Si te haces autosabotaje, puede tener origen en tu infancia

Los comportamientos que realizamos cada día han sido aprendidos en la infancia, por tanto, la manera en la que hemos sido tratados en esta etapa puede influir sobre muchas de las actitudes que contribuyen al autosabotaje provienen de una infancia tóxica. Lo que suele ocurrir, sin embargo, es que cuando no hemos tenido una infancia precisamente feliz, es habitual que se tienda a dejarla atrás y tratar de asumir un enfoque de “lo pasado pasado está”, ya que hemos sobrevivido, nos decimos, no nos centremos más en ello.

Pero estos comportamientos son frecuentemente inconscientes, y no es hasta que comenzamos un proceso de recuperación que no comenzamos a tomar conciencia de que es en esa etapa donde tienen su origen y por tanto para aprender a enfocar de otra manera las situaciones en las que actualmente nos comportamos de forma tóxica hacia nosotros mismos, al menos debemos atender a esa infancia dolorosa. El primer paso, es conocer los patrones que estamos teniendo.

Conociendo los patrones de autosabotaje:

1. Estás motivado por el miedo al fracaso

Los psicólogos Andrew Elliott y Todd Thrash propusieron una teoría psicológica sobre si para orientar nuestros objetivos nos motivamos por el enfoque o por la evitación. Cuando nos enfocamos a los objetivos, pensamos como podremos hacerlo, las formas en las que solucionar los posibles contratiempos, qué habilidades necesitaremos y una cierta ilusión a nivel emocional por el hecho de lograrlo. Por otro lado, cuando nos enfocamos desde la evitación, sólo pensar en el objetivo te llena de terror, y tienes la certeza de que vas a fracasar y terminarás haciendo el ridículo.

Foto extraída de medium.com
Foto extraída de medium.com

Es frecuente que las hijas que han tenido una madre muy crítica o muy exigente eludan los desafíos, ya que el precio a pagar por no conseguirlo es demasiado alto, de modo que es fácil transmitir el miedo al fracaso a los hijos. Además, los hijos de padres o madres narcisistas podrían temer la vergüenza asociada a no conseguirlo, aún conociendo que lograr el orgullo de sus padres tiene unas gratificaciones.

2. Constantemente te cuestionas a ti mismo

Si durante la infancia te dijeron que no eres lo suficientemente bueno, es habitual llegar a la edad adulta preguntándote si tu madre tenía razón, a pesar de haber conseguido algunos logros evidentes. Estos cuestionamientos constantes pueden llevar a patrones de rumia cognitiva; pensamientos repetitivos que pueden bloquearte, impedirte tomar decisiones y sentir mucho malestar. Se podría también relacionar con lo que se ha llamado “el síndrome del impostor”, una sensación persistente de que eres un fraude a punto de ser descubierto y de que los logros objetivos son sólo pura suerte y no un reflejo del esfuerzo que has invertido en ellos.

3. Siempre te autocriticas

Cuando las cosas van mal en tu vida, o te equivocas, ¿culpas siempre a tus defectos y debilidades? ¿Das importancia a hechos externos a ti que pueden influir sobre tus propios errores y situaciones negativas de tu vida? Un exceso de autocrítica hace que atribuyamos los fracasos exclusivamente a las propias imperfecciones, dejando claro que no eres lo suficientemente bueno para una relación, un trabajo, o cualquier otro logro positivo.

4. No confías en tus propias percepciones

A muchas hijas criadas por madres excesivamente críticas o narcisistas se les ha dicho muchas veces a lo largo de su vida que han entendido mal lo que se les dijo, que son demasiado sensibles o dramáticas. Cuando este ha sido un mensaje frecuente en la infancia, es probable que te creas en la vida adulta que es totalmente verdad. Es fácil que termines por cuestionar la propia percepción de la realidad, de los eventos ocurridos, de las explicaciones de los mismos y de cómo te sientes al respecto. Esto, desgraciadamente, alimenta comportamientos autodestructivos y de autosabotaje, además de contaminar el propio sentido de quién es uno mismo.

