En los últimos años hemos asistido a numerosos acontecimientos colectivos que ponen a prueba la capacidad de las personas para adaptarse a situaciones muy difíciles. Catástrofes naturales, conflictos armados o atentados nos recuerdan que el ser humano puede enfrentarse a experiencias que desbordan su capacidad habitual de afrontamiento.
Sin embargo, algo que la psicología lleva tiempo observando es que no todas las personas reaccionan de la misma manera ante un evento traumático. Mientras que algunas desarrollan síntomas persistentes de ansiedad, hipervigilancia o recuerdos intrusivos, otras parecen integrar la experiencia con mayor facilidad y continuar con su vida sin que el evento deje una huella tan profunda.

Comprender qué factores explican estas diferencias ha sido durante décadas una de las preguntas centrales en la investigación sobre trauma. Tradicionalmente se han estudiado variables como la gravedad del evento o el nivel de exposición, pero cada vez hay más evidencia de que las relaciones sociales y la capacidad de conectar con otras personas desempeñan un papel fundamental en la resiliencia psicológica.
En esta línea, un estudio reciente publicado en la revista Translational Psychiatry aporta una perspectiva especialmente interesante desde la neurociencia social.
Cuando dos cerebros se sincronizan
El estudio parte de un fenómeno conocido como sincronía entre cerebros (interbrain synchrony). Durante una interacción social —por ejemplo, una conversación— ciertas áreas del cerebro de ambos interlocutores pueden mostrar patrones de actividad que se coordinan en el tiempo.
No se trata de que los cerebros funcionen de forma idéntica, sino de que algunos procesos neuronales aparecen temporalmente alineados, reflejando procesos como la atención compartida, la comprensión mutua o la empatía.
Para estudiar este fenómeno, los investigadores registraron la actividad cerebral de varias personas mientras conversaban con otras mediante una técnica llamada fNIRS, que permite medir cambios en la actividad cerebral durante interacciones cara a cara.
Lo interesante es que estas mediciones se realizaron antes de que ocurriera un evento traumático colectivo: los ataques del 7 de octubre de 2023 en Israel. Meses después, los investigadores evaluaron la exposición de los participantes a esos eventos y los síntomas psicológicos posteriores.
Un posible factor protector frente al trauma
Como cabría esperar, las personas más expuestas al evento traumático mostraban mayores niveles de malestar psicológico.
Sin embargo, apareció un resultado especialmente llamativo: las personas que previamente habían mostrado mayor sincronía cerebral con otras durante las interacciones sociales presentaban menos síntomas tras el trauma.
En otras palabras, la capacidad de “sintonizar” con otras personas parecía amortiguar el impacto psicológico del evento.
El efecto se observó especialmente en regiones cerebrales implicadas en la comprensión de las acciones y emociones de los demás, áreas vinculadas a los sistemas de empatía.
Estos resultados encajan con algo que la psicología clínica lleva tiempo señalando: la conexión con otras personas puede convertirse en un importante factor protector frente al trauma.
La importancia de la conexión social
Cuando atravesamos situaciones difíciles, la presencia de otras personas puede ayudarnos a regular nuestras emociones, dar sentido a lo ocurrido y recuperar progresivamente una sensación de seguridad.
De hecho, las investigaciones sobre resiliencia muestran de forma consistente que el apoyo social es uno de los factores que más contribuyen a la recuperación tras experiencias traumáticas.
La novedad de este estudio es que sugiere que esta capacidad de conexión podría tener también una base neurobiológica observable, incluso antes de que ocurra el evento traumático.
Es decir, algunas personas podrían tener una mayor facilidad para entrar en esa “sintonía interpersonal”, y esa capacidad podría convertirse en un recurso importante cuando se enfrentan a situaciones extremas.
¿Qué papel podría tener el apego?
Este hallazgo también puede entenderse desde otra perspectiva bien conocida en psicología: la teoría del apego.
Sabemos que nuestras primeras relaciones influyen profundamente en la forma en que aprendemos a regular nuestras emociones. Cuando un niño experimenta que su cuidador responde a su malestar y le ayuda a calmarse, se desarrolla un sistema de regulación emocional basado en la co-regulación con otra persona.
Con el tiempo, estas experiencias facilitan la capacidad de identificar emociones, buscar apoyo cuando es necesario y manejar mejor el estrés.
Curiosamente, el desarrollo del apego también se basa en procesos de sincronía interpersonal: miradas que se encuentran, gestos que se responden mutuamente o ritmos emocionales que se coordinan. Algunos estudios recientes han mostrado incluso que los cerebros de los bebés y sus cuidadores pueden sincronizarse durante la interacción.
Desde esta perspectiva, no sería extraño pensar que la capacidad de sincronizarse con otros en la vida adulta tenga raíces en nuestras experiencias relacionales tempranas.
Implicaciones para la psicoterapia
Estos hallazgos también resultan sugerentes desde el punto de vista clínico.
En muchas formas de psicoterapia —especialmente en el trabajo con trauma— no solo se aborda el contenido de los recuerdos, sino también la experiencia relacional que se construye dentro del proceso terapéutico.
La relación terapéutica puede convertirse en un espacio donde el paciente experimenta atención, comprensión y regulación emocional compartida. En cierto sentido, la terapia implica también un proceso de sintonía interpersonal, donde dos sistemas nerviosos interactúan y se regulan mutuamente.
Desde esta perspectiva, la psicoterapia no es únicamente un lugar donde hablar de lo que nos ocurre, sino también un espacio donde pueden reconstruirse experiencias de conexión y regulación emocional que ayudan a integrar experiencias difíciles.
La resiliencia tiene un gran componente relacional
Durante mucho tiempo, la resiliencia se ha entendido principalmente como una cualidad individual. Sin embargo, cada vez más investigaciones apuntan hacia una idea diferente: la capacidad de afrontar experiencias difíciles está profundamente ligada a nuestras relaciones con los demás.
Nuestro cerebro es, en gran medida, un cerebro social. Y quizá por eso, incluso frente a situaciones extremadamente difíciles, la posibilidad de encontrarnos con otra persona en una misma sintonía puede marcar una diferencia importante en cómo atravesamos el trauma.
Escrito por Lara Pacheco Cuevas
Gvirts, H. Z., Levy, J., Djalovski, A., & Feldman, R. (2025). Interbrain synchrony during social interaction predicts resilience to trauma following the October 7 attacks in Israel. Translational Psychiatry.

