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Amar apasionadamente perjudica seriamente nuestra cognición.

Cuando pensamos en “qué es eso de estar enamorados”, no podemos evitar esconder una sonrisa burlona al recordar la de acciones que hacemos al inicio de una relación romántica; cuando todo son mensajes, palabras bonitas y encuentros furtivos a medianoche. Que nos sentimos como enajenados en esos meses no supone ninguna novedad, y sin embargo, no encontramos numerosa literatura que ahonde en los efectos que nos produce el enamoramiento en nuestro propio sistema cognitivo.

Un equipo de investigación formado por psicólogos de la Universidad de Maryland y El Instituto Leider para el estudio del Cerebro y la Cognición han realizado una investigación publicada el pasado mes de noviembre en donde se pone a prueba la capacidad cognitiva de los participantes cuando éstos están en esta primera fase de “amor apasionado”.  En ella, y de acuerdo con las hipótesis planteadas en el estudio, se les presupone  a las personas una menor capacidad de control cognitivo;  es decir, una menor habilidad para seleccionar la conducta adecuada según las necesidades reales de la situación en cada momento; con efectos claros en su atención e impulsividad.

Para comprobar sus planteamientos, fueron aplicando las pruebas a 43 participantes heterosexuales con una relación que hubiese comenzado hace menos de 6 meses, y con edades comprendidas entre los 16 y 27 años.

Se utilizaron varias pruebas, cada una para recoger cada una de las variables a estudiar. Por un lado, la Escala de Amor Apasionado (PSL, Hartfield y Sprecher, 1986) que extraía las medidas de amor apasionado; con ítems que viraban desde el pensamiento intrusivo, el deseo permanente de unión o la necesidad de mantener contacto físico constante. Por otro, para las medidas de atención y capacidad cognitiva; el Test Stroop y la Tarea de Francos de Eriksen; con especificidad para detectar aquellos casos con capacidad para filtrar los estímulos distractores, ya fuesen presentados semánticamente o espacialmente.

Lo encontrado no dejó lugar a dudas; obteniendo los participantes puntuaciones consistentemente menores en las pruebas cognitivas, y confirmando las sospechas de sus autores de una menor capacidad de control cognitivo en etapas iniciales de una relación sentimental. Conclusiones que contrastaban con las investigaciones previas que pronosticaban una mayor estabilidad en aquellas relaciones donde los dos miembros tuviesen altos niveles de control cognitivo; con un tipo de amor más basado en la intimidad y el deseo por seguir la relación, y que garantizaría el mantenimiento de la relación a largo plazo.

Así, con los resultados obtenidos podemos concluir dos tipos de amor; un amor intenso e impulsivo, existente en los primeros meses de relación, con altos niveles de energía, dependencia emocional y pensamientos centrados en el otro, y un segundo amor; definido por anteriores investigaciones, mucho más consolidado y con mayores dosis de capacidad de control por parte de los implicados para focalizarse en la relación y resistir a posibles “tentaciones”.

Aunque todavía quedan preguntas por esclarecerse, esta investigación supone uno de los primeros intentos por comprender cómo evoluciona el amor a lo largo de los años. Con tanto público interesado, ¿cuál será el siguiente paso?

Escrito por David Blanco Castañeda.

Fuente: www.Huffingtonpost.es

Bibliografía consultada: Van Steenbergen, H., Langeslag, S. J., Band, G. P., & Hommel, B. (2013). Reduced cognitive control in passionate lovers. Motivation and Emotion. 

El nacimiento de nuevas neuronas, el estrés y la depresión

No hace tanto que se creía que nacíamos con un número de neuronas y a lo largo de la vida sólo las íbamos perdiendo. Sin embargo, en los últimos años, se ha encontrado evidencia de que nacen nuevas neuronas en cerebros adultos y que este nacimiento perdura hasta la tercera edad.

Particularmente, se encuentran nuevos nacimientos de células en el giro dentado hipocampal, zona del cerebro que tiene mucha importancia para el aprendizaje y la creación de recuerdos nuevos.  

