¿Estar triste es el primer paso para volver a ser feliz?

 

Extraída de www.areahumana.es
Extraída de www.areahumana.es

En la sociedad en la que vivimos siempre ha existido un esfuerzo consciente y creciente por ser felices. Se idealiza los estados de ánimo positivo como cúspides en la vida de cada uno y atribuyéndolas como elementos imprescindibles para nuestro éxito, salud y equilibrio mental. Pero, ¿podemos establecer claramente qué es lo positivo y lo negativo? ¿Realmente el enfado, la tristeza y el miedo son esas emociones negativas las que constantemente hemos luchar por evitar? En esto de las emociones, se vuelve más importante entender que no es tan importante lo que sentimos en un momento dado sino la cantidad y la función de las emociones; es decir, algo se vuelve desagradable si la intensidad es tan elevada que impide hacer la vida normal de cada uno. De este modo, llorar cuando estamos triste, tener una discusión con nuestra pareja o tener un sobresalto no se definen como algo negativo per se, en la medida que nos preparan para las situaciones y nos ayudan a entenderlas. La otra variable que nos ayuda a entender qué es agradable y desagradable en esto de las emociones es su función; así, algo es desagradable cuando nos quita disfrute de la vida, no nos enseña nada y nos trae a la misma situación en bucle una y otra vez. Llorar, por sí solo, no es malo ni bueno, depende de la razón y de lo que hagamos con ella para entenderla como algo bueno o malo.

Aun y a pesar de lo dicho, en nuestra sociedad se ha extendido erróneamente la idea de que hay toda una serie de emociones contrarias a una imagen de éxito y equilibrio, que debemos controlar y reprimir para conseguir nuestros objetivos y ser felices.

Entre todas ellas se considera la tristeza como una emoción no deseable y ambivalente; a pesar del alivio que supone su expresión, la presión social intenta ocultarla para no perturbar nuestro estado eutímico ideal, como si sentirla nos llevara necesariamente por un camino espinoso, tedioso y muy largo. Esto provoca muchas veces una vivencia de la tristeza en silencio y soledad, aumentando paradójicamente los síntomas y añadiendo una pizca de otros muchos a su vivencia. Es ahí cuando su intensidad y su calidad puede aumentar, volviéndose capaz vez más difícil de manejar.

Así, se crea uno de los mitos de la tristeza. Para superarla, debemos de ser fuertes y endurecernos, hacer muchas actividades, emprender nuevos proyectos y decir poco a los demás… un círculo vicioso que favorece la acumulación de la tristeza y favoreciendo que cobren forma otras emociones menos adaptativas para las situaciones dolorosas, como la ira. Lo que en algunas situaciones nos sirve para un fortalecimiento o reivindicación de nuestros derechos puede derivar en respuestas defensivas e irritables en contextos donde necesitamos más el cariño y la comprensión de los otros. Por pequeños momentos, estos arranques los creemos necesarios para darnos un control en ambientes percibidos como amenazantes. Pero no nos engañemos, donde no se expresa la tristeza, allí se queda. Como una alfombra que tapa un suelo lleno de juguetes desordenados; que todo parezca cuidado en apariencia no quiere decir que lo esté ni mucho menos que ya no esté lo que tanto nos hacía daño.

¿Qué debemos saber de la tristeza para no temerla tanto?

En primer lugar, que como toda emoción es una reacción finita ante situaciones de dolor y en las que estamos percibiendo la existencia de una perdida. Comúnmente pensamos que se experimenta en rupturas de amistades, pareja o por la perdida de un trabajo. Pero también puede producirse cuando no se cumple lo que esperamos, cuando llevamos demasiado tiempo en situaciones ansiosas o como respuesta a un acontecimiento imprevisto y traumático. La tristeza ayuda a digerir lo que nos ha ocurrido mediante el afrontamiento de la perdida y la aceptación de que, antes o después, es bueno que hagamos algo nuevo para restaurar nuestro equilibrio perdido.

Nos ayuda a apartarnos de las situaciones que nos piden un exceso de competencia. En efecto, la superación de la tristeza pasa por reconocer que el cuerpo y nuestra mente no puede estar en todas nuestras responsabilidades y nos ayuda a priorizar aquellas básicas para nuestra supervivencia. La tristeza es tremendamente selectiva: nos ayuda a discernir prioridades de lo que realmente no son y a atender sólo a lo básico.

