Cómo ha cambiado la pandemia por COVID 19 la manera de relacionarnos.

La pandemia ha sacudido la vida personal y colectiva de nuestra sociedad y de sus individuos, y aunque los más optimista quieran pensar en sus efectos como algo temporal y con fecha de caducidad, sin duda son muchos los efectos a corto y medio plazo para la sociedad, sus individuos y la manera de relacionarse. Un punto de inflexión indiscutible, del que nos será difícil desprendernos y del que todavía estamos en los albores de cuantificar su impacto. Por ello, son muchas las investigaciones que han surgido para datar, explicar y/o predecir los cambios a nivel interpersonal. Estas son las primeras conclusiones.

Foto extraída de Vix.com

RELACIONES ESTABLES Y TASA DE SEPARACIONES / DIVORCIOS

La mayoría de las parejas se han visto forzadas a convivir durante 24 horas siete días a la semana cuando antes pasaban unas pocas horas juntas, y donde la mayor parte del tiempo la rutina, los niños o las tareas de casa comían el tiempo compartido. La casa, además, ha dejado de considerarse un refugio para convertirse un lugar de convivencia con los problemas, donde la ansiedad, el aislamiento, el desempleo, los problemas económicos, la perdida de un ser querido o su consiguiente duelo se han vuelto algo cotidiano. La pandemia ha traído una presión extra a muchas parejas, que han visto como el tiempo juntos hacía aflorar conflictos que en otro momento estaban contenidos o incluso se manejaban bien. Se registra un aumento de un 30% de las consultas a abogados matrimonialistas y el COVID ha sido, sin duda, el inicio para que relaciones que escondían sus problemas “bajo la alfombra” y que la convivencia ha forzado a terminar. Pero no todo son malas noticias. Efectivamente, muchas parejas han visto aumentar su tiempo de calidad e intimidad, disfrutando de hacer actividades nuevas o enterradas que el confinamiento ha posibilitado, y como detalle, también el aumento de demandas de colchones, por lo que explica un pequeño “baby boom” en muchas parejas donde la relación ha ido bien y se ha visto idónea esta oportunidad para aumentar la familia.

INTERACCIONES CON NUESTROS SERES QUERIDOS Y/O CERCANOS.

Según un estudio realizado a lo largo de la pandemia, se han intensificado algunas de nuestras relaciones (las llamadas “bonding”, de confianza y de alta familiaridad, que han pasado a un contacto casi diario, y que suelen ser características de relaciones con familiares muy cercanos y con amigos muy cercanos) mientras que otro tipo de relaciones más marcadas por las reglas y normas de la sociedad (las llamadas “bringing”, que podíamos tener con compañeros de trabajo, familia extensa, algunas amistades no demasiado cercanas o conocidos) han desaparecido o reducido drásticamente. De esta manera, se ha fomentado la creación y relación con redes con alta confiabilidad, de cooperación mutua y con la que compartimos un gran número de intereses y afinidades (“bonding”), siendo el contacto con dichas redes casi diaria en el confinamiento, y que contrasta con el contacto semanal de antes de la pandemia, pero si bien se ha restringido ese tipo de relaciones a casi la mitad y sólo con familiares cercanos y amistades  muy cercanas, reduciendo drásticamente las demás relaciones en el periodo de confinamiento donde se han visto distanciadas o perdidas. De lo que se deduce algo lógico: el periodo de confinamiento ha traído la disminución de nuestras redes en cantidad, pero se ha intensificado la calidad y la confianza en nuestras redes de confianza. Todo ello concluyendo desde un ámbito no presencial, y si telefónico o virtual, y que parece mantenerse una vez se ha producido el proceso de desescalamiento y vuelta a la normalidad.

FORMA DE RELACIONARNOS

Diversos estudios afirman como la pandemia ha provocado un aumento de la sensación de amenaza, una mayor preocupación por el futuro o por nuestra salud. La consecuencia más inmediata es un giro de nuestras ideas a concepciones más conservadores, menos tolerantes a los demás (o a sus actitudes) y con una frecuencia a mostrar desconfianza a los demás; con efectos claros en nuestras relaciones significativas, ya sean amorosas, familiares o de amistad. A la vez, nos ha vuelto más conformistas y con tendencia al cumplimiento de las normas y el castigo de lo extravagante o comportamientos considerados “rebeldes”. Esta sensación de desconfianza se experimenta e intensifica en lo referente a los desconocidos, y por ello se registran una mayor tasa de actitudes racistas o xenófobas, tal y como estamos comprobando estas semanas en los medios de comunicación.