Desde que se conoce que en la edad adulta también nacen nuevas neuronas, se comienza a estudiar tanto su función como qué factores favorecen que estas nuevas neuronas nazcan. Respecto a la función de éstas, planteando diferentes tareas experimentales, se ha visto que son importantes para el aprendizaje. Cuando hablamos de los factores que pueden bloquear el nacimiento de este tipo de neuronas, se ha podido observar que un factor importante mediante el que se impide el nacimiento de estas neuronas es el estrés.

Un estrés continuado, mantenido en el tiempo, suele derivar en depresión. Además, el hecho de que durante procesos de depresión desaparezca esta formación de nuevas neuronas, es coherente con ciertos problemas de memoria que aparecen durante la depresión y que han sido ampliamente estudiados.

De hecho, cuando se administran antidepresivos se ha podido observar que los efectos visibles en el comportamiento sólo aparecen cuando estos fármacos fomentan también la neurogénesis. Sin embargo, si se bloquea de forma experimental el nacimiento de nuevas neuronas, no se producen los cambios comportamentales esperados por el efecto antidepresivo.

Pero, ¿qué puede hacer que nazcan nuevas neuronas en la edad adulta? Hay varios factores que lo fomentan, los que están más claros son el ejercicio aeróbico, así como el enriquecimiento del ambiente a través de de estímulos variados.

La técnica sólo nos ha permitido conocer este tipo de procesos en roedores, pero a pesar de esto, parece estar bastante claro que en humanos el estrés y la depresión pueden ser problemas a la hora de desarrollar estas nuevas neuronas. Se ha podido observar que el efecto de los antidepresivos tiene mediación sobre estos procesos de neurogénesis, el siguiente paso podría ser plantearnos ¿qué puede hacer la psicoterapia, ya que genera cambios en el comportamiento, sobre estos procesos de neurogénesis?

Fuentes: Molecular Psychiatry (2000); Science (2003); Nature Neuroscience (2007).

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

La preocupación y la culpa en tu salud

A menudo escuchamos noticias y comentarios sobre la salud mental en los medios de comunicación que nos dan a entender o sugieren que las causas biológicas son de alguna manera más importantes y fundamentales que los factores sociales o psicológicos. Esto es el encanto de eso que llamamos reduccionismo. De hecho, cuando tratamos un tema tan complejo como la mente y conducta humanas debemos considerar todos los posibles niveles de explicación y especialmente si tenemos en cuenta que los factores psicológicos y sociales suelen ser los más susceptibles de intervención.

Un nuevo estudio liderado por la Universidad de Liverpool, en colaboración con la cadena BBC, apoyaría este punto de vista. Este grupo de investigadores realizó una encuesta a más de 32.000 personas (de entre18 y 85 años de edad) en la que se preguntaba por diversos datos relacionados con el estado de salud mental (en términos de depresión y ansiedad), los factores de riesgo genético (medido por su historia familiar), sus relaciones interpersonales, acontecimientos de la vida, demografía y dos aspectos sobre sus “tendencias psicológicas”: la rumiación de pensamiento (si se preocupa en exceso, no pudiendo parar de darle vueltas a las cosas) y el tipo de estilo atribucional (culparse a sí mismo de las cosas que salen mal pese a que éstas sean externas).

En el estudio se investigaron las relaciones existentes entre los factores biológicos, sociales y psicológicos y el estado de salud mental de los participantes. Los resultados obtenidos sugieren que los eventos traumáticos de la vida tienen un vínculo directo más fuerte con la depresión y la ansiedad, seguido de una historia familiar de problemas de salud mental y la baja condición social (en términos de educación e ingresos). La soledad y la falta de apoyo social también se vincularon directamente con una mala salud mental.

Sin embargo, podría decirse que el hallazgo más importante fue que la relación entre estos factores y la mala salud mental estaba mediada significativamente (aunque no totalmente) por las “tendencias psicológicas” de la rumiación y el estilo atribucional de la persona. Los autores afirman que sus resultados apoyan claramente la afirmación de que los agentes causales biológicos, sociales y circunstanciales afectarían a nuestra salud mental y bienestar a través de su impacto en la forma en que procesamos la información y percibimos el mundo. Aunque en este estudio los aspectos psicológicos no mediaron completamente la relación entre los factores medidos y el trastorno mental, esto podría deberse a que sólo se midieron dos componentes o procesos psicológicos (rumiación y estilo atribucional).

