractores; sino que habrá períodos de menor activación, los cuales, además de necesarios para el descanso de su sistema nervioso, lo serán para que ellos mismos propicien actividades a las que dedicarse.

Todo ello sin olvidar la relevancia de las necesidades biológicas de nuestro cerebro. Pese a que solemos poner el foco en el requisito de estar atentos y/o concentrados (o en los problemas derivados de la falta de atención) se nos olvida otra necesidad bien importante: la desconexión, que permitirá que nuestro cerebro descanse, se oxigene y esté preparado para aquellos momentos en los que sea oportuno centrarse en una tarea de rendimiento. Hacer caso omiso de ello propiciará que nuestro cerebro no se conecte nunca cuando debe, es decir, que en lugar de no hacer nada de vez en cuando esté siempre agotado, de vacaciones, sobrecargado y desconcentrado.

El aburrimiento no es en sí algo negativo, sino que como adultos (y más en la faceta de padres) habrá que ser modelo para poder resignificarlo e inculcar que no es tiempo perdido (o lo que es más, que perder el tiempo es tan necesario como hacer cosas productivas).

Perder el tiempo ha sido una construcción social transmitida como potencialmente negativa, propia de vagos e incompatible con la cultura del esfuerzo, la competitividad, el triunfo (y por ende, de la felicidad): nada más lejos de la realidad. Y es que las mentes más brillantes seguramente dedicaron mucho tiempo a “estar aburridos” hasta que finalmente dieron con algo realmente novedoso. En situaciones de inactivación o improductividad, en los que nuestro cerebro está descansando (o descansado), es cuando será más factible producir algo innovador, ya que no está trabajando en “cualquier cosa”.

O como apunta el psicólogo clínico Juan Cruz, “Si no, ¿qué hacía Newton cuando formuló la Ley de la Gravedad? ¿Acaso no estaba contemplando absorto la naturaleza?”, o lo que es lo mismo… ¡estaba mirando las musarañas!.

Consejos (para niños y adultos) para reconciliarse con el aburrimiento

Has de saber que tan importante es el tiempo productivo como los períodos de “improductividad”, y esto también se aplica a adultos. Tiempo en el que no se hace nada, o al menos nada “productivo”, que también es hacer algo, aunque diferente al patrón de conducta esperado socialmente (tareas de una lista, cosas de provecho o con una finalidad concreta de producir, trabajo, deberes, obligaciones…). Por el contrario, todas aquellas tareas vacías de un contenido más allá del disfrute del descanso serán aconsejables y necesarias, sobre todo después del final del curso escolar (¡o de la jornada laboral!, ya que antes mencionamos que era una tarea pendiente sobre todo en los adultos).

Está claro que quizás no es fácil pasar de 0 a 100 inmediatamente, es decir, que cuesta desconectar y transladarse de la cultura del rendimiento a dedicarnos a “hacer nada”. Afortunadamente es una capacidad que se puede aprender y entrenar.

Las siguientes pautas pueden servirte para ello:

  • Haz una lista con aquellos deseos, retos o experimentos (cuando se refiere a niños siempre acordes a su edad evolutiva y si es necesario, supervisados por un adulto) que siempre hemos tenido en mente pero nunca hemos llevado a cabo. El objetivo será volver a ella y escoger cualquiera de esos items cuando tenemos tiempo libre, o mejor aún, buscando y propiciando el tiempo libre. Leer un bestseller al que le echaste el ojo hace tiempo, colorear (que no es solo tarea de los más pequeños de la casa), tumbarte a escuchar tu música favorita, cocinar un pastel todos juntos o mirar directamente a las musarañas pueden ser algunas de las posibles alternativas, ¡aunque hay miles, personalízalas!
  • Elige un momento en el día (y unos días en el año) en los que hacer nada. Centrados en el momento presente, es decir, sólo y exclusivamente en esa “tarea pasiva”, y no dedicando al mismo tiempo parte de nuestros recursos atencionales  a obligaciones o “tener que” que nos exijan producir. Ese momento extrapolado a los infantes supondrá no tenerlos entretenidos con todo tipo de juguetes y nuevas tecnologías, sino dejarlos por libre; eso facilitará que “no tengan nada que hacer” y ellos mismos propicien el a qué dedicarse en ese momento: hará que investiguen y generen experiencias derivadas de su mundo interior teniendo como elemento común la creatividad.
  • Deja a un lado la competitividad, la vida por y para el trabajo y los prejuicios sociales de ser “personas vagas”. Por contra, te animamos a poner el foco en otras parcelas de tu vida: ocio, aficiones, talentos no fomentados, descanso físico, dar rienda suelta a tu imaginación y mundo interior, etc. Cosas productivas (y mucho, aunque desde otra perspectiva a la que estamos acostumbrados) para la persona más importante en tu vida: Tú.
  • Reserva un espacio (tu espacio) en el que puedas estar solo, tranquilo, en el que nadie interrumpa ese momento que has decidido dedicar a hacer cosas con las que desconectar del acelerado ritmo diario.
  • Y además recuerda: el verano es un momento de flexibilidad. Fomenta que en cierta medida las normas y los horarios de todo el curso se puedan variar ligeramente (siempre sabiendo poner límites), con respecto a los pequeños haya un descanso de deberes, un espacio donde la familia comparta tiempo libre, etc. Descansan los niños sí, pero principalmente ayuda a que descansen los padres.

Así que este verano (y todo el año)… ¡que se aburran los niños! ¡y los adultos!