IMPACTO DE LA SOLEDAD

Sin duda, otro de los efectos claros de la pandemia ha sido el aumento de la soledad, que antes de la pandemia ya estaba considerado uno de los problemas fundamentales de salud pública, constituyendo una verdadera pandemia y que fomenta mayores problemas de ansiedad y depresión en quienes la experimentan. La soledad no sólo se refiere a estar “solo” en sí (y que no necesariamente es negativo, pudiendo ser disfrutable para hacer tus propias actividades), sino a la reacción emocional que se te despierta al estar solo, haciendo referencia a un sentimiento personal caracterizado por el pensamiento de que nadie te entiende, te sientes poco comprendido y con la sensación de ser incapaz de conectarte con los demás. Es una respuesta emocional desagradable al aislamiento percibido o la sensación de falta de relaciones sociales significativas; una especie de dolor social, y que no es exclusivamente un sentimiento referido en poblaciones mayores, sino que afecta a todos los estratos y con efectos dramáticos en los más jovenes. En cifras actuales y recogidas en los tiempos de pandemia, las cifran muestran como la Generación Millenials (nacidos entre 1981 y 1995) afirman haberse sentido muy solos en un 34%, la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) en un 27% o el 20% de la generación X (nacidos entre 1961 y 1981). Lo que se deduce que la soledad se ve cómo algo amenazante, cosa que el confinamiento ha intensificado y que ello explica el ansia por relacionarnos (incluso en grandes grupos, siendo contraproducente en estos momentos) y las conductas tan peligrosas y sin distancia provocadas en el todo el proceso de desescalamiento, sobre todo, en población joven.

NUEVAS RELACIONES

Paradójicamente a lo que podría pensarse por la “máxima de distancia social” generalizada desde que empezó la pandemia, las webs y sitios de citas on-line refieren un importante incremento de nuevos usuarios y uso de sus servicios. Sin embargo, sí se registra un cambio en el comportamiento de flirteo, alargando el tiempo en el que se produce el primer encuentro y alargando el contacto virtual, una mejora en el establecimiento de prioridades y metas claras (no nos vale cualquier persona en estos momentos, sino alguien que merece la pena, por lo que hay una mayor profundización antes de producirse la primera cita) y con una tendencia mayor a la exposición personal e íntima, compartiendo no solo aspectos físicos o más superficiales sino también afinidades,  gustos, valores o preocupaciones, con un aumento de la intimidad y que entraría en consonancia con lo encontrado en las relaciones de tipo “bonding”.

SOCIALIZACIÓN EN EL PUESTO DE TRABAJO

Las nuevas medidas de distanciamiento van a cambiar las llamadas “relaciones informales” en el ámbito organizacional, que surgen en los trabajos cuando no hay normas formales que las regulen, y que tienen que ver con los tiempos de descanso y esparcimiento en todo centro de estudios y de trabajo. Por ello, se prevé una disminución en las conductas de desconexión, y a pesar de los esfuerzos de las empresas por aclimatar y gestionar los espacios, se prima en estos momentos la seguridad y confiabilidad del lugar de trabajo por encima de la posibilidad de relacionarnos. Ni se permitirán oficinas abarrotadas, ni reuniones grandes de equipo, y en algunas oficinas se optará por inhabilitar las zonas comunes, foco de contagio o de relajación de las normas de distancia social, con la consiguiente disminución de interacciones con los compañeros y una mayor probabilidad de centrar nuestra jornada en realización de las tareas, cosa que si no se gestiona bien, y con el aumento de vigilancia acaecido en esta etapa, puede formalizar trabajadores con mayor tasa de agotamiento o sensación de burn out. Esto, lógicamente, se verá secundando en ambientes donde la presencialidad sea la norma, pudiendo relajar o facilitarse estas “redes informales”, si se promueven los virtuales, también desde las propias empresas.

En resumen, la panorámica relacional es compleja y tendrá que ir adaptándose a esta realidad cambiante y con grandes interrogantes, y que como sociedad deberemos ir asumiendo. Lo más importante quizás es que esta etapa de distanciamiento no parece inhibir nuestra necesidad de relacionarnos, y sí la creatividad para mantenerlas y hacerlas más cercanas y duraderas, y por los efectos beneficiosos para nuestra salud que desde el ámbito individual y organizacional podemos promover.