5. No usas tus sentimientos para informar de tus pensamientos

Muchos niños criados en hogares tóxicos, entierran sus sentimientos para sobrellevar las situaciones de abuso verbal. Se arman para no responder (ni sentir) a estos ataques, que hacen que parezca un entorno más seguro. En ocasiones, pueden llegar a la conclusión de que sentir es algo doloroso. Otros, por otra parte, se inundan de la emoción y no son capaces de enfrentarla. Con estos patrones en la infancia, en la edad adulta se mantendrán estas creencias, o dará lugar a la confusión de emociones, no saber distinguir entre enfado y miedo, vergüenza y dolor, u otra variedad de confusión emocional.

Con aprendizajes más sanos en la infancia, los sentimientos son muy valiosos para refinar estrategias de acción, comunicar deseos y necesidades, así como comprender las emociones expresadas por los otros.

6. No logras manejar las emociones

Cuando hemos tenido una madre emocionalmente distante o no disponible, o que simplemente no está interesada en responder emocionalmente a los hijos, da lugar a una falta de manejo emocional. Tener una madre sintonizada emocionalmente nos enseña a calmarnos a nosotros mismos, así como conectar con los demás en esos momentos. No ser capaz de manejar las emociones negativas también conduce a métodos de afrontamiento contraproducentes y que alimentan una mayor ansiedad.

Estrategias para abordar el autosabotaje

El primer paso necesario, como hemos estado describiendo hasta ahora es el reconocer los patrones de autosabotaje que nos están ocurriendo, frecuentemente de forma inconsciente. Para el conocimiento de ellos, además, es útil rastrear qué fuentes de origen en la infancia alimentan un comportamiento de este tipo. Después de esto, hay varios abordajes que se pueden realizar.

1. Hacer frente al miedo al fracaso

Concentrarse en reforzar la propia capacidad en lugar de mantener el enfoque hacia el posible fracaso puede ayudar a cambiar el habla interna sobre la manera en la que nos enfrentamos a los retos. Pensar en estos retos, y valorar de donde proviene el miedo a afrontarlos, seguido de un acto sistemático de poner en duda los argumentos sobre el peligro del fracaso, identificando cuánto de esto forma parte de un discurso tóxico y sobreaprendido. Esto es una manera de afrontar este miedo, aunque desgraciadamente, que desaparezca es poco probable, en un primer momento.

2. Detener la rumiación

Si te involucras profundamente en alguna tarea, es más fácil parar los pensamientos de duda y con formato rumiativo. Incluso el planificar lo que puedes hacer para buscar un objetivo puede lograr detener este patrón que tanto paraliza y daña. También es posible disminuir las preocupaciones sumergiéndonos más en ellas, pensando en lo peor que podría pasar e imaginando la catástrofe, en lugar de quedarnos sólo en los “y sis”. Incluso, dedicar un tiempo en la semana a concentrarse únicamente en estas preocupaciones puede ayudar.

3. Analiza la autocrítica

Cuando algo nos sale mal y emocionalmente nos sentimos sobrepasados y sólo podemos contarnos todo lo terribles que somos para explicar este error, podemos intentar parar este patrón y centrarnos en el análisis de qué salió mal para que finalmente no lográramos lo que nos habíamos propuesto. En un análisis más frío, quizá consigamos repartir responsabilidades entre nosotros, otras  personas, el contexto, el momento e incluso el azar. De esta forma, sólo somos un factor más en el error, lo cual es normalmente lo más acertado, además de menos doloroso.

4. Cuestiona la desconfianza de tus propias percepciones

Cuando comienzas a dudar de la manera en la que interpretas la realidad, enumera tres razones por las que dudar y tres por las que no dudar de lo que estás interpretando. En estas razones, busca cuánto de lo que te han dicho en tu familia está influyendo sobre las mismas. Una vez hecho esto, puede que descubras que las respuestas automáticas de auto-duda no son tan convincentes, además, nos impiden ver nuestras propias necesidades y capacidades correctamente.