Escrito por: Maite Nieto Parejo

Fuentes: http://montessoridemetepec.edu.mx , www.lavanguardia.com

El umbral de las palabras: cómo hablar con tus hijos estimula su inteligencia

Extraída de www.todaysparent.com
Extraída de www.todaysparent.com

En la década de los 90 se publicó un importante estudio en EE UU en el que se afirmaba una conclusión cuanto menos controvertida: los niños provenientes de núcleos socio económicos bajos tenían un desarrollo del lenguaje con más deficiencias debido a un “nivel de palabras deficitario”; es decir, en sus casas, los niños de estos estratos socioeconómicos estaban expuestos no solo una menor complejidad del vocabulario emitido por parte de sus padres, sino un menor número total de palabras (unas 1500 palabras menos por hora, un total de 32 millones de palabras menos a la edad de 4 años). Con todo, el estudio recibió múltiples críticas relacionadas con su replicabilidad y su validez, desde que la muestra era muy pequeña (menos de un centenar de familias), la metodología de investigación era demasiado invasiva (los investigadores acudían a las casas de las personas investigadas para observar el número de palabras emitidas, con lo que en muchos contextos podían reducirse las palabras utilizadas por la poca familiarización de tener a un tercero observando las interacciones en casa) o bien las connotaciones raciales del estudio. Todo ello, aún así, ayudó a una importante reflexión a nivel estatal y relacionada con las políticas educativas, necesarias para atajar posibles desigualdades socioeconómicas. Muchas voces argumentaron que los resultados bien podría corregirse con inversión educativa en mejoras de currículo y contenidos en las escuelas, correlacionando la mejora en enseñanza de conocimiento educativo y vocabulario general antes de los 6 años con una posible mejora en este “umbral de palabras”.

De cualquier manera, y por la importancia intrínseca que tendrían unos resultados como los descritos en el estudio, son muchos los estudios a lo largo de los años que han buscado esclarecer la relación entre el lenguaje emitido a los niños con su nivel de desarrollo, dando como resultado el estudio de observación longitudinal más longevo en el entorno familiar, ésta vez con más de cien familias británicas, argumentando como efectivamente el número de palabras correlaciona con sus destrezas cognitivas, aunque sin especificar claramente por qué, y controlando el nivel de penetración en el entorno doméstico para evitar un efecto reactivo en las familias y unos resultados distorsionados.

De esta manera, el equipo de investigadores liderado por Katrina D`Apice, de la Universidad de York, equiparon a 107 familias con dispositivos portátiles que registraron todo el idioma hablado por ellos (por los niños y sus padres)  en tres días. Los registros, de unas 15 horas diarias de lenguaje, se aplicó un software para determinar cuántas palabras pronunciaron los adultos en familia. Para comprobar el nivel cognitivo de los niños, los niños completaron toda una serie de pruebas cognitivas.

Los resultados fueron prometedores. En niveles promedio, se observó que los adultos hablaban un total de 17,800 palabras al día, con una variabilidad considerable. En general, el equipo encontró una relación importante entre el recuento de palabras de los padres con las habilidades cognitivas del niño. Los padres que utilizaban más palabras tendían a mejorar en las pruebas cognitivas, y la riqueza del vocabulario era también mayor cuanto mayor era la riqueza léxica de los padres. “Los hallazgos demuestran y enfatizan la importancia de las experiencias tempranas, especialmente en la utilización del lenguaje, como experiencias dinámicas que cambian y evolucionan con el tiempo, en determinantes ambientales estáticos” y con clara repercusión en nuestra cognición.

Los resultados tienen una naturaleza correlacional; es decir, no se puede separar la causa y el efecto y por tanto la causa no está del todo clara. Entre las posibles explicaciones, está que una mayor exposición al lenguaje fomenta un mayor desarrollo de la inteligencia. O al revés, que notar que tus hijos son más despiertos fomenta mayor estimulación lingüística por parte de los padres. O incluso explicaciones genéticas: como factores genéticos compartidos influyen tanto en el lenguaje de los niños como en las habilidades cognitivas de los niños. Queda ver si los resultados pueden generalizarse. La mayor parte de la muestra pertenecía a familias de padres casados, con nivel socioeconómico medio alto y con título universitario.

De cualquier manera, los resultados pueden resultar un precedente tanto para el uso de grabación discretos y software de procesamiento automático (y así tener resultados lo más ecológicos posibles) como en la importancia de la implicación parental en la educación de sus hijos y lo fundamental que resulta que las políticas educativas aporten y dediquen una importancia capital al nivel de vocabulario y cultura precoz en los niños, sin importar el estrato social.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuente: Research Digest (The British Psicological Society)

24 signos de una Persona Altamente Sensible

Las personas altamente sensibles se definen por unas respuestas más agudas a los estímulos ambientales, ya sean físicas, cognitivas o emocionales. Estas respuestas agudizadas pueden ser ante estímulos externos (sociales o ambientales) o bien internos (intrapersonales). Además, una persona altamente sensible puede ser más extrovertida o introvertida, estos rasgos no se relacionan necesariamente. ¿Conoces a alguna persona que podría parecerte altamente sensible? ¿Puede que tú lo seas?

extraída de www.splitshire.com
extraída de www.splitshire.com

Este rasgo tiene tanto ventajas como inconvenientes y hay muchas características en ser una persona altamente sensible que se pueden considerar como positivos; como por ejemplo una gran empatía e intuición, habilidad para escuchar, y mucha capacidad para comprender las necesidades de los demás. Sin embargo, ya que muchas de las características que pueden indicar que una persona es altamente sensible pueden afectarles negativamente, aquí nos centraremos en 24 señales de esta alta sensibilidad, siendo negativas para estas personas. La mayoría de nosotros podríamos sentir estas señales, y en muchas ocasiones tiene más que ver con la frecuencia o la intensidad, por lo que las personas altamente sensibles lo sienten “más profundo” o “en mucha cantidad”.