Escrito por David Blanco Castañeda.

Fuentes Consultadas: El Confidencial, El País, Psychology Today, Psych Central, Ethic, Ibercampus.es, El Diario.es, El Mundo, La Vanguardia, Universidad de Barcelona.

Como lidiar con la incertidumbre causada por el COVID-19

Desde que terminó el estado de alarma, todos estamos deseosos de que la normalidad vuelva, y es cierto que esta nueva normalidad, en gran parte, nos tiene anclados a la incertidumbre. Ya en pleno verano, pensamos en los planes que tuvimos que cancelar, o los que posiblemente querríamos realizar en estas fechas, lo que podemos hacer todos los años pero este, no. Festivales, conciertos, teatro, escapadas rápidas y con poca planificación… Por si fuera poco, vivimos a expensas de que el virus no vuelva a aumentar en la zona de, por ejemplo, nuestro pueblo, la casa de nuestros familiares que viven en otra provincia… Dudamos sobre si deberíamos hacer este plan o no será lo suficientemente seguro. Vivimos sin posibilidades de realizar planes futuros, y esto puede hacernos sentir tristes, o incluso desconectados. La COVID-19 nos está exponiendo día a día a la incertidumbre, y en nuestra naturaleza no está el convivir con la incapacidad de prever qué ocurrirá mañana. Somos mucho más eficaces construyendo planes que organicen nuestro futuro.

Francesco Ciccolella. Extraída de newscientist.com

Las emociones que nos produce la incertidumbre

Como decíamos, el ser humano no lidia demasiado bien con la falta de certezas. El miedo a lo desconocido es uno de nuestros miedos más fundamentales. De hecho, la posibilidad de planificar, en un sentido evolutivo, ha sido uno de los grandes puntos fuertes del ser humano como especie. El no poder planificar hacia el futuro causa por lo tanto, mucho miedo

Mientras sintamos ese miedo hacia el futuro, la imposibilidad de programar nuestros objetivos de los próximos meses, se podrán generar mayores cantidades de ansiedad en nosotros. Además, una ansiedad prolongada en el tiempo, en muchas ocasiones puede desencadenar en sensaciones de depresión, que se caracteriza por la pérdida de interés en las cosas, desesperanza y sensaciones de culpa e inutilidad. 

Además, a estas sensaciones desagradables se puede unir la falta de situaciones que podrían ser reconfortantes, especialmente las importantes, y que generalmente nos alejan del miedo y la tristeza o desesperanza, como las celebraciones de bodas, cumpleaños, fiestas, graduaciones,… que este año han desaparecido y probablemente continúen sin existir. 

¿Cómo manejo la incertidumbre?

Aunque la incertidumbre no ha de ser siempre algo malo, cuando nos toca afrontarla tal y como hemos comentado, ante una pandemia mundial con graves consecuencias para todos nosotros, es bueno buscar las estrategias que más nos funcionen. 

Replantea

Es una herramienta psicológica que nos sirve para cambiar el enfoque de un problema y poder verlo desde diferentes ángulos. En un momento como el que estamos viviendo es sencillo centrarnos en los aspectos negativos de la situación, pero de cuando en cuando puede ser útil replantearnos la situación y encontrar que quizá estemos logrando conectar más con las personas que más queremos, así como recolocar nuestros valores, ya que estamos en contacto con sensaciones fundamentales como el miedo a la muerte (o muerte de personas cercanas).

Acepta

La terapia de aceptación y compromiso, una tipo de enfoque dentro de las terapias cognitivo conductuales, nos sugiere que en muchos ámbitos de la vida logremos aceptar las situaciones. Esto no implica resignarse, sino prestar atención al momento presente, aunque las sensaciones que experimentemos sean desagradables, sin juzgarlas. Aplicando esto a la pandemia de COVID-19, implicaría que, mientras seguimos las pautas para luchar contra el Coronavirus, también podemos permitir que nuestra mente viva agobiada mientras no podemos cambiar todas las cosas que no podemos cambiar.