Según los investigadores, estos resultados tienen implicaciones prácticas, ya que los procesos psicológicos como la rumiación y culpa son abordables desde la psicoterapia. Por supuesto, este estudio tiene sus limitaciones como reconocen los mismos autores. La más importante es que los datos sólo representan una sola instantánea en el tiempo. Para disponer de una evidencia más sólida al respecto de la función de mediación de estos factores psicológicos, serán necesarias nuevas investigaciones en las que se recopile información sobre los participantes a lo largo y durante las diferentes etapas vitales.

Fuente: Research Digest

Escrito por María Rueda Extremera

 

Un Yo Expuesto

Hoy día, pasamos gran parte de nuestro tiempo delante de la pantalla de un ordenador actualizando los estados de las redes sociales. Los cambios producidos en la telefonía móvil actual han hecho que una conversación ni siquiera tenga que ser necesariamente finalizada para estar permanentemente unida a ella, de manera online. Nuestras agendas electrónicas nos organizan el tiempo casi mejor que nosotros mismos. Buena parte de ello, sin duda, se debe a la gran cantidad de información personal que volcamos en estos dispositivos.

Luis Manuel Ariza recoge muchos de estos hábitos para sintetizarlos en un artículo (Los datos que hay en mí) que ha sido publicado este domingo en el suplemento de El País Semanal. Se hace eco de un mundo en progresiva tecnificación, en donde la persona va consintiendo la facilitación de información a todos estos dispositivos para, por ejemplo, organizar un horario acorde con las actividades de la persona o marcar un plan de ejercicios que tenga en cuenta  el número de calorías consumidas y el estado de ánimo de la persona. Las formas de aplicación son infinitas.

El autor lanza una serie de reflexiones entre las que se encuentra  la máxima con la que finaliza el texto: “no hagas (con la tecnología) lo que no quieres que se sepa”. Es decir, nos coloca a nosotros la responsabilidad de saber gestionar nuestra información personal, en un contexto en donde la propia intimidad ha quedado al descubierto. En ese sentido, educar a las personas no sólo en el correcto uso de cada uno de los dispositivos que hacemos (o que haremos en un futuro) como también en poner límites en la exposición de la información en la nuevas tecnologías puede tener importantes consecuencias tanto en la preservación de nuestra intimidad como en la construcción y diferenciación de la identidad individual.

Y sin embargo, en esta sociedad  en la que tenemos el acceso a la información de los otros a toque de click y en la que se nos aboga por la necesidad imperiosa de compartir con los demás lo que nos ocurre, ¿cómo podemos hacer para resguardar nuestra intimidad? ¿Podemos realmente establecer unos límites claros entre lo que podemos compartir y nuestros datos personales? ¿somos más dependientes que hace unos años en cuanto a su uso?

Os dejo esta vez que concluyáis el texto con vuestras propias conclusiones.

Fuente: El País Semanal.

 

Escrito por David Blanco Castañeda.

El «test de la mantequilla de cacahuete» para el Alzheimer

En la lucha contra la enfermedad de Alzheimer se considera de gran importancia poder anticiparnos a la aparición de ésta en fases pre-clínicas (antes de que aparezcan los síntomas propios ya conocidos). Dentro de la investigación sobre la enfermedad, se ha supuesto que previo al daño evidente que produce, anteriormente han de aparecer otros síntomas poco visibles que nos ayuden a intervenir de forma temprana. Esto se considera fundamental debido a que una intervención temprana puede retrasar el avance de la enfermedad. Con este objetivo, estamos acostumbrados a ver estudios de neuroimagen en los que se encuentran alteraciones de las conexiones cerebrales en las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer o proteínas asociadas a la enfermedad que se pueden encontrar en el plasma sanguíneo, de forma que se pueda conocer la aparición de esta terrible enfermedad lo antes posible.

A muchos de nosotros nos puede sorprender que existan déficit menos conocidos producidos por la enfermedad de Alzheimer y que puedan servir para la detección precoz de ésta. Hace ya tiempo que se han establecido déficits en la capacidad olfativa en enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Párkinson.

