La soledad o la aliada secreta para el manejo emocional

Foto extraída de http://www.ewallpapers.eu
Foto extraída de http://www.ewallpapers.eu

La soledad ha sido comúnmente asociada a algo negativo, relacionado con situaciones de dolor, estrés y tristeza. Cuando una persona que se siente sola crónicamente puede presentar un aumento de cortisol en sangre, un sistema inmunitario deprimido y un cerebro en constante alerta. En esta situación, el entorno se percibe como algo amenazante y provoca en la persona que lo sufre una vigilancia permanente y tremendamente agotadora. Y a pesar de todo ello, también se ha encontrado beneficios de los estados de soledad, desde el buen rendimiento en multitud de tareas, el aumento de la creatividad o también como ayuda para lidiar con nuestras emociones. La soledad nos enseña que todos necesitamos un tiempo y un determinado ritmo para procesar las emociones provocados por eventos o situaciones dolorosas y de las que no tenemos una solución clara al momento.

En este sentido, diversas investigaciones han pretendido arrojar datos acerca de cómo la soledad puede ayudarnos a procesar situaciones problemáticas y/o dolorosas. Así, en un estudio reciente, liderado por el grupo de investigación del grupo de Nguyen Thuv-vy y  colaboradores, recogen toda una serie de alentadores resultados acerca del impacto positivo de la soledad a la hora de manejar estados emocionales altamente displacentros. En el estudio se dejaba periodos cortos de tiempo en soledad a los participantes, registrando el aumento o disminución de sus estados emocionales tras dichos periodos de tiempo.

En la primera modalidad estudiada, se observó que los participantes respondían positivamente a los estados de soledad. Se comparó dos grupos con un estado emocional positivo y negativo de alta activación, y en el grupo en soledad sentados se colocaba a los participantes sentados en una silla sin la presencia de ninguna persona o de un dispositivo móvil, frente a otro grupo en el que se le invitaba a charlar con los investigadores. Los resultados reflejaron una disminución de la alta activación (negativa y/o positiva) para aquellos participantes que habían pasado quince minutos solos, en un efecto que los investigadores denominaron como “efecto de desactivación”, donde se veía una disminución de la activación de las emociones de alta intensidad.

Por otro lado, se añadió una nueva medida a tener en cuenta en un experimento adicional. Así, se pasó a incluir las emociones de baja intensidad (como calma, tristeza, enfado o fastidio) añadidas a la alta activación, con un efecto desigual para las emociones de baja intensidad. Mientras que las de alta seguían disminuyendo en los quince minutos de soledad, las emociones discretas y de baja intensidad sufrían un aumento, dejando claro el efecto complejo de la soledad en nuestro estado emocional. Esto se comprobó también para un grupo de participantes que leían un artículo en el momento de estar solos, sugiriendo un efecto desactivación incluso si se hacía una tarea externa en los periodos de soledad.

Los investigadores también comprobaron si el contenido del pensamiento en los momentos de soledad podría afectar en la modulación emocional. De este modo, se encontró que los estados emocionales altos disminuían cuando se intentaba controlar el contenido de los mismos (intentando no centrarse en ellos), y aumentaba incluso las emociones positivas de baja intensidad. Esto se repetía igualmente cuando se introducían pensamientos positivos, por encima de la introducción de pensamientos neutrales.

Para comprobar la permanencia de los resultados a lo largo del tiempo, se instó a un grupo de participantes a mantener estos quince minutos de soledad y a registrar sus estados emocionales durante dos semanas. Y, como se pudo ver, hubo una disminución de la ansiedad y el estrés cuando las personas decidían activamente estar solos y hacer uso de esos quince minutos de soledad.

Aun así, los propios investigadores matizaron los resultados aduciendo que todos estos resultados son aplicables a pequeños estados de soledad y habría que excluir de esto a las personas con un estado de soledad permanente, con una comorbilidad grande con síntomas físicos y psicológicos.

Atendiendo a su aplicabilidad en la vida cotidiana y como defienden los autores, los distintos resultados muestran “la influencia de la soledad para regular estados emocionales intensos, situaciones de confrontación y oposición hostil o discusión con la pareja y/o amigos”. Es decir, podemos recomendar pequeños periodos de tiempo para lidiar con eventos cotidianos y emocionalmente intensos, donde podemos proponer pautas o perspectivas más realistas y conseguir una reducción del estrés y la intensidad emocional. Así, tras una desavenencia o una discusión con alguien cercano, dar un paseo por el barrio, centrarnos en una tarea sencilla (como una tarea manual, limpiar un poco la casa…) puede ayudarnos a paliar el impacto emocional y reintroducirnos un rato después en la situación para dar otro tipo de soluciones u opciones de solución. La soledad, de este modo, se convierte en una herramienta muy útil en la gestión y solución de conflictos emocionales, enfriando la intensidad emocional y permitiendo un procesamiento más calmado y racional de la situación. Algo que podemos tener en cuenta en nuestra cotidianidad diaria.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuentes: BPS Digest, Psychology Today, Diario El País, Journals.sagepub.