5. Comienza a tratar tu reactividad

El esfuerzo para lograr esto, después de años de aprendizaje en el sentido inverso, ha de ser mucho y es complicado. De nuevo se trata de reconocer qué situaciones producen reacciones emocionales demasiado fuertes y aplicar técnicas que te sirvan para calmarte a ti mismo. Lucha con la sensación de inadecuación que te pueden producir situaciones incluso cotidianas. Planifica de qué forma puedes manejar tus respuestas sobreaprendidas antes de encontrarte en las situaciones.

Con estos abordajes, en resumen, puedes aprender a cuidarte y protegerte a ti mismo, sustituyendo lo que desgraciadamente tu madre no supo o no pudo hacer, y lograr aprender de un pasado doloroso en lugar de sólo sobrevivir y huir hacia adelante.

Adaptado y traducido de Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

¿Qué hacer con una mente demasiado ansiosa?

Nuestras percepciones, evaluaciones, juicios y expectativas se desarrollan con el tiempo en función de nuestra fisiología, historia y experiencias. En ocasiones nos gustaría dejar de pensar en algo. Otras dejar de preocuparnos por cualquier cosa o de tener pensamientos que tenemos o son extremadamente negativos. Algunas veces tenemos pensamientos acelerados y no podemos reducir su velocidad. Estos pensamientos pueden provocar inquietud, implacabilidad e intensos sentimientos de preocupación, miedo, desilusión y frustración.

El nivel de charla de nuestra mente varía de persona a persona. Debido a lo incómodo que es, a menudo se lucha para deshacerse de los pensamientos y sentimientos o buscamos que nunca hayan existido. Esta lucha perpetúa un ciclo de la mente y para algunos, este ciclo mental puede ser agotador, doloroso y frustrante. Puede ser complicado tener autocompasión cuando todo ese “ruido” está emergiendo y nos hace cuestionarnos, defendernos y desear evitarnos a nosotros mismos.

Probablemente nos digamos o los demás nos digan que “paremos” de tener estos pensamientos y sentimientos. Se espera que esto se logre recitando “afirmaciones positivas“, “pensando en algo agradable o positivo” o “pensando en otra cosa”. Pronto nos daremos cuenta de que no hay un método factible para “deshacerse” de los pensamientos y sentimientos, más bien se pueden hacer esfuerzos para disminuir la intensidad de la angustia a fin de que la vida se pueda vivir de manera más significativa.

La mente hace lo que hace. Hay variación en cuanto a la charla que tienen nuestras mentes. También existe variabilidad en cuanto a qué tan negativo es nuestro pensamiento de forma innata. Es importante validar y verbalizar que la forma en que pensamos y sentimos está bien e intrínsecamente bien. Además, hay una diferencia entre pensar sobre algo y actuar. Así como saber que no estamos completamente definidos por los pensamientos y sentimientos.

En lugar de estar obligados a aceptar los pensamientos y sentimientos como hechos, podemos aprender a observarlos, evaluarlos y responder a ellos de manera consciente y atenta. Aprender cómo funciona nuestra mente puede hacer que se reduzca la autocrítica y la vergüenza que se aumente la autocompasión y actuar en nombre de nuestro mejor yo.

extraída de quaysnews.es
extraída de quaysnews.es

Para conocer mejor tu mente, considera lo siguiente:

La mente se aferra a las formas formativas de pensar, sentir y afrontar más habituales 

Preguntamos a las personas “cuántos años” tiene un pensamiento o sentimiento, generalmente es antiguo y se remonta a la infancia; especialmente cuando hay mucha intensidad asociada. El pensamiento y/o sentimiento pueden ser familiares, cómodos y a lo que la persona está acostumbrada. Estos pensamientos, sentimientos y mecanismos de adaptación pueden haber sido extremadamente útiles en la infancia, pero a veces no se adaptan al desarrollo de la persona a medida que madura hasta la edad adulta. Pregúntate a ti mismo qué pensamientos, sentimientos y mecanismos de afrontamiento mantienes y en la actualidad te funcionan de forma efectiva.

