Inteligencia optimista en la infancia

Realizado por Eva M. Cuadro Ramírez
Realizado por Eva M. Cuadro Ramírez

El entusiasmo con el que estudiosos e investigadores acogen el concepto de inteligencia emocional comienza a partir de sus consecuencias para la crianza y educación de los niños. Ya no nos podemos permitir el lujo de tratar de criar a nuestros hijos basándonos en la mera intuición, como bien recoge Lawrence E. Shapiro. De forma un tanto paradójica, mientras que cada generación de niños parece volverse más inteligente, sus capacidades emocionales y sociales parecen disminuir a un ritmo vertiginoso.

El psicólogo Martin Seligman nos describe en su obra el  “El niño optimista” que la depresión en la población infanto-juvenil, se ha ido extendiendo de forma alarmante en los últimos cincuenta años, apareciendo a edades cada vez más tempranas. La inteligencia emocional implica ser conscientes de la experiencia emocional que nos embarga, aprender a ponerla un nombre para posteriormente comprenderla  y validarla. Una vez conscientes de la misma, manejarla implica ser capaces de regularla en caso de excesiva intensidad, para poder valernos de ella de una forma productiva.

El baremo del pesimismo se está convirtiendo  rápidamente en la manera en que nuestros hijos están aprendiendo a contemplar el mundo, y una tarea de los padres es que les eduquen en el optimismo.  Pero ¿por qué querría que mi hijo fuera optimista? Sería erróneo pensar que es una postura para protegerse del desengaño, pero el pesimismo puede plantearse como un mal hábito que se atrinchera en nuestra mente con consecuencias como la resignación, la pasividad y la inacción ante los diferentes conflictos que desde edades tempranas son inherentes al mismo campo de juego del niño.

El optimismo en la edad preescolar se forja en la lucha del niño hacia el dominio y la superación. Los niños tropiezan con obstáculos en su carrera hacia el control personal, y persisten si no pueden superarlos. Ante una tarea complicada que el niño pueda emprender, el fracaso es una de las muchas posibilidades que pueden ocurrir, siendo inevitable la aparición de una mezcla de sentimientos como la ansiedad la ira y la tristeza. Aprender a resolverlos, puede ayudarle a persistir en la misma.

 Al sentirse mal, se le presentan dos posibles opciones, mantenerse en la situación y perseverar (y por lo tanto, darse la situación de dominio de la habilidad, o por el contrario, darse por vencido, apartándose de la situación. Ésta última alternativa, elimina las emociones incómodas que aparecen ante el primer obstáculo que se presenta, al hacer que la situación desaparezca del todo, y se la ha llamado incapacidad aprendida. Para que el niño experimente el dominio necesita fracasar, sentirse triste, enfadado y ansioso. Necesita aprender la utilidad de estos sentimientos desagradables, para lograr la perseverancia, ya que la mayor parte de las veces, pocas cosas que merezcan la pena se consiguen sin ella.

 La inteligencia emocional nos dice que el optimismo se define en función de la forma en la que nos explicamos nuestros éxitos y fracasos. Cuando el niño entra en la escuela, la estrategia para hacer que sea optimista pasa de la acción de dominio a la forma en la que el niño piensa, especialmente cuando fracasa, e inevitablemente, su estado emocional no es ajeno a ello.

En la edad escolar comienzan a desarrollar sus teorías respecto a las razones de sus éxitos y fracasos. Enseñarle a interpretar los fracasos de manera optimista y exacta, supone no interpretarlos como catastróficos en sí mismos, y no personalizarlos. Es importante que el niño aprenda una teoría del fracaso como algo transitorio y localizado “me ha ido mal” versus “nunca hago nada bien”, enseñándoles a interpretar los problemas como contratiempos temporales y modificables.

El pesimismo es una teoría de la realidad ajustada a las circunstancias concretas de la persona. Los niños aprenden esta teoría tanto de sus padres y profesores, como de los medios de comunicación. Como teoría aprendida, el peligro radicaría en que puede convertirse en un patrón autosuficiente y vitalicio a través del cual éstos contemplan todas las pérdidas y contratiempos que le van sucediendo. El optimismo supone un hábito relativo a pensar sobre las causas, supone un “estilo explicativo”, y la autoestima del niño está ligada al mismo, a como persevera para conseguirla y dominarla.

Al intentar proteger a nuestros hijos de ciertas emociones, les impedimos que descubran qué parte de ellos ha entrado en acción al sentirlas. Aprender a detectar y manejar los sentimientos que se asocian al fracaso es necesario para experimentar el éxito, ligado ineludiblemente al primero. Por tanto, una alternativa optimista ante una realidad triste es aquella que ofrece explicaciones transitorias, modificables y específicas. Dado que el niño aprende su propio estilo explicativo, en parte de sus padres, es importante que aprendan a cambiar el mismo si éste es pesimista. De lo que no cabe duda es que este estilo explicativo influirá en la teoría que aprenden a construir de cómo funciona el mundo.