Contestar (o no) a nuestras alertas de aplicaciones sociales: el nuevo gran dilema universal

Extraído de www.brebainfit.com
Extraído de www.brebainfit.com

Estoy escribiendo este artículo y de repente se me cuela una notificación misteriosa de Facebook. ¿Tengo que contestarla?. Es más, si me detengo unos breves segundos más, es posible que alce mi brazo para coger el móvil, donde las alertas del Facebook pueden sumarse a las de WhattsApp y me sorprenda a mi mismo contestando un par de mensajes…sólo un par. Es posible que después de varios minutos vuelva a mi trabajo principal, este artículo, y … ¿por dónde iba? ¡Maldita interrupción!

Efectivamente, este ejemplo que relato en primera persona es en realidad algo que nos pasa a todos casi en cualquier momento del día. La introducción de las nuevas tecnologías y dispositivos móviles en nuestra vida están modificando sensiblemente nuestra forma de atender y procesar la información.  Entre otras muchas cosas, nuestra propia capacidad de lectura y concentración ha cambiado. Si antes se fomentaba una lectura profunda de los textos (que aumenta la aparición de pensamiento relacional, la formación de conceptos y la creatividad), parece que ahora se tiende más a una lectura a modo de “ráfagas”, donde prima una lectura superficial y nos hace dependientes de información nueva o que nos entretenga, si bien ya no necesitemos la lectura del texto completo para encontrar un verdadero significado a lo que leemos.

Estos cambios tienen grandes implicaciones para nuestros hábitos, sobre todo entre los más jóvenes, aunque se ha visto que este efecto se produce por igual en todas las edades y profesiones. Ahora una lectura profunda ha de competir directamente con estos “vistazos”, de manera que muchas veces se hace realmente difícil resistir a tan diversas (e interesantes) distracciones.

No obstante, es muy frecuente pensar que esto es producto de la sociedad moderna, que tiende a exigirnos ser personas multitarea (multitasking, la capacidad de atender a diferentes estímulos de manera simultánea), y a veces estamos en lo cierto. También es verdad que no siempre es así, y que muchas veces nos sentimos multitarea cuando realmente estamos haciendo swicht tasking, esto es, un cambio de tarea de manera rápido y repentino en tareas que se realizan a la vez y que se traduce en un coste atencional adicional. Así, nuestra capacidad de concentración se ve mermada a favor de una búsqueda incesante de novedad informativa.

Y es que tal vez las nuevas tecnologías den de lleno en la diana adecuada. El cerebro es un buscador de información novedosa, y las notificaciones lo son (aunque no siempre nos sea útil). Con cada cambio de tarea, se activa el neurotransmisor dopamina, íntimamente relacionado con los sistemas de recompensa en el cerebro, que favorece la frecuencia de conductas relacionadas con la exploración de información entretenida en decrimento de la lectura profunda (y el pensamiento profundo), de manera que es el mismo cerebro quién recompensa la perdida de concentración en una tarea, estableciéndose un círculo vicioso del que nos resulta difícil escapar. Y sí, recuerda a cómo funcionan los mecanismos de acción de las adicciones, aunque a una menor escala.

Además, se ha demostrado que estas interrupciones son mucho más disruptivas si somos nosotros mismos quienes las provocamos, incluso más que si nuestro móvil u ordenador tiene todas las alertas de notificaciones activadas. Así, se observó que el tiempo global en hacer la tarea y la dilatación de la pupila (un medidor esencial del esfuerzo cognitivo) era mayor cuando nosotros tomábamos la decisión consciente de interrumpir nuestra tarea para prestar atención a las notificaciones que no hace mucho no miramos. Estamos más tiempo con ellas que si salta una notificación instantánea (externa) en nuestra pantalla; ya que en ese caso somos capaces de atender a esa demanda y en cuanto esté cubierta seguimos con nuestro trabajo. Esto ha hecho plantear a los expertos la posibilidad de crear aplicaciones que salten instantáneamente de acuerdo a la dificultad o al momento en el que estemos haciendo una tarea, consiguiendo en un futuro que la interferencia no sea tan notable y la productividad de las personas en el trabajo no sea tan perjudicada.

De cualquier modo, es posible que hayan sido miles las interrupciones externas (o auto-interrupciones) que se han producido en la escritura de este artículo. Tal vez sea una manera de boicoteo o más bien que yo mismo represento esta nueva realidad en el procesamiento de la información. Una adaptación rapidísima de nuestra especie y que dice, una vez más, el impresionante potencial de las nuevas tecnologías en nuestra vida cotidiana.

Escrito por David Blanco Castañeda.

Fuentes: BBC, Europa Press, Diario El País, Babelia, BPS Research Digest.