¿Diferencia o normalidad? Depende del ojo con el que se mire

Poseemos el lenguaje, esa herramienta tan útil de la que dispone el ser humano. A través de él podemos comunicarnos, describir todo lo que nos rodea… para eso muchas veces utilizamos números. ¡Todo lo medimos, todo es cuantificable!

La temperatura que hace en la calle en grados centígrados, cuánto medimos en metros incluso la cantidad de colesterol en sangre en milimoles (mmol) por litro, y al igual con otros muchos niveles físico-médicos: la fiebre, la presión arterial, etc…

En el ámbito biomédico, en ocasiones sobrepasar un determinado nivel conlleva consecuencias irreversibles como la muerte. Si nos quedamos con el ejemplo del colesterol, existe un nivel tope a partir del cual se considera que puede tener efectos perjudiciales para nuestra salud. Si lo sobrepasamos aumentan las probabilidades de infartos de miocardio, por ejemplo pero… ¿siempre? o ¿depende de la persona? ¿”Depende del ojo con que se mire”? En este caso, aunque se trata de un aspecto crítico de la función fisiológica humana el superar en 1 o 5 el límite aconsejable entendemos que no tiene una repercusión directa, inminente y letal (como sí ocurre con otros niveles como el nivel de glucosa en sangre).

MEDICIONES CUANTITATIVAS EN EL ÁMBITO DE LA SALUD MENTAL

Poner un número a una cualidad o constructo psicológico ya se hace más complicado. No existe una inteligencia de 100, funciona bien la atención entre 35 y 65 o se padece una depresión de 29: no existe la objetividad.

Sin embargo, y para podernos comunicar interprofesionalmente (¡nuevamente el lenguaje!) se han creado una serie de medidas arbitrarias que hacen que constructos tan abstractos puedan ser manejados más fácilmente. Esas mediciones (obtenidas a través de cuestionarios y autoinformes creados para tal efecto) construyen a su vez un continuo, constituyendo lo conocido como la diferencia entre “normalidad” y lo que no es normal. La mayoría de constructos en psicología se distribuyen según la curva de distribución normal o de Gauss, puntuaciones obtenidas de estudios de poblaciones representativas de lo que queremos medir (¡ni siquiera de todos y cada uno de los seres humanos que poseen ese constructo! por lo que lleva inherente una cantidad de error).

Entre unos límites determinados, normalmente la media de ese constructo obtenida en una determinada población más-menos una desviación típica es lo considerado normal, mientras a partir de esos límites se considera que esa persona “es anormal” en dicho ámbito.

¿SE PUEDE DEFINIR OBJETIVAMENTE LA ENFERMEDAD MENTAL?

Foto extraída de lamenteesmaravillosa.com
Foto extraída de lamenteesmaravillosa.com

Los psiquiatras y psicólogos, para determinar la “normalidad”, primero redactan una serie de criterios diagnósticos, a partir de los cuales se define prototípicamente un trastorno X.

El prototipo de ese trastorno representa el ejemplo “ideal”, el número de requisitos mínimos que han de cumplirse para que ese sujeto cruce la fina línea existente entre la normalidad y poseer un trastorno psicológico.

¿Pero es dicho prototipo realmente representativo de lo que en la práctica clínica se considera disfuncional o que ocasiona malestar significativo para la persona?

Encontramos casos en los que el sujeto no se encuentra disconforme con esa desviación de la norma (y a su vez no genera malestar a nadie) por lo que se repite el “depende el ojo con el que se mire”.

Por ejemplo, existen personas a las que especialmente les gusta la soledad, se muestran emocionalmente fríos, prefieren trabajos en los que no es necesario cooperar en equipo y tienen aficiones bastante individuales; su día a día discurre con normalidad. Con sistemas diagnósticos en mano como el DSM-5, ¿esta persona tendría un trastorno de personalidad esquizoide? Pues tal vez… pero teniendo en cuenta que no siempre genera malestar subjetivo, NO (no tenga este trastorno, ni ningún otro).

Además, en la mayoría de los trastornos en el ámbito de la salud mental podemos trabajar con la severidad de la manifestación sintomatológica, pero aún se desconocen sus bases biológicas.

Es aquí donde se embrolla el definir quién es normal y quién se desvía de la norma. Para ello los profesionales de la salud mental cuentan con “la Biblia de la Salud Mental”: el DSM o Manual diagnóstico estadístico de los trastornos mentales. Aquí se recogen una serie de criterios definitorios necesarios; los cumples: tienes un trastorno, ya no eres normal. No los cumples (aunque, generen algo de malestar en el sujeto) eres normal.

De todo esto se deriva, y volviendo al uso del lenguaje, que un trastorno conlleva una etiqueta, y en último término que esta propicia una estigmatización del paciente identificado.

Esta postura se ha radicalizado con la publicación del manual de diagnóstico más reciente de la Asociación Americana de Psiquiatría, el DSM-5. Con su lista de nuevos trastornos psiquiátricos y al haber disminuido el número de criterios necesarios para el cumplimiento de otros, algunos críticos consideran que el DSM-5 representa la necesidad de justificar el exceso de tratamiento de las personas que no están realmente enfermas, especialmente con medicamentos (si existen intereses económicos de las farmacéuticas de por medio o no es algo que nos podríamos plantear, pero que preferimos dejar para futuros debates).

Asimismo se está produciendo una proliferación de trastornos mediante “el regalo de etiquetas” (que ni siquiera aparecen en los sistemas diagnósticos, por lo que carecen de fundamentación empírica) por parte de una minoría de profesionales, como síndrome de Blancanieves, depresión postvacacional, trastorno de dolor amor y un largo etcétera.

El otro punto de vista por antonomasia es que dentro de ese continuum algunos defienden que se está patologizando la normalidad; o como argumenta el filósofo Jonathan Sholl: “tanto la salud como la enfermedad son normales, reflejando distintas regularidades y modos de vida. La enfermedad no es antinatural ni indica la ausencia de normas: se trata de tener normas diferentes”. O incluso lo que otros definen como anormal no es más que la manifestación extrema de ciertos rasgos de personalidad que forman parte del abanico de la variabilidad interpersonal o formas de adaptabilidad a un entorno no favorecedor de la salud mental.

Como conclusión, de todo esto se puede extraer que, el constante aumento de la patologización en el ámbito de la salud no se está haciendo constructivamente, sino desde el prisma del “etiquetaje” y el estigma. No se está viendo reflejado en la creación o puesta en marcha de medidas interventivas ni del acercamiento a la población de los recursos terapéuticos necesarios.

Escrito por Maite Nieto
Fuentes: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales: DSM-5. Editorial médica panamericana, 2014.

Pértegas Díaz, S., & Pita Fernández, S. (2001). La distribución normal. Cad Aten Primaria, 8, 268-274.

https://lamenteesmaravillosa.com/esquizofrenia-paranoide-definicion-causas-tratamiento/

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/denying-the-grave/201805/is-different-the-new-normal-0

 

Detener el acoso escolar: por qué el género importa

Es frustrante escuchar cómo hay colectivos que rechazan que se implanten programas educativos que abordan específicamente cuestiones de género y sexualidad en las escuelas. Argumentan que los programas genéricos contra el bullying (acoso, intimidación…) son suficientes para detener los comportamientos negativos que ocurren entre los estudiantes en las escuelas. Los programas genéricos contra la intimidación no funcionan: necesitamos nombrar específicamente y abordar las formas más comunes y dolorosas de intimidación que ocurren entre los estudiantes para que tengan algún impacto. La doctora en psicología Elizabeth Meyer, de la Universidad de Colorado se preguntó cómo se relacionan el acoso sexual y la homofobia con el acoso escolar. Llevó a cabo un estudio, a partir de talleres realizados con estudiantes de un instituto a los que le preguntaba si habían visto varias formas de acoso en su escuela. Esto ayudaba a familiarizarlos con las diferentes formas, así como validar públicamente que éste es un problema que debe abordarse en su comunidad escolar. Primero definió el acoso como “cualquier comportamiento, que se realiza repetidamente y que daña intencionalmente a otro individuo (Olweus, 1993)”. Luego daba ejemplos y pregunta si habían visto:

Foto extraída de Adecco
Foto extraída de Adecco

– intimidación física (poner zancadilla, empujar, tirar libros, etc.)