Cambia lo básico

Quizá en la situación en la que nos encontramos no puede cambiar. La incertidumbre se va a mantener, pero entonces, ¿por qué no cambiamos lo que podamos de nuestro organismo para favorecer el afrontamiento contra la incertidumbre? Entre las herramientas sencillas (además de psicoterapia, o fármacos) que pueden servir para reducir el estrés hay varias. El ejercicio físico ha sido comprobado como atenuante de los síntomas de ansiedad en múltiples estudios científicos. La exposición a la naturaleza, también se ha demostrado como un mecanismo que mejora nuestra salud mental y mejora la función cerebral. Dormir se relaciona con una mejor salud mental, y durante los periodos de confinamiento estricto, ante una ruptura de rutinas, así como disminución de ejercicio o el teletrabajo pueden dar lugar a una peor calidad de sueño. Por último, la meditación como práctica puede ayudar a reducir los niveles de estrés generales y se asocia con mejoras en varios indicadores de ansiedad.

Así, si logramos en estos tiempos de incertidumbre, mantener la realización de ejercicio físico, contactar con la naturaleza, dormir lo mejor posible y meditar algo, posiblemente nos estemos armando contra las reacciones normales de ansiedad que se producen en el contexto en el que inevitablemente nos encontramos.

Re-enfoca

Replantearnos la situación en ocasiones se puede hacer un mecanismo algo escaso, pues a fin de cuentas, todos conocemos las cosas buenas y malas de la situación, y forzarnos a pensar también en las buenas puede resultar insuficiente. Si habitualmente has sido una persona centrada en proyectos de futuro, mejoras a medio plazo, o cambios relativamente frecuentes, puede que la falta de éstos esté minando totalmente tu motivación y tu capacidad de ponerte en marcha. Enfocar objetivos diferentes puede ser complicado pero no imposible. Lo importante es centrarte en proyectos a corto plazo, objetivos más pequeños y realizables en tu propia casa. Incluso así, es posible que se terminen por ver truncados y quizá debamos aprender a convivir también con esa frustración de planes que no se logran. 

En estos momentos, sólo podemos asumir que un gran número de cosas están fuera de nuestro control, y convivir con ello hace que nos agotemos en muchos ámbitos. Siendo poco lo que podemos cambiar, aún así, tenemos control sobre algunas, pocas, cosas. Quizá, lo único que podamos hacer es elegir cómo reaccionar a las cosas que nos ocurren y salir de ellas lo menos heridos que podamos.

Fuentes: Psychology Today, cnbc.com 

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

REFLEXIONES SOBRE LA INFLUENCIA DEL CORONAVIRUS EN LA PSICOLOGÍA SOCIAL

Podría decirse que esta pandemia no sólo ha tenido un enorme impacto desde el punto de vista médico y epidemiológico, sino también ha sido fundamental el afrontamiento psicológico que se ha hecho de ella así como la influencia que ha tenido en nuestros comportamientos psicosociales tanto individuales como a nivel sociedad. Entonces… ¿qué tiene que decirnos la Psicología Social al respecto?

Extraído de Getty Images

Uno de los ámbitos psicosociales donde creemos que el Covid-19 ha tenido bastante impacto ha sido en las tendencias de comportamiento de los individuos y la influencia de la presión de grupo: no son pocos los que relatan el haberse sentido observados y/o juzgados por no llevar mascarilla en entornos donde el grueso de la población suele usarla, por ejemplo. En esos momentos, ¿el individuo tiende a adecuarse al conjunto y adoptar los mismas conductas o prioriza lo que cree oportuno?

Los encuestados relatan que por eso, y no por otros motivos (como las normas sanitarias) finalmente cedieron a ponérsela ellos también…

En esos casos no es que el individuo sea poco coherente con sus principios y se deje llevar por los demás, sino que se trata de un patrón de conducta universal en el que existen una serie de factores contextuales que hacen que nos veamos arrastrados a ello. La incertidumbre (social), por ejemplo, sería uno de ellos: cuando la situación resulta ambigua, compleja, novedosa o sin normas claras de actuación, el individuo siente una tendencia desmedida por aceptar el comportamiento mayoritario puesto que su juicio personal se considera como poco competente o incluso incompetente al respecto.

Otras situaciones que han servido de ejemplo son las aglomeraciones vividas en los supermercados durante los primeros días de estado de alarma: ante el desconocimiento de qué estaba pasando y la incertidumbre de cuándo volveríamos a la normalidad, o si el abastecimiento de alimentos estaría asegurado a largo plazo, un determinado número de personas decidieron ir a por víveres. Como era uno de los sitios a los que excepcionalmente se podía acudir aún por entonces, allí que fueron las cámaras a grabar, y la aglomeración de personas llevó a que muchas otras interpretaran como de extrema urgencia  el aprovisionarse. Se provocó el «efecto llamada», derivando en imágenes como las que se observaron los primeros días de larguísimas colas y estantes vacíos en los supermercados.

