El modelo de procesamiento predictivo para explicar el trauma complejo

Cómo nuestras experiencias cambian lo que esperamos del mundo

¿Por qué una persona puede saber perfectamente que está a salvo y, aun así, sentir que algo malo está a punto de ocurrir? ¿Por qué determinadas situaciones aparentemente inocuas desencadenan respuestas emocionales muy intensas?

Cuando hablamos de trauma psicológico solemos pensar, en primer lugar, en aquello que ocurrió: una situación de violencia, abuso, abandono, accidente o cualquier otra experiencia que desbordó los recursos de la persona para afrontarla. Sin embargo, sus efectos no parecen depender únicamente del recuerdo de ese acontecimiento.

En los últimos años, algunos modelos procedentes de la neurociencia han planteado una idea interesante: parte de las consecuencias del trauma podrían entenderse también a partir de lo que nuestro cerebro aprende a esperar después de lo ocurrido.

Esta perspectiva se conoce como procesamiento predictivo (predictive processing) y está empezando a utilizarse como marco para comprender algunos fenómenos relacionados con el estrés postraumático y, especialmente, con el trauma complejo.

El cerebro utiliza la experiencia para anticiparse

Nuestro cerebro no interpreta cada situación desde cero.

Utiliza continuamente experiencias anteriores para anticipar qué es probable que esté ocurriendo y qué puede suceder después. Cuando vemos una expresión facial, escuchamos determinado tono de voz o sentimos que nuestro corazón se acelera, esa información se interpreta teniendo en cuenta lo que hemos aprendido anteriormente.

Esto resulta enormemente útil. Anticiparnos permite responder rápidamente a nuestro entorno sin tener que analizar conscientemente todas las posibilidades.

El problema aparece cuando algunas experiencias tienen un impacto especialmente intenso sobre aquello que esperamos.

Después de una situación traumática, aumentar la sensibilidad hacia señales que podrían indicar peligro puede ser una respuesta completamente comprensible. Si detectar rápidamente determinadas señales ayudó a protegernos en el pasado, nuestro sistema tiene buenos motivos para prestarles especial atención.

La dificultad surge cuando esas expectativas siguen teniendo mucho peso en contextos en los que la situación ya es diferente.

Una expresión facial ambigua puede interpretarse como hostil. Una discusión pequeña puede sentirse como el comienzo de un abandono. Una sensación corporal de activación puede convertirse rápidamente en una señal de alarma.

Desde esta perspectiva, no reaccionamos solamente a lo que está ocurriendo en el presente, sino también a lo que nuestra experiencia nos ha enseñado que podría ocurrir a continuación.

Una revisión publicada por Kube y colaboradores en 2020 planteó precisamente que este tipo de expectativas podría contribuir a explicar algunos fenómenos frecuentes en el estrés postraumático, como la hipervigilancia, la reexperimentación o determinadas formas de evitación.

¿Y qué ocurre en el cerebro?

Cuando hablamos de trauma no existe una única “zona cerebral del trauma”. Los estudios apuntan más bien a cambios en la forma en que distintas redes cerebrales procesan la amenaza, el contexto, las sensaciones corporales y la regulación emocional.

Entre las regiones que aparecen con frecuencia en la investigación se encuentran la amígdala, implicada en la detección de información emocionalmente relevante; el hipocampo, importante para situar los recuerdos y las experiencias dentro de un contexto; la ínsula, relacionada con la percepción de señales internas del cuerpo; y distintas áreas de la corteza prefrontal, que participan en procesos de evaluación, atención y regulación.

Sin embargo, hoy resulta poco útil pensar simplemente que unas áreas “se activan demasiado” y otras “se apagan”. Lo importante parece estar también en cómo se comunican entre sí y qué señales reciben más peso.

Esto encaja bien con los modelos predictivos: si determinadas señales se han asociado repetidamente con peligro, el cerebro puede empezar a considerarlas especialmente relevantes y darles prioridad incluso cuando la situación actual no supone la misma amenaza.

Cuando el trauma afecta también a cómo nos vemos y cómo vemos a los demás

Este enfoque resulta especialmente interesante cuando hablamos de experiencias traumáticas prolongadas o repetidas.

En estos casos, lo que aprendemos no tiene por qué referirse únicamente a una situación concreta. También podemos desarrollar expectativas sobre cómo son las relaciones, cómo responderán los demás o incluso sobre nosotros mismos.

En 2024, Andrea Putica y James Agathos publicaron en Neuroscience & Biobehavioral Reviews una propuesta para comprender el trastorno de estrés postraumático complejo desde este marco.

