Septiembre: un mes de buenos propósitos

 

Extraída de www.rockradioandmore.com
Extraída de www.rockradioandmore.com

Estamos en septiembre, el mes de la vuelta al colegio, al trabajo, a las rutinas. Y como inicio de las mismas, nos ponemos nuevos retos y objetivos. Durante el verano, en la mayoría de las ocasiones hemos podido disfrutar de algo de calma y salir de la rutina, algo que puede habernos ayudado a reflexionar sobre nuestra vida, a valorar diferentes prioridades y objetivos que tenemos y que quizá queramos cambiar y tratar de implementar nuevas formas y aspectos que hemos descuidado y de pronto nos damos cuenta de que son esenciales. Hay personas que hacen listados con lo que quieren conseguir, lo que quieren cambiar; otros simplemente hablan de ello, o se lo proponen a un amigo o familiar para hacerlo más fácil, ¿cuál sería la forma más efectiva de conseguir llevar a cabo y mantener los buenos propósitos?

Es por ello que me gustaría comentar qué tiene que ocurrir para que una actividad se convierta en un hábito y por qué es tan difícil conseguirlo. Para ello, voy a comentar un experimento realizado por Adams (1982) en el que se entrenó a dos grupos de ratas para presionar una palanca que les facilitaba una bolita de sacarosa. El primer grupo llevó a cabo la práctica 100 veces, el segundo grupo lo hizo 500. El objetivo del experimento era comprobar cómo se devaluaba el valor de la recompensa (bolita de sacarosa) cuando se le añadía cloruro de litio, el cual producía malestar en las ratas. La sorpresa llegó cuando el experimentador observó que el segundo grupo de ratas seguía accionando la palanca y comiendo la bolita con cloruro de litio, a pesar del malestar que les producía. Por otro lado, el grupo que sólo había presionado la palanca 100 veces, dejaba de presionarla tras conocer las consecuencias de la ingesta de la bolita. Las conclusiones son claras, la ejecución prolongada de una actividad hace que ésta sea mucho más rígida, menos deliberada y que dependa menos de las consecuencias que se obtienen al llevarla a cabo. A tenor de estos datos, para conseguir que una actividad se convierta en una rutina resistente al aburrimiento o al esfuerzo que supone practicarla, ésta se tiene que producir de manera masiva.

Uno de los motivos por los cuales es tan difícil dejar de fumar es que su consumo se vuelve tan reiterado que llega a ser natural en cualquier contexto y se convierte en una respuesta automática ante una gran cantidad de situaciones (ej. tomo café y fumo, salgo del coche y fumo, etc.) ¿Qué pasaría si aprovechásemos esa capacidad de asociación que tiene el ser humano en nuestro beneficio?

Hacer más ejercicio es uno de los propósitos más habituales en todos, y es verdad que durante los primeros días la motivación ayuda a que esto se consiga, pero, según la motivación va decayendo, se hace más complicado encontrar el momento, se vuelve un problema la meteorología, el cansancio, etc. Sin embargo, si la ejecución de este propósito fuera una necesidad y no se convierta en una obligación, lo más probable es que fuera más sencillo seguir manteniéndolo. Para la mayoría de las personas es muy complicado que ir al gimnasio se convierta en un hábito si asistimos tan sólo una o dos veces por semana. Si lo hiciéramos dos o tres veces al día, estaríamos masificando la conducta “deporte” y automatizándola, haciendo que fuera muy fácil su ejecución. Está claro, que para muchos no es posible ir al gimnasio varias veces al  día, pero seguro que sí lo es buscar conductas afines que estén dentro del campo de la conducta que queremos convertir en hábito, en este caso, de hacer deporte, como puede ser montar en bici, correr en lugar de andar, jugar un partido. Otro ejemplo sería encontrar distintos momentos y entornos para hablar en inglés, aunque fueran breves (para aquel cuyo objetivo fuera mejorar su fluidez en otro idioma).

Como conclusión, una manera de lograr que los propósitos que nos hacemos cada año lleguen a buen término es multiplicar en la medida de lo posible la cantidad de veces que se realiza esa actividad, siendo quizá más importante la frecuencia que la intensidad o duración de la misma (por lo menos al principio).

¡Seguro que lo conseguiremos!