Hablando concretamente de la enfermedad de Alzheimer, encontramos que múltiples áreas cerebrales afectadas en esta enfermedad son de gran importancia para el reconocimiento a través del olfato. Éstas pueden ser la parte frontal del lóbulo temporal, las cortezas olfativas primarias o la corteza entorrinal, así como el hipocampo.

En base a este conocimiento, una estudiante de la Universidad de Florida ha desarrollado un test olfativo por el que se puede manifestar, por el momento sólo de forma confirmatoria, la presencia de enfermedad de Alzheimer. Lo mejor de esta prueba, según los investigadores que han llevado a cabo este estudio, es que comparativamente con otras medidas para hacer el diagnóstico, es mucho más barato y rápido.

En el “test de la mantequilla de cacahuete” se pide a la persona que cierre los ojos, la boca y tape uno de los dos agujeros de la nariz. Se coloca una cucharada de este producto a cierta distancia de su nariz, medida ésta con una regla y se va acercando centímetro a centímetro hasta que se percibe el olor. Con este método, encontraron que se veía afectado concretamente el agujero izquierdo de la nariz en comparación con el derecho, lo cual podría ser específico del Alzheimer frente al déficit del olfato presente en otras enfermedades neurológicas.

Aunque por el momento este test se encuentra en fases prematuras de desarrollo, estos resultados pueden ser síntomas prometedores para revelar la enfermedad de Alzheimer de forma temprana. Además, nos da una idea sobre la variedad de modalidades sensoriales que pueden alterarse en las enfermedades neurológicas. En muchas ocasiones no son plenamente atendidas pero, sin embargo, pueden darnos nuevas informaciones sobre esta compleja enfermedad.

Fuente: http://www.medicalnewstoday.com/articles/267236.php

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

Terriblemente emocionados o por qué disfrutamos con el miedo (Especial Halloween)

Ahora que se acerca la fiesta de Halloween, que todos los supermercados y centros comerciales se llenan de calaveras, fantasmas y demás ornamentación “terrorífica”, me pregunto ¿por qué nos gusta pasar miedo?

El miedo es una emoción que conlleva una reacción en cadena que comienza con un estímulo estresante y termina con la liberación de sustancias químicas que provocan el aumento, entre otras cosas de la tasa cardiaca, respiración acelerada y tensión muscular. Esto prepara a nuestro cuerpo para dar una respuesta de lucha o huida. El miedo, como cualquier otra emoción, es necesario para la supervivencia. El estímulo bien podría ser una araña, una pistola que nos apunta, un auditorio lleno de gente que nos mira esperando a que empecemos a hablar o el golpe de la puerta al cerrarse repentinamente. ¡Vale! Pero si hay muchas personas a las que algunas de estas cosas les generan auténtico sufrimiento ¿por qué muchas otras encuentran divertido pasar miedo, hasta tal punto que incluso pagan por una entrada de cine o una visita a la casa del terror?

Existen diferentes teorías, pero parece ser que la clave está en la percepción de riesgo. Esto quiere decir que, si entendemos que no existe un peligro real y que por tanto nuestra supervivencia está garantizada, esta experiencia repleta de adrenalina resultará agradable. Disfrutamos porque la experiencia es finita, es decir, nuestro organismo se expone al estímulo terrorífico con sus características estresantes que hace disparar todas las alarmas automáticas, pero sabemos que va a tener fin y no va a haber ninguna consecuencia fatal. Por el contrario, en los trastornos de ansiedad creemos y sentimos que estamos en peligro. Aquellas personas que sufren estos trastornos tienden a evitar acercarse a aquello que les da miedo, privándose a sí mismas de esta “sensación de fin”, lo que perpetúa su miedo y sentimientos de incertidumbre.