Para que se pueda comprender mejor la forma en que se presentan estas señales, las dividiremos en tres categorías; sensibilidad hacia uno mismo, sensibilidad hacia los otros y sensibilidad hacia el ambiente.

Categoría uno: Sensibilidad hacia uno mismo

1. Dificultad para dejar ir pensamientos y emociones negativas.
2. Aparición frecuente de síntomas físicos (como dolor de cabeza u otros) ante algo negativo que haya ocurrido durante el día.
3. A menudo, algo negativo que haya ocurrido durante el día, afecta a los hábitos de sueño o alimentación, ya sea comiendo o durmiendo mucho o demasiado poco.
4. Experimentación habitual de ansiedad o tensión.
5. Tendencia a “machacarse” cuando no se cumplen las propias expectativas.
6. Miedo al fracaso, incluso en situaciones relativamente menores.
7. Comparación frecuente con otros, y además generalmente esta comparación se acompaña de sentimientos displacenteros resultado de una comparación social negativa.
8. Sentimiento de ira o resentimiento sobre situaciones de la vida o de la sociedad que parezcan injustas o incluso simplemente molestas.

Categoría dos: Sensibilidad hacia los otros

9. Pensar o preocuparse a menudo por lo que los otros están pensando.
10. Tendencia a tomarse las cosas a lo personal.
11. Dificultad para dejar ir una situación social desagradable, aunque sea pequeña.
12. Facilidad para sentirse herido.
13. Ocultación frecuente de sentimientos negativos, por la creencia de que son demasiado fuertes, vergonzantes o turbulentos para compartirlos con otros.
14. A menudo, discusión de las emociones negativas de otros, ya que se considera una gran cantidad de drama en la propia vida.
15. Dificultad para aceptar la crítica, aunque sea dada de forma razonable y constructiva.
16. Sentimiento frecuente de que otros le juzgan, aún sin evidencias de ello.
17. Reacción excesiva a provocaciones ya sean reales o muy ligeras.
18. A menudo, sentimiento de extrañeza al estar en un grupo, al tiempo que el sentimiento de no poder ser uno mismo.
19. Sentimiento de autoconciencia en situaciones íntimas. Preocupación excesiva por la aprobación del compañero en estas situaciones. Miedo a ser rechazado, incluso sin pruebas razonables para ello.

Categoría tres: Sensibilidad ante el ambiente

20. Sentimiento de incomodidad en las multitudes, en una habitación llena de gente hablando o cuando están ocurriendo muchas cosas a la vez.
21. Sentimiento de desagrado ante la exposición a luces intensas, ruidos fuertes o aromas intensos.
22. Facilidad de sobresaltarse ante un ruido fuerte, con el tráfico rápido o con otras sorpresas desagradables.
23. Sentimiento de decepción o tristeza viendo o leyendo noticias negativas en los medios. Disgusto ante los programas intensamente violentos o de miedo.
24. A menudo, infelicidad ante las publicaciones de gente a la que siguen en redes.

Este rasgo, como dijimos antes, tiene en ocasiones aspectos también positivos, aunque tiende a generar gran sufrimiento. Es importante, por tanto, lograr un adecuado conocimiento del mismo, del mismo modo que saber cómo manejar las situaciones que pueden afectar a las personas altamente sensibles. ¿Te has sentido identificado con estos rasgos? ¿Quieres saber si eres una persona altamente sensible? Aquí puedes hacer el test

Fuente: Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

El juego libre como herramienta para el desarrollo cognitivo-social

Extraída de www.mimamadedia.com
Extraída de www.mimamadedia.com

“El juego es el instrumento que tienen los niños para interpretar la realidad, para entender cómo funciona la vida y para explicarlo todo, y si se pauta, codifica y vigila mucho, si les decimos qué han de hacer en cada momento, se les quitan herramientas para que luego puedan inventar respuestas con sus propios recursos a las situaciones vitales que se le presenten”, explica José Ramón Ubieto, profesor de Psicología de la UOC (Universitat Oberta de Catalunya).

El juego ha sido reconocido por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos como un derecho de todos los niños debido a la importancia que se le atribuye en el desarrollo infantil. Más específicamente se habla del tiempo de juego libre y no estructurado, esencial para el bienestar cognitivo, físico, social y emocional de los niños y jóvenes.

¿CUÁLES SON LOS BENEFICIOS DEL JUEGO LIBRE?

Se necesita jugar para un desarrollo cerebral saludable. El 75% del cerebro se desarrolla después de que nace un bebé, en los años entre el nacimiento y los primeros 20 años. El juego infantil estimula el establecimiento de nuevas conexiones entre células nerviosas cerebrales; esto es lo que ayuda al niño a desarrollar habilidades motoras gruesas (caminar, correr, saltar, coordinación) y habilidades motoras finas (escritura, manipulación de herramientas pequeñas, trabajo detallado de las manos). Jugar durante la adolescencia y en la edad adulta ayuda al cerebro a desarrollar aún más dicha conectividad, especialmente en el lóbulo frontal, que es el centro para planificar y tomar buenas decisiones.

El juego de simulación estimula la imaginación y creatividad. Los estudios han demostrado que los niños que son animados a usar su imaginación son más creativos en su vida adulta. Y es que la creatividad no se limita a la expresión artística, también ayuda a las personas a encontrar formas innovadoras en la solución de problemas cotidianos.