Escrito por Sara Reyero Serret

REFERENCIAS:

Adams, C. D. (1982). Variations in the sensitivity of instrumental responding to reinforcer devaluation. The Quarterly Journal of Experimental Psychology Section B, 34, 77-98

Así podrás crear y mantener nuevos hábitos

En estas fechas parece que todo lo que nos rodea está de acuerdo en que con el comienzo del nuevo año comencemos con una nueva vida. Los propósitos de año nuevo se agolpan en nuestra mente y buscamos lo que queremos para ese “yo de las navidades futuras”. Para que dentro de un año al mirar de nuevo atrás veamos que esos cambios que queríamos hacer se hagan realidad, en muchas ocasiones pasa por crear nuevos hábitos. Mucho hay escrito sobre este tema pero, ¿qué dice la psicología científica sobre la creación y mantenimiento de hábitos?

habitos

En primer lugar lo que nos dice es que en sí mismo es complicado definir el hábito. En teoría, es un comportamiento que llevamos a cabo de una forma automática, sin apenas pensarlo. Lo que ocurre es que casi todo lo que hacemos en nuestro día a día son comportamientos algo más complejos que para concebirlos como puramente automáticos. Cuanto más complejo sea el hábito que queramos desarrollar, más pensamiento habrá antes de éste y más posibilidad para terminar por dejar de hacerlo. Pero supongamos que, ya sea más o menos complejo, seguimos queriendo crear un hábito. ¿Por dónde empezamos?

Puede ser interesante para que después mantengamos el hábito creado comenzar por la creación de una línea base del comportamiento. ¿Cuánto ejercicio físico estoy haciendo? ¿Cuantas veces me muerdo las uñas al día? ¿Cuantas piezas de fruta como?. Esto puede ser una ayuda para conocer cuánto cambiamos desde antes de proponernos este nuevo hábito.

Después de esto, lo que es más útil para el desarrollo de hábitos nuevos es la implementación de un plan. Este plan inicial tiene dos puntos fundamentales:

1. Tener una clave disparadora de la acción. Está comprobado que para crear un hábito lo más eficaz es plantear alguna clave del contexto que nos ayude a realizar la acción deseada. Además, al contrario de lo que muchas veces podemos pensar, no suele ser suficiente con proponernos un momento temporal en el día, sino que es más efectivo si nos proponemos realizar la acción después de algún evento. Esta es la estrategia que se utiliza  muchas veces para los tratamientos farmacológicos a largo plazo. Tomar una pastilla después de cenar, es un ejemplo de cómo podemos llevar a cabo una acción que antes no hacíamos (tomar una pastilla) con la clave previa (cenar).

2. El segundo punto, muy importante para crear el hábito es el de tener alguna estrategia de afrontamiento de los obstáculos posibles. Podemos pensar en las cosas que podrían pasar para que dejemos de realizar el hábito y buscar un comportamiento alternativo y equivalente en tiempo e intensidad emocional. Por ejemplo, si nos hemos propuesto dejar de comer dulces y nos invitan a una merienda con amigos, sería útil pensar qué podemos hacer durante esa merienda para que no queramos probar esos dulces.

Cuando ya estemos haciendo eso que tanto hemos pensado cómo hacer, lo siguiente necesario para que se cree el hábito es la continuidad. Para que logremos que se instaure un hábito, hay muchas diferencias entre personas y algunas de ellas necesitan más tiempo que otras en lograr que una acción se convierta en un hábito. Aunque también depende de lo complicada que sea esta acción, se estima que el tiempo mínimo necesario para crear este hábito será de 20 días, aunque puede ser necesario repetirlo durante 3 meses para habituarnos. Para mantenerlo hay varias cosas que se consideran importantes:

– En primer lugar, el tipo de motivación. Si lo que nos mueve a realizar este hábito es un premio externo, muchas veces hasta puede funcionar al revés de lo deseado y justo cuando se retire este premio, el hábito desaparecerá. Por eso se trata de crear una motivación “intrínseca” o desde dentro para mantener este hábito. Puede ser el propio orgullo personal, una meta que queremos lograr o incluso pensar que este hábito forma parte de nuestra identidad y hace que nos sintamos mejor con nosotros mismos.

– Esto se relaciona con una de las claves para mantener un hábito, que es la satisfacción de la acción que realizamos. Cuanto más satisfacción encontramos en la acción que queremos mantener como hábito, más sencillo es darle continuidad. Es por esto que cuando estamos haciendo algo que queremos que se convierta en un hábito, siempre será útil recrearnos en lo que nos da placer de esta acción.