Observa esos pensamientos y sentimientos “antiguos”

Observa los patrones consistentes y si pertenecen al conjunto presente de circunstancias. Evalúa por ti mismo si estás retrocediendo en estos patrones más antiguos o si las circunstancias naturalmente evocarán ese conjunto de pensamientos y sentimientos. Además, evalúa si tiendes a caer en esas formas típicas de reaccionar y actuar en nombre de esos pensamientos y sentimientos. Vuelve a evaluar si eso es, de hecho, la forma en que deseas actuar. Puede que no tengas control sobre nuestros pensamientos y sentimientos, pero actualmente podemos tomar decisiones diferentes sobre nuestro comportamiento. Pregúntate si estás siguiendo y perpetuando ciertos patrones y cómo te sirven hoy.

Reconoce a qué creencias centrales pertenecen esos pensamientos y sentimientos

 ¿Son eficaces? ¿hay falta de amor? ¿desesperanza? ¿Tienden a chocar uno contra otro? ¿Se mantienen consistentes o cambian según la circunstancia? Pregúntate cuáles son tus creencias fundamentales y cuál es su utilidad y variabilidad en el presente. 

En el continuo, las personas ansiosas son más propensas a tener un gran nivel de habla interna. Tienden a estar inundados con ansiedad anticipada (antes), ansiedad en el momento (durante) y ansiedad post-evento (después).

Pregúntate si tiendes a tener una mente comunicativa y si estás inundado de ansiedad antes, durante o después de los acontecimientos.

La mente es implacable en protegernos. Nos proporciona seguridad en todo momento, incluso cuando no está necesariamente garantizada. Esta seguridad incluye protección contra el rechazo, el dolor, la decepción, etc. ¡Agradece que tu mente lo intenta! El “qué pasaría si” tiene un propósito. Por ejemplo, si no pensamos “Voy a suspender la prueba”, es posible que no se nos pida que estudiemos. Las dificultades aparecen cuando el pensamiento de “voy a fallar” se vuelve omnipresente y tiene impacto en la autoconfianza y la capacidad de una persona para estudiar y concentrarse efectivamente en el material. Quizá tu mente es excesivamente sobreprotectora y a veces se interpone en el camino de hacer lo que quiere hacer.

De acuerdo con el mecanismo de protección de nuestra mente, somos naturalmente negativos. La atención plena y las prácticas meditativas facilitan el esfuerzo de estar en el momento presente y reeducar nuestra mente para ser flexibles y abiertos a otras posibilidades. Se llama “flexibilidad psicológica”. Podemos preguntarnos ¿De qué otra manera verlo? ¿Existen otras posibilidades? Esto ayuda a abrir y expandir la mente. Pregúntate si tiendes a ver las cosas a través de una lente negativa y aprovecha la oportunidad para ser flexible y expandir su pensamiento.

No creas todo lo que piensas

Ten cuidado al aceptar los pensamientos como hechos. Observa los pensamientos, e intenta mostrar curiosidad acerca de ellos, observa tus juicios y pregunta ¿de qué otra manera pueden considerarse las cosas? Si solo es un pensamiento, intenta desafiarlo. Si es un hecho, entonces fíjalo, acéptalo, resuelve el problema a través de él, mientras te sientes compasivo con los pensamientos y sentimientos que surgen. Pregúntate si instantáneamente aceptas los pensamientos como hechos y si estás dispuesto a evaluar y trabajar a través de ellos sin importar las circunstancias.