Lo mismo podría decirse de nuevos aprendizajes con respecto a lo que sería nuestro día a día: meter la ropa de la calle en bolsas y dejarlas en cuarentena, limpiar la suela de nuestros zapatos al llegar a casa, etc… La transmisión a gran escala de la información a través de los medios de comunicación ha hecho que se adopten esta serie de conductas en nuestras vidas; sin embargo, ¿está probado científicamente que esas medidas funcionan o las adoptamos por el mero hecho de sentirnos sin conocimientos ajustados al respecto, y por tanto, poco competentes?.

  • Teorías sobre el conformismo social

Ya en 1952,  el pionero en psicología social Solomon Asch, demostró mediante una serie de experimentos sociales que ante situaciones ambiguas el ser humano tiende a observar su alrededor y utilizar esa información contextual para llevar a cabo una toma de decisiones. El resultado fruto de ello sería una tendencia hacia el conformismo social, aunque eso dé lugar a pensamientos irracionales o decisiones erróneas, hasta en un 30% de los casos.

Incluso, en estudios sociológicos se encontró que en este tipo de situaciones tendemos a ser más conservadores, no sólo con respecto a la decisión tomada, sino también en referencia a las evaluaciones que hacemos sobre los demás y con qué tipo de perfiles interpersonales nos sentimos más identificados.

Aquellos participantes más preocupados por la enfermedad prefirieron o dijeron que les gustaban más las personas más «tradicionales», y tenían menos probabilidad de sentir afinidad con las personas «creativas» o «artísticas». Ante el riesgo de contagio cualquier signo de pensamiento libre, incluso de invención e innovación se valora menos, aparentemente por la capacidad que tendrían estos individuos de actuar con menos probabilidad conforme a las normas establecidas.

  • Sistema inmunológico conductual»

Mark Schaller acuñó este término (behavioural immune system), para denominar al conjunto de respuestas psicológicas inconscientes que actúan como una primera línea de defensa con el objetivo de reducir nuestro contacto con posibles patógenos. Es decir, este sistema inmune, en lugar de estar compuesto de anticuerpos, se compone de toda una serie de conductas que nos harán estar menos expuestos a posibles fuentes de enfermedad. ¿Alguna vez empezaste a encontrarte mal justo después de haber ingerido algún alimento, que en principio estaba en buen estado, y rápidamente se condicionó la aversión a ese alimento? Ese aprendizaje, que aparece de manera inconsciente, podría considerarse un buen ejemplo del sistema inmune conductual.

El contacto y preferencias interpersonales que solemos mostrar en estas situaciones, y que expusimos en el apartado de conformismo social serían otro claro ejemplo no consciente de la presencia de este sistema inmune conductual.

Según el escritor científico especializado en el funcionamiento del cerebro, David Robson, «el miedo al contagio hace que nuestros juicios morales se vuelvan más estrictos y las actitudes sexuales más conservadoras».

Sin embargo, ante los pronósticos de un posible rebrote que nos hiciera retroceder en las fases de la nueva normalidad: ¿el ser humano tiene verdaderamente actitudes más precavidas o tiende al refuerzo cortoplacista de aprovechar el momento presente lo máximo posible aún a expensas de que eso revierta negativamente a medio-largo plazo en un rebrote más temprano y, por tanto, en un nuevo confinamiento?.

Que el «sistema inmunológico conductual» se ponga en marcha o no dependerá principalmente de cuán vulnerable se perciba una persona al contagio. De ahí que jóvenes (grupo de edad en principio poco afectado por el Covid-19, tanto en prevalencia como en gravedad de la enfermedad), así como aquellas personas que hayan manifestado síntomas (a pesar de no haber generado anticuerpos), puedan llegar a tener conductas más de riesgo, ya que interpretan que no son una población de riesgo. Al no sentirse tan vulnerables a la enfermedad su sistema inmune conductual actuará más sosegadamente.

  • Maneras de comportarse en grupo e tendencias en las interacciones interpersonales

Una vez comienza el desconfinamiento, y sabiendo que hay unas normas establecidas por las autoridades para favorecer la seguridad y salud de la población, tendemos a adoptar unos valores al respecto ¿Solemos mantenernos en nuestra postura o posición cuando interactuamos con otros individuos, o tendemos a ceder con respecto a lo que en un primer momento pensábamos que eran unas líneas rojas que nunca cruzaríamos?

