Septiembre: un mes de buenos propósitos

 

Extraída de www.rockradioandmore.com
Extraída de www.rockradioandmore.com

Estamos en septiembre, el mes de la vuelta al colegio, al trabajo, a las rutinas. Y como inicio de las mismas, nos ponemos nuevos retos y objetivos. Durante el verano, en la mayoría de las ocasiones hemos podido disfrutar de algo de calma y salir de la rutina, algo que puede habernos ayudado a reflexionar sobre nuestra vida, a valorar diferentes prioridades y objetivos que tenemos y que quizá queramos cambiar y tratar de implementar nuevas formas y aspectos que hemos descuidado y de pronto nos damos cuenta de que son esenciales. Hay personas que hacen listados con lo que quieren conseguir, lo que quieren cambiar; otros simplemente hablan de ello, o se lo proponen a un amigo o familiar para hacerlo más fácil, ¿cuál sería la forma más efectiva de conseguir llevar a cabo y mantener los buenos propósitos?

Es por ello que me gustaría comentar qué tiene que ocurrir para que una actividad se convierta en un hábito y por qué es tan difícil conseguirlo. Para ello, voy a comentar un experimento realizado por Adams (1982) en el que se entrenó a dos grupos de ratas para presionar una palanca que les facilitaba una bolita de sacarosa. El primer grupo llevó a cabo la práctica 100 veces, el segundo grupo lo hizo 500. El objetivo del experimento era comprobar cómo se devaluaba el valor de la recompensa (bolita de sacarosa) cuando se le añadía cloruro de litio, el cual producía malestar en las ratas. La sorpresa llegó cuando el experimentador observó que el segundo grupo de ratas seguía accionando la palanca y comiendo la bolita con cloruro de litio, a pesar del malestar que les producía. Por otro lado, el grupo que sólo había presionado la palanca 100 veces, dejaba de presionarla tras conocer las consecuencias de la ingesta de la bolita. Las conclusiones son claras, la ejecución prolongada de una actividad hace que ésta sea mucho más rígida, menos deliberada y que dependa menos de las consecuencias que se obtienen al llevarla a cabo. A tenor de estos datos, para conseguir que una actividad se convierta en una rutina resistente al aburrimiento o al esfuerzo que supone practicarla, ésta se tiene que producir de manera masiva.

Uno de los motivos por los cuales es tan difícil dejar de fumar es que su consumo se vuelve tan reiterado que llega a ser natural en cualquier contexto y se convierte en una respuesta automática ante una gran cantidad de situaciones (ej. tomo café y fumo, salgo del coche y fumo, etc.) ¿Qué pasaría si aprovechásemos esa capacidad de asociación que tiene el ser humano en nuestro beneficio?

Hacer más ejercicio es uno de los propósitos más habituales en todos, y es verdad que durante los primeros días la motivación ayuda a que esto se consiga, pero, según la motivación va decayendo, se hace más complicado encontrar el momento, se vuelve un problema la meteorología, el cansancio, etc. Sin embargo, si la ejecución de este propósito fuera una necesidad y no se convierta en una obligación, lo más probable es que fuera más sencillo seguir manteniéndolo. Para la mayoría de las personas es muy complicado que ir al gimnasio se convierta en un hábito si asistimos tan sólo una o dos veces por semana. Si lo hiciéramos dos o tres veces al día, estaríamos masificando la conducta “deporte” y automatizándola, haciendo que fuera muy fácil su ejecución. Está claro, que para muchos no es posible ir al gimnasio varias veces al  día, pero seguro que sí lo es buscar conductas afines que estén dentro del campo de la conducta que queremos convertir en hábito, en este caso, de hacer deporte, como puede ser montar en bici, correr en lugar de andar, jugar un partido. Otro ejemplo sería encontrar distintos momentos y entornos para hablar en inglés, aunque fueran breves (para aquel cuyo objetivo fuera mejorar su fluidez en otro idioma).

Como conclusión, una manera de lograr que los propósitos que nos hacemos cada año lleguen a buen término es multiplicar en la medida de lo posible la cantidad de veces que se realiza esa actividad, siendo quizá más importante la frecuencia que la intensidad o duración de la misma (por lo menos al principio).

¡Seguro que lo conseguiremos!

Escrito por Sara Reyero Serret

REFERENCIAS:

Adams, C. D. (1982). Variations in the sensitivity of instrumental responding to reinforcer devaluation. The Quarterly Journal of Experimental Psychology Section B, 34, 77-98

¡Atención! Autoestima en construcción

Desde hace ya algunas décadas nuestro concepto de la paternidad y maternidad ha cambiado sustancialmente, ya no sólo nos movemos en términos nurturistas, es decir, nos importa algo más que si el “niño no me come”. En los últimos 30 años han llovido millones de consejos sobre la educación, especialmente sobre la construcción de la autoestima de los niños y niñas. La autoestima es la valoración que hacemos sobre nosotros mismos, reflejando el concepto que tenemos sobre nuestra capacidad y efectividad para hacer las cosas, la confianza en nosotros mismos y la percepción sobre nuestra valía como persona.

La manera más intuitiva para padres, madre y maestros/as para construir la autoestima de los niños es a través del elogio. Parece natural que si un niño hace bien una tarea,  al alabarle aumentará su autoestima. Pero las investigaciones de estos últimos años sobre la relación entre los elogios y la autoestima no muestran conclusiones tan intuitivas como esta creencia. De este modo el estudio de Claudia Mueller y Carol Dweck ha demostrado que el tipo de elogio que los adultos dan a los niños influye en las creencias de los niños en aspectos relevantes para su aprendizaje.