– Si mantener un hábito, a pesar de todo lo anterior, se está convirtiendo en algo extremadamente difícil, siempre puede funcionar dividir la acción en pasos más pequeños. Cuanto más sencillo es el primer paso, más probable es que lo llevemos a cabo y al mismo tiempo, cada paso pequeño que logramos hace más probable que llevemos a cabo el siguiente. Por ejemplo, si el hábito que tratamos de desarrollar es el de salir a correr, será más fácil si primero nos proponemos sólo ponernos las zapatillas de deporte. Después de esto, salir a la calle. Y una vez lleguemos a este punto, en muchas ocasiones es más probable que llevemos a cabo la rutina propuesta.

Por último, más allá de lo que queramos lograr, es importante considerar que los hábitos que normalmente queremos desarrollar precisamente son para aumentar nuestro bienestar, así que siempre será recomendable que trabajemos la autocompasión si en algún momento fallamos o el desarrollo del hábito no es todo lo constante que nos gustaría. A fin de cuentas, si lo que tratamos es de cuidarnos más a nosotros mismos, lo último que querríamos hacer es “maltratarnos” por no lograrlo. El autocuidado no es sólo comer mejor, o hacer deporte, sino también ser más tolerantes con nuestros errores y tratarnos mejor a nosotros mismos, también en el plano emocional. ¡Ese hábito puede ser de los mejores a desarrollar!

Fuente: Health Psychology Review

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

ResearchBlogging.orgLally, P., & Gardner, B. (2013). Promoting habit formation Health Psychology Review, 7 (sup1) DOI: 10.1080/17437199.2011.603640

¿Cómo afrontan tus hij@s el fracaso?

Los niños y niñas responden mejor a los contratiempos (suspensos, repetir curso…) en el proceso de aprendizaje cuando creen que la capacidad y la inteligencia son maleables, es decir, cuando piensan que sus capacidades están en crecimiento (mentalidad de crecimiento, growth mindset), en lugar de observarlas como algo fijo (mentalidad fija, fixed mindset).

Basado en big-change.org
Basado en big-change.org

Cabe esperar que la actitud de los padres hacia la idea de que las capacidades sean predeterminadas o en constante desarrollo, tenga una fuerte relación con la que tienen los niños. Hasta ahora se ha prestado mucha atención sobre cómo reforzar a los niños pero no tanto sobre cómo afrontar el error (es mejor centrarse en su esfuerzo y uso de estrategias en lugar de centrarnos en su capacidad). Sorprendentemente, no parece que exista relación entre el tipo de mentalidad (de crecimiento o fija) de los padres y la de los hijos. Un nuevo estudio publicado en la revista Psychological Science sugiere que esto se debe a que los niños no son capaces de explicar qué tipo de mentalidad tienen sus padres. Sin embargo, las creencias de los niños acerca de su capacidad se asocian con cómo sus padres conciben el error o el fallo.

Kyla Haimovitz y Carol Dweck, psicólogas e investigadoras de la Universidad de Stanford, hicieron una encuesta a 73 padres y a sus hijos y observaron que no había relación entre la mentalidad sobre la capacidad de los padres y las actitudes de los niños con respecto a la misma. Sin embargo, sí encontraron que aquellos padres que veían el fracaso como una oportunidad para aprender tendían a tener hijos con una mentalidad de crecimiento, mientras que los padres para los que el fracaso era algo más negativo y malo para el aprendizaje tendían a tener hijos con una mentalidad fija.

¿Por qué la actitud de los padres hacia el fracaso es aparentemente más importante que su actitud hacia la capacidad? Las autoras explican que tiene que ver con lo que es visible para los niños y niñas. Otros estudios han puesto de manifiesto que los niños no saben si sus padres tienen una mentalidad de crecimiento o mentalidad fija, pero sí son conscientes de las actitudes de sus padres hacia el fracaso. Los niños que piensan que sus padres tienen una actitud negativa hacia el fracaso tienden a ver en sí mismos que la capacidad y la inteligencia son elementos fijos.