Ponte en situación; llegamos a una quedada de amigos, nos encontramos por casualidad, acudimos a un entorno donde habitualmente no solemos interaccionar con otros y surge el dilema: existen unas medidas de distanciamiento social, estamos férreamente convencidos de que vamos a cumplirlas porque gracias a ellas vamos a evitar una tasa elevada de contagio (incluso evitar contagiarnos nosotros mismos), pero llega el momento del saludo… y ¿nos abrazamos como solíamos? ¿»codazo» es lo más adecuado? ¿Un simple hola con el metro y medio de seguridad?

Sobre ello versarán distintos factores influyentes, uno de ellos (si no el de más peso) será de nuevo la presión grupal: si no tenemos una idea conformada previamente tendremos tendencia a manifestar la forma de saludo que vemos en el prójimo.

Sin embargo, cuando tenemos una fuerte moral heterónoma (regida por normas impuestas desde fuera) y evaluamos como muy probable la posibilidad de que haya consecuencias punitivas al respecto (seamos multados, por ejemplo) será más probable que sólo las respetemos cuando la autoridad esté cerca; otras personas, un coche de policía, o incluso aquellos a los que vamos a saludar podrían funcionar ahí como figuras de autoridad.

Por otro lado, cuando nos regimos por una moral autónoma, es decir, conocemos que existen unas determinadas normas de seguridad, pero sabemos en qué se basan, para qué sirven y hemos construido unas opiniones individuales al respecto será más probable que las respetemos aún a pesar de que no haya nadie presente que pudiera evaluarnos. En esos casos, tenderíamos a respetar el distancianciamiento social, el uso de mascarillas, etc no por miedo a contagiarnos, ni a ser castigados por la autoridad, sino como convicción propia, civismo y protección a los demás (y a uno mismo).

Por último, aquellas personas que han conseguido conformarse unas ideas particulaes acerca de la situación actual, y tienen más herramientas para poner límites de manera asertiva y sin sentirse mal por ello, tendrán menos tendencia a ceder y adecuarse a lo que el otro está haciendo, en contraposición a aquellos que no disponen de estos recursos y dependan más de la evaluación social externa.

  • Tendencias de consumo y reevaluación de metas vitales: ¿Vivir en el centro de macrociudades o priorizar espacios de calidad (balcones, terrazas, vivir cerca de y en contacto con la naturaleza)?

El planeta llevaba tiempo mandándonos mensajes de alarma sobre nuestras tendencias de consumo y comportamientos egoístas con la naturaleza, y cómo éstos no iban a hacer la situación sostenible durante mucho más tiempo. Con respecto a cómo ésta pandemia ha podido influir en estilos de vida se ha observado, sobre todo en las grandes ciudades, una tendencia “migratoria” de las grandes urbes a otras más pequeñas o incluso a pueblos: la instauración del teletrabajo, el incremento acelerado de los alquileres, y en el ámbito cognitivo, las expectativas de un posible rebrote que nos hiciera confinarnos de nuevo, han detonado que no hayan sido pocos los que han tomado decisiones con respecto a sus hábitos de consumo y estilos de vida; salir de las grandes ciudades, priorizar casas más amplias aunque no tan céntricas o tener como requisito luminosidad, balcón o terraza han sido algunos de los ejemplos de ello.

  • Los aplausos de las 8

Lo que en principio se originó como muestra de apoyo a los sanitarios terminó instaurándose como rutina social. ¿Y por qué? En situaciones en las que el ser humano lo está pasando mal tiende a sentirse mejor y más comprendido no por sus seres queridos, sino por aquellos individuos que están pasando por lo mismo. De ventana a ventana, sentíamos que nuestro vecino del 1º, y el de arriba, y el del bloque de al lado estaban en nuestra misma situación: confinados en casa. Desde ahí empieza a construirse un sentimiento de identidad grupal, y con ello la sensación de que todos remamos en la misma dirección para salir de esta juntos.

Para más inri, esos aplausos (o la falta de ellos, si se pisteaba que algún vecino era de los que no salía a aplaudir) generaban una sensación de pertenencia a un grupo, el endogrupo, y se sacaban conclusiones estereotipadas acerca de los valores y características de esos otros a los que no se les veía en los balcones aplaudiendo. «¿Tú que eres de los que aplaude o de los que no?», seguro que es una pregunta que has escuchado mucho durante el confinamiento, y ya sólo con eso las personas se han sentido parte de un grupo social, «los aplaudidores», frente al exogrupo.

