Si te haces autosabotaje, puede tener origen en tu infancia

Los comportamientos que realizamos cada día han sido aprendidos en la infancia, por tanto, la manera en la que hemos sido tratados en esta etapa puede influir sobre muchas de las actitudes que contribuyen al autosabotaje provienen de una infancia tóxica. Lo que suele ocurrir, sin embargo, es que cuando no hemos tenido una infancia precisamente feliz, es habitual que se tienda a dejarla atrás y tratar de asumir un enfoque de “lo pasado pasado está”, ya que hemos sobrevivido, nos decimos, no nos centremos más en ello.

Pero estos comportamientos son frecuentemente inconscientes, y no es hasta que comenzamos un proceso de recuperación que no comenzamos a tomar conciencia de que es en esa etapa donde tienen su origen y por tanto para aprender a enfocar de otra manera las situaciones en las que actualmente nos comportamos de forma tóxica hacia nosotros mismos, al menos debemos atender a esa infancia dolorosa. El primer paso, es conocer los patrones que estamos teniendo.

Conociendo los patrones de autosabotaje:

1. Estás motivado por el miedo al fracaso

Los psicólogos Andrew Elliott y Todd Thrash propusieron una teoría psicológica sobre si para orientar nuestros objetivos nos motivamos por el enfoque o por la evitación. Cuando nos enfocamos a los objetivos, pensamos como podremos hacerlo, las formas en las que solucionar los posibles contratiempos, qué habilidades necesitaremos y una cierta ilusión a nivel emocional por el hecho de lograrlo. Por otro lado, cuando nos enfocamos desde la evitación, sólo pensar en el objetivo te llena de terror, y tienes la certeza de que vas a fracasar y terminarás haciendo el ridículo.

Foto extraída de medium.com
Foto extraída de medium.com

Es frecuente que las hijas que han tenido una madre muy crítica o muy exigente eludan los desafíos, ya que el precio a pagar por no conseguirlo es demasiado alto, de modo que es fácil transmitir el miedo al fracaso a los hijos. Además, los hijos de padres o madres narcisistas podrían temer la vergüenza asociada a no conseguirlo, aún conociendo que lograr el orgullo de sus padres tiene unas gratificaciones.

2. Constantemente te cuestionas a ti mismo

Si durante la infancia te dijeron que no eres lo suficientemente bueno, es habitual llegar a la edad adulta preguntándote si tu madre tenía razón, a pesar de haber conseguido algunos logros evidentes. Estos cuestionamientos constantes pueden llevar a patrones de rumia cognitiva; pensamientos repetitivos que pueden bloquearte, impedirte tomar decisiones y sentir mucho malestar. Se podría también relacionar con lo que se ha llamado “el síndrome del impostor”, una sensación persistente de que eres un fraude a punto de ser descubierto y de que los logros objetivos son sólo pura suerte y no un reflejo del esfuerzo que has invertido en ellos.

3. Siempre te autocriticas

Cuando las cosas van mal en tu vida, o te equivocas, ¿culpas siempre a tus defectos y debilidades? ¿Das importancia a hechos externos a ti que pueden influir sobre tus propios errores y situaciones negativas de tu vida? Un exceso de autocrítica hace que atribuyamos los fracasos exclusivamente a las propias imperfecciones, dejando claro que no eres lo suficientemente bueno para una relación, un trabajo, o cualquier otro logro positivo.

4. No confías en tus propias percepciones

A muchas hijas criadas por madres excesivamente críticas o narcisistas se les ha dicho muchas veces a lo largo de su vida que han entendido mal lo que se les dijo, que son demasiado sensibles o dramáticas. Cuando este ha sido un mensaje frecuente en la infancia, es probable que te creas en la vida adulta que es totalmente verdad. Es fácil que termines por cuestionar la propia percepción de la realidad, de los eventos ocurridos, de las explicaciones de los mismos y de cómo te sientes al respecto. Esto, desgraciadamente, alimenta comportamientos autodestructivos y de autosabotaje, además de contaminar el propio sentido de quién es uno mismo.

