Mitos sobre la soledad

A través de una encuesta realizada por la BBC, con 55.000 personas respondiendo sobre la soledad a lo largo del mundo, se han encontrado algunos resultados sorprendentes, nada parecidos a lo que nos representamos que es la soledad típica. ¿Qué mitos nos representamos sobre la soledad?

mitos sobre la soledad

1. Las personas mayores se sienten más solas

Cuando tratamos de pensar en una imagen de la soledad, en términos abstractos, es fácil pensar en una persona mayor, en su casa, aislado y sin salir. En la encuesta realizada, sin embargo, se encontró que un 27% de las personas mayores de 75 años se sienten solas muy a menudo, mientras que entre las personas de 16 a 24 hay un 40% de ellos que se sienten solos muy a menudo. Es cierto que los resultados en esta encuesta son extraídos de personas que se autoseleccionan para realizarla, lo que sabemos que puede distorsionar los resultados, pero aún así, es llamativo que no sólo el porcentaje de personas que se sienten solas siento adolescentes o adultos jóvenes es el mayor, sino que si preguntamos por el momento de la vida en que alguien se sintió más sólo, es habitual que hagan referencia a esta edad.

Esto nos señala que no necesariamente es que actualmente nos encontremos más aislados, sino que es en esa edad cuando más probabilidades hay de sentirnos solos. En estas edades, se adquiere una nueva libertad, más control sobre nuestra propia vida, así como en muchas ocasiones nos enfrentamos a entornos menos seguros donde ya no están los amigos de toda la vida y buscamos encajar adecuadamente. Es posible que no lleguemos siempre a conseguirlo y esto dispare estos sentimientos de soledad.

2. La soledad es algo malo

En esta encuesta, se encuentra que un 41% de las personas preguntadas creen que la soledad puede ser algo positivo. Esto puede ser coherente con la idea de que los sentimientos de soledad, aunque muy desagradables, pueden ser útiles. Los seres humanos hemos sobrevivido en nuestro medio en grupos cooperativos. Si nos sentimos excluidos, estos sentimientos de soledad pueden derivar en la búsqueda de conexión con los otros de nuevo, encontrar nuevos amigos o reactivar antiguas relaciones.

Lo que la soledad tiene de negativo es que se convierta en un sentimiento crónico. Cuando esto ocurre, tiene un impacto serio sobre el bienestar e incluso sobre la salud. Los sentimientos de soledad crónica se asocian con riesgos de depresión en un periodo de un año, además, las personas con relaciones sociales débiles disminuyen en un 50% las probabilidades de supervivencia en comparación con las que tienen fuertes vínculos sociales. La soledad puede ser muy estresante, y cuando es duradera en el tiempo, puede ser complicado ver el lado positivo.

3. Las personas que se sienten solas tienen menos habilidades sociales

Presuponemos que las personas que se sienten solas tienen una menor capacidad de relacionarse, pero lo que se encontró en esta encuesta es que este factor concreto no es lo fundamental para este sentimiento. Es mucho más importante ser capaz de expresar los propios sentimientos lo que influye en la sensación de sentirse solo.

En los resultados, se observa que no lo es tanto respecto a la posiblidad de entender lo que los otros están sintiendo, sino en el manejo de la ansiedad provocada por las situaciones sociales, que puede dar lugar a manejar peor la sensación de soledad, no tanto las habilidades sociales en sí mismas.

4. El invierno es la estación más solitaria

Cuando se acercan las navidades, tendemos a acordarnos más de las personas que están solas, pareciendo que esta sensación de soledad es más intensa en estas fechas. Sin embargo, lo que revela esta encuesta es que el invierno no es una época del año en la que se sientan más solos que en otras épocas. Sí hay alguna minoría de personas que responden por esta estación como la más solitaria, pero también otros que dicen que las vacaciones de verano lo son.

Posiblemente, lo que esto indica es que las personas se sienten solas por otros factores, no sólo por la época del año, incluso, cuando lo relacionamos con la medida estacional, podría ser que lo importante fuera el sentimiento de aislamiento en los momentos en los que observamos que los demás tienden a pasar más tiempo juntos.

