La escritura expresiva aumenta el bienestar

En la práctica de la psicología se pueden utilizar técnicas muy diversas para mejorar la calidad de vida y el bienestar de las personas que acuden a terapia. Una de estas opciones para la mejora emocional es la escritura expresiva. Algunas personas acostumbradas a escribir un diario la desarrollan por sí mismos, lo que les produce beneficios similares. Pero ¿cómo funciona la escritura expresiva?

Aunque los resultados de los estudios sobre escritura expresiva no terminan de ser concluyentes, en muchas ocasiones sí se encuentra una mejora significativa en el bienestar al realizar esta tarea de una forma concreta. De entre los diferentes estudios realizados, resulta llamativo que las mayores mejoras aparezcan en la salud física, más que en el campo emocional. Esto se puede traducir en menos visitas al médico, mejora del sistema inmune, de la función respiratoria o mejora de la presión sanguínea.

Extraído de www.4ccomunicacion.com
Extraído de www.4ccomunicacion.com

En primer lugar se planteó que esta técnica constituye una forma de expresión válida sobre temas que pudieran ser difíciles de tratar cara a cara con el terapeuta. Aunque se ha encontrado validez en diversos tipos de problemas psicológicos, en general se ha estudiado más frecuentemente en casos de estrés muy intenso o post traumático, especialmente cuando se muestran niveles bastante altos de somatización. Esto, en sí mismo, es importante. De hecho, cuando una persona tiene dificultades para expresarse respecto a algún evento emocional, el dar un nombre a la emoción sentida permite que se reduzca considerablemente la intensidad percibida de dicha emoción.

Podría parecer que lo importante en esta técnica es sólo la expresión de la emoción, lo que ya de por sí está jugando un papel; sin embargo, cuando se compara el beneficio obtenido durante la escritura expresiva con una escritura centrada específicamente en el componente emocional o únicamente en el componente situacional no se obtienen unos resultados tan prometedores como cuando combinamos ambos factores. La actividad de la que hablamos aquí debe incluir tanto contenido sobre la situación como sobre la emoción sentida. De esta forma, la escritura ayuda a dar un sentido a esos momentos de estrés, permite un procesamiento cognitivo más adecuado de éstos y por tanto un manejo más apropiado de estos recuerdos.

Cuando se analizó la evolución en el uso de esta técnica, se pudo encontrar que a medida que los pacientes mejoraban en su estado de salud y aumentaban las sesiones de escritura expresiva, se producía un aumento de palabras relacionadas con emociones positivas, un uso más moderado de palabras relacionadas con emociones negativas y, a un nivel más cognitivo que emocional, vieron que cada vez se usaban más palabras relacionadas con la comprensión de algunos eventos (como por ejemplo: “me di cuenta o comprendí”, así como palabras explicativas como “porque o la razón de que…”). Esto no sólo lleva a pensar que al desarrollar este ejercicio terapéutico se pueda lograr dar un sentido a los hechos vividos, sino que además, al contarse a uno mismo una historia en la que expliquemos lo que nos ha ocurrido le damos una narrativa coherente.

Esta técnica tiene también algunos contras, puesto que a pesar de los beneficios a lo largo del tiempo, también se ha observado que en los primeros momentos de la aplicación las personas que la llevan a cabo sufren un aumento del estado de ánimo negativo. Por tanto, es importante tener este detalle en cuenta a la hora de ponerla en práctica.

Aunque no se comprende del todo bien el mecanismo por el cual funciona escribir sobre eventos que han sido complicados, hay algunas herramientas que podemos desarrollar a través del aprendizaje cultural que aumentan nuestro bienestar, ya no sólo el psicológico, sino también el físico.

Ya nos recordaba Henry David Thoreau en su libro “Walden”, la importante diferencia entre expresar de forma hablada o escrita:

“Existe una diferencia memorable entre la lengua hablada y la lengua escrita, entre el idioma hablado y el idioma escrito. La primera es normalmente transitoria, un sonido, un habla, meramente un dialecto, casi salvaje, y lo aprendemos inconscientemente, como bestias, de nuestras madres. La segunda es la experiencia y la madurez de la primera […] una expresión reservada y selecta, demasiado cargada de sentido para ser escuchada por el oído.”

Fuentes: Clinical Psychology ReviewBJPsych Advances

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

 

ResearchBlogging.orgBaikie, K. (2005). Emotional and physical health benefits of expressive writing Advances in Psychiatric Treatment, 11 (5), 338-346 DOI: 10.1192/apt.11.5.338

Esterling BA, L’Abate L, Murray EJ, & Pennebaker JW (1999). Empirical foundations for writing in prevention and psychotherapy: mental and physical health outcomes. Clinical psychology review, 19 (1), 79-96 PMID: 9987585

El dolor emocional: los efectos de la tristeza sobre el cuerpo

¿Alguna vez has sentido el dolor de ser rechazado? ¿Esa punzada cuando sufres un desamor? ¿Cuándo te has sentido aislado de un grupo?