Se nos enseña a ser felices

“Arreglar lo que está roto”, “deshacernos de los malos sentimientos y aferrarnos sólo a los buenos”, y “lo que pensamos o sentimos refleja lo que somos”. Con todo esto, se nos hace difícil ESTAR BIEN, porque rara vez todo esto encaja. Parte de nuestra humanidad intrínseca es la aceptación de todo lo que somos y se nos presenta, incluidos los pensamientos y sentimientos más cómodos y los menos cómodos. Siempre me refiero a esto de esta manera: nunca sugiero lo bueno y lo malo. Eso conlleva que si tenemos malos pensamientos somos malos y si tenemos buenos pensamientos somos buenos. Si este fuera el caso, nuestra condición humana dictaría que todos somos malos porque constantemente se evocan pensamientos negativos y menos cómodos. Pregúntate si te juzgas a tí mismo y a los demás como “bueno” o “malo” y si intentas deshacerte rápidamente de los pensamientos y sentimientos negativos y menos cómodos.

Todos nos esforzamos por ser aceptados y buscados y queremos creer que no somos la causa del dolor o la incomodidad de otra persona. Debido a esto, a veces somos hipervigilantes del temor que tenemos. Ahí radica por qué nos confundimos y tenemos pensamientos y sentimientos contradictorios sobre nuestro “egoísmo” y nuestra necesidad de “autoconservación”. Cuando nos percibimos como “egoístas”, nos experimentamos a nosotros mismos como seres mezquinos y egocéntricos. A veces será bueno aceptar que tenemos que tomar decisiones que se basan en nuestras propias necesidades en aras de la autopreservación, a pesar de que pueda hacer que alguien se sienta incómodo o tenga un impacto negativo. La clave está en si en nuestra toma de decisiones realmente reflexionamos sobre el impacto en los demás y lo tomamos en consideración. Pregúntate si te juzgas a sí mismo por tener en cuenta tus necesidades y si te tomas el tiempo para reflexionar sobre el impacto que tiene en otros en el proceso.

Acepta, aprecia y enorgullécete de todo lo que eres. La parte de nosotros en que aceptamos nuestra propia “humanidad” nos permite apreciar la “humanidad” de los demás, incluidos sus pensamientos, sentimientos, percepciones y juicios. Acércate al mundo con curiosidad y flexibilidad, te abrirá nuevas experiencias y posibilidades para facilitar el crecimiento personal y la autosatisfacción.

Fuente psychcentral.com

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

¿Por qué en mi grupo de amigos siempre hacemos lo mismo?

Extraída de https://www.elconfidencial.com
Extraída de https://www.elconfidencial.com

Quizás os hayáis planteado en alguna ocasión por qué siempre se acaba haciendo lo que quiere uno del grupo; ir al restaurante que propone, ver la película que él elige, salir a la discoteca que a esa persona le gusta, etc.

Irving Janis, realizó sucesivos estudios sobre dinámica de grupos para tratar de explicar la toma de decisiones en grupo y, en 1972, planteó un fenómeno al que llamó Pensamiento de grupo, que se basa en el hecho de que, a pesar de que muchas veces los grupos están formados por personas cualificadas, adoptan malas decisiones. Janis consideró que estos errores se debían a un modo de pensamiento que se observa en miembros de grupos cohesionados, cuya tendencia a la unanimidad supera la motivación por contrastar la realidad, el juicio moral, etc.

Esto suele pasar en grupos muy cohesionados, aislado de puntos de vista diferentes, con un líder que señala desde el principio cuál es la alternativa preferida, en el que no existen normas de cómo tomar las decisiones, formado por personas parecidas en ideología y características sociales. Suele ocurrir también en un contexto situacional concreto como que el grupo esté pasando un momento de estrés y tenga una baja autoestima por fracasos recientes, dilemas morales, etc.