5. Las personas que se sienten solas no conectan con los demás

Una de las habilidades que más nos hacen conectar con los otros es la capacidad de empatía que tengamos, la posibilidad de ponernos en la piel de los demás, especialmente cuando éstos están sufriendo. En este sentido, lo que se encontró es que las personas que se sienten solas muy a menudo no tienen una capacidad diferente de las que no se sienten así para empatizar a nivel físico con los demás (por ejemplo, cuando alguien se quema con el aceite), pero sin embargo, sí que tienen una mayor capacidad de empatizar en términos sociales (por ejemplo, cuando alguien es excluido de ser invitado a una fiesta).

Quizá esta empatía provenga de la propia experiencia de sentirse aislado, o de percibir un trato desagradable o injusto por parte de los otros, por lo que en las situaciones de conectar con los demás en términos de empatía, las personas que se sienten solas a menudo pueden tener una capacidad mayor que otros.

Sabemos que la sensación de soledad influye mucho en la salud mental y en nuestro bienestar, pero en muchas ocasiones nos quedamos en la parte superficial y estereotipada de la soledad. Este tipo de encuestas, aunque tengan sus limitaciones a nivel estadístico, pueden abrir nuestras miras sobre lo que representa sentirse solo en la sociedad actual.

¿Con qué emoción elijo comer hoy?

Que la alimentación de hoy en día no es la misma que la de generaciones pasadas es prácticamente una realidad.

En una sociedad donde el comer como acto social (rodeados de familia o amigos y conversaciones variadas) se está perdiendo por las maratonianas jornadas laborales que nos obligan a comer fuera de casa, el ir siempre a la carrera  y/o la colonización de las nuevas tecnologías como compañeros de mesa (así como la proliferación de la comida rápida en detrimento de la dieta mediterránea), la alimentación está dejando de ser real para convertirse en muchas ocasiones en una herramienta para gestionar otra serie de “cosas” que pasan en nuestro día a día: las emociones displacenteras.

comer emocional

A este tipo de hambre o forma de comer se le conoce como comer emocional o hambre emocional (frente al apetito real fruto de la necesidad de alimentarse para subsistir). A continuación detallamos las principales diferencias existentes entre ambas:

HAMBRE EMOCIONAL

Se dispara de repente. Se convierte en una urgencia.

Aparece un antojo específico. No hay negociación posible: sólo ese alimento podrá saciar el hambre emocional que estamos experimentando en ese momento.

Exige ser atendida EN ESE PRECISO INSTANTE.

Me dejará seguir comiendo, aun cuando estemos satisfechos. Podría asemejarse a un atracón.

Supone comer impulsado por una emoción, lo que en la mayoría de ocasiones conllevará sentimientos de culpabilidad asociados.

HAMBRE REAL

Nuestra sensación de hambre va apareciendo progresivamente, a medida que descienden las reservas energéticas de nuestro cuerpo.

El hambre real está abierta a cualquier alimento que pongamos en el plato.

Puede esperar un poco a ser saciada (el conocido agujero en el estómago).

Nuestro organismo es sabio, nos advierte que debemos parar de comer: aparece sensación de saciedad.

Comer por necesidad física no suele llevar asociada ninguna emoción (en todo caso satisfacción).

El sentimiento de estar gordo genera en muchas personas inseguridad y complejos que afectan al desarrollo saludable de las mismas, generando angustia y llegando incluso a derivar en trastornos de la conducta alimentaria, con repercusiones psíquicas importantes.

Sin embargo, cuando hablamos del comer emocional no nos estamos refiriendo a imagen corporal, ni tan siquiera debe equipararse al concepto de obesidad (aunque sí que puede conllevar aumentos considerables de peso) sino que se utiliza como estilo de afrontamiento pasivo ante una serie de emociones que están teniendo lugar en nosotros (ira, ansiedad, tristeza, miedo,…) y/o de situaciones desagradables.

6 DESENCADENANTES DEL COMER EMOCIONALMENTE

1.- Sirve para evitar emociones desagradables.