Escrito por Eva M. Cuadro Ramírez

Referencias

  • Lawrence E. Shapiro. La inteligencia emocional de los niños
  • Aitziber Barrutia Leonardo. Inteligencia emocional en la familia
  • María Fernanda González Medina y María Elena López Jordán. Haga de su hijo un gigante emocional.
  • Martin E. P. Seligman. Niños optimistas

Expresar tus emociones: ¿cuándo es una buena opción?

Tradicionalmente,las emociones no han gozado de una absoluta aceptación de la sociedad y durante mucho tiempo han sido consideradas un residuo no deseable de nuestra evolución, ya que nuestra conducta puede verse influenciadas por ellas y, por tanto, impedirnos demostrar una conducta “racional”, “consciente plenamente de las consecuencias de sus actos” en situaciones donde deba prevalecer la razón sobre la emoción. Esta idea, ampliamente extendida, nos muestra a las personas en constante batalla entre estos dos polos (razón versus emoción), siendo la emoción la gran perjudicada y suprimiendo, siempre que es posible, su manifestación a ojos de los demás. Como consecuencia, se tiende a intentar regular y controlar la verdadera manifestación de la emoción, relegando ésta última a una esfera íntima, dado su carácter irracional. Y aunque en muchos contextos esta medida puede resultar muy adaptativa, no significa necesariamente que siempre debamos actuar así, con consecuencias claras para nuestra salud.

Olvidar las múltiples funciones que tienen las emociones (entre otras; informarnos acerca del valor que le da la persona a la situación, de nuestras verdaderas intenciones o la preparación para una mayor rapidez en las situaciones sociales) hacen que obviemos el papel fundamental, adaptativo y universal de las mismas. Así, por ejemplo, y como recoge Susan Strauss según los resultados de Matta y colaboradores (2014), en entornos laborales invalidantes, donde los mandos superiores tendrían un comportamiento considerado como injusto y enojoso con respecto a sus trabajadores, éstos tenían mayores probabilidades de experimentar reacciones emocionales negativas, que si no se expresan, tendrían graves consecuencias en su productividad y satisfacción laboral, acordes con estudios previos en entornos laborales.

Sin embargo, y siguiendo las palabras de Susan Strauss, saber equilibrar cuando es el mejor momento para expresar las emociones y cuando postergar su expresión a otro momento más adecuado, es un gran esfuerzo para las personas e implica un alto grado de inteligencia emocional y habilidades emocionales. Si bien esto es una capacidad que mejora en nuestro desarrollo, Strauss propone tres condicionantes en la que las personas podemos optar por la libre expresión de nuestros sentimientos, y que pasarían por:

1. En situaciones en las que la persona es capaz de garantizar una regulación emocional. ¿Cuál es la emoción que sientes en una situación en concreto? ¿Qué reacciones físicas provoca en tu cuerpo? ¿Qué crees que dice sobre ti? ¿Qué es lo que dispara esa reacción? La capacidad de autocontrol individual, que enfatiza la atención en la reacción de la persona en una situación y no en la situación en sí, permite ayudarnos en nuestra comprensión de nosotros mismos en cada situación, y por tanto, decidir si ventilar (o no) nuestras emociones a los que nos rodean.

2. El sentimiento de confort y seguridad que siente la persona en una situación. Si sabes que puedes confiar en los interlocutores y ellos han reaccionado bien en situaciones anteriores y similares, aumenta la probabilidad directamente a hacer esos momentos de confesión.

3. El grado de responsabilidad que haya en esa situación. Este último punto queda resumido con la afirmación, “cuánto más seguro está la persona de perder algo, con mayor probabilidad optará por guardarse las emociones para sí mismo”. Ventilar las emociones implica un alto grado de confianza en la audiencia que te está escuchando, y saber que quien te escucha no te juzga, que tiene capacidad suficiente para afrontar lo que le dices y los efectos que implica esa revelación son positivos, la persona se sentirá con mayor confianza para no optar por la supresión y expresar sus sentimientos.

En definitiva, reconocer, prestar atención y optar por expresar tus emociones no sólo te hace una persona con mayor autocontrol; te hace una persona que sabe cuáles son sus necesidades emocionales y las hace respetar cuando es necesario. Puede ser complicado, pero es un aprendizaje que nos acompaña toda la vida y del que sus consecuencias pueden traernos multitud de cosas buenas.

Escrito por David Blanco Castañeda.

Fuente: Psychology Today.

Foto extraída de: www.depsicologia.com