– intimidación verbal (insultos, difundir rumores, contar chistes de mal gusto…)

– intimidación no verbal (exclusión, hacer dibujos, gestos, miradas…)

– acoso cibernético (mensajes, whatsapp, correos electrónicos, publicaciones de Facebook, etc.)

Luego preguntaba si alguno de estos tipos de intimidación eran naturaleza sexual y ofrecía una definición de acoso sexual: “cualquier comportamiento no deseado que tenga un impacto negativo en el objetivo o el entorno que tiene un componente sexual o de género” (Land, 2003). Finalmente, les pidió que votaran por la forma de intimidación que ven más frecuentemente en la escuela. La mayoría de los estudiantes votaron por “verbal”, siendo ésta claramente la forma más común que ven durante el día. El siguiente paso en el taller es más complejo.

Les pide a los alumnos que escriban de 3 a 5 insultos que escuchan con mayor frecuencia en el . Escoge de 5 a 10 hojas al azar y escribe las palabras en la pizarra. Por lo general, surge un patrón muy claro. En estos talleres, obtiene resultados similares en diferentes escuelas e institutos. Los 5 términos más comunes se enumeran en orden a continuación: puta, zorra, maricón y gay.

Luego se les pide a los estudiantes que miren la pizarra y comenten. Los estudiantes generalmente notan que los insultos hacia las niñas son más comunes, y que los insultos hacia los varones generalmente son de naturaleza homófoba.

Esta descripción del taller muestra la importancia de trabajar con estudiantes sobre la prevención del acoso hablando explícitamente sobre cuestiones relacionadas con el género y la sexualidad en cualquier esfuerzo por reducir el acoso en las escuelas. Sin un diálogo abierto sobre estos temas y sobre cómo estos nombres duelen, los estudiantes seguirán repitiendo lo que escuchan en sus grupos de pares y en los medios juveniles populares.

La sesión finaliza con algunas estrategias específicas que pueden usar para convertirse en “testigos” activos en lugar de “espectadores” pasivos cuando ocurre acoso o bullying. Les ayuda a pensar en frases que les faciliten tomar partido en situaciones de abuso, tales como:

* “Ese es mi amigo/a, para”.

* “Si eso fuera una broma, me estaría riendo. No tiene ninguna gracia”.

* “¿Por qué usas la palabra ‘gay’ como un insulto? No hay nada de malo en ser gay”.

* “No deberías difundir rumores. Si no estuviste allí, no sabes si es cierto o no, así que esta no es tu historia”

* “No me gusta cuando me dices nombres. Eso es intimidación. Si no paras, voy a denunciarlo”.

Negar o mirar para otro lado no suele ser una opción cuando tratamos de poner remedio a uno de los problemas más importantes que acontecen en nuestros centros escolares. Reflexionar con los chicos y chicas sobre el alcance que puede tener algunos de los tratos que se dan en su cotidianidad, puede ayudarles a tomar conciencia, así como a dotarles de herramientas para enfrentarse a los mismos. Incidir sobre los testigos, concienciar de que ellos y ellas pueden marcar la diferencia tal vez sea una de las claves para acabar con el acoso en las escuelas.

Fuente: Psychology Today

Escrito y adaptado por María Rueda

¿Estar triste es el primer paso para volver a ser feliz?

 

Extraída de www.areahumana.es
Extraída de www.areahumana.es

En la sociedad en la que vivimos siempre ha existido un esfuerzo consciente y creciente por ser felices. Se idealiza los estados de ánimo positivo como cúspides en la vida de cada uno y atribuyéndolas como elementos imprescindibles para nuestro éxito, salud y equilibrio mental. Pero, ¿podemos establecer claramente qué es lo positivo y lo negativo? ¿Realmente el enfado, la tristeza y el miedo son esas emociones negativas las que constantemente hemos luchar por evitar? En esto de las emociones, se vuelve más importante entender que no es tan importante lo que sentimos en un momento dado sino la cantidad y la función de las emociones; es decir, algo se vuelve desagradable si la intensidad es tan elevada que impide hacer la vida normal de cada uno. De este modo, llorar cuando estamos triste, tener una discusión con nuestra pareja o tener un sobresalto no se definen como algo negativo per se, en la medida que nos preparan para las situaciones y nos ayudan a entenderlas. La otra variable que nos ayuda a entender qué es agradable y desagradable en esto de las emociones es su función; así, algo es desagradable cuando nos quita disfrute de la vida, no nos enseña nada y nos trae a la misma situación en bucle una y otra vez. Llorar, por sí solo, no es malo ni bueno, depende de la razón y de lo que hagamos con ella para entenderla como algo bueno o malo.

Aun y a pesar de lo dicho, en nuestra sociedad se ha extendido erróneamente la idea de que hay toda una serie de emociones contrarias a una imagen de éxito y equilibrio, que debemos controlar y reprimir para conseguir nuestros objetivos y ser felices.

Entre todas ellas se considera la tristeza como una emoción no deseable y ambivalente; a pesar del alivio que supone su expresión, la presión social intenta ocultarla para no perturbar nuestro estado eutímico ideal, como si sentirla nos llevara necesariamente por un camino espinoso, tedioso y muy largo. Esto provoca muchas veces una vivencia de la tristeza en silencio y soledad, aumentando paradójicamente los síntomas y añadiendo una pizca de otros muchos a su vivencia. Es ahí cuando su intensidad y su calidad puede aumentar, volviéndose capaz vez más difícil de manejar.

Así, se crea uno de los mitos de la tristeza. Para superarla, debemos de ser fuertes y endurecernos, hacer muchas actividades, emprender nuevos proyectos y decir poco a los demás… un círculo vicioso que favorece la acumulación de la tristeza y favoreciendo que cobren forma otras emociones menos adaptativas para las situaciones dolorosas, como la ira. Lo que en algunas situaciones nos sirve para un fortalecimiento o reivindicación de nuestros derechos puede derivar en respuestas defensivas e irritables en contextos donde necesitamos más el cariño y la comprensión de los otros. Por pequeños momentos, estos arranques los creemos necesarios para darnos un control en ambientes percibidos como amenazantes. Pero no nos engañemos, donde no se expresa la tristeza, allí se queda. Como una alfombra que tapa un suelo lleno de juguetes desordenados; que todo parezca cuidado en apariencia no quiere decir que lo esté ni mucho menos que ya no esté lo que tanto nos hacía daño.

¿Qué debemos saber de la tristeza para no temerla tanto?

En primer lugar, que como toda emoción es una reacción finita ante situaciones de dolor y en las que estamos percibiendo la existencia de una perdida. Comúnmente pensamos que se experimenta en rupturas de amistades, pareja o por la perdida de un trabajo. Pero también puede producirse cuando no se cumple lo que esperamos, cuando llevamos demasiado tiempo en situaciones ansiosas o como respuesta a un acontecimiento imprevisto y traumático. La tristeza ayuda a digerir lo que nos ha ocurrido mediante el afrontamiento de la perdida y la aceptación de que, antes o después, es bueno que hagamos algo nuevo para restaurar nuestro equilibrio perdido.