El hambre emocional trata de camuflar la ansiedad o la tristeza derivados de eventos estresantes del día a día como pueden ser una discusión con tu pareja o problemas en el trabajo. Mientras comes estás distraído y puedes encontrarlo incluso calmante; sin embargo, ese alivio sólo dura mientras estás masticando, luego es bastante probable que reaparezcan dichas emociones latentes sumado a sentimientos de culpabilidad por el atiborramiento.

2.- Es un modo de acabar con el aburrimiento.

Cuando experimentamos una soledad incómoda o un aburrimiento difícil de tolerar la comida puede parecer la respuesta. Comer nos da “algo que hacer” y así permanecer en nuestra zona de confort.

3.- Mantiene la falta de conciencia de la conducta.

En el momento en el que se pierden las sensaciones físicas de saciedad o no somos conscientes del alimento en sí (sabor, textura, …) comer se convierte en una forma de calmarse. A mayores de ser un hábito, necesario para sobrevivir, puede que lo estemos utilizando como acto repetitivo que nos adormece para no estar presentes en nuestra realidad.

4.- Calma la urgencia fruto de tener que demorar algo que nos gusta.

Está tu pastel de chocolate preferido en la cocina y en lugar de poder retrasar el meterle bocado tu mente lo quiere y lo quiere ahora, urgentemente. Extrapolándolo a otras situaciones el comer emocional también nos serviría para “hacer tiempo” mientras demoramos otros estímulos gratificantes.

5.- Es más frecuente cuando estamos cansados (“quemados” concretando más).

En situaciones de burnout en el trabajo es posible que no estemos agotados físicamente pero sí cansados de concentrarnos y centrar nuestros recursos en una tarea desagradable. La comida puede parecer la respuesta en esos casos.

6.- Ante bajos niveles de reforzamiento o fuentes de placer.

En estos casos puede que la comida sea la forma más fácil de generar una experiencia placentera o de premiarte cuando tienes motivos de celebración.

Alimentos capaces de producir más serotonina y dopamina (sobre todo) son inconscientemente más consumidos cuando comemos emocionalmente ya que estimulan nuestras vías del placer (el chocolate, por ejemplo, suele vivenciarse como una verdadera adicción).

¿PUEDE AYUDAR EL ABORDAJE PSICOLÓGICO?

Superar la alimentación emocional puede ser un desafío difícil y constante ya que la comida está en todas partes y tienta con inmediato placer y alivio. No se puede practicar la abstinencia total de los alimentos, no obstante sí que está ampliamente corroborado que este tipo de abordaje (frente a las dietas, por ejemplo) ayuda a que se dejen de utilizar como herramienta de afrontamiento ante el malestar psicológico.

Conocer el desencadenante del impulso de comer es un paso importante para superar la alimentación emocional: quizás no estés seguro de si estás físicamente hambriento o por el contrario es una “necesidad” ante un evento que te está generando malestar. Hasta que vuelvas a aprender las señales físicas del hambre, preguntas como ¿qué tipo de alimento te apetece, más proteínico o por el contrario carbohidratos o dulces? pueden ayudarte. Acepta que no es necesario biológicamente hablando satisfacer ese impulso y que por el contrario, aunque a corto plazo produzca alivio, posteriormente puede afectar emocionalmente.

Usa la atención plena para estar en el momento presente (ese en el que irías corriendo a asaltar el frigorífico) e intenta observar y describir lo que te está sucediendo. ¿Cuál es la razón de tu malestar? ¿Qué pensamientos y sentimientos/emociones anteceden a la conducta?

Finalmente, habremos de trabajar sobre las causas subyacentes. El aprendizaje de un estilo de afrontamiento activo más efectivo conllevará una mejoría significativa sobre el hambre emocional, disminuirá esa necesidad imperiosa de comer por comer.