Esto puede deberse a que los padres con una actitud negativa hacia el error, responden a los fracasos de sus hijos consolándolos diciéndoles que no importa que no puedan o no sean capaces, fomentando en ellos la creencia de que su capacidad es fija. Los padres con una actitud más positiva hacia el fracaso, por el contrario, tienden a animar a sus hijos a utilizar los errores como una oportunidad para aprender u obtener ayuda adicional, comportamientos que fomentan una mentalidad de crecimiento.

Un último estudio investigó si las actitudes de los padres hacia el fracaso realmente pueden generar cambios en la manera en que responden a los fallos de sus hijos. Más de cien padres completaron un cuestionario online, algunos tenían que responder preguntas diseñadas para provocar en ellos una actitud negativa hacia el fracaso y otros tantos preguntas destinadas a promover una actitud positiva ante el error. A continuación, se les pidió a los padres que imaginaran que sus hijos llegaban a casa con la noticia de que iba a repetir curso y cómo iban a pensar, sentir y actuar. Los padres que habían sido “preparados” con el cuestionario previo para ver el fracaso como perjudicial para el aprendizaje eran más propensos a decir que responderían preocupándose por si su hijo era capaz y consolándolo por su falta de habilidad.

Las autoras explican que sus hallazgos muestran que los padres que creen que el fracaso es una experiencia debilitante hacen que sus hijos crean que no pueden desarrollar su inteligencia; al establecer esta relación entre actitud ante el fracaso y mentalidad fija, se ha avanzado en la comprensión de cómo se construye socialmente la motivación en los niños. Puede que no sea suficiente promover una mentalidad de crecimiento en los padres para transmitirla a sus hijos. Quizá la intervención acertada esté en cambiar las actitudes al respecto del fracaso, concibiéndolo como algo potencialmente beneficioso en el proceso de aprendizaje de los hijos.

Fuente: BPS Research Digest

Escrito por María Rueda

Cómo el estrés acaba con la satisfacción

Es frecuente sentir que cuando llevamos un tiempo estresados, perdemos la energía para hacer cualquier cosa. Habitualmente sentimos una especie de cansancio mental e incluso cosas que habitualmente nos gustaba hacer comienzan a ser menos atractivas para nosotros.

Sin embargo es frecuente, especialmente en el contexto empresarial, que se tome el estrés como un facilitador de rendimiento. En muchas ocasiones podría parecer que una circunstancia de estrés nos mueve hacia la solución y es prácticamente motivadora. En psicología se conoce, según la “ley de Yerkes-Dodson” que nuestro rendimiento es mejor ante un aumento moderado de ansiedad. Pasado este punto óptimo, la ansiedad disminuye el rendimiento de manera brusca.

¿Todo esto significa que cuando nos estresamos al máximo finalmente nos acabamos desmotivando? En este caso, se conoce un poco menos del funcionamiento, pero sí está bastante claro que no es cuestión del nivel de intensidad del estrés. Los factores determinantes para sentirnos desmotivados es que sea un estrés crónico y/o que los eventos estresantes sean incontrolables.

Fotografía extraída de pixabay.com
Fotografía extraída de pixabay.com

De hecho, se han descrito con bastante precisión algunos de los circuitos cerebrales que funcionan en este proceso y cómo lo hacen. Cuando el estrés se convierte en crónico e incontrolable, lo que observamos es que se deteriora la regulación del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HHA). Este eje es el que se considera responsable de nuestras respuestas adaptadas al estrés.

Por otra parte, este eje se regula a su vez por el núcleo paraventricular, el que en respuesta a situaciones de dolor o de rechazo social, libera sustancias que tiene nuestro propio cerebro para sentirnos bien (opioides endógenos). De esta forma, la respuesta de este eje desaparece tras haberlo necesitado en el momento puntual de estrés. Pero el núcleo paraventricular tiene una respuesta especial cuando los eventos estresantes se repiten, y acaba por funcionar de forma poco adecuada.

Cuando deja de responder, hace varias cosas sobre nosotros que a nivel de autopercepción se parecen mucho a cosas que pueden ocurrir cuando estamos poco motivados. Por una parte, cuando este núcleo funciona peor, un evento estresante agudo amplifica su efecto emocional sobre nosotros. Además puede aumentar el efecto depresivo en que derivan habitualmente este tipo de eventos.