Es un mecanismo de protección. Aunque socialmente tendamos a esconderlo, los seres humanos sabemos reaccionar a ella y una buena forma de contrarrestar sus efectos es con el cariño y la compañía de los demás. El contacto corporal con los demás reduce enormemente la ansiedad y permite convivir y aceptar la vulnerabilidad inherente a estos estados. No sólo eso, los demás pueden sernos útil en una etapa donde nos cueste tomar decisiones y necesitemos a los demás para guiar planes futuros y nuestra motivación.

Aumenta nuestra creatividad y nuestra atención. La tristeza también quiere decirnos cambio; lo que estamos haciendo ya no nos sirve y canalizar y evocar nuestra tristeza puede ayudar a encontrar nuevos caminos para encontrar la calma (y conectar con otros que en el pasado nos sirvieron). Nos ayuda también a ser más empáticos, más centrados y atentos a los que nos pasa. No todo nos sirve, y por ello la tristeza nos hace estar atentos a los detalles.

Nos motiva. Diversas investigaciones avalan el poder de la tristeza para hacernos perseverantes. No sólo en el seguimiento de las tareas, los sujetos tristes encontraban más y mejores preguntas a los problemas y se mantenían constantes hasta encontrar la solución a los problemas.

Puede ayudarnos a una mejor comunicación. La tristeza puede ayudarnos a mejorar nuestra comunicación, utilizando un lenguaje mucho más preciso, claro y persuasivo a la hora de expresarse y dejando las sentencias ambiguas para otro momento.

Nos ayuda a comprendernos y cuidarnos. Ser consciente del estado y la situación en la que estamos permite entender lo importante que es bajar de ritmo, no pedirnos lo mismo que cuando estamos bien, permitir bajar nuestras expectativas a una perspectiva más realista y hacer cosas con el único objetivo de pasar un rato agradable. Nos conecta con los pequeños detalles que nos hacen felices.

Nos devuelve el color que una vez no pudimos ver. Reconectarnos con el mundo, nosotros mismos y lo demás permite empezar a sentir otras emociones unidas a esas situaciones destinadas al auto cuidado y la comprensión. Se convierten en el paso previo a experimentar una verdadera felicidad. No sólo eso, nos vuelve resilientes: aprendemos el verdadero valor de los momentos dolorosos, tan necesarios y constructivos para volver a sonreír.

Como en la película de Disney, Inside Out, la tristeza es una parte fundamental de nuestra psique y su integración en nuestra vida permite entender y superar situaciones necesarias en nuestro crecimiento personal.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuente: Psychology Today, Psych Central, Huffington Post, Diario Publico.

 

¿Qué es eso de la resiliencia?

El término « resiliencia » tiene su origen en la física y se emplea para describir la capacidad de algunos materiales de resistir a la presión, doblarse con flexibilidad y recobrar su forma después de ser sometidos a una presión deformadora. Por ejemplo, una pelota de goma, un muelle o los juncos bajo la fuerza del viento.

En psicología se ha adaptado como la capacidad de los seres vivos de afrontar la adversidad, un trauma, una tragedia, o amenazas de fuerte tensión y sobreponerse a períodos de dolor emocional, saliendo fortalecido y alcanzando un estado de bienestar.

Hay muchos autores que han desarrollado diferentes definiciones de resiliencia pero destacamos la realizada por Grotbertg (1995) que la define como la capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e, inclusive, ser transformado por ellas.

Siguiendo esta definición, podemos decir que la resiliencia no sólo es un fenómeno que aparece a nivel individual, sino que podemos hablar de grupos y familias resilientes e incluso se puede hablar de empresas con características resilientes.

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Grotbertg resalta y pone énfasis en el poder transformador que un evento traumático puede producir en la persona, sacando algo bueno de la experiencia negativa. Así, podemos encontrar que en algunas personas resilientes, el trauma sufrido puede producir cambios positivos en los siguientes aspectos:

Autopercepción: Se refuerzan los recursos y competencias que se han utilizado, aumentando de esta manera la confianza en sus propias capacidades, generando la sensación de que están preparadas para afrontar con éxito cualquier cosa que suceda en el futuro.

Las relaciones con los demás. En situaciones traumáticas las relaciones con otras personas se pueden ver fortalecidas gracias al compañerismo, empatía, complicidad, ayuda y trabajo en equipo que surgen en este tipo de situaciones (p.ej., muchas familias y parejas que atraviesan situaciones de crisis comentan que se sienten más unidas y que la relación es más estrecha que antes del evento).