Algunos de los abordajes psicoterapéuticos que pueden ayudar son:

  • Aprendizaje de técnicas que nos ayuden a controlar la ansiedad para que no se produzcan atracones.
  • Estabilizar, en caso necesario, el estado de ánimo (depresión, tristeza).
  • Desarrollar incremento de habilidades sociales para revertir casos de aislamiento social que nos llevan a comer impulsivamente.
  • Crear una lista de actividades variadas y agradables que hacer cuando se come por aburrimiento e intentar poner en práctica alguna de ellas antes de empezar a comer.
  • Desarrollar técnicas de resolución de problemas.
  • Favorecer el autocontrol y la demora de la gratificación: el tolerar las emociones puede combinarse con actividades que no sean compatibles con comer, como darse una ducha por ejemplo.
  • Aumentar la autoestima, el autoconcepto y las expectativas de autoeficacia y logro (sentir que eres capaz de no utilizar la comida como solución).
  • Manejo de la culpa y la vergüenza derivados de los episodios de atiborramiento.

Comer cuando no estás físicamente hambriento puede ser tan frustrante como dañino para tu salud. A parte de encontrarte hinchado y molesto, suele aparecer una serie de sentimientos asociados como ansiedad por no haberlo podido controlar a pesar de tu determinación de no volver a hacerlo, culpa, vergüenza y depresión. En estos casos no es tan importante eliminar dicha conducta o seguir estrictas dietas, sino dedicar tiempo a escanearte y así poder detectar las causas subyacentes (normalmente emociones displacenteras) para finalmente poner en marcha un estilo de afrontamiento efectivo que revierta dicho malestar original.

Escrito por Maite Nieto

Fuentes: Psych Central, Jiménez, L. (2018). El cerebro obeso: Las claves para combatir la obesidad están en el cerebro.

Si te haces autosabotaje, puede tener origen en tu infancia

Los comportamientos que realizamos cada día han sido aprendidos en la infancia, por tanto, la manera en la que hemos sido tratados en esta etapa puede influir sobre muchas de las actitudes que contribuyen al autosabotaje provienen de una infancia tóxica. Lo que suele ocurrir, sin embargo, es que cuando no hemos tenido una infancia precisamente feliz, es habitual que se tienda a dejarla atrás y tratar de asumir un enfoque de “lo pasado pasado está”, ya que hemos sobrevivido, nos decimos, no nos centremos más en ello.

Pero estos comportamientos son frecuentemente inconscientes, y no es hasta que comenzamos un proceso de recuperación que no comenzamos a tomar conciencia de que es en esa etapa donde tienen su origen y por tanto para aprender a enfocar de otra manera las situaciones en las que actualmente nos comportamos de forma tóxica hacia nosotros mismos, al menos debemos atender a esa infancia dolorosa. El primer paso, es conocer los patrones que estamos teniendo.

Conociendo los patrones de autosabotaje:

1. Estás motivado por el miedo al fracaso

Los psicólogos Andrew Elliott y Todd Thrash propusieron una teoría psicológica sobre si para orientar nuestros objetivos nos motivamos por el enfoque o por la evitación. Cuando nos enfocamos a los objetivos, pensamos como podremos hacerlo, las formas en las que solucionar los posibles contratiempos, qué habilidades necesitaremos y una cierta ilusión a nivel emocional por el hecho de lograrlo. Por otro lado, cuando nos enfocamos desde la evitación, sólo pensar en el objetivo te llena de terror, y tienes la certeza de que vas a fracasar y terminarás haciendo el ridículo.

Foto extraída de medium.com
Foto extraída de medium.com

Es frecuente que las hijas que han tenido una madre muy crítica o muy exigente eludan los desafíos, ya que el precio a pagar por no conseguirlo es demasiado alto, de modo que es fácil transmitir el miedo al fracaso a los hijos. Además, los hijos de padres o madres narcisistas podrían temer la vergüenza asociada a no conseguirlo, aún conociendo que lograr el orgullo de sus padres tiene unas gratificaciones.

2. Constantemente te cuestionas a ti mismo

Si durante la infancia te dijeron que no eres lo suficientemente bueno, es habitual llegar a la edad adulta preguntándote si tu madre tenía razón, a pesar de haber conseguido algunos logros evidentes. Estos cuestionamientos constantes pueden llevar a patrones de rumia cognitiva; pensamientos repetitivos que pueden bloquearte, impedirte tomar decisiones y sentir mucho malestar. Se podría también relacionar con lo que se ha llamado “el síndrome del impostor”, una sensación persistente de que eres un fraude a punto de ser descubierto y de que los logros objetivos son sólo pura suerte y no un reflejo del esfuerzo que has invertido en ellos.