Racionalmente sabemos que nuestra vida no corre peligro al aparecer un zombie en la pantalla, pero el procesamiento cortical racional es “lento”, y como nuestra supervivencia depende de lo rápidos que seamos, nuestro organismo está preparado para reaccionar a gran velocidad sin ni siquiera darnos tiempo a pensar (vías subcorticales: tálamo – amígdala – hipotálamo), haciéndonos soltar un sonoro grito en mitad del cine. Esa descarga de adrenalina seguida del alivio garantiza la diversión. ¿Y por qué gritamos o nos agarramos al brazo de nuestro acompañante? Pues principalmente porque la expresión de la emoción a través del rostro y el cuerpo sirve para comunicar a nuestro grupo que estamos en peligro, y esto es lo que podemos ver claramente en #esta galería de fotos# (http://www.bbc.co.uk/mundo/video_fotos/2013/10/131009_galeria_fear_factory_terror_halloween_jg.shtml)  tomadas en el interior de un pasaje del terror. Ante un estímulo amenazante tendemos a buscar la protección mutua. Y todos sabemos que siempre es mejor pasar el mal trago juntos. Feliz Halloween… mejor, ¡acompañado!

 

Escrito por: María Rueda Extremera

La Mujer Herida

El 4 de octubre se estrenó en las pantallas de cine La Herida, película que muestra con especial verosimilitud el difícil mundo de una persona con Trastorno Límite de Personalidad. Con planteamientos muy cercanos al documental, y con una cámara que se posa permanentemente en el rostro de su protagonista, nos adentramos en una espiral emocional de autodestrucción. Sentimos lo que siente Ana sin necesidad de que nadie mencione un diagnóstico. La identificación y el malestar son máximos.

Ana tiene 28 años y trabaja como conductora de ambulancias. Sirve de apoyo y enlace a las personas desde que salen de su hogar hasta que llegan al destino que les corresponde. En ese contexto Ana se muestra cercana, responde con sonrisas; se desenvuelve bien dentro de su entorno de trabajo habitual. Es cuando llega a casa, y se encierra en su habitación (literalmente), cuando esa apariencia de estabilidad se desvanece.  Ana comienza a sufrir intensos estados emocionales negativos, en un cóctel explosivo de ansiedad y depresión.  Es capaz de llamar a su ex pareja para decirle las mayores barbaridades, y al segundo siguiente, decirle que aún le quiere y que le necesita. Lo mismo le pasa con las amistades, en una constante de idealización y decepción. Ana no sabe cómo se siente. Solo que sufre, sufre muchísimo. Pero no sabe cómo evitarlo. A veces coge un cigarro encendido, y se lo posa en el hombro, haciéndose una herida, que se suma a cortes, acompañados de un intenso dolor y lloros. Y cuando se describe a sí misma, a veces teclea la frase: “es como si no fuera yo”.

Todas estas conductas, y muchas más que se muestran en La Herida, suponen un loable esfuerzo por enseñar al espectador en qué consiste el Trastorno Límite de la Personalidad. Sus imágenes nos muestran como  es un patrón de conducta con una elevada impulsividad, con reacciones intensas al malestar emocional y a los conflictos interpersonales, con sentimientos crónicos de inadecuación y vacío.

Y sin embargo, la película deja al propio espectador que saque sus propias conclusiones al respecto. Nos muestra a Ana en su cotidianidad. No la juzga. No la estigmatiza con una categoría que la convertiría en algo diferente. Nos muestra su vida, su mirada, la estrategia que tiene para solucionar sus propios problemas. Nos deja a nosotros el papel de continuar la historia una vez finalizan los títulos de créditos. Como ya dije al principio, la película consigue que nos identifiquemos con ella al no mencionar un diagnóstico. Entonces, ¿qué hay de Ana en cada uno de nosotros? ¿Podríamos sentir en algún momento lo que siente ella durante la película? ¿Qué diferencia hay entre alguien con un “trastorno”? La Herida golpea no solo por la historia que cuenta, sino por las preguntas que lanza y la reflexión que podemos sacar de ello.

Escrito por David Blanco Castañeda

 

 

 

 

Lo que el psicólogo piensa y no te dice

Una persona que va a terapia hace un gran esfuerzo por mejorar. Se enfrenta a sus miedos, a pensamientos negativos y sentimientos que no son agradables. Pone sobre la mesa cosas íntimas de sí mismo y esa persona que está enfrente pregunta, enfrenta a cosas que no son fáciles de ver y que asustan. El paciente muchas veces se pregunta qué estará pensando el psicólogo y no dice. Aquí hay algunas de esas cosas y sus motivos para no expresarlas. El psicólogo también es humano, pero antepone el proceso terapéutico intentando ser una ayuda.

“Por favor, no preguntes siempre ¿Por qué?”