Fotografía extraída de brujulacuidador.com

La forma en la que culturalmente concebimos la razón separada de la emoción lleva en algunas ocasiones a una desconexión de los procesos que producen el dolor físico y de los del dolor emocional.  El primero de ellos será generado por un daño tisular o por una enfermedad, el segundo parece ser algo más místico, sólo descrito en las canciones y la literatura. En esta forma de concebir el mundo, parece que el dolor físico tiene más de realidad que el dolor emocional.

Sin embargo, la investigación en psicología puede dar lugar a una nueva forma de plantearnos cómo funciona el dolor emocional. El hecho de que las manifestaciones culturales a lo largo de los siglos hayan dado lugar a símiles entre lo que se siente cuando sufrimos dolor emocional y físico no es pura casualidad, parece que ambos son muy similares, al menos en la realidad de nuestra representación neural.

En un estudio de revisión realizado por Esther Meerwijk, de la Universidad de California, se concluye que los circuitos cerebrales de ambos tipos de dolor se solapan. Tal y como se muestra en otra investigación (Smith, 2011) esto no sólo ocurre en las áreas cerebrales relacionadas con el componente puramente afectivo del dolor, sino también en las zonas relacionadas con la percepción somática del mismo.

¿Por qué podría ocurrir esto? Aunque tenemos cierta tendencia a rechazar la “veracidad” del mundo emocional, desde la lógica del dolor, cuya función es evitar peligros posibles, evolutivamente el hecho de ser rechazado socialmente puede resultar igual de peligroso para nuestra vida que una enfermedad o una herida en nuestro cuerpo.

Pero el dolor no es el único síntoma físico de la soledad. También afecta a la percepción de la temperatura, hecho que en ocasiones se representa en la cultura, con analogías sobre la fría soledad o el calor del acompañamiento. Cuando en los experimentos se provoca o invoca una sensación de rechazo y aislamiento, los participantes estiman que la temperatura de la habitación es menor y eligen comer y beber productos calientes. Esta relación aún va más allá, puesto que la propia temperatura corporal baja, no sólo nos parece frío exterior.

Pero la forma en que la emoción producida por sentirse aislado o rechazado afecta a nuestro cuerpo no termina ahí. Se comprobó que las personas que se percibían solas y aisladas tienen también una respuesta especial a nivel de expresión génica. Se aumenta en ellas la activación de vías proinflamatorias, motivo por el cual tienden a ser más propensas a desarrollar enfermedades relacionadas con la inflamación. Además, cuando se trata de investigar la relación entre aislamiento y enfermedad, el sistema inmune se ve también afectado, siendo menos capaz de responder a enfermedades como el resfriado común o la gripe.

Las formas en las que se sufre el dolor del rechazo, la soledad, la tristeza, en ocasiones nos resultan tan íntimas que podemos mantenerlas ocultas y nos hacen sentir vergüenza. En ningún caso trataríamos de ocultar de la misma manera las heridas o una enfermedad puramente física. Quizá un primer paso será concebirlas como procesos de la misma utilidad, para así poder mostrarlas y pedir ayuda de la misma forma.

 

ResearchBlogging.orgCole, S., Hawkley, L., Arevalo, J., Sung, C., Rose, R., & Cacioppo, J. (2007). Social regulation of gene expression in human leukocytes Genome Biology, 8 (9) DOI: 10.1186/gb-2007-8-9-r189

Ijzerman H, Gallucci M, Pouw WT, Weiβgerber SC, Van Doesum NJ, & Williams KD (2012). Cold-blooded loneliness: social exclusion leads to lower skin temperatures. Acta psychologica, 140 (3), 283-8 PMID: 22717422

Kross E, Berman MG, Mischel W, Smith EE, & Wager TD (2011). Social rejection shares somatosensory representations with physical pain. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 108 (15), 6270-5 PMID: 21444827

Meerwijk EL, Ford JM, & Weiss SJ (2013). Brain regions associated with psychological pain: implications for a neural network and its relationship to physical pain. Brain imaging and behavior, 7 (1), 1-14 PMID: 22660945

 

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

 

La denuncia

Había guardado silencio durante dos semanas y media. Cuando aquella mañana se despertó, María supo que debía tomar una serie de complicadas decisiones. La luz comenzaba a entrar por la ventana con una lentitud propia del invierno y no del mes de mayo. Aún recordaba en su infancia, los llantos inexplicables de su madre, el frágil destino de tantas mujeres en un país frío y gris, lleno de grietas, donde la única posibilidad para muchas  de relacionarse con el mundo era ser madre, para poder amar su vida y la de sus vástagos.