Nos ayuda a apartarnos de las situaciones que nos piden un exceso de competencia. En efecto, la superación de la tristeza pasa por reconocer que el cuerpo y nuestra mente no puede estar en todas nuestras responsabilidades y nos ayuda a priorizar aquellas básicas para nuestra supervivencia. La tristeza es tremendamente selectiva: nos ayuda a discernir prioridades de lo que realmente no son y a atender sólo a lo básico.

Es un mecanismo de protección. Aunque socialmente tendamos a esconderlo, los seres humanos sabemos reaccionar a ella y una buena forma de contrarrestar sus efectos es con el cariño y la compañía de los demás. El contacto corporal con los demás reduce enormemente la ansiedad y permite convivir y aceptar la vulnerabilidad inherente a estos estados. No sólo eso, los demás pueden sernos útil en una etapa donde nos cueste tomar decisiones y necesitemos a los demás para guiar planes futuros y nuestra motivación.

Aumenta nuestra creatividad y nuestra atención. La tristeza también quiere decirnos cambio; lo que estamos haciendo ya no nos sirve y canalizar y evocar nuestra tristeza puede ayudar a encontrar nuevos caminos para encontrar la calma (y conectar con otros que en el pasado nos sirvieron). Nos ayuda también a ser más empáticos, más centrados y atentos a los que nos pasa. No todo nos sirve, y por ello la tristeza nos hace estar atentos a los detalles.

Nos motiva. Diversas investigaciones avalan el poder de la tristeza para hacernos perseverantes. No sólo en el seguimiento de las tareas, los sujetos tristes encontraban más y mejores preguntas a los problemas y se mantenían constantes hasta encontrar la solución a los problemas.

Puede ayudarnos a una mejor comunicación. La tristeza puede ayudarnos a mejorar nuestra comunicación, utilizando un lenguaje mucho más preciso, claro y persuasivo a la hora de expresarse y dejando las sentencias ambiguas para otro momento.

Nos ayuda a comprendernos y cuidarnos. Ser consciente del estado y la situación en la que estamos permite entender lo importante que es bajar de ritmo, no pedirnos lo mismo que cuando estamos bien, permitir bajar nuestras expectativas a una perspectiva más realista y hacer cosas con el único objetivo de pasar un rato agradable. Nos conecta con los pequeños detalles que nos hacen felices.

Nos devuelve el color que una vez no pudimos ver. Reconectarnos con el mundo, nosotros mismos y lo demás permite empezar a sentir otras emociones unidas a esas situaciones destinadas al auto cuidado y la comprensión. Se convierten en el paso previo a experimentar una verdadera felicidad. No sólo eso, nos vuelve resilientes: aprendemos el verdadero valor de los momentos dolorosos, tan necesarios y constructivos para volver a sonreír.

Como en la película de Disney, Inside Out, la tristeza es una parte fundamental de nuestra psique y su integración en nuestra vida permite entender y superar situaciones necesarias en nuestro crecimiento personal.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuente: Psychology Today, Psych Central, Huffington Post, Diario Publico.

 

¿Cuándo compararte con los demás es un dardo envenenado?

Extraída de https://nosstrious.com
Extraída de https://nosstrious.com

Lunes. La mañana está siendo algo complicada. Nos ha costado dormir y no conseguimos concentrarnos en lo que estamos haciendo. Nos cogemos un café de la máquina y nos prometemos cinco minutos de Facebook para desconectar. En un segundo, nos invadimos de estados e imágenes de sitios perfectos, lecturas recomendadísimas, risas y fiestas, estados graciosísimos. Se nos ha pasado los 5 minutos y el café se ha puesto amargo. El azúcar parece haberse esfumado. En nuestra cabeza nos asaltan muchas preguntas por ver tantos estados de los demás: ¿Qué hemos hecho nosotros en nuestros fines de semana? ¿Por qué no nos cunde tanto, no nos reímos tanto? De repente cerramos el Facebook y el lunes se nos hace más cuesta arriba. ¿Qué hemos hecho mal?

Compararnos con los demás, en definitiva. Según la Teoría de la Comparación Social, enunciada por Festinger en 1954 y actualizada en revisiones posteriores, la comparación surge como una tendencia natural para reducir la ambigüedad a nivel social. Los seres humanos tendemos a hacer una autoevaluación rigurosa de nosotros mismos a partir de la comparación con los demás. De esta comparación podemos establecer nuestro propio lugar en el mundo social y nuestra identidad. Es algo automático y no todos entran en dicha comparación, sino que nos comparamos más con aquellas personas que percibimos más parecidas a nosotros, que identifican nuestros valores y con aquellas más próximas en nuestros círculos sociales, por proximidad. De esta manera, en dicho análisis quedarían fuera aquellos más alejados de nosotros o con ideas divergentes con respecto a las nuestras.

Los autores establecen dos tipos de comparaciones; una ascendente (en la que tú te comparas con alguien que está por encima en algunos aspectos que tú consideras importantes) y otra descendente (te comparas con personas que están por debajo en algún aspecto importante). Esta diferenciación ayuda a entender el sentido de la propia comparación; mientras que la comparación descendente busca siempre un aumento de la autoestima, en la comparación descendente puede tener ambos efectos. Uno positivo, si utilizamos una persona para inspirarnos y establecer nuestras metas y nuestros objetivos; otra negativa, cuando el compararnos con los demás sólo sirve para remarcar unas diferencias insuperables con aquellos que consideramos superiores a nosotros. Este efecto provoca una disminución constante del estado de ánimo y una disminución de la autoestima, dejando seriamente dañada la percepción de uno mismo, y más si esto se produce constantemente.

En el mundo en el que vivimos, donde las redes sociales nos facilitan una multitud de información acerca de las vidas e intereses de los demás, funcionan como un queroseno para la comparación por que estamos continuamente expuestos a ellas, amplificando su efecto sobre nosotros.

Y eso que la comparación no tiene porque producirnos algo negativo o positivo per se. En ese sentido, cada persona interpreta la información según su propia forma de ver el mundo, y a partir de ella, tiende a hacer una comparación u otra. Se vuelve un tsunami autodestructivo cuando de compararnos siempre extraemos una conclusión negativa de nosotros mismos; idealizando la vida de los otros y juzgando la nuestra como carente de interés.

En estas situaciones, las redes sociales pueden convertirse en nuestro peor enemigo. Nos olvidamos de que las redes suelen ofrecer una imagen distorsionada y cuidadosamente elegida de las cosas que hacemos y decimos, mostrando a menudo nuestra mejor cara y visión para garantizar indicadores de aceptación social (en forma de me gustas y cantidad de seguidores). Los espectadores crónicamente deprimidos utilizan las redes para alimentar sus creencias acerca del mundo que les rodea, cumpliéndose siempre una profecía autocumplida: al hacer siempre una comparación ascendente, la vida de los demás siempre será mejor, más divertida e interesante; mientras que la suya no lo es, con lo que nunca se sentirán satisfechos ni orgullosos consigo mismos.

Diversos estudios han estudiado como el efecto de la comparación disminuye de manera importante con la edad. Así, cuando vamos cumpliendo años va disminuyendo ese efecto porque tendemos a comparar más nuestras experiencias con lo que hemos vivido anteriormente; los jóvenes buscan más la comparación con los demás a falta de un criterio propio de comparación.