Seguro que fruto de esos momentos compartidos en comunidad han surgido nuevas relaciones vecinales gratificantes, pero si a esas mismas personas les preguntarámos evaluarían con una valencia diferente a los «no aplaudidores», pese a no conocerlos; ahí están entrando en juego los estereotipos que nos conformamos sobre el exogrupo, como forma de ahorro cognitivo en el caso de no conocer una parcela de la sociedad.

  • El policía de balcón y los odiadores de niños: pensábamos que este confinamiento iba a sacar lo mejor de nosotros ¡pero no!.

También se han despertado sentimientos negativos, egoístas, individualistas. Y esto, ¿a qué se debe? Primero de todo, aclarar que dependerá de multitud de factores, entre ellos cuáles sean los valores interiorizados a lo largo de nuestra vida así como los rasgos que conforman nuestra personalidad, y cómo ambos interactúan conformando los esquemas nucleares a través de los cuáles interpretamos la información que recibimos.

No obstante, cuando el ser humano se encuentra bajo presión, en situaciones excepcionales, que nunca ha vivido antes, y en las cuáles algunas de nuestras libertades se ven coartadas (en este caso la libre disposición de nuestro tiempo y salir de casa), tiende a reivindicarse con la intención de salir de ese estado opresor que le genera malestar. Como en este caso había (y hay) leyes y normas de seguridad ciudadana de por medio, se genera una potente disonancia entre lo que querrían y no pueden, pero otros sí que están haciendo (de momento). El sujeto ahí se compara con aquellos que observa (desde su ventana), consideran que su comportamiento no es adecuado, porque ellos mismos no pueden hacerlo, colocándose en una posición de desventaja, y como resultado final intentan que haya unas medidas igualitarias y todos las cumplan. En resumen, adoptan posturas totalitarias caracterizadas por una escasa empatía, ya que si analizaran las situaciones bajo el prisma de ésta podrían llegar a percibir que, cuánto menos, esos sujetos se merecen el beneficio de la duda de si se están saltando las normas o no, y en segundo lugar, en estos casos es necesario actuar bajo la equidad, no la igualdad, ya que algunos grupos poblacionales necesitarán regirse bajo normas adaptadas y excepciones debido a su idiosincrasia vital (véase personas que iban por la calle porque se dirigían a su puesto de trabajo que no puede ser telemático, personas con necesidades especiales, prescripciones médicas, …).

En resumen: ¿Vamos a terminar siendo más individualistas? ¿Menos sociables o socializadores? Al respecto tenemos un amplio abanico de datos procedentes del ámbito de la Psicología Social tanto a favor como en contra. Qué tendencia sea la predominante dependerá de las características idiosincráticas de cada individuo, de las atribuciones que haga en cada momento sobre las consecuencias que tendría la enfermedad para él mismo y su entorno así como del contexto donde se den esos juicios de valor, siempre teniendo en cuenta que el individuo funciona cualitativamente diferente de manera individual que bajo el prisma grupal o en sociedad.

 Algo sí podemos sacar en claro: la mayor parte de la población ha descubierto que nuestros hogares pueden convertirse en trinchera y somos capaces de gestionar nuestro tiempo libre con nosotros mismos, a pesar de que somos animales sociales y necesitamos de los demás. También que, a pesar de que somos animales sociales, la frase popularizada por Hobbes, «el hombre es un lobo para el hombre» es todo un hecho en estas situaciones donde una amenaza tal (como puede ser una pandemia mundial) nos hace sentirnos vulnerables y luchar por la supervivencia individual.

Esas tendencias opuestas habrán de conocerse para ir modulando nuestros comportamientos sin llegar a extremos que puedan generar malestar en los demás y en nosotros mismos.

Escrito por: Maite Nieto Parejo

Fuentes:

https://www.unav.edu/web/facultad-de-educacion-y-psicologia/detalle-noticia/2020/03/16/el-virus-de-la-influencia-social/-/asset_publisher/6tW2/content/20_03_16_edu_corona/10174
https://www.google.com/amp/s/elpais.com/espana/madrid/2020-05-07/el-policia-de-balcon-es-un-fenomeno-tan-curioso-que-habia-que-contarlo.html%3foutputType=amp