3. Siempre te autocriticas

Cuando las cosas van mal en tu vida, o te equivocas, ¿culpas siempre a tus defectos y debilidades? ¿Das importancia a hechos externos a ti que pueden influir sobre tus propios errores y situaciones negativas de tu vida? Un exceso de autocrítica hace que atribuyamos los fracasos exclusivamente a las propias imperfecciones, dejando claro que no eres lo suficientemente bueno para una relación, un trabajo, o cualquier otro logro positivo.

4. No confías en tus propias percepciones

A muchas hijas criadas por madres excesivamente críticas o narcisistas se les ha dicho muchas veces a lo largo de su vida que han entendido mal lo que se les dijo, que son demasiado sensibles o dramáticas. Cuando este ha sido un mensaje frecuente en la infancia, es probable que te creas en la vida adulta que es totalmente verdad. Es fácil que termines por cuestionar la propia percepción de la realidad, de los eventos ocurridos, de las explicaciones de los mismos y de cómo te sientes al respecto. Esto, desgraciadamente, alimenta comportamientos autodestructivos y de autosabotaje, además de contaminar el propio sentido de quién es uno mismo.

5. No usas tus sentimientos para informar de tus pensamientos

Muchos niños criados en hogares tóxicos, entierran sus sentimientos para sobrellevar las situaciones de abuso verbal. Se arman para no responder (ni sentir) a estos ataques, que hacen que parezca un entorno más seguro. En ocasiones, pueden llegar a la conclusión de que sentir es algo doloroso. Otros, por otra parte, se inundan de la emoción y no son capaces de enfrentarla. Con estos patrones en la infancia, en la edad adulta se mantendrán estas creencias, o dará lugar a la confusión de emociones, no saber distinguir entre enfado y miedo, vergüenza y dolor, u otra variedad de confusión emocional.

Con aprendizajes más sanos en la infancia, los sentimientos son muy valiosos para refinar estrategias de acción, comunicar deseos y necesidades, así como comprender las emociones expresadas por los otros.

6. No logras manejar las emociones

Cuando hemos tenido una madre emocionalmente distante o no disponible, o que simplemente no está interesada en responder emocionalmente a los hijos, da lugar a una falta de manejo emocional. Tener una madre sintonizada emocionalmente nos enseña a calmarnos a nosotros mismos, así como conectar con los demás en esos momentos. No ser capaz de manejar las emociones negativas también conduce a métodos de afrontamiento contraproducentes y que alimentan una mayor ansiedad.

Estrategias para abordar el autosabotaje

El primer paso necesario, como hemos estado describiendo hasta ahora es el reconocer los patrones de autosabotaje que nos están ocurriendo, frecuentemente de forma inconsciente. Para el conocimiento de ellos, además, es útil rastrear qué fuentes de origen en la infancia alimentan un comportamiento de este tipo. Después de esto, hay varios abordajes que se pueden realizar.

1. Hacer frente al miedo al fracaso

Concentrarse en reforzar la propia capacidad en lugar de mantener el enfoque hacia el posible fracaso puede ayudar a cambiar el habla interna sobre la manera en la que nos enfrentamos a los retos. Pensar en estos retos, y valorar de donde proviene el miedo a afrontarlos, seguido de un acto sistemático de poner en duda los argumentos sobre el peligro del fracaso, identificando cuánto de esto forma parte de un discurso tóxico y sobreaprendido. Esto es una manera de afrontar este miedo, aunque desgraciadamente, que desaparezca es poco probable, en un primer momento.

2. Detener la rumiación

Si te involucras profundamente en alguna tarea, es más fácil parar los pensamientos de duda y con formato rumiativo. Incluso el planificar lo que puedes hacer para buscar un objetivo puede lograr detener este patrón que tanto paraliza y daña. También es posible disminuir las preocupaciones sumergiéndonos más en ellas, pensando en lo peor que podría pasar e imaginando la catástrofe, en lugar de quedarnos sólo en los “y sis”. Incluso, dedicar un tiempo en la semana a concentrarse únicamente en estas preocupaciones puede ayudar.