Por ello, se hace necesario restringir el efecto de las redes en nuestras vidas teniendo en cuenta una serie de consejos para que podamos aprovechar el efecto positivo y constructivo de la comparación. Os dejamos algunas de ellas para favorecer una mejora en nuestra autoestima

  1. No se trata de cantidad, sino del uso que hacemos de ellas: si sólo meros espectadores de la vida de los demás, podemos perdernos en la idea de los demás. Si el uso de las redes se basa en la idea de COMPARTIR, CONTRIBUIR, INFORMARSE e INTERACTUAR con los demás, los efectos de una comparación negativa puede verse revertidos.
  2. Restringe el uso de las redes en momentos difíciles: las redes sociales saben darnos bien en nuestro Talón de Aquiles. Intenta descansar en momentos estresantes o de inactividad, por el efecto paradójico de eso momentos, puesto que la desconexión para relajarnos puede provocarnos más insatisfacción y malestar con nosotros mismos
  3. Busca la conexión con los demás en las redes, no la comparación: De esta manera puedes conseguir efectos beneficiosos como la expresión y obtención de apoyo en momentos difíciles, desarrollando tus gustos e intereses mediante la interacción con los demás y enfocándonos en nuestras capacidades compartiendo lo que nos atrae y gusta.
  4. Mira hacia arriba, aunque sólo sea un poco: Los expertos recomiendan la comparación ascendente con los demás para motivarnos en lo que hacemos, pero se recomienda hacerlo con personas cercanas a nosotros y que sabemos que su éxito y pasos son alcanzables
  5. Enfócate en ti mismo, no en los demás: La mejor forma de garantizar nuestra autoestima y nuestra propia evaluación es mantener un sentido estable de uno mismo con las cosas que uno hace. Intenta focalizarte en cultivar tus propios gustos e intereses, nutriendo tus relaciones y sintonizando tus acciones con tus creencias día a día. De esta comparación con lo que haces diariamente en todos estos aspectos podrás salir reforzando en vez de buscar la respuesta en lo que hacen o dicen los demás.
  6. Alégrate por los éxitos de cada uno y valora y celebra los tuyos propios: Funciona como un catalizador de nuestros propios logros el ver los logros de los demás como logros propios y celebrar de la misma forma los tuyos.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuentes: Psychology Today

Conexión con la naturaleza, felicidad y ecología

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”. H.D. Thoreau

En una vida rodeada de tecnología y miles de comodidades, es llamativo y a la vez alentador ver cómo las investigaciones muestran que nuestra pasión por la naturaleza aún perdura. De hecho, nuestras conexiones con la naturaleza podrían ser una de las mejores acciones para mejorar nuestra salud, felicidad y bienestar, con independencia de la edad. Esas mismas conexiones también podrían sanar el planeta.

Pocos estarían en desacuerdo con que nuestros mundos natural y cognitivo se hayan desconectado. Hoy en día pasamos mucho menos tiempo en la naturaleza que en décadas pasadas. En la escuela no suelen existir clases o jornadas en el campo ni la naturaleza es una herramienta bien utilizada para enseñarles a los niños a pensar críticamente sobre el mundo que les rodea. Sin embargo, una reciente investigación sugiere que nuestra relación con la naturaleza puede estar profundamente relacionada con nuestra felicidad, y esta conexión facilitaría el cuidado y protección del entorno.

No tenemos que mirar muy lejos en la historia para saber que los humanos evolucionaron en entornos naturales y que estaban profundamente conectados con sus entornos ecológicos. En el siglo XVIII, el poeta y escritor Samuel Johnson afirmó acertadamente: “Alejarse de la naturaleza es alejarse de la felicidad”. ¿Podrían esos entornos naturales convertirse no sólo en un camino a través del cual encontrar la felicidad en el siglo XXI, sino también en nuevas estrategias que ayuden a motivar a las nuevas generaciones hacia la sostenibilidad ambiental?

Foto extraída de Fotolog.com/le_kecito
Foto extraída de Fotolog.com/le_kecito

Varios estudios recientes señalan que nuestras conexiones emocionales con la naturaleza son predictoras de nuestras actitudes y decisiones relacionadas con el estilo de vida sostenible. Y además, estas investigaciones observan una conexión entre naturaleza y felicidad en sí misma. No es sorprendente que los estudios descubrieran que nuestras conexiones emocionales con la naturaleza son predictivas de nuestras actitudes y de las decisiones que tomamos sobre estilos de vida sostenibles. Pero además, el estudio también encontró una conexión única entre la naturaleza y la felicidad misma.

El vínculo entre la naturaleza y la felicidad

Estos autores, Zelenski y Nisbet, llevaron a cabo dos estudios haciéndose una pregunta: ¿el vínculo entre la naturaleza y la felicidad es independiente de las otras cosas que nos hacen sentir emocionalmente conectados con la vida, como la familia, el país, la cultura, la música y los amigos?

En el primer estudio, midieron los sentimientos de conexión de las personas en muchas esferas, incluida la naturaleza. Utilizando una escala tipo Likert, los participantes calificaron su relación con la naturaleza por su nivel de acuerdo o desacuerdo con afirmaciones como “Mi relación con la naturaleza es una parte importante de lo que soy” y “Atiendo a la vida silvestre donde sea que esté”.

Se usaron otras escalas e inventarios para calificar la felicidad subjetiva de las personas en estas mismas áreas. ¿El resultado? Entre las diversas escalas de felicidad, la relación entre naturaleza y felicidad fue altamente significativa.

Uno de los principales objetivos del estudio “era determinar si la asociación entre la naturaleza y la felicidad se debe a un sentido general de conexión o un vínculo más específico con la naturaleza”. En otras palabras, los investigadores querían saber si la naturaleza destacaba entre otras cosas que nos hicieron sentir conectados con la vida y nos dieron una sensación de felicidad.

Los resultados de esta investigación sugieren que “la relación con la naturaleza tiene un beneficio distinto para la felicidad” más allá del beneficio más general de sentirse conectado con la familia, los amigos y el hogar. Nuestra conexión con la naturaleza también correlaciona con la mayoría de las medidas de bienestar humano, lo que indica que puede desempeñar un papel extremadamente importante en el mantenimiento de la salud mental positiva.

Para comprender mejor y ampliar los hallazgos del primer estudio, Zelenski y Nisbet realizaron un segundo estudio. En este estudio exploraron más profundamente diversas conexiones con la felicidad, particularmente aquellas de una cualidad interpersonal, que incluyen el apego, la interdependencia y la pertenencia. No sólo esperaban replicar los hallazgos del Estudio 1, sino que también querían ver si la relación con la naturaleza en realidad podía predecir la felicidad.

Si bien no todas las correlaciones entre la naturaleza y la felicidad podrían replicarse en el segundo estudio, el patrón general de hallazgos y la consiguiente comparación con los estudios anteriores llevaron a los investigadores a conclusiones importantes, que incluyen:

– Nuestra conexión emocional con el mundo natural es distinta de otras conexiones psicológicas en nuestras vidas.

– La relación con la naturaleza a menudo predice la felicidad independientemente de otros factores psicológicos.

– Las conexiones psicológicas con la naturaleza tienen la capacidad de facilitar actitudes sostenibles, y pueden ser una herramienta importante para preservar nuestro medio ambiente.

Ecopsicología y el futuro del planeta Tierra

Si bien estos estudios proporcionan datos reveladores sobre la relación de la naturaleza y la felicidad, se basan en muchos estudios previos que vinculan nuestra salud y bienestar con el mundo natural. De hecho, ha surgido un campo completamente nuevo, la ecopsicología, que combina los esfuerzos de ecologistas, psicólogos, filósofos y otros. “La ecopsicología explora la relación sinérgica entre la salud personal y el bienestar, y la salud y el bienestar de nuestro hogar, la Tierra”.

Muchos expertos han dado la voz de alarma sobre nuestra desconexión del mundo natural, desde la Revolución Industrial hasta el momento actual. Richard Louv, en su libro Último niño en el bosque: Salvar a nuestros niños del Desorden de Déficit de Naturaleza, vinculó la falta de naturaleza en la vida de la generación actual con el preocupante aumento de obesidad y depresión en la infancia.