Cambios en los valores vitales, prioridades y en la filosofía de vida. En muchas ocasiones, ante situaciones altamente traumáticas (como puede ser situaciones donde se tenga la percepción de muerte o grave riesgo) se produce una transformación en la escala de valores y empiezan a apreciar el valor de cosas en las que antes no se reparaba (p.ej., personas que sufren un infarto empiezan a tomarse la vida de otra manera y a disfrutar más de ella). Un buen libro que refleja este punto es el famoso “El monje que vendió su Ferrari” de  Robin S. Sharma, altamente recomendable.

Es importante señalar que la resiliencia no quiere decir que la persona sea ajena al sufrimiento, no sienta malestar o dolor emocional, sino que consiguen bajo este contexto de considerable estrés y malestar emocional, sacar la fuerza necesaria que les permite seguir con sus vidas frente la adversidad o la tragedia e incluso salir fortalecidos de esta experiencia.

Una vez que sabemos que es la resiliencia, ¿quién no quiere ser resiliente?….La buena noticia es que la resiliencia se adquiere con el significado que das a las experiencias vividas y supone una función adaptativa del ser humano, por lo que es algo que todos podemos desarrollar a lo largo nuestra vida. Se trata por tanto de desarrollar las habilidades y actitudes necesarias para enfrentar de la mejor manera posible los diferentes retos de la vida.

La American Psychologycal Association (APA) apunta en su artículo “The road to resilience” que la resiliencia no es una característica que la gente tiene o no tiene sino que incluye conductas, pensamientos y acciones que pueden ser aprendidas y desarrolladas por cualquier persona. 

Así la APA recomienda diez formas de construir Resiliencia:

– Establece relaciones con amistades, familiares cercanos u otras personas importantes de tu vida

– Evita ver las crisis como obstáculos insuperables

– Acepta que el cambio es parte de la vida

– Muévete hacia tus metas

– Lleva a cabo acciones decisivas

– Busca oportunidades para descubrirte a tí mismo

– Cultiva una visión positiva de tí mismo

– Mantén las cosas en perspectiva

– No pierdas nunca la esperanza

– Cuida de tí mismo.

Ahora bien, ¿qué es lo que hace que una persona sea resiliente?. Se ha desarrollado una gran investigación al respecto, podemos concluir que hay seis grandes pilares de la resiliencia:

  1. Conexiones afectivas gratificantes con otras personas

Está demostrado que las personas que están felizmente emparejadas, como aquellas que se sienten parte de un hogar familiar o de un grupo solidario de amistades, muestran un nivel de resiliencia muy superior que quienes viven desconectados o carecen de una red social de soporte emocional.

El apoyo emocional es uno de los factores principales, tener en tu vida personas que te quieren y te apoyan y en quien puedes confiar te hace mucho más resiliente que si estás solo. La seguridad de un afecto recibido por encima de todas las circunstancias es un factor que incide en el desarrollo de la resiliencia.

En el libro de Victor Frankl (El hombre en busca de sentido) se muestra con claridad este aspecto, cuando relata como el amor a su mujer fue clave para mantener las ganas de vivir en los campos de concentración donde estuvo internado durante la segunda guerra mundial. Tal y como describe: “La salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor..”. Esto se pone de relieve en muchos de los testimonios de supervivientes de desgracias que dicen que una clave para sobrevivir fue pensar en una persona a la que se sienten unidos.

  1. Habilidades en Inteligencia Emocional (la introspección, el autocontrol, Identificar metas y programar los pasos para conseguirlas).

El concepto de Inteligencia Emocional de Daniel Goleman entronca en este factor de forma decisiva. Goleman expone con claridad cómo la conciencia de uno mismo (capacidad de conocer y reconocer las propias emociones), la motivación (impulso a obtener logros más allá de las expectativas), el autocontrol (capacidad de manejar las emociones), la empatía (reconocer y considerar las emociones de los demás) y la capacidad de relación (habilidades sociales) hacen que las personas con estas competencias se adaptan mejor a los cambios, pueden afrontar eventos estresantes y tienen éxito en sus relaciones personales y profesionales. Todas estas competencias de la inteligencia emocional ayudan a no tirar la toalla, seguir adelante en situaciones críticas y afrontarlas como un desarrollo personal

  1. Pensamiento positivo

“Al mal tiempo, buena cara”. La resiliencia hace que se pueda ver la vida con objetividad, pero siempre a través de un prisma optimista. Las personas resilientes están con los pies en la tierra, sienten las situaciones dolorosas, pero las son capaces de ver más allá de esos momentos y no desfallecen, son conscientes de la dificultad que están atravesando, con esta objetividad que les caracteriza, conocen cuáles son sus fortalezas, los recursos con los que pueden contar y cuáles son sus objetivos.

