¿Funciona realmente el “brain-training”?

Hace bastantes años que se han popularizado diferentes juegos o ejercicios que nos prometen mejoras en nuestra inteligencia, y aún más, un cerebro más potente y joven. La comunidad científica trata de comprender cómo funcionan estos programas y si las mejoras que prometen son tales. No sólo eso, los estudios científicos sobre los programas de entrenamiento cognitivo hacen hincapié en la “juventud” del cerebro, considerando más importante el cómo realizar ejercicio cognitivo detendría el declive que puede producirse en el envejecimiento.

Dar respuesta a la pregunta del título sobre si el entrenamiento cognitivo realmente funciona no es simple. Tendríamos que preguntarnos además qué es funcionar. Para responder a esto, disponemos de conocimientos sobre lo que sí hace el entrenamiento cognitivo y qué no.

Por una parte, parece ser que no existe una clara evidencia científica sobre la mejora en la inteligencia general; si ésta es la promesa, parece ser que a día de hoy no podemos confiar en ella. Uno de los principales problemas del entrenamiento cognitivo es que no ha llegado a dar lugar a lo que en inglés se define como “far transfer”, es decir, una transferencia de mejora entre diferentes funciones cognitivas (por ejemplo; entrenarnos en ejercicios de visión espacial no nos proporcionará una mejor memoria en sí mismo) (Park, 2013).

Además, la investigación en adultos jóvenes, así como en niños, tampoco está suficientemente avanzada como para poder decir con seguridad que estos entrenamientos cognitivos sean efectivos en estos grupos de edad.

Cuando hablamos de población mayor, sin embargo, sí encontramos ciertos resultados esperanzadores respecto al entrenamiento cognitivo. Hay funciones cognitivas que son más susceptibles de ser mejoradas con entrenamiento y además tener repercusión sobre la vida cotidiana de las personas mayores. Los diferentes estudios describen mejoras mucho más sobre el razonamiento lógico que sobre la memoria, cuyo entrenamiento aislado no parece dar lugar a una mejora. Un estudio publicado recientemente (Rebok, 2014) ha avalado que, con una intervención correctamente planificada y sobre funciones específicas, podemos observar que no sólo se producen mejoras en las funciones entrenadas sino también en la capacidad de llevar a cabo sin problemas las actividades de la vida diaria, mientras que el grupo que no realizó este entrenamiento decayó en esta capacidad. Además, el resultado más impresionante de este estudio es que estos efectos se mantienen ¡hasta diez años después!

Pero no cualquier actividad cognitiva funciona necesariamente para todo el mundo. Ciertos resultados señalan que es especialmente importante que el entrenamiento sea una tarea estimulante y quien la realiza ha de sentirse comprometida con la tarea; si esto no es así no se observa mejora.

Por el momento, aún estamos lejos de conocer específicamente cómo el entrenamiento cognitivo hace sus efectos sobre el cerebro.

Sí que podemos ver ciertos beneficios a los ejercicios de entrenamiento cognitivo, pero no podemos atribuirles unos “resultados milagro”. Las recomendaciones que Steven Novella nos da en su post respecto a este tema pueden servirnos como una guía para entender racionalmente los efectos de estos ejercicios:

-Realizar tareas mentales que sean un reto intelectual para nosotros es bueno para el mantenimiento cognitivo.

-Sería bueno que las tareas sean diferentes y variadas. No es necesario que sean informatizadas, las tareas de lápiz y papel pueden funcionar igual de bien.

-Es importante encontrar diversión genuina en realizar este tipo de tareas.

-Cuando el bombo publicitario parezca excesivo, seguramente lo sea.

¡Feliz entrenamiento cognitivo! ¡Y mucha diversión!

 

Fuentes y bibliografía: Scientific American, sciencebasedmedicine.org, Dialogues in Clinic Neuroscience, Journal of the American Geriatrics Society.

  • Park, D.C. y Bischof, G.N. (2013) The aging mind: neuroplasticity in response to cognitive training. Dialogues in Clinical Neuroscience; 15(1): 109–119.
  • Rebok, G.W., et al (2014) Ten-Year Effects of the Advanced Cognitive Training for Independent and Vital Elderly Cognitive Training Trial on Cognition and Everyday Functioning in Older Adults. Journal of the American Geriatrics Society, 62 (1): 16–24.

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

 

El “test de la mantequilla de cacahuete” para el Alzheimer

En la lucha contra la enfermedad de Alzheimer se considera de gran importancia poder anticiparnos a la aparición de ésta en fases pre-clínicas (antes de que aparezcan los síntomas propios ya conocidos). Dentro de la investigación sobre la enfermedad, se ha supuesto que previo al daño evidente que produce, anteriormente han de aparecer otros síntomas poco visibles que nos ayuden a intervenir de forma temprana. Esto se considera fundamental debido a que una intervención temprana puede retrasar el avance de la enfermedad. Con este objetivo, estamos acostumbrados a ver estudios de neuroimagen en los que se encuentran alteraciones de las conexiones cerebrales en las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer o proteínas asociadas a la enfermedad que se pueden encontrar en el plasma sanguíneo, de forma que se pueda conocer la aparición de esta terrible enfermedad lo antes posible.

A muchos de nosotros nos puede sorprender que existan déficit menos conocidos producidos por la enfermedad de Alzheimer y que puedan servir para la detección precoz de ésta. Hace ya tiempo que se han establecido déficits en la capacidad olfativa en enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer y el Párkinson.

Hablando concretamente de la enfermedad de Alzheimer, encontramos que múltiples áreas cerebrales afectadas en esta enfermedad son de gran importancia para el reconocimiento a través del olfato. Éstas pueden ser la parte frontal del lóbulo temporal, las cortezas olfativas primarias o la corteza entorrinal, así como el hipocampo.

En base a este conocimiento, una estudiante de la Universidad de Florida ha desarrollado un test olfativo por el que se puede manifestar, por el momento sólo de forma confirmatoria, la presencia de enfermedad de Alzheimer. Lo mejor de esta prueba, según los investigadores que han llevado a cabo este estudio, es que comparativamente con otras medidas para hacer el diagnóstico, es mucho más barato y rápido.

En el “test de la mantequilla de cacahuete” se pide a la persona que cierre los ojos, la boca y tape uno de los dos agujeros de la nariz. Se coloca una cucharada de este producto a cierta distancia de su nariz, medida ésta con una regla y se va acercando centímetro a centímetro hasta que se percibe el olor. Con este método, encontraron que se veía afectado concretamente el agujero izquierdo de la nariz en comparación con el derecho, lo cual podría ser específico del Alzheimer frente al déficit del olfato presente en otras enfermedades neurológicas.

Aunque por el momento este test se encuentra en fases prematuras de desarrollo, estos resultados pueden ser síntomas prometedores para revelar la enfermedad de Alzheimer de forma temprana. Además, nos da una idea sobre la variedad de modalidades sensoriales que pueden alterarse en las enfermedades neurológicas. En muchas ocasiones no son plenamente atendidas pero, sin embargo, pueden darnos nuevas informaciones sobre esta compleja enfermedad.

Fuente: http://www.medicalnewstoday.com/articles/267236.php

Escrito por Lara Pacheco Cuevas