En 2005, Los Institutos Americanos para la Investigación publicaron un estudio que indicaba que los niños que aprenden en aulas al aire libre mejoran sus puntuaciones de ciencias en un 27 por ciento. Los expertos no sólo han descubierto que la educación al aire libre es fundamental para el desarrollo infantil, sino que también es importante para el futuro del planeta. ¿Por qué? Porque cuando nos sentimos conectados con la naturaleza, somos más propensos a vivir estilos de vida sostenibles. También es más probable que apoyemos iniciativas ambientales que eduquen e impliquen a otros con el mundo natural.

¿Cómo deberían afectar estos estudios a nuestras acciones en el mundo? Aunque me considero profundamente conectada con la naturaleza, estos estudios me motivaron a dar un paseo por mi barrio con nuevos ojos. Me han mostrado que hay mucho más que aprender y muchas más formas de interactuar con los muchos organismos vivos que nos rodean.

Llevemos a nuestros niños y adolescentes al mundo natural y conéctelos con su belleza. Al final, es su relación con la naturaleza y la que determinará nuestro futuro.

¿Cómo describirías tu propia conexión con la naturaleza? ¿y la de tus hijos? ¿Las relaciones con el mundo natural traen felicidad a tu vida?

Fuente: Psychology Today

Escrito por María Rueda

4 formas de usar el neuroticismo en tu favor

Una de las teorías más relevantes para el estudio de la personalidad, el modelo de los 5 grandes consta de 5 factores principales de la personalidad, apertura a nuevas experiencias, responsabilidad, extraversión, amabilidad y neuroticismo.

Este último factor de personalidad se refiere a la inestabilidad emocional de una persona. Alguien con un alto neuroticismo, tendrá una respuesta emocional a los eventos externos más alta que la media de la población. Este rasgo hace más probable experimentar una mayor preocupación, miedo, ira, frustración, ánimo deprimido, soledad o una alta sensibilidad y autoconciencia.

Aunque descrito así puede parece que es un factor de la personalidad que será mejor tener en unos niveles bajos, en el caso de que el neuroticismo sea alto, se puede valorar qué características del mismo se pueden usar en tu favor, ya que estos rasgos son muy poco modificables.

extraída de linkedin.com
extraída de linkedin.com

En defensa de la autodefensa

Una persona con un neuroticismo alto tiene una tendencia mayor a preocuparse aún sin tener un problema concreto de salud. Esto en algunas ocasiones deriva en conductas que pueden ser de riesgo como la automedicación o pueden sufrir un estrés mayor y todas las consecuencias asociadas de ello. Sin embargo, esta preocupación mayor se puede transformar en otras conductas que dan lugar a una mayor salud general. Si logramos dirigir las preocupaciones por la salud a acciones concretas, puede surgir un cuidado mejor de la propia salud, por ejemplo, haciendo más ejercicio o teniendo una mejor alimentación.

De hecho, el investigador Nicholas A. Turiano, descubrió que las personas que tienen un rasgo de neuroticismo alto, cuando se combina con una alta responsabilidad, efectivamente tienen una mejor salud, con menos enfermedades crónicas, un mejor peso corporal y menores niveles de inflamación, lo cual se relaciona con alteraciones en la salud.

Dirigiéndose a un trabajo más provechoso

Una persona neurótica, con la fluctuación emocional característica puede relacionarse con una menor constancia o peor rendimiento en el trabajo, pero existe una manera en la que se puede utilizar esta fluctuación a favor también en este contexto. Cuando el neuroticismo se utiliza de forma sana, los niveles de estrés que incluyen todos los entornos laborales pueden dar lugar a una ansiedad en el trabajo para la persona neurótica. Si bien puede parecer que normalmente se bloquearán en las situaciones de estrés, un uso sano de esta ansiedad puede dar lugar a una mayor motivación, e incentivar una concentración y una gran intensidad que hace que se realice un muy buen trabajo.

¿Es el neuroticismo la sal de la vida?

Este rasgo de personalidad se ha encontrado como algo diferente de los demás, ya que es el único que se modifica a lo largo de la vida, de forma que con el paso de los años se suaviza esta característica. Sin embargo, el hecho de tener este rasgo algo acentuado da lugar a varias características personales que pueden ser muy positivas y que además sí se mantienen con el paso del tiempo. Éstas son una mayor autoconciencia, una inteligencia especial y un agudo sentido del humor, en ocasiones algo oscuro. Además, las personas neuróticas tienen una gran necesidad de satisfacer a los demás, con una sensibilidad importante también a las emociones de los demás, no sólo las propias. En cierto sentido, el neuroticismo bien usado puede concebirse como un superpoder emocional, sólo que es necesario aprender a manejarlo adecuadamente, especialmente en el sentido relacional.

El comportamiento prosocial de la persona con alto neuroticismo

Tal y como se ha comentado anteriormente, las personas con alto neuroticismo buscan satisfacer a los otros y son sensibles a las emociones. Aunque en muchas ocasiones lo que se observa en las personas neuróticas es que no desarrollan muchos comportamientos prosociales, los investigadores Guo, Sun y Li (2018) encontraron que este rasgo no es el determinante para detener este tipo de comportamientos. Lo que determinaron en su investigación es que las personas neuróticas tienen más ansiedad social y pueden sentirse avergonzados con facilidad en contextos sociales, además de estresados en los ambientes sociales. Estas dificultades vienen derivadas de la característica de una excesiva autocrítica y ansiedad.

La característica que más se puede relacionar es la autoeficacia social. Es decir, que si logramos que la persona con este rasgo elevado se sienta especialmente capaz de llevar a cabo estos comportamientos puede dar lugar a una capacidad especialmente positiva. Salir de la autocomprobación en contextos sociales, dejar a un lado el pensamiento y situarnos en la acción es posible aumentar las sensaciones de autoeficacia social. Una mayor autoeficacia social conduce a una mayor autoestima, lo que lleva a un cambio positivo, éxito social, una mayor sensación de autoeficacia, y así sucesivamente.

Si bien esta característica de un neuroticismo alto da lugar a varias situaciones vitales complicadas, es un rasgo que también puede ser aprovechado de diversas formas. Específicamente, la gran autoconciencia de las personas con neuroticismo alto permite además que desarrollen con cierta facilidad estos cambios y redireccionen los comportamientos asociados al rasgo que les causan malestar y así transformarlo en el neuroticismo sano.

Fuentes: psychologytoday.com, huffintongpost.com

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

Cómo construir límites sanos

Extraído de www.welldoing.org
Extraído de www.welldoing.org

En la actualidad, el termino asertividad ha cobrado una importancia capital, tanto en las relaciones sociales como en terrenos como más formales como el trabajo. Asertividad no es ni más ni menos que considerar a la misma altura tus derechos y los de los demás. Ni en detrimento, ni tampoco por encima. Supone un esfuerzo porque es un ejercicio de empatía y respeto hacia los derechos del otro, pero también una reivindicación propia, donde los derechos propios se muestran sobre la mesa y se consideran para tomar cualquier tipo de decisión de la vida cotidiana.

En contra de lo que se piensa muchas veces, este tipo de habilidades, como tantas otras, se entrena y se adquieren con la práctica. El objetivo último de las conductas asertivas es defender y mantener nuestros derechos cuando las situaciones son injustas, o bien atentan contra nuestra salud y nuestra estabilidad emocional. Así, uno mismo es el responsable número uno de que se lleven a cabo y quien se encarga de preservarlas en contextos desfavorables (y luego ya contamos con la inestimable ayuda y colaboración de lo demás).