Es la capacidad de «hacer creer» lo que puede llevar la mente de las personas a lugares donde nadie ha ido antes.

El juego desarrolla la función ejecutiva del cerebro. Con función ejecutiva nos referimos a las habilidades mentales que nos permiten administrar el tiempo y la atención, planificar y organizar, recordar detalles y decidir qué es y qué no es apropiado decir y hacer en una situación determinada . También participa en el aprendizaje del dominio de nuestras emociones y a usar experiencias pasadas para entender qué hacer en el presente y/o futuro. La función ejecutiva es fundamental para el desarrollo del autocontrol y la autodisciplina. Los niños que tienen una función ejecutiva bien desarrollada se desempeñan bien en la escuela, mantienen relaciones sociales sanas y toman buenas decisiones. En resumen, el juego le aporta al lóbulo frontal del cerebro, el centro de la función ejecutiva, el entrenamiento necesario para su desarrollo.

El juego desarrolla la «teoría de la mente» de un niño. La «Teoría de la mente» es la capacidad de “caminar en los zapatos de otro”, es decir, poder ponerse en la situación del prójimo. Mediante el juego libre los niños aprenden a descubrir qué pensarán y harán los diferentes personajes, es decir, requiere comprender los pensamientos y sentimientos de los compañeros de juego. Una teoría de la mente bien desarrollada aumenta la tolerancia y la empatía por los demás así como su capacidad para trabajar bien en equipo.

MENOS JUEGO LIBRE, MÁS DEPRESIÓN Y ANSIEDAD INFANTIL

Cuando los adultos no dejan explorar el entorno, brindan todas las ideas para el tiempo libre y establecen las reglas del juego, los niños  se ven privados de aprender importantes habilidades sociales con los iguales y de experimentar la satisfacción por el propio logro. Después de todo, si un niño quiere que otras personas jueguen con ellos tiene que aprender a aceptar las ideas de otros y cooperar con un objetivo grupal, lo que servirá de entrenamiento para alcanzar un pensamiento más flexible y una autorregulación emocional adecuada.

Cada vez son más los psicólogos, pediatras y pedagogos que manifiestan que el exceso de sobrecontrol en el juego por parte de los adultos tiene relación causal con el aumento de patologías psicológicas como la depresión y la ansiedad en la población infantojuvenil de las últimas décadas. Y es que cuando gestionamos cuándo, dónde y con quién han de compartir su ocio se les resta confianza; el niño se siente más inseguro, con menor capacidad de autogestión, resultando finalmente en una merma de autoestima. En resumen, todos ellos factores de riesgo para sufrir depresión.

Frente a una sobreprotección paterna es recomendable que los progenitores opten por proporcionar una guía suave sobre el comportamiento positivo y la resolución de problemas, si es necesario, a medida que se desarrolla el juego de simulación.

¿QUÉ PODEMOS HACER LOS ADULTOS PARA PROPICIAR EL DESARROLLO DE DICHAS HABILIDADES COGNITIVO-SOCIALES?

Fomenta el juego libre: sí, definitivamente es importante proporcionar a los niños experiencias que les enseñan nuevas habilidades y cómo trabajar en equipo. También para paliar el declive de las horas de juego que está teniendo lugar en los últimos tiempos. Todo ello sin que la experiencia de juego sea tan reglada externamente, es decir, sin la omnipresencia de los adultos.

Juega con tus hijos: dedicarle tiempo en el día a día a jugar con ellos mejora las relaciones familiares, promueve la comunicación y la cooperación. Así mismo dejar que ellos dirijan ese tiempo lúdico te ayudará a conocer mucho acerca de “su mundo”.

Promueve, en la medida de lo posible, salir del ámbito urbano: elige parques infantiles y zonas donde se pueda disfrutar de la naturaleza para que el niño explore, sea creativo a la hora de incorporar en el juego los recursos que tiene a mano y sea independiente para valorar de lo que es capaz. También así se le brinda la posibilidad de aburrirse o frustrarse, factores igualmente necesarios para el desarrollo saludable del niño.

Piensa antes de comprar: el juego libre “sale gratis”. El exceso de juguetes aniquila la capacidad de improvisación de los niños a la hora de transformar los objetos cotidianos en materiales de juego, y con ello su potencial creativo.

Escrito por: Maite Nieto

FUENTES: lavanguardia.com , PsychCentral.

El estrés agudo infantil aumenta la vulnerabilidad a la enfermedad

Los traumas o el estrés temprano en la vida pueden alterar el desarrollo normal. Estas deficiencias debilitan todos los aspectos del crecimiento físico, psicológico y social. De manera alarmante, el estrés temprano en la vida puede aumentar la vulnerabilidad del niño a la enfermedad a lo largo de toda su vida. La historia está repleta de eventos horribles cuyos protagonistas son niños. Estos eventos desafortunados han permitido a los investigadores cuantificar el aumento en la prevalencia de la enfermedad en esta población.

Recientemente, hemos visto en las noticias como la administración Trump puso en marcha una «política de tolerancia cero». Como resultado de estas políticas, niños indocumentados se  enfrentan a condiciones terribles, como la separación de sus padres y el abuso en todos los niveles. Las consecuencias son que muchos de estos niños experimentan ataques de pánico, se hacen pis en la cama, ansiedad y otros problemas esperables. Lamentablemente, muchos de estos niños no se reunirán con sus padres.