Al ser conscientes de que nada es completamente positivo ni negativo, se esfuerzan por centrarse en los aspectos positivos y disfrutan de los retos. Estas personas desarrollan una mezcla entre optimismo y realismo, también llamado optimalismo, y están convencidas de que por muy difícil que sea la situación, siempre puede haber una salida. Afrontan las crisis como una oportunidad para generar un cambio, para aprender, crecer y desarrollarse. Saben que esos momentos no serán eternos y que su futuro dependerá de la manera en que reaccionen. Asumen las dificultades como una oportunidad para aprender.

  1. Conciencia de motivos personales para vivir

Las personas resilientes tienen una profunda creencia de que la vida tiene sentido, así Victor Frankl pudo notar que las personas que sobrevivían eran aquellas que tenían un sentido para vivir.

Relata cómo incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre puede encontrar una razón para vivir; como dice literalmente: “quien tenga un porqué para vivir podrá superar casi cualquier cómo”.

Las que habían perdido la esperanza y no habían podido hallar una explicación para todo lo que les estaba sucediendo, simplemente se dejaban morir.

  1. Localización del centro de control en uno mismo

Sentir que controlas tu vida y no depositas tus esperanzas sólo en la suerte o terceras personas.

Alex Rovira y Fernado Trias en su libro “La Buena Suerte” tratan este tema de una forma muy amena. Diferencian cómo hay un tipo de suerte, la de los juegos de azar, efímera y totalmente impredecible, y la Buena Suerte, con mayúsculas, aquella que aparece cuando se crean las circunstancias apropiadas para que ocurran cosas positivas.

  1. Autoestima saludable (concepción positiva de sí mismo)

Como apunta Luis Rojas Marcos, autor de Superar la adversidad: El poder de la resiliencia: “la autoestima saludable o la valoración positiva que hacemos de nosotros mismos se alza como otro factor decisivo a la hora de enfrentarnos a la adversidad. Una autoestima favorable estimula la confianza en uno mismo, el coraje, la determinación y, sobre todo, nos convierte en seres valiosos ante nosotros mismos, lo que supone un poderoso aliciente para vencer desafíos”.

Los resilientes confían en sus capacidades. Al ser conscientes de sus fortalezas y limitaciones, confían en lo que son capaces de hacer. Si algo les caracteriza es que no pierden de vista sus objetivos y se sienten seguros de lo que pueden lograr.

Conclusión: “Lo que no te mata, te hace más fuerte” (Nietzsche)

La famosa Angelina Jolie ha hecho suyo este viejo dicho cuando concedió una entrevista apenas una semana después de dar a conocer que había tenido que extirparse los ovarios y las trompas de Falopio. La actriz de habla sobre cómo todas las experiencias de la vida -buenas o malas- suponen un aprendizaje:

No hay que esperar a pasar por eventos traumáticos para poner en marcha nuestras competencias resilientes, es algo que se adquiere en el día a día, que podemos ejercitar y que depende en una buena medida de nuestra actitud ante la vida… SÉ RESILIENTE!!!

Escrito por Ángel Luis Guillén Torregrosa
ResearchBlogging.org
Pereda, N., Forns, M., & Abad, J. (2013). Prevalencia de acontecimientos potencialmente traumáticos en universitarios españoles Anales de Psicología, 29 (1) DOI: 10.6018/analesps.29.1.124921

Frankl, V. (1979). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder.

Goleman, D. (2012). Inteligencia emocional. Editorial Kairós.

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Rojas Marcos, L. (2010). Superar la adversidad. El poder de la resiliencia. Barcelona: Espasa.

Saavedra, E. (2004). Resiliencia y ambientes laborales nocivos. Mobbing. Estudios.

Sharma, R. S. El monje que vendió su ferrari. Editorial DeBolsillo.

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