En estas circunstancias pueden producirse una serie de estrategias de pensamiento que llevan a conclusiones erróneas consensuadas por el grupo, como son:

  • Optimismo excesivo que ciega a los miembros del grupo ante las advertencias de peligro. Por ejemplo, apuestas arriesgadas, peleas en un bar, acciones que uno no haría individualmente.
  • Pensamiento por parte de los miembros del grupo de que quienes forman parte del mismo son más cívicos que los que no lo son y que las personas de fuera del grupo son menos inteligentes, peores personas y, en definitiva, inferiores.
  • Desestimación de cualquier información que pueda ir en contra del grupo y eliminación individual de los miembros de las dudas que tengan contrarias a las decisiones del grupo.
  • Presión hacia quien duda o se posiciona en contra de las decisiones del grupo, pudiéndoles ridiculizar o echar.
  • Como consecuencia de todo lo anterior, el grupo tiene la sensación de que las decisiones se toman de forma consensuada por todos.

Para superar estas situaciones, Janis también propuso una serie de medidas que se podían adoptar para reducir la aparición del pensamiento grupal, como son: que el líder adopte una postura imparcial, que se formen subgrupos que se reúnan por separado para llevar a cabo un análisis crítico y que se invite a personas cualificadas externas al grupo para que pongan en tela de juicio las decisiones.

También sucede, en grupos no tan cohesionados o sin las características anteriores, un efecto conocido como el de la dependencia normativa, consiste en que la persona, para mantener una relación positiva con el grupo, manifiesta una opinión en favor de la expresada mayoritariamente por el grupo, pero en sus respuestas individuales, mantiene lo que pensaba sin la influencia del grupo, por lo que la respuesta que da el individuo en grupo no ha sido interiorizada, sino que está motivada por factores externos.

Otros investigadores, Moscovici y Zavalloni (1969) realizaron una contrastación de hipótesis por la que describieron el efecto de polarización de las decisiones de grupo, consistente en que el efecto de debatir en grupo decisiones individuales, hacía que estas decisiones cambiaran, no a decisiones más arriesgadas o prudentes que las individuales, sino a decisiones más polarizadas, es decir, si las decisiones individuales eran conservadoras, se volverían aún más conservadoras y si eran arriesgadas, se volverían aún más arriesgadas.

Según las últimas investigaciones en psicología social, un grupo puede tomar decisiones más creativas que las personas por separado siempre y cuando se tengan en cuenta una serie de factores:

  • Respeto entre los miembros del grupo y escucha de todas las opiniones, de forma que todos tengan la oportunidad de hablar.
  • Fomento de la diversidad de opiniones y de la comunicación empática.
  • Tener claro que no todos piensan igual y que tienen derecho a no estar de acuerdo y a cuestionar determinadas opiniones.
  • No tener miedo a los posibles conflictos que puedan surgir por tener distintas opiniones, puesto que su resolución es lo que genera aprendizaje y desarrolla al grupo.

Escrito por Sara Reyero Serret

Referencias:

Texto:

Janis, I. L. (1972). Victims of groupthink: A psychological study of foreign policy decisions and fiascoes. Boston: Hougton Mifflin.

Moscovici, S. y Zavalloni, M. (1969). The group as a polarizer of attitudes. Journal of personality and social psychology, 12, 125-135.

 

Algunos errores comunes que todo psicólogo puede cometer…:

Extraída de www.eldiariobipolar.blogspot.com
Extraída de www.eldiariobipolar.blogspot.com

La psicoterapia puede ser un proceso largo, profundo, y en determinadas partes de la terapia, bastante doloroso. Los pacientes que acuden a terapia suelen hablar de cambios muy positivos a lo largo del proceso, consiguiendo modificaciones muy importantes en su manera de sentir, pensar y actuar que disminuyen su malestar y aumentan su confianza en sí mismos. A veces la terapia requiere un cambio profundo; en ocasiones solo hay que hacer “reajustes”. Lo que sí coinciden todos los procesos terapéuticos es readaptar al paciente a su entorno. La persona consigue una autonomía personal en solucionar sus propios problemas.