También sabemos que, gracias a este núcleo, se facilita la actividad de otro bien conocido, el accumbens. Este núcleo se conoce por “el centro del placer” y está muy implicado en la sensación de recompensa o satisfacción por algo. Si el núcleo paraventricular tiene su actividad atenuada, podría estar también atenuando la actividad del núcleo accumbens. Si no logramos obtener una sensación de recompensa al hacer cosas que habitualmente nos gustan, es bastante probable que nos sintamos poco motivados por hacerlo.

Por último, y consistentemente con lo anterior, se ha demostrado que la exposición prolongada a estresores incontrolables lleva a una regulación a la baja de las vías dopaminérgicas mesolímbicas, y a una respuesta reducida a las cosas gratificantes.

Visto así, si nuestros circuitos cerebrales han cambiado por un periodo de estrés crónico e incontrolable, ¿acaso vamos a permanecer siempre con una respuesta de gratificación atenuada? ¿Será imposible volver a sentir motivación?

Bueno, los circuitos cerebrales se afectan por el ambiente tanto para bien como para mal. Así pues, podemos hacer cambios sobre lo que nos está produciendo este estrés para que nuestro núcleo paraventricular responda de nuevo eficazmente. Reducir este nivel hará que de nuevo nuestro núcleo accumbens nos dé gratificaciones ante las cosas que nos agradan. Y no sólo eso, en ocasiones es difícil reducir el estrés en sí mismo, pero podemos aumentar la sensación de controlar la situación estresante, lo que restablecerá la respuesta de las vías dopaminérgicas mesolímbicas. E iremos sintiendo de nuevo que lo que hacemos nos motiva y nos sentiremos gratificados por hacer cosas.

Fuente: ncbi.nlm.nih.gov; harvard.edu

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

ResearchBlogging.orgHsu DT, Kirouac GJ, Zubieta JK, & Bhatnagar S (2014). Contributions of the paraventricular thalamic nucleus in the regulation of stress, motivation, and mood. Frontiers in behavioral neuroscience, 8 PMID: 24653686
Pizzagalli DA (2014). Depression, stress, and anhedonia: toward a synthesis and integrated model. Annual review of clinical psychology, 10, 393-423 PMID: 24471371

La construcción de las motivaciones en los niños y niñas

¿Qué motiva a un niño o una niña a hacer los deberes de matemáticas? ¿Su pasión por los números? Probablemente no. En general, no hay un amor a las matemáticas y por tanto las estudiamos, sino al contrario; llegamos a amar algo cuando nos sentimos bien con ello.

Por tanto, ¿qué motivará a estos niños a hacer los deberes? ¿La promesa de un premio? Podría ser. Pero entonces sólo los hará mientras haya premios y durante el tiempo en el que estén interesados en premios. Por tanto, la motivación será hacia el premio, pero no hacia aprender matemáticas.

Nuestras motivaciones más profundas vienen de nuestra identificación con algún sistema de valores y se desarrollan a fuego lento, a través de miles de interacciones con otras personas relevantes. Aquello que nos motiva consiste en un intento de vivir de acuerdo a las expectativas que tenemos sobre lo que somos y lo que queremos llegar a ser, a los ideales que valoramos. 

Foto extraída de: lanuevafrontera.aprenderapensar.net
Foto extraída de: lanuevafrontera.aprenderapensar.net

Contrariamente a la creencia popular, este tipo de valores no surgen espontáneamente desde nuestro interior. Tampoco consiste en una transmisión de padres a hijos, sino que se desarrollan lentamente en innumerables interacciones con los padres, maestros, mentores, amigos, compañeros,…

Nuestra identidad, la teoría que nos hacemos sobre quién soy yo, es un motivador poderoso. Cuando nos identificamos con un conjunto de valores, imágenes e ideales, también nos motivamos para defender esos valores, imágenes e ideales. Después de todo, los valores y los ideales se convierten en lo que somos; se convierten en nosotros mismos.

La importancia de interiorizar los valores:

Los padres tratan de influir sobre la construcción de los valores de sus hijos de muchas formas. Aquí indicamos tres de ellas, no todas recomendables.

Manifestación de poder. Los padres tienen más poder que sus hijos. Como resultado, los padres pueden hacer que los niños hagan muchas cosas simplemente por la existencia de la jerarquía. Los padres pueden castigar a los niños, amenazar con castigos, retirarles privilegios…

Retirada del afecto. Los niños quieren que sus padres los quieran por encima de todo. A veces algunos padres usan la estrategia de “retirarles el amor”, haciendo patente que el afecto es contingente al comportamiento del niño.