Foto extraída de t13.cl
Foto extraída de t13.cl

La separación de un padre es una daño serio al desarrollo normal. El feto permanece físicamente unido a su madre a través del cordón umbilical. Si se corta el cordón umbilical, el embrión no puede obtener su nutrición y muere. A medida que el niño-a gana habilidades y sale al mundo, el apego físico se transforma en uno psicológico. De la misma manera, si se compromete el cordón psicológico, el alma del niño puede verse privada de una nutrición psicológica esencial. Por ejemplo, si un niño pierde a un padre, su riesgo de padecer depresión mayor a lo largo de su vida aumenta en un 50 por ciento.

La separación del entorno seguro a una edad temprana le enseña al niño una lección emocional inolvidable: «este mundo no puede ser confiable», «las cosas malas seguirán sucediéndote y tú estás abocado sin remedio a la soledad y desesperanza».

La privación materna es el peor castigo que cualquier niño puede tener. En estudios donde los monos rhesus pequeños fueron separados de sus madres, crecieron con un nivel elevado de las hormonas del estrés (de acuerdo con la ética de investigación practicada en los Estados Unidos, no se pueden hacer tales experimentos en seres humanos y el investigador debe pasar por un proceso extenso para justificar experimentos de separación materna en animales).

Se han informado resultados similares en niños que han sufrido abuso o separados de sus familias: tienen hormonas de estrés elevadas. Eso no es todo. La corteza frontal que permite la toma de decisiones, la regulación de las emociones y desactiva la impulsividad, se reduce.

Esta elevación en las hormonas del estrés está lejos de ser benigna. El término «enanismo de estrés»/ «enanismo psicológico» señala cómo puede ser el estrés letal durante estos años impresionables. Los niños que sufren de enanismo psicológico no alcanzan la altura media para su grupo de edad y la edad mental va a la zaga de su edad cronológica. En otras palabras, estos niños traumatizados o privados de la madre dejan de crecer mental y físicamente.

¿Por qué el estrés severo en la niñez estanca el crecimiento?

El hipotálamo controla la liberación de la hormona del crecimiento. Lo hace al equilibrar cuidadosamente la liberación de dos hormonas: una excitatoria y una inhibitoria. Bajo estrés, el hipotálamo se inclina hacia la inhibitoria, por lo que el niño no crece. En niños con enanismo de estrés, las hormonas de estrés circulantes excesivas (cortisol) disminuyen la liberación de la hormona del crecimiento y la respuesta del cuerpo a ella.

Estos niños también tienen problemas gastrointestinales. Su sistema digestivo no absorbe los nutrientes de sus intestinos. Esto también conduce a numerosos problemas de crecimiento. También tienen un riesgo mayor de por vida de Síndrome del Intestino Irritable (SII).

Las consecuencias del estrés infantil para las vulnerabilidades durante la edad adulta son numerosas: desde anormalidades cerebrales hasta el desarrollo de una enfermedad. El ACE (Experiencias infantiles adversas) recoge el número de experiencias adversas de la infancia y correlaciona el puntaje con varios riesgos. Una puntuación ACE más alto aumenta el riesgo de diabetes, condiciones cardiovasculares, asma, depresión, ansiedad y suicidio. ¡Esta puntuación está relacionado con siete de las diez principales causas de muerte! Socialmente, la puntuación se relaciona con el aumento de antecedentes penales, el embarazo adolescente y más días de enfermedad en el trabajo.

Las separaciones familiares forzadas están mutilando el cordón que une a estos niños con una posibilidad razonable de llegar a la adultez. El mundo impreso en sus mentes es un mundo vacío y sin emociones, un mundo donde nadie puede confiar y donde no tienen control sobre lo que les sucede. Las políticas tienen sus consecuencias a medio y largo plazo en las vidas de las personas.

Fuente: Psychology Today

Traducido y adaptado por María Rueda

La neurociencia y los infantes

Uno de los campos con mayor expansión en la actualidad es el de las Neurociencias, “rama científica que estudia la anatomía, la fisiología, la química o la biología molecular de los nervios y del tejido nervioso y especialmente su relación con su comportamiento y el aprendizaje” (Merriam-Webster, 2018).

El hecho de saber más sobre nosotros/as a nivel estructural y a nivel funcional nos lleva a poder plantear adaptaciones de prácticas como la Neuro-educación.

También otro campo donde podemos aplicar estos conocimientos es el de la práctica psicoterapéutica con las Terapias Neurocientíficas o terapias con una base Neurobiológica.

Además, podemos no sólo emplear estos trabajos en adultos sino también en infantes.

neurociencia y niños

Algunos conceptos a tener presente para el mejor crecimiento y el mejor desarrollo de los niños/as, son:

· La Etapa de la Impronta. Es en este período de tiempo comprendido entre el nacimiento y los seis/ siete años, cuando los pequeños/as son más sensibles a los estímulos.

Es una etapa crucial para el niño/a y su influencia puede marcar el curso de su vida como adulto. A nivel madurativo los niños/as están efectuando un gran número de cambios neurológicos en estas edades. Es el espacio temporal donde se asentan de forma profunda elementos como: los valores, el lenguaje, las creencias, las conductas, los hábitos, los miedos, las manías… (Sylva, 1997)

Esto se debe a otro concepto muy relevante que es el siguiente:

· La Neuro-plasticidad. Es la capacidad natural del cerebro humano de adaptarse o moldearse a sí mismo. Esta capacidad está muy presente en los infantes siendo un elemento que influye en su facilidad para producir nuevos aprendizajes. (Martínez y Moya, 2015).