5. No usas tus sentimientos para informar de tus pensamientos

Muchos niños criados en hogares tóxicos, entierran sus sentimientos para sobrellevar las situaciones de abuso verbal. Se arman para no responder (ni sentir) a estos ataques, que hacen que parezca un entorno más seguro. En ocasiones, pueden llegar a la conclusión de que sentir es algo doloroso. Otros, por otra parte, se inundan de la emoción y no son capaces de enfrentarla. Con estos patrones en la infancia, en la edad adulta se mantendrán estas creencias, o dará lugar a la confusión de emociones, no saber distinguir entre enfado y miedo, vergüenza y dolor, u otra variedad de confusión emocional.

Con aprendizajes más sanos en la infancia, los sentimientos son muy valiosos para refinar estrategias de acción, comunicar deseos y necesidades, así como comprender las emociones expresadas por los otros.

6. No logras manejar las emociones

Cuando hemos tenido una madre emocionalmente distante o no disponible, o que simplemente no está interesada en responder emocionalmente a los hijos, da lugar a una falta de manejo emocional. Tener una madre sintonizada emocionalmente nos enseña a calmarnos a nosotros mismos, así como conectar con los demás en esos momentos. No ser capaz de manejar las emociones negativas también conduce a métodos de afrontamiento contraproducentes y que alimentan una mayor ansiedad.

Estrategias para abordar el autosabotaje

El primer paso necesario, como hemos estado describiendo hasta ahora es el reconocer los patrones de autosabotaje que nos están ocurriendo, frecuentemente de forma inconsciente. Para el conocimiento de ellos, además, es útil rastrear qué fuentes de origen en la infancia alimentan un comportamiento de este tipo. Después de esto, hay varios abordajes que se pueden realizar.

1. Hacer frente al miedo al fracaso

Concentrarse en reforzar la propia capacidad en lugar de mantener el enfoque hacia el posible fracaso puede ayudar a cambiar el habla interna sobre la manera en la que nos enfrentamos a los retos. Pensar en estos retos, y valorar de donde proviene el miedo a afrontarlos, seguido de un acto sistemático de poner en duda los argumentos sobre el peligro del fracaso, identificando cuánto de esto forma parte de un discurso tóxico y sobreaprendido. Esto es una manera de afrontar este miedo, aunque desgraciadamente, que desaparezca es poco probable, en un primer momento.

2. Detener la rumiación

Si te involucras profundamente en alguna tarea, es más fácil parar los pensamientos de duda y con formato rumiativo. Incluso el planificar lo que puedes hacer para buscar un objetivo puede lograr detener este patrón que tanto paraliza y daña. También es posible disminuir las preocupaciones sumergiéndonos más en ellas, pensando en lo peor que podría pasar e imaginando la catástrofe, en lugar de quedarnos sólo en los “y sis”. Incluso, dedicar un tiempo en la semana a concentrarse únicamente en estas preocupaciones puede ayudar.

3. Analiza la autocrítica

Cuando algo nos sale mal y emocionalmente nos sentimos sobrepasados y sólo podemos contarnos todo lo terribles que somos para explicar este error, podemos intentar parar este patrón y centrarnos en el análisis de qué salió mal para que finalmente no lográramos lo que nos habíamos propuesto. En un análisis más frío, quizá consigamos repartir responsabilidades entre nosotros, otras  personas, el contexto, el momento e incluso el azar. De esta forma, sólo somos un factor más en el error, lo cual es normalmente lo más acertado, además de menos doloroso.

4. Cuestiona la desconfianza de tus propias percepciones

Cuando comienzas a dudar de la manera en la que interpretas la realidad, enumera tres razones por las que dudar y tres por las que no dudar de lo que estás interpretando. En estas razones, busca cuánto de lo que te han dicho en tu familia está influyendo sobre las mismas. Una vez hecho esto, puede que descubras que las respuestas automáticas de auto-duda no son tan convincentes, además, nos impiden ver nuestras propias necesidades y capacidades correctamente.

5. Comienza a tratar tu reactividad

El esfuerzo para lograr esto, después de años de aprendizaje en el sentido inverso, ha de ser mucho y es complicado. De nuevo se trata de reconocer qué situaciones producen reacciones emocionales demasiado fuertes y aplicar técnicas que te sirvan para calmarte a ti mismo. Lucha con la sensación de inadecuación que te pueden producir situaciones incluso cotidianas. Planifica de qué forma puedes manejar tus respuestas sobreaprendidas antes de encontrarte en las situaciones.

Con estos abordajes, en resumen, puedes aprender a cuidarte y protegerte a ti mismo, sustituyendo lo que desgraciadamente tu madre no supo o no pudo hacer, y lograr aprender de un pasado doloroso en lugar de sólo sobrevivir y huir hacia adelante.

Adaptado y traducido de Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

La soledad o la aliada secreta para el manejo emocional

Foto extraída de http://www.ewallpapers.eu
Foto extraída de http://www.ewallpapers.eu

La soledad ha sido comúnmente asociada a algo negativo, relacionado con situaciones de dolor, estrés y tristeza. Cuando una persona que se siente sola crónicamente puede presentar un aumento de cortisol en sangre, un sistema inmunitario deprimido y un cerebro en constante alerta. En esta situación, el entorno se percibe como algo amenazante y provoca en la persona que lo sufre una vigilancia permanente y tremendamente agotadora. Y a pesar de todo ello, también se ha encontrado beneficios de los estados de soledad, desde el buen rendimiento en multitud de tareas, el aumento de la creatividad o también como ayuda para lidiar con nuestras emociones. La soledad nos enseña que todos necesitamos un tiempo y un determinado ritmo para procesar las emociones provocados por eventos o situaciones dolorosas y de las que no tenemos una solución clara al momento.

En este sentido, diversas investigaciones han pretendido arrojar datos acerca de cómo la soledad puede ayudarnos a procesar situaciones problemáticas y/o dolorosas. Así, en un estudio reciente, liderado por el grupo de investigación del grupo de Nguyen Thuv-vy y  colaboradores, recogen toda una serie de alentadores resultados acerca del impacto positivo de la soledad a la hora de manejar estados emocionales altamente displacentros. En el estudio se dejaba periodos cortos de tiempo en soledad a los participantes, registrando el aumento o disminución de sus estados emocionales tras dichos periodos de tiempo.

En la primera modalidad estudiada, se observó que los participantes respondían positivamente a los estados de soledad. Se comparó dos grupos con un estado emocional positivo y negativo de alta activación, y en el grupo en soledad sentados se colocaba a los participantes sentados en una silla sin la presencia de ninguna persona o de un dispositivo móvil, frente a otro grupo en el que se le invitaba a charlar con los investigadores. Los resultados reflejaron una disminución de la alta activación (negativa y/o positiva) para aquellos participantes que habían pasado quince minutos solos, en un efecto que los investigadores denominaron como “efecto de desactivación”, donde se veía una disminución de la activación de las emociones de alta intensidad.

Por otro lado, se añadió una nueva medida a tener en cuenta en un experimento adicional. Así, se pasó a incluir las emociones de baja intensidad (como calma, tristeza, enfado o fastidio) añadidas a la alta activación, con un efecto desigual para las emociones de baja intensidad. Mientras que las de alta seguían disminuyendo en los quince minutos de soledad, las emociones discretas y de baja intensidad sufrían un aumento, dejando claro el efecto complejo de la soledad en nuestro estado emocional. Esto se comprobó también para un grupo de participantes que leían un artículo en el momento de estar solos, sugiriendo un efecto desactivación incluso si se hacía una tarea externa en los periodos de soledad.

Los investigadores también comprobaron si el contenido del pensamiento en los momentos de soledad podría afectar en la modulación emocional. De este modo, se encontró que los estados emocionales altos disminuían cuando se intentaba controlar el contenido de los mismos (intentando no centrarse en ellos), y aumentaba incluso las emociones positivas de baja intensidad. Esto se repetía igualmente cuando se introducían pensamientos positivos, por encima de la introducción de pensamientos neutrales.

Para comprobar la permanencia de los resultados a lo largo del tiempo, se instó a un grupo de participantes a mantener estos quince minutos de soledad y a registrar sus estados emocionales durante dos semanas. Y, como se pudo ver, hubo una disminución de la ansiedad y el estrés cuando las personas decidían activamente estar solos y hacer uso de esos quince minutos de soledad.

Aun así, los propios investigadores matizaron los resultados aduciendo que todos estos resultados son aplicables a pequeños estados de soledad y habría que excluir de esto a las personas con un estado de soledad permanente, con una comorbilidad grande con síntomas físicos y psicológicos.

Atendiendo a su aplicabilidad en la vida cotidiana y como defienden los autores, los distintos resultados muestran “la influencia de la soledad para regular estados emocionales intensos, situaciones de confrontación y oposición hostil o discusión con la pareja y/o amigos”. Es decir, podemos recomendar pequeños periodos de tiempo para lidiar con eventos cotidianos y emocionalmente intensos, donde podemos proponer pautas o perspectivas más realistas y conseguir una reducción del estrés y la intensidad emocional. Así, tras una desavenencia o una discusión con alguien cercano, dar un paseo por el barrio, centrarnos en una tarea sencilla (como una tarea manual, limpiar un poco la casa…) puede ayudarnos a paliar el impacto emocional y reintroducirnos un rato después en la situación para dar otro tipo de soluciones u opciones de solución. La soledad, de este modo, se convierte en una herramienta muy útil en la gestión y solución de conflictos emocionales, enfriando la intensidad emocional y permitiendo un procesamiento más calmado y racional de la situación. Algo que podemos tener en cuenta en nuestra cotidianidad diaria.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuentes: BPS Digest, Psychology Today, Diario El País, Journals.sagepub.

¿Se puede controlar la hostilidad?

 

Fotografía extraída de www.quesignificado.com
Fotografía extraída de www.quesignificado.com

El estudio de la hostilidad está estrechamente relacionado con el estudio de la ira y de la agresión. La hostilidad, según Smith (1994) se trata de un sesgo cognitivo (un punto de vista que no tiene por qué ser realista), por el cual se devalúa el valor y los motivos de los otros, se tiene la expectativa de que el resto de las personas están equivocadas y se siente una oposición hacia ellos, que puede acabar en deseos de infligir daños a éstos o ver a los demás como dañinos.

La hostilidad implica una percepción de los demás como fuente frecuente de provocación, maltrato y frustración, asumiendo por ello que los otros no merecen la confianza ni el respeto.

Durante los años 50 y 60, las medidas más empleadas para la valoración de la hostilidad y la agresión fueron las técnicas proyectivas (ejemplo: test de Rorschach o el Estudio de imagen-frustración de Rosenzweig), sin embargo, en la actualidad se utilizan con mayor asiduidad cuestionarios y escalas específicos (Inventario de Hostilidad de Buss-Durkee, la Escala de Hostilidad manifiesta de Sigel, etc.).

Se puede observar que la hostilidad es una emoción altamente experimentada por aquellas personas de patrón de conducta Tipo A (personas muy competitivas con una alta orientación al logro, por lo habitual dispuestas al enfrentamiento ante cualquier obstáculo, sea contextual, objeto o persona), pero al margen de este colectivo, la hostilidad se considera un factor de riesgo de trastornos coronarios. Las personas con una actitud hostil pueden generar a su alrededor un ambiente con escaso apoyo social. Esta forma de actuar elicita en los demás comportamientos de enfrentamiento, y esto a su vez, refuerza y reivindica las creencias que tienen y de manera habitual redunda en una disminución de conductas saludables.

Numerosos estudios han demostrado una mayor respuesta cardiovascular y neuroendocrina ante los estresores en las personas hostiles (Williams, Barefoot y Shekelle 1985; Smith 1992; Houston 1994; Gayll y Contrada 1998). Es de especial interés el estudio longitudinal que realizaron Barefoot, Dahlstrom y Williams (1983) llevado a cabo a lo largo de 25 años y con la ayuda de 255 médicos. En él, comprobaron que aquellas personas con alta puntuación en la Escala de Hostilidad Cook-Medley, ofrecían una mayor incidencia de enfermedad coronaria que quienes obtenían una puntuación baja en proporción de 5 a 1. Además, el promedio de mortalidad se disparaba hasta 6,4 veces en los sujetos con puntuaciones por encima de la media.

Los mismos resultados se contrastaron por Shekelle, Gale, Ostfeld y Paul, también en 1983, Dembroski y Costa (1987) o por Houston, Chesney, Black, Cates y Hecker (1992).

Sin embargo, en realidad, la hostilidad es una emoción adaptativa, que surge en aquellas circunstancias que de manera prolongada en el tiempo nos frustran, bloquean nuestros objetivos o nos minusvaloran, pero sobre las que (de manera consciente o no) entendemos que podemos actuar. La hostilidad es una herramienta que nos sirve para alcanzar objetivos de manera expeditiva, y es por ello que resulta importante dentro del bagaje cognitivo del hombre. Sin embargo, al igual que la ira, el miedo, la ansiedad o cualquier emoción que pueda tener un aspecto negativo, su uso y experimentación continuada en el tiempo puede volverse crónica y/o patológica. Es en estas condiciones cuando se puede volver desadaptativa, perdiendo el valor que puede ofrecer a nuestras vidas y convirtiéndose en un lastre del que resulta complicado desembarazarse.

Todas las personas tenemos la capacidad en mayor o menor medida de entender y gestionar nuestras emociones, y nuestra capacidad empática determinará hasta dónde podemos entender las de quienes nos rodean, de manera que dependemos de nuestro bagaje de experiencias y de la motivación que tengamos para controlar esta cuestión.

Finalmente nos encontramos con una duda importante, ¿es posible controlar nuestra hostilidad?

La respuesta rápida será que depende de las ganas que tengamos para ello y de lo habituados que estemos a hacerlo. Por esto, una persona que generalmente controla su estado emocional (o que se encuentra en un contexto en el que se exige su gestión) tendrá una mayor capacidad para hacerlo.

La respuesta desarrollada sería que hay dos vías de razonamiento en el cerebro: la rápida y la lenta. La vía rápida es la que lleva la información de los estímulos directamente a la amígdala, que es la encargada de valorar emocionalmente el estímulo y producir una respuesta rápida (ataque, huida, etc.). Esta respuesta no se condiciona por el medio, sino por las impresiones más primitivas del cerebro y nuestro estado de ánimo, siendo así más probable que en un estado afectivo negativo demos una respuesta airada, hostil…. agresiva. Esta vía no tiene en cuenta las circunstancias, para ello es necesario que el estímulo vaya al cerebro por la vía lenta, pasando por el neocortex y el hipocampo, y de ahí, a la amígdala. En este caso, se analizan una mayor cantidad de factores involucrados en la situación y la respuesta emocional que se genera es más adaptada a la situación y menos impulsiva.

Este segundo tipo de razonamiento nos capacita para reducir los niveles de hostilidad y para ello es necesaria una fuerte motivación a la hora de enfrentar las situaciones para evitar acostumbrar al sistema a responder por la vía rápida.

Es por esto que las técnicas más utilizadas en terapia con personas con agresividad son las técnicas que intentan que los pacientes tomen conciencia de las situaciones y pongan en marcha acciones distractoras y elicitadoras de emociones positivas que, aunque no tengan especial fuerza en esos momentos de hostilidad, sí consigan obligar al sistema a procesar la información por la vía lenta.

Es importante que la persona entienda que muchas de las actitudes negativas de quienes les rodean no son más que el sesgo negativo que produce su estado afectivo y que un cambio en la interpretación de las situaciones dará lugar de manera inmediata, a un conocimiento más real de la situación y a un comportamiento más adaptativo para el propio sujeto y para los demás.

Escrito por Sara Reyero Serret

Fuentes del texto:

Smith (1994). Anger, hostility and the heart.

Wrightsman, L. S. (1992). Assumptions about human nature. Sage publications.

Goleman, D. (1995). Emotional intelligence. Bantam books.

Eysenck, H. J. (2000). Intelligence: a new look. Routledge.

Signos de que te ha criado un narcisista

Las personas que han tenido o tienen un padre o madre narcisista sufren de una serie de efectos en su forma de verse a sí mismos y al mundo que en muchas ocasiones les lleva a un sufrimiento muy intenso. Generalmente, no tienen conciencia de ello hasta que se encuentran en un proceso terapéutico por su propio malestar psicológico. Sin embargo, cuando tu desarrollo se ha visto influido por una personalidad narcisista, hay varias características llamativas que pueden aparecer.

padre narcisista

Ya que una persona narcisista dispondrá de toda la familia para conseguir sus necesidades, un adulto criado por un narcisista se dejará pisotear con facilidad, ya que desde siempre ha aprendido a ser un medio para que otros consigan lo que quieren.

De esta forma, una persona criada por alguien narcisista no tiene una gran conciencia de sí mismo, del mismo modo que no reconoce sus necesidades, o lo que quiere. El progenitor narcisista en muchas ocasiones tratará de vivir los logros que no ha conseguido a través de sus hijos, ya que por mucho que haya logrado nunca será suficiente. Así, durante el desarrollo, los niños aprenden a satisfacer sólo a este progenitor en lugar de a sí mismos, de modo que no hay espacio para sus propias necesidades.

Es habitual, en esta misma línea que si has tenido un padre narcisista te sientas casi más como un compañero que como un hijo a su cargo. Ya que las personas narcisistas requieren de toda la atención de las personas que le rodean y que éstas cubran sus necesidades de reconocimiento y logro, los hijos de personas narcisistas pueden encontrarse en un rol de ayudar a que todo esté bien y que esa persona no sienta ninguna contrariedad. Asumen el papel de mantener todo en orden y solucionar algunas cosas hasta antes de que haya habido lugar a un problema.

Además, la única forma en que sientes que vales algo es a través del éxito. Los padres narcisistas, ya sea de forma explícita o implícita, sólo ven en sus hijos algo positivo cuando se trata de un éxito demostrable, especialmente a nivel social. Pero además, aplican esto de forma similar en sí mismos, de modo que como hijo de alguien narcisista es probable que el único valor que veas en ti mismo es por lo que has conseguido y en muchas ocasiones tampoco te parecerá suficiente.

Otra característica que puedes percibir en ti mismo cuando te ha criado un padre narcisista es que te sientes extremadamente competitivo con tus iguales o hermanos. Este estilo de personalidad tiende a motivar a través de la comparación, como por otra parte hacen consigo mismos. Es por esto que aunque no sea de un modo consciente (aunque también puede aparecer directa y conscientemente) los padres naricisistas estarán constantemente haciendo comparaciones sobre las cualidades de sus hijos. Esta actitud lleva a aprender un sentido de lucha por el reconocimiento y una necesidad de competir que generalmente se convierte en algo bastante doloroso para los hijos.

Una vez comienzas a reconocer esto en ti y tomas conciencia de que te ha criado una persona narcisista, comienzas a entender varias cosas sobre cómo te puedes estar haciendo daño a causa de esos aprendizajes hechos en etapas muy tempranas.

Para comenzar a manejar estos sentimientos, es cierto que el simple hecho de conocer de dónde proviene esa sensación de miedo intenso cuando vas a hacer algo que puede salir mal en sí nos puede dar cierto grado de tranquilidad. En ocasiones no es suficiente el entender cómo funciona una persona narcisista para aliviar los síntomas que puede producir el haber sido educado por uno. Hay varias técnicas que puedes probar para manejar lo anteriormente comentado y en cualquier caso, la ayuda psicológica siempre será positiva para mejorar el autorreconocimiento y mejorar tu autoestima.

Practicar el mindfullness. La práctica de una atención plena a nuestros estados internos dará lugar a una mayor conciencia de nuestras propias emociones y estados mentales. Además, si logramos hacerlo sin juzgar estos sentimientos, comenzaremos a ver otra forma de percibir nuestras propias necesidades que no hemos logrado aprender a través de este estilo de crianza.

Aplicar la dialéctica. En la terapia dialéctico conductual, entre las diferentes estrategias para aumentar el bienestar se aplica la dialéctica. Esto implica, entre otras cosas, que dos cosas opuestas pueden existir a la vez y que así se puede explicar la realidad incluso de forma más ajustada. En este caso, podríamos entender porqué esa persona se comporta así aprendiendo lo que tiene que ver con los rasgos narcisistas y al mismo tiempo desear que esto cambie.

Buscar la aceptación. Cuando hablamos de aceptación no significa resignarnos con la situación. Tampoco que estemos cómodos con ella ni que estemos de acuerdo. Simplemente significa que asumimos que es una situación que ocurre y que probablemente no podemos cambiar. Una vez logramos aceptar que esto ocurre, además, podemos buscar otras formas de enfrentar esta situación para que nos dañe lo menos posible.

Es difícil descubrir que algunas de las formas más dañinas que usamos con nosotros mismos provienen de que uno de nuestros progenitores no aprendió a manejar su narcisismo, pero al menos, comenzar a comprenderlo, en muchas ocasiones puede ser el primer paso para aprender a hacer un cambio en estas cosas que nos duelen y empezar a sentirnos mejor.

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

Fuentes huffingtonpost.com, psychcentral.com