Este planteamiento es, por supuesto, algo teórico, pues hay múltiples razones que pueden llevarnos a no hacer uso de la asertividad. En primer lugar, los actos comunicativos de las personas son resultado de su historia de aprendizaje; a veces es difícil modificar comportamientos automáticos que hemos aprendido y repetido a lo largo de nuestra historia de aprendizaje. Si no somos conscientes de un posible déficit comunicativo o el malestar que nos provoca, no los cambiaremos. Por otro, existe una falsa creencia muy popular en la que reivindicar nuestros derechos siempre implica menospreciar los de los demás. El resultado de dicha creencia es la culpabilidad: surge un sentimiento de menoscabo si lo hacemos y rápidamente nos desdecimos por miedo a las consecuencias, como un posible abandono y/o rechazo de la otra persona o una perdida de la posición que tenemos respecto al otro. También puede ser por unas habilidades comunicativas inadecuadas, donde nos comuniquemos de manera agresiva (bien a la defensiva, bien atacando) porque prevemos una amenaza. Por todo ello, se hace necesario unas consideraciones sencillas cuando queremos establecer límites con personas cercanas

  1. Aclara bien donde están tus propios límites. Cada uno tiene un umbral diferente de soportabilidad, pero si las peticiones o negociaciones de los demás siempre te provocan enfado, tristeza o inquietud en vez de bienestar y satisfacción, puede que no lo estés haciendo bien y tengas que establecer unos límites más marcados. Recuerda que si tú no los defines, los demás tampoco lo harán y muy posiblemente pueden saltárselo ante tu no reacción. Recuerda que los demás no tienen porque tener los tuyos en cuenta siempre.
  2. Define bien las consecuencias de ponerlos o no ponerlos antes de tiempo. En esto de la asertividad no se trata de soltar la reivindicación y esperar que él otro lo entienda y reaccione positivamente a la primera. Seguramente el otro se sorprenda e incluso no entienda tu petición. Recordárselo o insistir en un momento donde esté más receptivo puede ayudarte a que tus derechos sean escuchados. Recuerda que no tienes que dar más explicaciones y hablar de cómo te sientas para que él otro entienda tu acto asertivo y pueda negociar contigo.
  3. Espera violaciones. Cuando ponemos límites por primera vez a personas que no están muy acostumbrados a escucharlos de nuestra persona, las personas tenderán a probarlo e intentar saltárselos para saber si realmente lo decías por decir o bien es un cambio y demuestras con tus actos que lo dices porque lo sientes así.
  4. Sé consistente. Por ello, para ganar la credibilidad del interlocutor y probar que tu límite será un nuevo hábito en la relación, deben utilizarse y no cambiarse aunque las condiciones cambien o el otro tenga reacciones defensivas. Como en la crianza con los hijos, deben ser coherentes y no cambiar de acuerdo a nuestro estado de ánimo. Si se permite violar un límite que tú mismx has marcado, se vuelve a la casilla de salida.
  5. Acostúmbrate a ellos. Marcar el límite no es soltar la bomba y ya está. Una vez se establece, comienza el duro esfuerzo de defenderlos, y por tanto, pedirás consecuencias en las situaciones que los demás decidan saltárselos. Algunos harán un cambio inmediato, otros necesitarán más tiempo: todo es acostumbrarse.
  6. No te enfades con los demás si deciden saltárselos. En las relaciones cercanas, respetar los límites es una cortesía, no una obligación, y eso implica que los demás cometen errores. No es un trabajo comprobar si nuestros amigos, familia y pareja los respetan constantemente, ni que ellos se los salten significan que no nos respetan. Elegir cuáles queremos establecer y con quién será nuestra elección y ver su efectividad se irá viendo sobre la marcha. Lo importante es ir haciendo uso de ellos. Cuando tú quieras, cuándo tú decidas. Algo que yo (y todos) podemos respetar.

Recordad que la definición o la renegociación de los límites es un aspecto significativo de las relaciones que crecen y profundizan, y que lejos de volverse más restrictivas o círculos más pequeños, permiten una mayor tolerancia y libertad dentro de la propia relación.  Nos permiten mayor seguridad porque podemos predecir el comportamiento de cada uno, y entender qué ocurre cuando nos los saltamos, cuando transgredimos su intimidad y su vulnerabilidad. Es ahí cuando realmente conocemos y entendemos a los demás, cuando el respeto se instaura como forma de entender nuestras relaciones.

Escrito por David Blanco Castañeda.

 

Fuentes: Psychology Today, Psych Central, Positive Psychology Program

 

5 consecuencias de criar como padres helicóptero

Los “padres helicóptero” son realmente útiles para sus hijos e hijas a corto plazo. Actúan como secretarios personales que ayudan a sus hijos e hijas con todo. Los rescatan cuando éstos olvidan sus deberes y les llevan de un sitio a otro, en coche hasta la misma puerta.

Muy a menudo, los niños con ese tipo de apoyo pueden obtener una ligera ventaja. Y eso tiene sentido. Cualquier persona con un asistente personal a tiempo completo es probable que destaque en comparación con los que tienen que hacer todo por su cuenta.

Pero la hiperprotección afecta a los niños a largo plazo. Los niños que crecieron con padres helicóptero pierden rápidamente esa ventaja cuando crecen.

Foto extraída de www.wireltern.ch
Foto extraída de www.wireltern.ch

Los investigadores han estudiado los efectos a largo plazo de la crianza helicóptero y señalan algunos de los problemas a los que se enfrentan estos niños cuando llegan a la edad adulta:

  1. Tienen más problemas de salud.

Un estudio de 2016 de la Florida State University descubrió que los niños con padres helicóptero tienen más probabilidades de tener problemas de salud en la edad adulta. Descubrieron que la mayoría de los niños hipercontrolados por sus padres nunca aprendieron a manejar su autocuidado porque sus padres siempre les decían cuándo dormir, cuándo hacer ejercicio y qué comer.

Los padres muy invasivos a menudo se preocupan excesivamente por la salud de sus hijos y les recuerdan constantemente qué hacer. Los estudios demuestran que a falta de esos recordatorios constantes, estos niños desatienden su cuerpo.

  1. Se sienten con derecho.

Los padres helicóptero adoran tanto a sus hijos que tienden a pensar que son el centro del universo. Y esa noción de que son súper especiales no desaparece cuando cumplen 18 años.

Investigadores de la Universidad de Arizona descubrieron que los niños hiperprotegidos crecen sintiéndose con derecho. Es más probable que estén de acuerdo con afirmaciones como “Exijo lo mejor porque lo valgo”. Otros estudios han vinculado este sentimiento de tener derecho con la decepción crónica y sufrimiento continuo en la vida.

  1. Tienen problemas emocionales.

Los niños hiperprotegidos crecen sin aprender a regular sus emociones; sus padres lo hicieron por ellos. Si estaban tristes, sus padres los animaban. Si estaban enfadados, sus padres los calmaban.

Su falta de habilidades de regulación emocional se convierte en un gran problema una vez que salen del nido. Un estudio de 2013 de la Universidad de Mary Washington en Virginia encontró que los estudiantes universitarios que fueron criados por padres helicóptero tienen más probabilidades de estar deprimidos. También informan menos satisfacción con sus vidas en general.

  1. Confían en la medicación.

Los niños hiperprotegidos no están acostumbrados a tolerar la incomodidad. Sus padres los protegieron del dolor y les impidieron lidiar con las dificultades. Además, están acostumbrados a la gratificación inmediata. Eso puede explicar por qué recurren tan rápido a la medicación, ya que quieren que su dolor desaparezca y quieren que sea ya.

Un estudio de 2011 realizado por investigadores de la Universidad de Tennessee en Chattanooga reveló que los estudiantes universitarios cuyos padres les sobrevolaban  tenían más probabilidades de tomar medicamentos para la ansiedad y la depresión. También eran más propensos a consumir pastillas para el dolor de forma recreativa.