Inducción de valores. La inducción de valores consiste en intentar explicar las razones por las que un comportamiento es deseable o no es deseable. Cuando un padre explica las verdaderas razones por las que considera que algunos comportamientos son buenos, los niños serán más propensos a apreciar esos valores e interiorizarlos.

¿Cuál de estas tres técnicas es la más poderosa? La manifestación de poder y  la retirada de afecto son maneras que pueden incitar a los niños a cumplir con los deseos de los padres, sin embargo, tienen un efecto a corto plazo. En especial, la retirada del afecto es contraproducente, pues genera en el niño inseguridad. Sentir que tus figuras de referencia te quieren incondicionalmente, es un elemento esencial en el desarrollo sano. Décadas de investigación muestran que la inducción de valores es el único modo de influir en los niños de forma duradera. Aquellos niños que entienden y aprecian los valores de los padres son más propensos a interiorizar y actuar en consonancia con ellos.

Actúo en base a la idea de quién quiero ser:

Somos, en parte, lo que pensamos que somos. Lo que pensamos que somos, nuestra identidad, se basa en una especie de teoría del mí mismo. Actuamos en función de nuestras teorías de lo que queremos ser. Si un niño o una niña quiere ser una estrella deportiva, entendemos que se identificará con aquello que significa para él o ella ser un/una deportista. En este sentido, ser una estrella deportiva es una especie de identificación, “me identifico con ser una estrella deportiva”. Valoramos una manera de ser y de trabajar y nos identificamos a nosotros mismos con esa forma de hacer.

Por tanto, parece ser que la clave para el cultivo de la motivación en los niños es preguntarse: ¿Cómo puedo ayudar a mi hijo a construir una “teoría de sí mismo”? ¿Qué estoy haciendo para ayudar a mi hijo a identificarse con un conjunto de valores?

Fuente: psychologytoday.com

Escrito por María Rueda

¿Te pica la curiosidad? ¿Por qué es más fácil aprender algo si te interesa?

Foto extraída de univdep.edu.mx

Es sabido que nos resulta más fácil aprender algo cuando estamos interesados en ello que cuando poco nos importa. Sin embargo, aún no se conoce mucho sobre cómo los mecanismos motivacionales afectan al aprendizaje. Un nuevo estudio llevado a cabo por un grupo de la Universidad de California, Davis, sugiere que cuando nos pica la curiosidad, el cerebro se prepara para aprender no sólo sobre el tema en cuestión, sino también cualquier información incidental. Los neurocientíficos Gruber, Gelman y Ranganath entrevistaron a 19 participantes y les solicitaron que ordenaran una serie de preguntas en base al interés o curiosidad que tenían por conocer la respuesta. Posteriormente los investigadores escanearon su actividad cerebral mientras veían algunas de las preguntas más “interesantes” y otras tantas que por el contrario les despertaba muy poca o ninguna curiosidad. Mientras le hacían el escáner, los participantes veían la pregunta, y antes de poder leer la respuesta, los investigadores insertaron una fotografía de un rostro al azar, es decir, sin relación alguna con la pregunta ni con la respuesta. Tiempo después, incluso un día, se midió si los participantes podían recordar las respuestas a las preguntas, así como las caras que habían visto.

Gruber y sus colegas descubrieron que un mayor interés en una pregunta podía predecir un mejor recuerdo no sólo de la respuesta, sino también para la cara azarosa que precedía a la respuesta. De alguna manera parece que la curiosidad puede preparar al cerebro para el aprendizaje y la memoria a largo plazo.

Para entender qué es exactamente lo que había ocurrido en el cerebro de estos participantes, los investigadores recurrieron a los datos recogidos en el escáner y observaron un incremento en la actividad cerebral de dos regiones en el cerebro medio, el área tegmental ventral y el núcleo accumbens. Estas regiones transmiten dopamina, una sustancia relacionada con la sensación de placer y recompensa. Esto sugiere que antes de que aparezca la respuesta, nuestro cerebro activa el sistema de recompensa. Además, los investigadores encontraron que las mentes curiosas mostraron una mayor actividad en el hipocampo, estructura involucrada en la creación de recuerdos; observando que el grado de interacción entre el hipocampo y los circuitos de recompensa podía predecir la capacidad de un individuo para recordar la cara azarosa. En este sentido, el sistema de recompensa del cerebro parecía preparar al hipocampo para el aprendizaje.