3. Analiza la autocrítica

Cuando algo nos sale mal y emocionalmente nos sentimos sobrepasados y sólo podemos contarnos todo lo terribles que somos para explicar este error, podemos intentar parar este patrón y centrarnos en el análisis de qué salió mal para que finalmente no lográramos lo que nos habíamos propuesto. En un análisis más frío, quizá consigamos repartir responsabilidades entre nosotros, otras  personas, el contexto, el momento e incluso el azar. De esta forma, sólo somos un factor más en el error, lo cual es normalmente lo más acertado, además de menos doloroso.

4. Cuestiona la desconfianza de tus propias percepciones

Cuando comienzas a dudar de la manera en la que interpretas la realidad, enumera tres razones por las que dudar y tres por las que no dudar de lo que estás interpretando. En estas razones, busca cuánto de lo que te han dicho en tu familia está influyendo sobre las mismas. Una vez hecho esto, puede que descubras que las respuestas automáticas de auto-duda no son tan convincentes, además, nos impiden ver nuestras propias necesidades y capacidades correctamente.

5. Comienza a tratar tu reactividad

El esfuerzo para lograr esto, después de años de aprendizaje en el sentido inverso, ha de ser mucho y es complicado. De nuevo se trata de reconocer qué situaciones producen reacciones emocionales demasiado fuertes y aplicar técnicas que te sirvan para calmarte a ti mismo. Lucha con la sensación de inadecuación que te pueden producir situaciones incluso cotidianas. Planifica de qué forma puedes manejar tus respuestas sobreaprendidas antes de encontrarte en las situaciones.

Con estos abordajes, en resumen, puedes aprender a cuidarte y protegerte a ti mismo, sustituyendo lo que desgraciadamente tu madre no supo o no pudo hacer, y lograr aprender de un pasado doloroso en lugar de sólo sobrevivir y huir hacia adelante.

Adaptado y traducido de Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

El estrés agudo infantil aumenta la vulnerabilidad a la enfermedad

Los traumas o el estrés temprano en la vida pueden alterar el desarrollo normal. Estas deficiencias debilitan todos los aspectos del crecimiento físico, psicológico y social. De manera alarmante, el estrés temprano en la vida puede aumentar la vulnerabilidad del niño a la enfermedad a lo largo de toda su vida. La historia está repleta de eventos horribles cuyos protagonistas son niños. Estos eventos desafortunados han permitido a los investigadores cuantificar el aumento en la prevalencia de la enfermedad en esta población.

Recientemente, hemos visto en las noticias como la administración Trump puso en marcha una “política de tolerancia cero”. Como resultado de estas políticas, niños indocumentados se  enfrentan a condiciones terribles, como la separación de sus padres y el abuso en todos los niveles. Las consecuencias son que muchos de estos niños experimentan ataques de pánico, se hacen pis en la cama, ansiedad y otros problemas esperables. Lamentablemente, muchos de estos niños no se reunirán con sus padres.

Foto extraída de t13.cl
Foto extraída de t13.cl

La separación de un padre es una daño serio al desarrollo normal. El feto permanece físicamente unido a su madre a través del cordón umbilical. Si se corta el cordón umbilical, el embrión no puede obtener su nutrición y muere. A medida que el niño-a gana habilidades y sale al mundo, el apego físico se transforma en uno psicológico. De la misma manera, si se compromete el cordón psicológico, el alma del niño puede verse privada de una nutrición psicológica esencial. Por ejemplo, si un niño pierde a un padre, su riesgo de padecer depresión mayor a lo largo de su vida aumenta en un 50 por ciento.

La separación del entorno seguro a una edad temprana le enseña al niño una lección emocional inolvidable: “este mundo no puede ser confiable”, “las cosas malas seguirán sucediéndote y tú estás abocado sin remedio a la soledad y desesperanza”.

La privación materna es el peor castigo que cualquier niño puede tener. En estudios donde los monos rhesus pequeños fueron separados de sus madres, crecieron con un nivel elevado de las hormonas del estrés (de acuerdo con la ética de investigación practicada en los Estados Unidos, no se pueden hacer tales experimentos en seres humanos y el investigador debe pasar por un proceso extenso para justificar experimentos de separación materna en animales).