Mucha gente va a terapia queriendo saber por qué son de la forma que son. Es importante entender las razones por las que hacemos lo que hacemos, pero a menudo, este porqué no es suficiente para sobreponerse, y hay veces que no es ni siquiera necesario. Por ejemplo, si una persona tiene fobia a los ascensores, entender cómo se desarrolló ese miedo puede ser interesante, pero probablemente no ayude a resolver el problema. Conocer el “porqué” por sí mismo no hará que alguien con ese miedo suba en el ascensor. Las explicaciones a uno mismo no hacen que se cambien los hábitos ya instaurados. El esfuerzo que hay que hacer para cambiar ese patrón es mucho más costoso y el psicólogo, así como los pacientes que han pasado por ello, lo saben.

“Definitivamente, deberías hacer eso”. Un consejo directo sería lo peor para el paciente

Mucha gente va al psicólogo buscando una respuesta rápida como “¡Sí! Deberías dejar el trabajo” o “¡No! Claramente no deberías dejarlo”. Sin embargo, el terapeuta no quiere dar una respuesta de este tipo. Esto es por lo siguiente: el psicólogo sabe que no tiene toda la información, así que dar una solución directa puede ser lo peor para el paciente. En lugar de eso lo que hace es guiar a los pacientes hacia su propia solución haciendo preguntas y asistiéndoles a lo largo de la toma de decisiones, ayudando a identificar que le está manteniendo bloqueado en este proceso.

“Sé que estás mintiendo, y está bien”

Nadie dice toda la verdad y nada más que la verdad. Los recuerdos no son como una cámara de video que reproduce una historia con toda fidelidad. Tendemos a ver las cosas sólo desde un punto de vista (el nuestro) y las recordamos un poco diferentes cada vez. Al final, un paciente da una versión de cómo experimenta las cosas. Incluso a veces se puede omitir la verdad porque ciertos detalles parecen irrelevantes, vergonzosos o demasiado personales. En la mayoría de los casos el terapeuta no dice nada cuando sospecha que un paciente está rehuyendo algún tema, incluso inconscientemente. Decir en sesión que aquello que se cuenta puede no ser verdad puede intimidar a una persona, destruyendo la confianza en lugar de crearla. En lugar de esto, prefiere esperar y dar pie mediante desafíos a las contradicciones, para que en su momento, cuando esté más preparado, el consultante pueda dar una visión más honesta (y muchas veces más reveladora) del retrato de sí mismo.

Fuente: Huffingtonpost.com

Escrito por Lara Pacheco

¿Invulnerables a la publicidad?

Allá por los años 50, el publicista James Vicary generó amor y odio a partes iguales cuando se jactó del éxito de sus anuncios «subliminales». La presentación de las palabras «Bebe Coca-Cola» (Drink Coke) en la pantalla, durante la película y a una velocidad demasiado rápida para ser detectados conscientemente, tuvo el efecto de aumentar la compra de refrescos en las salas de cine, o al menos eso afirmó.

Investigaciones más recientes han confirmado que efectivamente las personas podemos ser influenciadas por los mensajes subliminales. Del latín «por debajo del umbral», estos mensajes hacen ciertos conceptos mentales más accesibles y, en las condiciones adecuadas, pueden cambiar el comportamiento de las personas. Lo que ha resultado más importante es que el mensaje sea meta – relevante, es decir, si el mensaje subliminal es para una marca de bebida, es más probable que influya si tienes sed.

La idea de que nuestras decisiones pueden ser influenciadas por mensajes publicitarios de los que no somos conscientes plantea algunas preocupaciones éticas obvias. Lo relevante aquí es si existe alguna forma de protegernos de los mensajes subliminales, y ésto es lo que han explorado en un nuevo estudio.

Investigadores de la Universidad de Radboud (Nijmegen – Países Bajos) expusieron a dos grupos de estudiantes al nombre de una marca de refresco (Nestea o 7up) durante 17 ms, demasiado rápido para poder detectarlo conscientemente. A uno de los grupos se le indicó previamente que iban a ser expuestos a un mensaje subliminal, a otro se le advirtió posteriormente que habían sido expuestos a esta imagen, y a un tercero no se le mostró ningún mensaje o imagen subliminal. Finalmente se les pidió a todos ellos que eligieran entre dos bebidas (Nestea o 7up).