Como consecuencia, al hacernos adultos podemos disponer de mayores o menores capacidades en función de la estimulación que hemos recibido. Y para ello vamos a hablar de:

· Las Ventanas de oportunidad: son períodos críticos donde el cerebro del infante está madurando para ser capaz de efectuar una serie de aprendizajes o incorporar de manera natural capacidades específicas. Si no recibe estimulación alguna en estos períodos, entonces se pierde esa oportunidad para poder desarrollarse (Siegel, 1999; Barragán, y Lozano, 2011). Aunque tenemos que decir, que existen estudios recientes donde se argumenta que algunas funciones las podríamos desarrollar de más mayores (Forés, Gamo, Guillén, Hernández, Ligioiz, Pardo, y Trinidad, 2015).

De esta manera como adultos tenemos que vigilar con algunas conductas y comportamientos delante de los infantes, por ejemplo: el tomar en consideración el lenguaje que usamos; que expresiones o palabras empleamos; con que términos nos referimos a nuestros hijos/as.

También debemos cuidar nuestros hábitos ya que ellos pueden configurar un modelo para cuando crezcan. Si nos ven enganchados a los móviles o a la pantalla del televisor, ellos/ellas también van a reproducir los mismos comportamientos.

Y finalmente, es bueno cuidar las experiencias que les aportamos. Los momentos de gritos, violencia, temores o ridiculizaciones pueden quedar almacenados en la memoria inconsciente y generar traumas o bloqueos futuros.

Tampoco es buena la idea opuesta de ejercer una sobre protección. Hay que encontrar un punto de equilibrio: que los infantes puedan expresar sus pensamientos y sus sentimientos dentro de un contexto de respeto, amor y seguridad.

Estos elementos van a ayudar a que crezcan con mayor equilibrio emocional. Las Neurociencias están de nuestra parte y sólo tenemos que usar sus últimos hallazgos.

Escrito por Oriol Lugo y Ana Farré: psicólogos e investigadores de la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Co-directores del OWL INSTITUTE. Institut Psicològic.

Bibliografía:

Barragán, P. E., & Lozano, S. S. (2011). Identificación temprana de trastornos del lenguaje. Revista Médica Clínica Las Condes, 22(2), 227-232.

Forés, A., Gamo, J. R., Guillén, J. C., Hernández, T., Ligioiz, M., Pardo, F., y Trinidad, C. (2015). Neuromitos en la educación. El aprendizaje desde la neurociencia. Barcelona: Plataforma Editorial.

Martínez, M., y Moya, L. (2015). Escucha tu cerebro. Barcelona: Plataforma Editorial.

Merriam-Webster (2018). Neuroscience. Medical Definition of Neuroscience. Reino Unido, GB: Merriam-Webster. Consultado el 4 de junio de 2018 en: https://www.merriam-webster.com/dictionary/neuroscience

Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind: Toward a Neurobiology of Interpersonal Experience. Nueva York, NY: Guildord Press.

Sylva, K., (1997). Critical periods in childhood learning. British Medical Bulletins, 53(1) 185-197

Por qué los niños deben pasar tiempo «desenchufados»

Todos los padres y madres quieren que sus hijos sean felices y les vaya bien. Sin embargo, con demasiada frecuencia nos hacen creer que la mejor manera de garantizar eso es agregar más de todo a la vida de nuestros hijos: más estudios, más extraescolares, más idiomas… Eso lo convierte en una vida familiar llena de tensiones y mucha presión para todos. Las familias se sienten atrapadas entre los horarios de actividades; añadido a esto, no debemos olvidar la presión que los chicos y chicas reciben de las redes sociales para ser “perfectos”. El doctor Mark Bertin, autor de varios libros sobre desarrollo, señala que los padres no deben presionar tanto para asegurar el bienestar de su familia.

Foto extraída de: gidahatti.com
Foto extraída de: gidahatti.com

Lo que los niños necesitan para prosperar es mucho más claro o sencillo de lo que se siente hoy en día y aprender cómo se desarrollan los niños hace que la vida sea más fácil para los padres y sus hijos. Para empezar, los niños de hoy no requieren más que los niños hace generaciones; hogares estables y afectuosos, la oportunidad de poner a prueba los límites que establecemos y el apoyo de los adultos mientras descubren su propia capacidad para superar los desafíos.

También necesitan jugar, y no solo a través de las pantallas. Según la Academia Americana de Pediatría, el juego tradicional es «esencial para el bienestar cognitivo, físico, social y emocional de los niños y los jóvenes». Los niños necesitan juego no estructurado y «desenchufado» de pantallas para crecer de manera que puedan desarrollarse óptimamente.

En particular, las habilidades de autorregulación basadas en las funciones ejecutivas, como la capacidad de demorar la gratificación, planificar con anticipación y controlar los impulsos, son elementos fundamentales de la resiliencia. Estas habilidades le permiten a un niño no solo tener éxito en circunstancias normales, sino también recuperarse de la adversidad. En un estudio del grupo de Moffitt, de la Universidad de Chicago, observaron que la capacidad de autorregulación en la niñez temprana se correlacionan con medidas posteriores de logro y bienestar, incluyendo mejores resultados académicos en secundaria, mayor probabilidad de graduarse a tiempo, menos probabilidad de obesidad en la vida adulta, entre otras. A diferencia del juego libre, los videojuegos dependen de la imaginación del creador del juego (no del niño) y promueven un tipo de atención que cambia rápidamente, lo que dificulta que los niños se centren en el mundo real.