Se han informado resultados similares en niños que han sufrido abuso o separados de sus familias: tienen hormonas de estrés elevadas. Eso no es todo. La corteza frontal que permite la toma de decisiones, la regulación de las emociones y desactiva la impulsividad, se reduce.

Esta elevación en las hormonas del estrés está lejos de ser benigna. El término “enanismo de estrés”/ “enanismo psicológico” señala cómo puede ser el estrés letal durante estos años impresionables. Los niños que sufren de enanismo psicológico no alcanzan la altura media para su grupo de edad y la edad mental va a la zaga de su edad cronológica. En otras palabras, estos niños traumatizados o privados de la madre dejan de crecer mental y físicamente.

¿Por qué el estrés severo en la niñez estanca el crecimiento?

El hipotálamo controla la liberación de la hormona del crecimiento. Lo hace al equilibrar cuidadosamente la liberación de dos hormonas: una excitatoria y una inhibitoria. Bajo estrés, el hipotálamo se inclina hacia la inhibitoria, por lo que el niño no crece. En niños con enanismo de estrés, las hormonas de estrés circulantes excesivas (cortisol) disminuyen la liberación de la hormona del crecimiento y la respuesta del cuerpo a ella.

Estos niños también tienen problemas gastrointestinales. Su sistema digestivo no absorbe los nutrientes de sus intestinos. Esto también conduce a numerosos problemas de crecimiento. También tienen un riesgo mayor de por vida de Síndrome del Intestino Irritable (SII).

Las consecuencias del estrés infantil para las vulnerabilidades durante la edad adulta son numerosas: desde anormalidades cerebrales hasta el desarrollo de una enfermedad. El ACE (Experiencias infantiles adversas) recoge el número de experiencias adversas de la infancia y correlaciona el puntaje con varios riesgos. Una puntuación ACE más alto aumenta el riesgo de diabetes, condiciones cardiovasculares, asma, depresión, ansiedad y suicidio. ¡Esta puntuación está relacionado con siete de las diez principales causas de muerte! Socialmente, la puntuación se relaciona con el aumento de antecedentes penales, el embarazo adolescente y más días de enfermedad en el trabajo.

Las separaciones familiares forzadas están mutilando el cordón que une a estos niños con una posibilidad razonable de llegar a la adultez. El mundo impreso en sus mentes es un mundo vacío y sin emociones, un mundo donde nadie puede confiar y donde no tienen control sobre lo que les sucede. Las políticas tienen sus consecuencias a medio y largo plazo en las vidas de las personas.

Fuente: Psychology Today

Traducido y adaptado por María Rueda

Pinceladas sobre el suicidio

Las recientes muertes por suicidio de varias personalidades como la diseñadora Kate Spade, el chef Anthony Bourdain o la hermana de Máxima de Holanda, Inés Zorreguieta han despertado en los medios la búsqueda de una adecuada explicación a estos sucesos.

Lo cierto es que la misma idea del suicidio nos da miedo y nos intriga a partes iguales, y aunque siempre ha sido un tema complejo para el ser humano, para psiquiatras, psicólogos, sociólogos e incluso filósofos.

Y es que el suicidio no es un tema menor, con el ascenso de esta causa de muerte en los últimos años, se trata de explicar y prevenir, se ha comenzado a hablar de este tema en diversos ámbitos y se han puesto en marcha planes de prevención.

El doctor en psicología Joseph Franklin, trata de explicar en un artículo publicado en The Conversation cómo la investigación científica puede buscar factores de riesgo para detectar quién morirá por suicidio. La respuesta que propone en este artículo es del tipo de respuestas que no nos agradan. A día de hoy, no podemos saber quién morirá por suicidio. Lo cierto es que nos gusta pensar que existen relaciones lógicas para que alguien de suicide, por ejemplo, que las personas se suicidan porque están deprimidas. Pero sabemos que algunas personas se encuentran terriblemente deprimidas y no terminan por suicidarse.