Según esta autora, algunas alabanzas refuerzan la creencia de que un niño tiene ciertos rasgos o talentos (“Eres tan bueno en matemáticas…” o “Eres muy inteligente”). Este tipo de elogio puede llevar a los niños a creer que las habilidades fundamentales están arraigadas en un talento innato. Cuando los niños creen que tienen un talento especial, y se encuentran con dificultades en ese terreno en el que eran buenos, ellos reaccionan como si hubieran tocado el techo de su talento, lo que les hace propensos a darse por vencido. En cambio, Mueller y Dweck argumentan que los elogios deben centrarse en el esfuerzo (” Has trabajado mucho en eso”), lo que les enseña que están desarrollando sus habilidades. Los niños que creen que están adquiriendo las habilidades reaccionan a la dificultad esforzándose más en lugar de tirar la toalla.

En un estudio publicado el mes pasado, Brummelman y su equipo exploraron la influencia del  elogio exagerado en los niños con diferentes niveles de autoestima (“Es un dibujo increíblemente bonito”, en contraposición a uno menos extremo “Es un dibujo bonito “) y extrajeron conclusiones muy interesantes. Observaron que los adultos tratan de compensar la baja autoestima de los niños dirigiéndoles elogios exagerados. Esto no sería un problema si no fuera porque, según los autores del estudio, este tipo de alabanza excesiva puede llevar a los niños con baja autoestima a evitar asumir nuevos retos, debido a su preocupación de que no van a ser capaces de cumplir con las altas expectativas de los adultos. Sin embargo, en el caso de los niños con alta autoestima el tipo de elogio no pareció tener efecto en la actuación de los niños.

Entonces, ¿qué podemos hacer? En última instancia, la autoestima es un concepto demasiado amplio para proporcionar una buena guía para ayudar a los niños a desarrollarse como estudiantes y aprendices. No obstante, es importante centrarse en enseñar a los niños el valor de su esfuerzo en el proceso aprendizaje y hacerles protagonistas activos de sus propios logros. No olvidemos que aprender es una necesidad muy humana y que los pequeños éxitos cotidianos son los que nos hacen sentir capaces. El refuerzo es muy importante en el desarrollo, elogia y subraya esas pequeñas cosas que hacen a diario y que les hace grandes, a lo mejor así no encontraremos dos grupos de niños, los de la alta y baja autoestima.

ResearchBlogging.org Mueller CM, & Dweck CS (1998). Praise for intelligence can undermine children’s motivation and performance. Journal of personality and social psychology, 75 (1), 33-52 PMID: 9686450

Brummelman E, Thomaes S, Orobio de Castro B, Overbeek G, & Bushman BJ (2014). “That’s Not Just Beautiful–That’s Incredibly Beautiful!”: The Adverse Impact of Inflated Praise on Children With Low Self-Esteem. Psychological science, 25 (3), 728-35 PMID: 24434235

Fuentes: Psychology Today, BPS Research Digest

Escrito por María Rueda Extremera

Sentirse capaz, una cuestión de educación

La línea de investigación ya iniciada por la psicóloga Carol Dweck ha demostrado los beneficios a corto plazo de alabar a los niños por sus esfuerzos (elogiar el proceso) en lugar de hacerlo en términos de sus características personales internas (elogiar a la persona). Lo que los investigadores han observado es que al elogiar a los hijos por sus intentos facilita que éstos adopten un modo de pensar “hacia la mejora” (la capacidad de ver el cambio y los desafíos como una oportunidad para aprender –incremental attitude-). Ahora, un nuevo estudio de este mismo grupo ha tratado sobre cómo los padres elogian a sus niños pequeños en situaciones de la vida real, y cómo esta dinámica tiene que ver con la mentalidad que desarrollan sus hijos cinco años más tarde.

Se observó a 53 padres interactuando en casa con sus hijos durante 90 minutos, ya fuera jugando, comiendo o en cualquier actividad cotidiana. Lo hicieron cuando los niños tenían entre 14, 26 y 38 meses. Cinco años más tarde, los investigadores volvieron a ver a estos niños y les hicieron preguntas sobre sus actitudes y la mentalidad hacia su propia capacidad, retos y moral.

El hallazgo clave fue que cuando los padres tienden a elogiar a sus hijos en edad preescolar por el esfuerzo realizado (elogiar el proceso), lo más probable es que a los siete u ocho años tengan una actitud “hacia la mejora” sobre conceptos tales como la inteligencia y la moral. Esta mentalidad se reflejó en su capacidad para ver la inteligencia y atributos morales como cambiables. Por ejemplo, estos niños tienden a estar de acuerdo con la idea de que las personas pueden ser más inteligentes si se esfuerzan más y estar en desacuerdo con la idea de que un niño travieso sea siempre malo.

Aunque el grupo de investigación reconoció las limitaciones de su estudio, afirmaron que el elogio que hace hincapié en el esfuerzo, las acciones y las estrategias no sólo puede predecir, sino también influir y dar forma al desarrollo del estilo motivacional de los niños a nivel cognitivo y social.

Por último, el estudio reveló que los padres tienden a usar más elogios personales con las niñas y más elogios de proceso con los niños, haciendo eco de resultados similares en estudios anteriores. A su vez, más tarde, los niños tienden a expresar una actitud “hacia la mejora” con más frecuencia que las niñas. Esto coincide con la imagen retratada en la literatura del desarrollo de que las niñas atribuyen el fracaso a la falta de capacidad más que los niños, especialmente en matemáticas y ciencias. Este estudio plantea la posibilidad de que esto pudiera deberse en parte a la forma en que han sido elogiados en la edad temprana.

Fuente: Research Digest

Escrito por María Rueda Extremera