En ese sentido, es muy importante contar con especialistas lo suficientemente preparados para abordar los problemas de sus pacientes. La preparación adecuada del psicólogo pasa por tener la experiencia práctica y teórica necesaria; pero también en detectar las posibles fallas de su trabajo para rectificar y mejorar el abordaje del tratamiento. Esta revisión del propio trabajo ha de ser constante. Sin embargo, no somos máquinas automatizadas y podemos cometer errores o imprecisiones que es mejor subsanar en el proceso. Tenerlos en cuenta es una garantía de buen desempeño profesional. Os proponemos una serie de errores frecuentes que nos sirven de guía para flexibilizar nuestra propia intervención:

  1. Proponer tareas y recomendaciones que van en contra de los valores primordiales del paciente. Es frecuente encontrar la situación de mandar una tarea a un paciente que luego no trae hecha. Muchas veces pensamos que es un problema del paciente pero en muchas ocasiones hemos sugerido una tarea que entra en contraposición con los valores del paciente y que ni siquiera tiene en cuenta sus intereses. Una buena evaluación inicial de las fortalezas y los puntos fuertes del paciente, y la aclaración de dudas y preguntas puede solventar un problema muy común en la práctica.
  2. No sumergirse en la historia del paciente. Equivocarse del nombre del esposo, confundir los puestos de trabajo, o releer los datos en sesión es uno de los errores más frecuentes y puede dar la impresión al paciente de no manejar los datos y obligarle a sobre-explicaciones que se resolverían con un cuidadoso repaso de los datos más relevantes al finalizar la sesión con el paciente.
  3. Categorizar con demasiada rapidez. Nuestro trabajo muchas veces se basa en un buen análisis de los problemas del paciente y una devolución precisa de lo que le ocurre. Sin embargo, ir demasiado deprisa y hacer aseveraciones rápidas de los problemas puede provocar con el paciente un desajuste empático importante. La recogida de información, la paciencia y un buen ajuste de los tiempos puede hacer de un psicólogo todo un experto en decir la palabra exacta (contingentemente) al problema que manifiesta el paciente.
  4. Proyectar en el paciente nuestra propia historia. Que los problemas del paciente puede despertarnos aspectos de nuestra propia historia no es extraño; somos personas que también experimentamos circunstancias dolorosas fuera de consulta. Darse cuenta qué aspectos nos despiertan, distanciarse, e incluso poder trabajarnos lo que nos resulta un problema puede ser las mejores soluciones para luego trabajar de manera adecuada y ajustada los problemas que trae cada semana el paciente.
  5. Confrontar demasiado rápido. Buena parte de nuestro trabajo se trata de confrontar las contradicciones y resistencias de las personas que acuden a consulta. No tener en cuenta su sufrimiento, no reconocer sus dificultades, no conectarlo con su problema y reconducir hacia los propios objetivos puede provocar que el paciente se sienta incomprendido, con un posible abandono en terapia.
  6. Responder en un tono inadecuado a las necesidades del momento emocional del paciente. Nuestro trabajo se basa muchas veces en ajustar un tono emocional adecuado al momento que vivimos en sesión. Ajustar la postura, la posición de las manos, controlar gestos faciales o reconocer el dolor que viven en ese momento puede significar para el paciente una experiencia correctiva y ver reconocidas emociones y situaciones que su entorno niegan o censuran.
  7. No flexibilizar. Hacer una reestructuración, una técnica de exposición, una relajación o reeducar al paciente no tiene por qué ser siempre igual. Debemos huir de frases “tengo la sensación de repetir una y otra vez lo mismo…”. Somos modelos de flexibilidad y nuestro trabajo ha de tener en cuenta las características idiosincrásicas de cada uno. No siempre podemos trabajar con tablitas. Acercarnos al paciente puede ser la clave decisiva para su mejora y recuperación.
  8. No actualizarse ni hacer revisiones. Aceptar que no podemos encuadrar el problema del paciente a nuestra corriente y aceptar que debemos estar al tanto de los avances terapéuticos nos prepara para lo que pueda llegar a consulta. Aprender constantemente, debe ser nuestro lema a diario.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuentes: Psychcentral, Psychology Today, Psyciencia, Duff  the Psych.