Estos resultados no sólo nos aportan nueva información para la comprensión del cerebro y conducta humana, sino que nos recuerdan y ponen de manifiesto algunos conocimientos intuitivos como con el que hemos comenzado este post. Cuando un niño siente interés por algo, tendrá más facilidad (e incluso perseverancia) para y por aprenderlo. Este estudio demuestra empíricamente que esto es así. En palabras de los propios autores, “estos hallazgos sugieren un vínculo entre los mecanismos de recompensa y la curiosidad intrínseca, poniendo de manifiesto la importancia de estimular la curiosidad para crear experiencias más efectivas de aprendizaje

Teniendo en cuenta esta investigación, si hacemos atractivas las enseñanzas, promoviendo la curiosidad del niño o la niña por descubrir y aprender, éstos y éstas aprenderán más y mejor, pues como decía una querida profesora, sólo se entiende un aprendizaje, si éste tiene sentido y significado. Porque, si te pica la curiosidad, ¿cómo no vas a rascarla?

Escrito por María Rueda Extremera

Fuente: scientificamerican.com, sciencedaily.com

 

 

ResearchBlogging.org

Gruber, M.J., Gelman, B.D., & Ranganath, C. (2014). States of Curiosity Modulate Hippocampus-Dependent Learning via the Dopaminergic Circuit Neuron DOI: dx.doi.org/10.1016/j.neuron.2014.08.060

Sentirse capaz, una cuestión de educación

La línea de investigación ya iniciada por la psicóloga Carol Dweck ha demostrado los beneficios a corto plazo de alabar a los niños por sus esfuerzos (elogiar el proceso) en lugar de hacerlo en términos de sus características personales internas (elogiar a la persona). Lo que los investigadores han observado es que al elogiar a los hijos por sus intentos facilita que éstos adopten un modo de pensar “hacia la mejora” (la capacidad de ver el cambio y los desafíos como una oportunidad para aprender –incremental attitude-). Ahora, un nuevo estudio de este mismo grupo ha tratado sobre cómo los padres elogian a sus niños pequeños en situaciones de la vida real, y cómo esta dinámica tiene que ver con la mentalidad que desarrollan sus hijos cinco años más tarde.

Se observó a 53 padres interactuando en casa con sus hijos durante 90 minutos, ya fuera jugando, comiendo o en cualquier actividad cotidiana. Lo hicieron cuando los niños tenían entre 14, 26 y 38 meses. Cinco años más tarde, los investigadores volvieron a ver a estos niños y les hicieron preguntas sobre sus actitudes y la mentalidad hacia su propia capacidad, retos y moral.

El hallazgo clave fue que cuando los padres tienden a elogiar a sus hijos en edad preescolar por el esfuerzo realizado (elogiar el proceso), lo más probable es que a los siete u ocho años tengan una actitud “hacia la mejora” sobre conceptos tales como la inteligencia y la moral. Esta mentalidad se reflejó en su capacidad para ver la inteligencia y atributos morales como cambiables. Por ejemplo, estos niños tienden a estar de acuerdo con la idea de que las personas pueden ser más inteligentes si se esfuerzan más y estar en desacuerdo con la idea de que un niño travieso sea siempre malo.

Aunque el grupo de investigación reconoció las limitaciones de su estudio, afirmaron que el elogio que hace hincapié en el esfuerzo, las acciones y las estrategias no sólo puede predecir, sino también influir y dar forma al desarrollo del estilo motivacional de los niños a nivel cognitivo y social.

Por último, el estudio reveló que los padres tienden a usar más elogios personales con las niñas y más elogios de proceso con los niños, haciendo eco de resultados similares en estudios anteriores. A su vez, más tarde, los niños tienden a expresar una actitud “hacia la mejora” con más frecuencia que las niñas. Esto coincide con la imagen retratada en la literatura del desarrollo de que las niñas atribuyen el fracaso a la falta de capacidad más que los niños, especialmente en matemáticas y ciencias. Este estudio plantea la posibilidad de que esto pudiera deberse en parte a la forma en que han sido elogiados en la edad temprana.

Fuente: Research Digest

Escrito por María Rueda Extremera