La advertencia funcionó, independientemente del momento en que se hiciera. Los participantes sedientos expuestos a una marca de bebida subliminal eran más propensos a elegir esa marca, a no ser que recibieran el mensaje de advertencia. Esto sugiere que somos capaces de protegernos o blindarnos ante la publicidad subliminal y que la advertencia no altera el procesamiento inicial del mensaje subliminal, pero que de alguna manera sí modifica el efecto. Los autores del estudio piensan que ser advertido desencadena una actitud más cautelosa que nos impide confiar en la accesibilidad de los pensamientos al tomar una decisión. De esta forma puede que nos volvamos menos confiados sobre las ideas y pensamientos que nos surgen, dándonos cuenta de que no siempre los generamos nosotros mismos.

Estos intrigantes resultados sugieren que podemos ser relativamente invulnerables a los mensajes publicitarios subliminales en situaciones en las que estamos cautelosos – quizás al hacer una compra costosa o muy importante. Sin embargo, se necesita más investigación en un entorno real para conocer los límites de nuestras defensas subliminales.

Fuente: Research Digest

Escrito por María Rueda Extremera

Las Posibles Ventajas de los Falsos Recuerdos.

Que la memoria no es tan fidedigna como se pensaba y que hay algo nuevo que aparece (o desaparece) en nuestros recuerdos no es algo nuevo. La historia que se cuenta año tras año en la cena familiar-en la que siempre hay ligeras modificaciones- o aquellos dos productos que te sorprendes comprando a pesar de haberte aprendido la lista de la compra, ejemplifican sucesos de cómo la memoria no funciona como una copia fija y estática. La memoria resulta ser un proceso activo y reconstructivo, en la que los recuerdos se modifican de acuerdo a nuestra propia experiencia y en la que es frecuente tanto la pérdida de elementos como la adicción de otros nuevos (a estos últimos los llamamos falsos recuerdos o falsos positivos). Así, los recuerdos, cuando se activan con conceptos altamente relacionados (como la lista de la compra), tienden a producir falsos recuerdos, en una prueba de conectividad cerebral.

En un estudio realizado por el equipo de investigación liderado por Mark Howe, publicado recientemente en la Behavioral Sciences and Law, describen el papel adaptativo de estos falsos recuerdos y de cómo pueden ayudarnos en la resolución de problemas nuevos. Además, explicarían también como tendrían un papel en la supervivencia como especie.

En él, niños y adultos eran sometidos a una sencilla prueba de aprendizaje de palabras, en la que se facilitaban tanto palabras neutras (“papel”, “mesa”) como palabras relacionadas con la supervivencia (como “fuego” o  “peligro”).  En esta primera fase, en la prueba de recuerdo, se observó como la mayoría de los participantes tendían a añadir una o dos palabras relacionadas con el tema de la lista, y que, sin embargo, no habían visto nunca (falsos recuerdos).  

En la segunda fase del experimento, estos mismos participantes jugaban a un juego llamado “Test de Asociaciones Remotas”, en la que los mismos participantes debían completar un puzzle formado por tres piezas con una cuarta palabra relacionada con las tres palabras previas. Algunas de las soluciones se relacionaban fuertemente con los temas de la primera fase, y de esta forma, se comprobaba la influencia de los temas y falsos recuerdos de la primera fase.

Los resultados muestran como, en efecto, los participantes tendieron  a completar esa cuarta palabra con falsos recuerdos de la primera fase, y sobre todo, con aquellos que tenían que ver con la supervivencia. Con ello, los autores del estudio afirman el papel positivo de este tipo de recuerdos, porque suponen la activación de conceptos e ideas dadas por la experiencia previa, que ayudan a la resolución de problemas, y con mayor utilidad para aquellos que nos aseguren una supervivencia.

Como dice el autor: “pensad en un hombre primitivo, en la utilidad de evocar recuerdos a la hora de salvaguardarse de un depredador, en la importancia de fijarse no sólo en loss signos visibles, sino en todo lo relacionado con ello y que no se muestra”.

 

Fuente: Research Digest

Escrito por David Blanco Castañeda.