Los autores plantean que experiencias repetidas de amenaza, abandono, violencia o imprevisibilidad podrían favorecer expectativas muy estables relacionadas con tres áreas especialmente importantes: la regulación emocional, el autoconcepto y las relaciones con otras personas.

Por ejemplo, si expresar una necesidad estuvo asociado repetidamente con rechazo, puede resultar fácil esperar rechazo cuando volvemos a necesitar algo. Si el conflicto estuvo asociado con violencia o abandono, una discrepancia relativamente pequeña puede provocar una reacción mucho más intensa de lo que cabría esperar por la situación actual.

Algo parecido puede ocurrir con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Experiencias prolongadas de crítica, humillación o culpabilización pueden contribuir a que interpretaciones como “el problema soy yo” o “algo malo hay en mí” se conviertan en explicaciones especialmente disponibles.

“Sé que no está pasando nada, pero siento que sí”

Esta es una experiencia bastante frecuente en consulta.

Una persona puede comprender racionalmente que una situación actual no supone una amenaza y, al mismo tiempo, experimentar una reacción emocional o corporal muy intensa.

A veces hablamos de ello como si existiera una contradicción entre una parte racional que “sabe” que todo está bien y otra parte que sigue viviendo en el pasado.

El procesamiento predictivo permite plantearlo de una manera algo diferente.

Nuestros conocimientos conscientes no son la única información que utilizamos para interpretar lo que ocurre. También existen aprendizajes construidos a partir de experiencias emocionales, corporales y relacionales acumuladas durante años.

Por eso, comprender intelectualmente que algo ha cambiado no significa necesariamente que todas nuestras expectativas hayan cambiado al mismo tiempo.

Esto ayuda también a entender por qué decirnos simplemente “no pasa nada” muchas veces resulta insuficiente.

¿Qué implica esto para la terapia?

Aquí aparece probablemente una de las consecuencias más interesantes de este modelo.

Si parte de las dificultades relacionadas con el trauma tienen que ver con expectativas muy consolidadas, el tratamiento no puede consistir únicamente en explicar a la persona que el peligro ya ha pasado.

Para que algunos aprendizajes cambien necesitamos también experiencias nuevas que permitan comprobar que otros resultados son posibles.

Dentro de la terapia, esto puede significar muchas cosas diferentes: poder recordar sin quedar completamente atrapado en el recuerdo, sentir una emoción intensa y comprobar que puede disminuir, expresar una necesidad y recibir una respuesta diferente de la esperada, poner un límite sin perder automáticamente una relación o acercarse progresivamente a situaciones que llevamos tiempo evitando.

No se trata simplemente de generar una sensación abstracta de “seguridad”, sino de ir acumulando experiencias que permitan ampliar aquello que nuestro sistema considera posible.

Esta idea conecta con mecanismos que llevan tiempo presentes en los tratamientos psicológicos del trauma, como el aprendizaje de seguridad, la exposición, la actualización de significados o las experiencias relacionales correctivas. El procesamiento predictivo ofrece una forma interesante de integrar muchos de estos procesos dentro de un mismo marco.

Un modelo prometedor, pero todavía en construcción

Aunque esta forma de entender el trauma resulta especialmente sugerente, conviene mantener cierta prudencia.

El procesamiento predictivo es actualmente un marco muy influyente en neurociencia y psicología, pero no significa que se haya demostrado de manera definitiva que el cerebro funciona exactamente de esta forma. Algunas de sus propuestas cuentan con apoyo experimental, mientras que otras continúan siendo hipótesis que necesitan mayor investigación.

En el caso concreto del trauma complejo, los trabajos recientes de Putica y colaboradores ofrecen sobre todo un modelo teórico que permite organizar distintos hallazgos y generar nuevas preguntas de investigación.

Aun así, esta perspectiva aporta una idea clínica especialmente interesante: las consecuencias del trauma no dependen únicamente de aquello que sucedió en el pasado.

Nuestras experiencias también participan en la construcción de aquello que esperamos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo y de las personas que nos rodean.

Y parte del proceso de recuperación puede consistir precisamente en vivir suficientes experiencias nuevas como para que algunas de esas expectativas puedan empezar a cambiar.

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

Referencias

Kube, T., Berg, M., Kleim, B., & Herzog, P. (2020). Rethinking post-traumatic stress disorder: A predictive processing perspective. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 113, 448–460.

Putica, A., Felmingham, K. L., Garrido, M. I., O’Donnell, M. L., & Van Dam, N. T. (2022). A predictive coding account of value-based learning in PTSD: Implications for precision treatments. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 138, 104704.

Putica, A., & Agathos, J. (2024). Reconceptualizing complex posttraumatic stress disorder: A predictive processing framework for mechanisms and intervention. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 164, 105836.

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