Eso no significa que no permitamos a nuestros hijos e hijas jugar a videojuegos. Sin embargo, el juego saludable se parece mucho a cuando se trata de comer bien; un enfoque equilibrado de la «nutrición cerebral» requiere un estilo de vida que combine todo tipo de actividades mentalmente atractivas. No poidemos hacer que un niño disfrute de algo específico, pero podemos fomentar una variedad sensata de actividades.
La vida no es predecible, así que en lugar de aspirar a perfeccionar y controlar todo, preparemos a los niños para el éxito mediante la construcción de su resiliencia. Afortunadamente, el punto de partida para esa capacidad de recuperación es un juego de niños.

¿Por qué es tan difícil mantener a los niños alejados de las pantallas?

Mientras que los padres entienden que a sus hijos les iría mejor sin tanto tiempo de pantalla, no siempre es fácil llevarlo a la acción. Las pantallas se han convertido en una parte omnipresente de la vida moderna.
Las estadísticas señalan que los adolescentes invierten a diario nueve horas con pantallas, al igual que sus padres. Esta obsesión con nuestras pantallas está asociado a un sueño más pobre, peores resultados académicos, problemas de comportamiento y estado de ánimo.

¿Por qué es tan difícil reducir el uso de pantallas? Si los adultos tenemos dificultades para controlar su uso, sin duda un niño o adolescente -cuyas habilidades de autogestión son, por definición, inmaduras hasta los 20 años- también lo harán. Si bien el uso de tecnología saludable e intencional es correcto, no podemos esperar que los niños administren el uso de las pantallas de manera segura sin recibir primero orientación de un adulto. Al igual que para aprender a conducir un coche, los niños necesitan instrucciones sobre cómo usar estos dispositivos, en lugar de dejarles que los usen tal cual.

Para ayudar a nuestros hijos, primero debemos fijarnos en nuestro uso y así ser un modelo de comportamiento saludable con las pantallas. En una encuesta realizada en 2014 en Reino Unido, casi el setenta por ciento de los niños sintieron que sus padres están demasiado ocupados con sus dispositivos electrónicos, lo que sugiere que a veces somos parte del problema. Reconocer si habitualmente encendemos un dispositivo cuando estamos aburridos o cansados puede ayudar a romper ese hábito a medida que desarrollamos otras formas de lidiar con estos desagradables estados emocionales. Los niños inconscientemente reflejan el comportamiento de sus padres de innumerables maneras, por lo que si queremos reducir el tiempo que usan sus pantallas, ese cambio comienza con nosotros.

Nosotros marcamos nuestras prioridades y nuestros hijos también aprenden a priorizar. Si deseas que tu hijo busque tiempo de juego sin pantallas, entonces búscalo tú mismo. Si quieres que tu hijo lea, debe verte leyendo un libro, no una pantalla. Apaga la televisión y sal al aire libre, visita museos, queda con amigos, esto aumentará tu propio bienestar y será modelo de comportamiento saludable para tus hijos.
Si a nuestros hijos aún les resulta difícil dejar de lado sus pantallas, entonces debemos volver a comprender el desarrollo del cerebro. La mayoría de los niños requieren más que un modelado, necesitan aprender los límites claros establecidos por los padres sobre cuánto uso de la pantalla, cuándo y qué tipo de contenido es apropiado. Hasta que los niños demuestren su propia capacidad para manejar bien la tecnología, los padres deben supervisar el uso de la pantalla de esta manera. De hecho, un control parental fuerte del tiempo frente a la pantalla se correlaciona por sí mismo con mejores resultados académicos, sociales e incluso físicos en los niños.

Todos los padres modernos deben lidiar con el simple hecho de que criar hijos saludables en el mundo moderno requiere la supervisión del tiempo con pantallas. Aunque puede ser difícil cambiar los hábitos, cualquier cosa que hagamos para establecer una forma de vida más saludable vale la pena.

Fuente: Greater Good Magazine (Science Center at UC Berkeley)

Traducido y adaptado por María Rueda

¿Por qué no puedo sobreponerme a una infancia dolorosa?

Como terapeuta cognitivo-conductual, siempre intento centrar el tratamiento psicológico en los problemas que están apareciendo en el presente en la vida de las personas que acuden a nuestro centro. Sin embargo, en muchas ocasiones simplemente aparecen pensamientos, emociones o recuerdos que tienen que ver con momentos muy anteriores en la vida, habitualmente referentes a la infancia, durante el manejo de las emociones en la actualidad. Además, es frecuente que las personas que han tenido una infancia difícil lo vivan como si debieran haberlo superado ya, como si fuera inapropiado el mantener algunas reacciones o emociones de esas épocas de su vida, ya que hace mucho tiempo de eso. Lo cierto es que el tiempo no es el factor determinante para que algunas cosas nos afecten menos. La forma en la que vivimos nuestra infancia es algo determinante para muy diferentes aspectos de nosotros mismos, y en el caso de haber vivido situaciones de abuso físico, psicológico o negligencia, en grados mayores o menores puede afectar de forma importante a la salud psicológica.

Extraída de https://blogs.extension.iastate.edu/scienceofparenting/
Extraída de https://blogs.extension.iastate.edu/scienceofparenting/

Personalidad

Nuestra personalidad es la forma, relativamente consistente, en la que actuamos, sentimos y pensamos sobre nuestro entorno. La forma de relacionarnos con los otros se desarrolla en el núcleo familiar, de modo que la calidad de las relaciones en nuestra familia de origen es un predictor significativo de cómo nos relacionamos actualmente. Además, unas experiencias más negativas en la familia de origen se relaciona significativamente con el rasgo de neuroticismo, el cual implica una vivencia más intensa de emociones negativas y que además lleva también a unas relaciones interpersonales más pobres. De esta forma, las experiencias tempranas influyen sobre nuestra personalidad, lo que se mantendrá aproximadamente a lo largo de nuestra vida.