  1. Carecen de habilidades de autorregulación.

Los niños con padres helicóptero no crecen con tanto tiempo libre como otros niños. Sus entornos suelen estar muy estructurados y su tiempo está estrechamente regulado.

Sin oportunidades para practicar la administración de sí mismos, carecen de las habilidades necesarias para alcanzar sus objetivos. Un estudio de 2014 de la Universidad de Colorado encontró que los adultos que crecieron con los padres helicóptero tienen menos probabilidades de poseer el control mental y la motivación que necesitan para tener éxito.

Otros estudios han sacado conclusiones similares. Estos niños tienden a posponer las cosas y carecen de la iniciativa y la motivación necesarias para tener éxito.

Evita la tendencia a sobrevolar

Los padres helicóptero tienen la mejor intención de ayudar a sus hijos a tener éxito. Pero, en última instancia, sobrevolarles e invadirles roba a los hijos la fuerza mental que necesitan para alcanzar su mayor potencial en la vida. Por supuesto, dejar que tus hijos cometan errores, permitirles fallar y darles la oportunidad de resolver sus propios problemas requiere también en ti mucha tolerancia al malestar. Intenta considerar que tus hijos/as son personas diferentes a ti, y por lo tanto, necesitarán equivocarse para convertirse en adultos sanos y responsables.

Fuente: Psychology Today

Escrito por María Rueda

No revictimizar a la víctima. ¿Qué es la doble victimización en los procesos judiciales?

Se conoce como revictimización, victimización secundaria o doble victimización el proceso mediante el cual se produce un sufrimiento añadido por parte de instituciones y profesionales encargados de prestar atención a la víctima (ya sea de malos tratos o violencia de género, secuestros, abusos sexuales, etc) a la hora de investigar el delito o instruir las diligencias oportunas en el esclarecimiento de lo ocurrido: jueces, policías o abogados entre muchos otros.

El prefijo re- nos indica una condición de repetición, es decir, la persona ya fue víctima de violencia interpersonal en otro momento temporal diferente y pasado (bien en la infancia o llegada ya la vida adulta), y existen dos agentes diferentes de agresión, el causante en el origen y en la segunda ocasión por una entidad distinta; por lo tanto, se es víctima en dos o más momentos de la vida.

Como ya hemos comentado, cuando se habla de agente o perpetrador no se refiere únicamente a personas físicas, sino también a grupos o estructuras, como podría ser por ejemplo el sistema judicial/legal de un país. Es más, es en las instituciones judiciales o, incluso en algunos casos, en los medios de comunicación, donde se produce con más frecuencia este fenómeno (aunque también en el contexto sociosanitario). Otras fuentes agentes podrían ser familiares, profesionales del ámbito educativo, redes sociales, …

Extraída de skopein.org  (Revista Skopein Año III, Número 7, Marzo - Mayo 2015)
Extraída de skopein.org (Revista Skopein Año III, Número 7, Marzo – Mayo 2015)

La persona maltratada reexperimenta el papel de víctima fruto de revivir los momentos dolorosos y emociones asociadas a su experiencia traumática inicial en repetidas ocasiones (en un entorno que de por sí ya suele ser lo suficientemente estresante como son los procesos judiciales) fomentado esto por instituciones o profesionales de los cuales el perjudicado normalmente espera ayuda, comprensión y apoyo. Por lo cual, estaría siendo el blanco de una negligencia del sistema y del inadecuado abordaje que se hace en estos casos.

¿Qué secuelas psicológicas suele acarrear la victimización secundaria?

Según García-Pablos de la Molina, experto penal y criminológico  “La víctima sufre a menudo un severo impacto psicológico que se añade al daño material o físico en que el delito consiste. La vivencia criminal se actualiza, revive y perpetúa en la mente de la víctima. La impotencia ante el mal y el temor a que éste se repita producen prolongadas sensaciones de angustia, ansiedad, depresión, etc. El abatimiento genera, no pocas veces sutiles y asombrosas reacciones psicológicas, producto de la necesidad de explicar un hecho traumático como el injustamente padecido, que dan lugar a genuinos complejos de culpa, como la propia atribución de la responsabilidad o autoculpabilización. La sociedad misma, de otra parte, estigmatiza a la víctima. La víctima queda “tocada”, es el “perdedor”. La victimización produce, pues, aislamiento social y marginación que incrementará en lo sucesivo el riesgo de victimización, haciendo más vulnerable a quien padeció los efectos del delito; se cierra así un fatídico círculo vicioso que a corto plazo modifica los estilos y hábitos de vida de la víctima, afecta negativamente a su vida cotidiana y doméstica, a sus relaciones interpersonales, actividad profesional, social, etc”.

La victimización secundaria, sumada al impacto psicológico inicial del propio delito (victimización primaria), a la falta de apoyo y atención esperada, así como a todos aquellos aspectos que hemos comentado anteriormente que la conforman y propician, a largo plazo pueden desencadenar también diferentes problemas psicológicos entre los que destacan:

– Estrés postraumático.
– Abuso de sustancias.
– Pérdida de motivación y autoestima, irritabilidad, apatía/ Inicio de cuadros depresivos.
– Ansiedad.
– Problemas de concentración o para mantener la atención.
– Miedo y/o sensación de amenaza constante.
– Aparición de sentimientos de injusticia y rabia.
– Conducta de aislamiento o evitación y fobias.
– Tendencias paranoides y suicidas.

Del mismo modo, estos trastornos se ven acompañados de otros de tipo funcional o psicofisiológicos tales como:

– Trastornos orgánicos funcionales y del sueño.
– Enfermedades psicosomáticas.
– Cefaleas.
– Efectos cardiovasculares y/ o gastrointestinales, entre otros.

Además, existen algunos factores que propician que el evento traumático sea más o menos impactante en sus vidas como los antecedentes individuales, familiares, organizativos, comunitarios, la personalidad de los individuos, las redes sociales de apoyo con las que se cuenta, el nivel de estudios, las ideologías y creencias y la reacción de la sociedad, entre otros.

Conclusión; la revictimización genera fuertes impactos psicosociales porque remueven las situaciones traumáticas generadas por la violación de la dignidad y de derechos, así como un atentado a la reputación y el honor de la persona. En definitiva, una marcada merma en la calidad de vida y bienestar de la víctima.

¿Qué medidas pueden evitar o reducir al mínimo la revictimización?

Lejos de responder con solidaridad y justicia la sociedad misma estigmatiza a la víctima. Si bien evitar completamente la revictimización es casi imposible (por la necesidad de dictar una sentencia acorde al delito acontecido) sí que para minimizarlo al máximo se puede tratar de:

  • En casos muy mediáticos (como puede ser en la tan en auge violencia de género), donde aparece repetidamente la noticia en los medios de comunicación de masas, lo ideal en la línea de la ética profesional sería preservar al máximo los derechos de la víctima evitando primero de todo difundir su identidad y respetar tanto su intimidad como la de sus familiares. Es decir, que no haya  intromisiones en su privacidad para que puedan seguir el curso normal de sus vidas. También es obligación de los gabinetes de prensa policiales no facilitar según qué información para evitar dicha persecución mediática.
  • No menos importante, evitar entrar en aspectos que puedan interpretarse como justificación del acto violento, eximir de responsabilidad al agente de la agresión o incluso culpar a la propia víctima (hecho que encontramos bastante a menudo sobre todo en casos de agresiones sexuales, donde se considera que la víctima merecía y/o provocaba la violencia “por como iba vestida” o  alegando que “seguro que también disfrutó”).
  • No poner en duda las versiones de la víctima (con preguntas o aseveraciones que transmitan dudas acerca de la veracidad de su experiencia) por parte de los profesionales sanitarios, policiales y judiciales en el momento de su acogimiento en base a predisposiciones negativas personales. Que los interrogatorios fueran llevados a cabo por psicólogos especializados, con entrevistas acordes a la etapa evolutiva de la víctima, sería una alternativa a tener en cuenta.
  • Acoger las necesidades de la víctima, comprender su sufrimiento y propiciar su confianza brindándole un espacio seguro y cálido donde poder hablar de lo ocurrido, insistiendo en la confidencialidad. Para ello sería necesario un equipo multidisciplinar psico-socio-jurídico que trabaje sin prejuicios ante el perjudicado y con empatía, nunca minimizando las secuelas de la victimización y siempre validando las emociones experimentadas en cada momento.
  • Fomentar un sistema de apoyo psicológico (y de las medidas de seguridad oportunas en el caso de que la persona siga en peligro de volver a ser objeto del delito denunciado/de su agresor).
  • Desde el sistema judicial: minimizar todo lo posible la duración de los procesos judiciales y burocráticos (que en ocasiones pueden ser interminables, llegando a durar años), impedir litigios donde víctima y agresor vuelven a verse las caras en repetidas ocasiones y evitar en todo caso continuas tomas de declaración o interrogatorios donde la persona se vea obligada a reexperimentar el dolor sufrido.

Para terminar, y sin  irnos más lejos de la actualidad mediática, para ser ejemplificativos, muchos de estos aspectos vemos que han sido vulnerados en el archifamoso caso de “La Manada” ocurrido en los San Fermines del 2016 (y que con las medidas preventivas necesarias sin duda se hubieran podido evitar).

Fuentes:

http://eltipografo.cl/2015/08/que-se-puede-hacer-para-disminuir-la-victimizacion-secundaria/

http://feminicidio.net/articulo/%C2%BFqu%C3%A9-la-victimizaci%C3%B3n-secundaria-provocada-la-justicia-casos-violencia-g%C3%A9nero

http://www.generandoigualdad.com/que-es-la-victimizacion-secundaria/

MOLINA, A. G. P. D. (1999). Tratado de criminología. Valencia: Tirant.

Escrito por Maite Nieto Parejo

Sigue usando la imaginación aunque ya seas un adulto

Aunque una parte tremendamente importante en la cultura humana es la de imaginar cosas inexistentes, crear mundos imposibles e imaginar lo que podríamos desear. Sin embargo no todas las personas tienen la misma capacidad de imaginar y desde luego, esta capacidad cambia a lo largo de la nuestra vida. Si tu capacidad de imaginación se atasca, pregunta a un niño y verás cómo la suya es mucho más fluida.

¿Qué hace que la imaginación sea mayor en la infancia?

Los niños son más creativos, ya que su visión del mundo es incompleta y además requiere una actitud de descubrimiento. Se comprometen con su ignorancia en lugar de omitirla y en la necesidad de explorar, investigar y cuestionar sus ideas, buscan en muchas ocasiones cometer errores para descubrir algo nuevo. Al contrario que los adultos, a los niños no les importa cómo percibirán y evaluarán los otros sus ideas y mucho menos si éstas funcionan o no en el mundo real.

extraído de signature-reads.com
extraído de signature-reads.com

Hay un par de motivos más por los que se piensa que los niños pueden tener una capacidad imaginativa mayor. Por una parte, el adecuarse al sistema educativo que tiende a unificar la forma de pensar e incluso de resolver problemas. Según vamos creciendo y adquiriendo nuevos conocimientos de la cultura en la que vivimos, nuestro imaginario se forma en función de ellos, por lo que el contenido imaginativo más original se termina diluyendo en cierta forma.

Más allá de esto, hay motivos biológicos por los que la imaginación se merma con la edad. En la infancia el desarrollo cerebral aún no ha finalizado, y lo que tarda más en terminar de conformarse es la zona frontal. Aunque para una gran cantidad de funciones cognitivas superiores es necesario que esta parte del cerebro esté en sus mejores condiciones, justo la imaginación posiblemente pueda prescindir de su funcionamiento adulto. La zona frontal, entre otras funciones, es la que se encarga de la inhibición. Para la adecuada convivencia y adaptación a la cultura, la capacidad de inhibición es necesaria, pero no se lleva tan bien con la creatividad y la imaginación. Así pues, podríamos decir que el cerebro adulto es más propenso a reducir su capacidad imaginativa.

Sin embargo, esto no nos determina a la hora de ser imaginativos. De hecho, en una investigación se observó como al preguntar a personas adultas por respuestas imaginativas ante una situación, si se les planteaba que eran niños de 8 años, la creatividad e imaginación en las respuestas era mayor.

Así pues, aún con las variables biológicas en juego, podemos potenciar la capacidad imaginativa en la edad adulta. De hecho, no es sólo que podamos aún ser imaginativos, sino que es hasta recomendable serlo.

¿Cómo usar la imaginación en la edad adulta?

En las personas que han sufrido eventos traumáticos a lo largo de su vida, el imaginar situaciones diferentes respecto al trauma en muchas ocasiones puede ser tremendamente curativo. Pero no es sólo en casos extremos, sólo hay que probar a cerrar los ojos e imaginar una situación que nos resulte relajante (una playa tranquila, un bosque u otro paisaje que nos provoque esta sensación de relax) y observar que la capacidad de imaginar esto nos proporciona más tranquilidad.

Hay algunas situaciones en las que la imaginación puede ser una herramienta maravillosa tengamos la edad que tengamos.

1. La situación de relax. Si cierras los ojos, respiras despacio e imaginas un lugar donde te sientas cómodo, podrás automáticamente reducir en alguna medida el estrés. Si añades detalles de sonido, de tacto o le incluyes los máximos detalles posibles a la situación, será más fácil ponerse en el lugar y por tanto que te siente mejor.

2. La situación de ira. Aunque en las relaciones sociales la expresión del enfado ha de ser medida, es una emoción que de algún modo nos lleva a romper todos los cánones establecidos. Por la naturaleza de esta emoción, ésta nos empuja a atacar al otro físicamente, para salvaguardarnos. Ante la intensidad de esta emoción, en muchas ocasiones es más sano poder imaginar lo que querrías hacer con esa ira, literalmente, ya que al estar sólo en la imaginación, se logra descargar esa energía mientras que no se causan los daños que se producirían al trasladarlo a la realidad.

3. La figura de apoyo. Cuando te sientes decepcionado o triste, o desesperanzado, puedes crear un personaje que te acompañe en estas situaciones y que sea capaz de dar las respuestas ideales que te daría otra persona para darte consuelo, apoyo o fuerza para continuar. Estas respuestas perfectas dadas por un “otro” real en muchas ocasiones no son fáciles de obtener, pero si dispones de este personaje de apoyo, es más fácil que te proporciones a ti mismo ese consuelo y protección y en muchas ocasiones incluso te ayudará a pedir ayuda cuando lo necesites.

4. La situación erótica. Cuando estamos en una relación de pareja de larga duración, en ocasiones se convierte en algo rutinario y eso hace que la excitación sexual se reduzca. Si en el día a día inviertes algunos momentos en imaginar fantasías sexuales, esto puede ayudar a incrementar el estado mental en disposición de las relaciones sexuales. Las fantasías en absoluto han de ser sólo relacionadas con la pareja, precisamente, al no estar ocurriendo en la realidad, sólo incrementan las sensaciones que después podremos poner en práctica con nuestra pareja de años.

La imaginación es una herramienta de la que disponemos y que es algo que en el ser humano tiene muchas funciones y nos hace capaces de enfrentarnos de formas diferentes a la realidad. Atrevete a poner en marcha tu imaginación aunque ya no tengas 8 años, ¡como si todavía los tuvieras!

Fuentes: bigthink.com, psychcentral.com

Escrito por Lara Pacheco Cuevas