Los años habían borrado aquel paisaje de mujeres anónimas y calladas, que soportaban todo: los golpes, las humillaciones, la indiferencia de una sociedad brutalmente machista. Ahora que todo era distinto, ahora que por fin en el siglo XXI, al menos las mujeres que vivían en este país, se habían sacudido tantos complejos, y  que por fin, habían conseguido vivir de su propio esfuerzo y con su propia libertad, algunos datos incontestables contradecían esta realidad.

En las últimas veinticuatro horas, habían fallecido tres mujeres a manos de sus maridos, ex maridos, novios, ex novios,  cuñados o lo que fueran. Y lo más curioso de todo, es que en casi todos los casos no había habido ninguna denuncia de antemano. Como si la violencia hubiera irrumpido inexplicablemente en su entorno más próximo, con una espontaneidad salvaje y gratuita. Como si esos cuchillos y armas que habían segado la vida de esas mujeres, los hubieran empuñado fantasmas venidos de otro mundo.

Pero María supo, al escuchar estas noticias por la radio, que esto no era verdad. Que lo que nos ocurre, a muchas de nosotras, es que no podemos ver, recordar esos pequeños gestos de una tarde cualquiera, esa mirada de censura ante una opinión nuestra, o ese sentimiento de propiedad que se les escapa a algunos hombres cuando hablan de nosotras.  Por ello, cuando visualizó de nuevo el manotazo en su rostro, a plena luz del día y en una calle del centro de su ciudad, sintió como si un rayo cruzara toda su espina dorsal. Un golpe que no podía paralizarla, abandonarla  sin respuesta alguna. Supo con la certeza del dolor,  que para salvarse nada más le quedaba una salida. 

 

Escrito por: Silvia Fernández Bernárdez

La mujer que perdió la conciencia corporal de sí misma (La mujer desencarnada)

Christina era una joven perfectamente normal que un día sufrió un acceso de dolor abdominal. En su afán detectivesco, los médicos rápidamente encontraron la causa: unas piedras en la vesícula. Su pronóstico era bueno. Bastaba una sencilla operación y  en unos días estaría de vuelta en su casa. Pero algo pasó. La noche anterior, en forma de pesadilla premonitoria, Christina soñó “como su cuerpo perdía toda sensibilidad, no sentía el suelo, todo objeto que cogía caía irremediablemente al suelo”. Y al día siguiente, el sueño se convirtió en aterradora realidad.

Oliver Sacks retrató uno de los primeros casos narrados de polineuritis aguda en su libro “El Hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, que le dejó una lesión profunda y que no conoció recuperación orgánica, aunque sí funcional. Christina, en ese ataque inmunológico hacía su propio sistema nervioso, perdió las raíces sensitivas de los nervios craneales y espinales y con ello la propiocepción.

También llamado sentido oculto o sexto sentido; la propiocepción nos regala la certeza de nuestro propio cuerpo humano; nos señala el lugar y posición exacto del mismo, le da armonía a nuestro movimientos y nos ayuda a situarnos en el espacio.  Por ello, Christina se presentaba como si fuera un muñeco de títere sin hilos, al no tener el menor sentido de sus músculos, articulaciones y tendones. Recogiendo sus propias palabras: “tengo la sensación de que mi cuerpo es ciego y sordo a sí mismo”, y como tal, al pedirle que moviera sus brazos o sus piernas, siempre te pedía un receso, “para poder encontrarlas”.

Con la ayuda de Oliver y otros especialistas, se consiguió una rehabilitación funcional de su vida por la utilización de otros sistemas compensatorios; entre ellos, la vista, que suplió ese regulador propioceptivo e interno. Christina re-aprendió a “verse y observarse” para mantener una pose erguida,  mover los brazos hacía un plato de estofado, asirlo con la fuerza suficiente y  expresar emociones con movimientos faciales.   Su dinamismo resultaba artificioso y hasta aparatoso; pero era su nueva forma de vida.

El caso de Christina nos indica lo cuán importante es la propiopercepción para nuestra cotidianidad, a pesar de que su influencia actúa de una manera automática.  Tan acostumbrados estamos a depender de nuestros otros cinco sentidos, que se nos hace raro pensar en el infierno que estaría pasando Christina, y preguntarnos, como especialistas, ¿Qué pasos tuvo que pasar su intenso apoyo rehabilitador, la definición de cada movimiento, de cada postura, de su rapidez y lentitud idónea?. Con todo, una buena excusa para leer a Sacks y sus exquisitos retratos psicológicos de dolencias psicológicas y neurológicas.

 

Escrito por David Blanco Castañeda