Patrones sobreaprendidos

Cuantas más veces realizamos un comportamiento, más se establece y la tendencia a repetirlo es mayor. Por ejemplo, si en la infancia era fácil que se nos pusiera en ridículo ante cualquier error, lo que tenderemos a hacer es ocultar a toda costa los mismos. Ya siendo adultos, se tratará de luchar excesivamente contra la sensación de vergüenza, incluso si no es pertinente en este momento. Puede que un un amigo nos resalte algún error y la respuesta defensiva sea demasiado intensa en nosotros.

Cambiar hábitos que han estado presentes toda la vida es muy complicado, requiere mucho tiempo y atención. E incluso, una vez que se ha modificado este patrón sobreaprendido, es posible que en las situaciones de crisis se reactive esta forma de sentir o pensar.

Falta de conciencia

Puede que al reaccionar de determinadas maneras durante las situaciones emocionales, asumamos que esta reacción se determina por la situación. No es fácil tener en cuenta que unas determinadas circunstancias en la infancia, harán que valoremos los sucesos de nuestra vida teñidos por ellas. De hecho, cuando tiene que ver con esas vivencias tempranas, posiblemente en nuestra respuesta actual no tendremos conciencia de poder responder de otra forma.

Es posible que incluso tendamos a evaluar lo que nos ocurrió en estas etapas tempranas desde el prisma de la edad adulta. Por ejemplo, si el vivir situaciones de agresividad en la infancia nos resultaba terrorífico, es posible que desde nuestra perspectiva de adultos sea algo normalizado y pensemos que la reacción era exagerada.

Identidad

La creación de un autoconcepto sólido se da a través de las relaciones significativas que vivimos en la infancia. Tener unas figuras de referencia con las que las interacciones son predecibles y positivas ayuda a la creación de una idea estable y sólida de quién somos.

Cuando tenemos una baja claridad de autoconcepto, parece que las investigaciones apuntan a que tendremos mayor probabilidad de sufrir una depresión, o que sea más grave, así como mayor soledad y estrés. En términos generales, un autoconcepto poco claro va en detrimento de nuestra salud mental.

Cambios cerebrales

Desde hace ya varios años, se conoce que ambientes poco enriquecidos literalmente conforman nuestro cerebro de forma distinta. Las adversidades en la infancia modelan también áreas como el hipocampo, la amígdala y zonas del cerebro que intervienen en la regulación emocional.

Visto desde este punto de vista, es normal que sea muy complicado no responder acorde a lo que hemos vivido en la infancia. Afortunadamente, hemos de recordar que posteriormente también se puede seguir modelando el cerebro a través de experiencias opuestas para dejar atrás estas formas de respuesta poco sanas.

Creencias fundamentales

Las creencias fundamentales dan lugar a un estilo de pensamiento rápido, automático y sesgado que nos ayuda a interpretar el mundo que nos rodea. Cuando estas creencias fundamentales se han iniciado en un entorno hostil o de escasa atención en la infancia, dará lugar a pensamientos automáticos relacionados con la poca valía propia y además sesgará nuestra atención hacia corroborar estos pensamientos. Ya que las creencias fundamentales nos guían a la hora de codificar los eventos que vivimos, es lógico que se mantengan con una similar intensidad en la edad adulta, a menos que tomemos conciencia de ello y busquemos otra forma de pensarlo.

Memorias no procesadas

Cuando hemos vivido una infancia difícil, es habitual que existan también eventos traumáticos difíciles de procesar. Ante este tipo de vivencias, se trata de evitar recordarlas, tratamos de enterrarlas y olvidar que estos eventos han ocurrido. Sin embargo, es posible que los recuerdos aparezcan de forma intrusiva y despierten respuestas de pánico y condicionen como nos vemos a nosotros mismos y al mundo.

Este tipo de memorias se parecen al estrés post traumático que sufren los soldados que vuelven de un entorno de guerra, y pueden ser dañinas con la misma intensidad muchos años después de haber sufrido el evento traumático.

¿Cómo se llega al cambio?

Teniendo en cuenta todos los factores que hemos estado comentando, puede parecer que el cambio, que lograr que desaparezcan estas respuestas poco útiles en el presente, será extremadamente complicado. Y es cierto que no es un camino sencillo el sobreponerse a una infancia difícil, motivo por el cual hemos de ser más indulgentes con nosotros mismos y tratar estas reacciones con cariño y compasión.

Después, sólo el hecho de observar con curiosidad de donde provienen las reacciones, y darnos cuenta de que es una reacción a algo que nos ha ocurrido en el pasado y que ya no está presente es un paso que en muchas ocasiones puede dar lugar al cambio. Negar la influencia que el pasado tiene sobre nuestras acciones, pensamientos y sentimientos actuales solo nos impide aprender sobre ello.

Un equilibrio entre vivir anclados en lo que nos ocurrió y enterrarlo sin pensar jamás en ello será lo más efectivo para lograr que nos influya más desde el autoconocimiento y el crecimiento que desde las reacciones descontroladas y sólo emoción. Desde luego, el revisitar experiencias del pasado puede ser muy doloroso en ocasiones, así que no dudes en hablar con un psicólogo que pueda proporcionarte el espacio seguro para hacerlo.

Fuente Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas