La utilidad de la vergüenza

El ser humano está preparado para sentir emociones que tienen una función concreta para su supervivencia; en su estar en el mundo. Durante mucho tiempo, la cultura en la que estamos inmersos ha minusvalorado la conducta emocional. Ha separado la emoción y la razón llevando a unas costumbres que negaban la parte más emocional de las personas.

Algunos paradigmas científicos más modernos, sin embargo, alzan la voz en contra de esta drástica separación y proponen una mayor conciencia y educación emocional. A pesar de esto, el avance en este sentido es lento y es frecuente ver personas con dificultades para entender su propio mundo emocional. Cuando se trata de emociones negativas, habitualmente negamos su existencia o evitamos sentirlas.

En ocasiones nos gustaría comenzar a realizar alguna actividad nueva, crear algún hábito o mejorarnos a nosotros mismos en algún aspecto. No obstante, muchas veces es difícil encontrar la motivación o nos cuesta organizar las tareas a lo largo del día para encajar esta nueva afición. Sin embargo, en otros momentos, es algo algo diferente lo que nos paraliza. Muchas veces hemos escuchado a personas que querrían comenzar algunas actividades o aprender ciertas cosas, pero dicen que les produce vergüenza comenzar a hacerlas; “siempre he querido hacer teatro, pero a mí edad empezar con esas cosas…”.

sentimiento de vergüenza
Extraída de www.espiralsantacruz.com

Cuando nos enfrentamos a emociones complejas como la vergüenza, puede ser útil conocer el funcionamiento de las mismas. Casi siempre que hemos sentido emociones negativas se nos pregunta (y nos preguntamos a nosotros mismos) por qué estamos sintiendo eso. Sin embargo, aunque esto puede ser importante en algunas ocasiones, la verdadera pregunta que sería bueno hacer cuando tenemos sentimientos negativos es “¿para qué estoy sintiendo esto?”.

En este “para qué” es precisamente en lo que ha incidido el estudio realizado por Brian Lickel y sus colaboradores, de la universidad de Massachusetts, publicado el año pasado en la revista Emotion, respecto a los sentimientos de vergüenza y culpa.

Estos autores se basan en que los sentimientos negativos motivan al ser humano a realizar cambios hacia un sí mismo mejor. Antes de realizar un cambio importante, ajustar nuestros valores personales e incluso comenzar un proceso terapéutico, generalmente se presentan sentimientos muy negativos que hacen que se quiera ser de otra manera; adquirir un “yo” mejorado.

El arrepentimiento, la culpa o la vergüenza se consideran sentimientos negativos autorreferenciales, lo que implica que están dirigidos hacia uno mismo. Sin embargo, estos investigadores hallaron que existen diferencias entre las funciones de este tipo de sentimientos, dependiendo de cual estemos experimentando. En concreto, el sentimiento que nos lleva a querer cambiarnos es la vergüenza. La culpa, por su parte, llama más a una necesidad de reparación del daño hecho. El primer sentimiento llevaría a una necesidad de alejarnos de la situación mientras que el segundo no nos invitaría a huir sino a tratar de quedarnos, o volver, para solucionar la situación que nos produce culpa.

En este mismo estudio se plantea que la vergüenza puede tener, por otra parte, un doble filo. Sería un gran motivador por su capacidad de incitar el movimiento hacia el cambio de nosotros mismos, pero por otra, es una emoción tan potente que es capaz de paralizarnos fácilmente. En ocasiones es la misma capacidad de autorregularnos la que implica una responsabilidad tal que nos abruma y nos paraliza.

Conociendo esta información, la pregunta que será mejor que nos hagamos una vez sintamos que la vergüenza nos paraliza será: “¿quiero ser la persona que estaría en la situación que nos produce esta vergüenza?” Si este sentimiento está efectivamente cumpliendo su función, nos responderemos que no queremos ser esa persona y podremos encontrar el camino que nos lleva a ese nuevo yo con el que nos sintamos más a gusto y conformes, asumiendo la carga de autorregularnos a cambio de ser mejores para nosotros mismos.

 

Fuente: http://www.apa.org/pubs/journals/emo/

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

ResearchBlogging.org
Lickel, B., Kushlev, K., Savalei, V., Matta, S., & Schmader, T. (2014). Shame and the motivation to change the self. Emotion, 14 (6), 1049-1061 DOI: 10.1037/a0038235

 

 

La preocupación y la culpa en tu salud

A menudo escuchamos noticias y comentarios sobre la salud mental en los medios de comunicación que nos dan a entender o sugieren que las causas biológicas son de alguna manera más importantes y fundamentales que los factores sociales o psicológicos. Esto es el encanto de eso que llamamos reduccionismo. De hecho, cuando tratamos un tema tan complejo como la mente y conducta humanas debemos considerar todos los posibles niveles de explicación y especialmente si tenemos en cuenta que los factores psicológicos y sociales suelen ser los más susceptibles de intervención.

Un nuevo estudio liderado por la Universidad de Liverpool, en colaboración con la cadena BBC, apoyaría este punto de vista. Este grupo de investigadores realizó una encuesta a más de 32.000 personas (de entre18 y 85 años de edad) en la que se preguntaba por diversos datos relacionados con el estado de salud mental (en términos de depresión y ansiedad), los factores de riesgo genético (medido por su historia familiar), sus relaciones interpersonales, acontecimientos de la vida, demografía y dos aspectos sobre sus “tendencias psicológicas”: la rumiación de pensamiento (si se preocupa en exceso, no pudiendo parar de darle vueltas a las cosas) y el tipo de estilo atribucional (culparse a sí mismo de las cosas que salen mal pese a que éstas sean externas).

En el estudio se investigaron las relaciones existentes entre los factores biológicos, sociales y psicológicos y el estado de salud mental de los participantes. Los resultados obtenidos sugieren que los eventos traumáticos de la vida tienen un vínculo directo más fuerte con la depresión y la ansiedad, seguido de una historia familiar de problemas de salud mental y la baja condición social (en términos de educación e ingresos). La soledad y la falta de apoyo social también se vincularon directamente con una mala salud mental.

Sin embargo, podría decirse que el hallazgo más importante fue que la relación entre estos factores y la mala salud mental estaba mediada significativamente (aunque no totalmente) por las “tendencias psicológicas” de la rumiación y el estilo atribucional de la persona. Los autores afirman que sus resultados apoyan claramente la afirmación de que los agentes causales biológicos, sociales y circunstanciales afectarían a nuestra salud mental y bienestar a través de su impacto en la forma en que procesamos la información y percibimos el mundo. Aunque en este estudio los aspectos psicológicos no mediaron completamente la relación entre los factores medidos y el trastorno mental, esto podría deberse a que sólo se midieron dos componentes o procesos psicológicos (rumiación y estilo atribucional).

Según los investigadores, estos resultados tienen implicaciones prácticas, ya que los procesos psicológicos como la rumiación y culpa son abordables desde la psicoterapia. Por supuesto, este estudio tiene sus limitaciones como reconocen los mismos autores. La más importante es que los datos sólo representan una sola instantánea en el tiempo. Para disponer de una evidencia más sólida al respecto de la función de mediación de estos factores psicológicos, serán necesarias nuevas investigaciones en las que se recopile información sobre los participantes a lo largo y durante las diferentes etapas vitales.

Fuente: Research Digest

Escrito por María Rueda Extremera