De hecho, la mayoría de respuestas que podemos dar sobre temas de la naturaleza se deben a factores múltiples, y el suicidio es uno de ellos. De hecho, es tanto así que la capacidad predictiva de un análisis computacional es mayor que el que pueden hacer las personas dedicadas a estudiarlo.

En este algoritmo de podrían incluir factores relacionados con la salud mental, la salud física, medicación, factores sociodemográficos, o visitas al hospital, podrían influir factores como pérdidas, aflicciones, o también estresores relacionados con el empleo o la vivienda.

extraída de  eastonialeopards.com
extraída de eastonialeopards.com

Todos estos factores pueden ser relevantes para conocer el riesgo de que alguna persona fallezca por suicidio. De hecho, puede ser también importante que se replantee el modelo que tenemos sobre el suicidio. Actualmente, en muchas ocasiones sólo se tiene en cuenta el modelo de enfermedad para explicar una muerte por suicidio. Considerado así, el comportamiento suicida es únicamente parte de una enfermedad que es del individuo, y es responsabilidad suya curarse de esta enfermedad.

Planteado únicamente desde el modelo de enfermedad, se pasan por alto una serie de factores que son importantes también para el comportamiento suicida. No se puede obviar que existen factores personales relevantes para este tipo de conducta, pero también tienen su peso otros de tipo más sociocultural, como puede ser la pérdida de empleo, un desahucio, otras enfermedades físicas o consumo de sustancias. Es por esto, que puede ser necesario plantear un modelo de explicación sobre el suicidio de corte más sociocultural.

No obstante, el modo en que hablamos sobre el suicidio puede afectar a los que estén lidiando con problemas de cualquier tipo que les lleven a pensar sobre el suicidio, o familiares que han perdido a alguien por suicidio, afecte mucho sobre cómo se permiten tratar este tema, que a menudo acarrea además un gran estigma. Sin duda, alguien que finalmente muere por suicidio ha estado cargando con un gran sufrimiento durante largos periodos de tiempo. En ocasiones el dolor emocional es tan sobrecogedor que el suicidio puede parecer una opción.

Además, el propio estigma de pensar sobre el suicidio, e incluso del sufrimiento de un trastorno mental que contribuya a la muerte por suicidio, hace que sea difícil pedir ayuda, y además, ante la vergüenza de estos pensamientos, puede llevar al aislamiento social, que por sí mismo, también contribuirá a los pensamientos suicidas.

Hablar sobre el suicidio de forma respetuosa, sin culpabilizar a nadie,tratar de evitar expresiones como “cometer” suicidio (los asesinatos, y otros delitos, se cometen, el suicidio no) y usar la persona muere por suicidio en su lugar, puede hacer que los que están padeciendo problemas psicológicos relacionados se sientan menos estigmatizados.

Por último, si una persona cercana ha cometido suicidio, trata de considerar algunas de estas cosas para ti mismo:

  • Esta pérdida puede generar emociones intensas.
  • Puedes sufrir shock e incredulidad.
  • Los sentimientos de culpa son normales, pensando qué hubieras podido hacer, pero de ninguna manera el suicidio de alguien es tu culpa.
  • Date tiempo para el duelo, cada persona necesita su propio ritmo para ello.
  • Trata de encontrarte más habitualmente con tus amigos y familiares y busca apoyo en ellos.
  • Plantea escribir un diario sobre las emociones que estás pasando.
  • Busca grupos de apoyo.
  • Busca ayuda profesional, si lo crees necesario, un psicólogo puede ayudar a lidiar con las emociones intensas ante el suicidio de un ser querido.

Si estás lidiando con ideas suicidas, busca ayuda, lo que estás pasando puede mejorar:

  • Teléfono de la Esperanza: 717003717
  • Acude a tu médico o al servicio de Urgencias más cercano.

Fuentes: psychologytoday.com, theconversation.com
Escrito por Lara Pacheco Cuevas

La neurociencia y los infantes

Uno de los campos con mayor expansión en la actualidad es el de las Neurociencias, “rama científica que estudia la anatomía, la fisiología, la química o la biología molecular de los nervios y del tejido nervioso y especialmente su relación con su comportamiento y el aprendizaje” (Merriam-Webster, 2018).

El hecho de saber más sobre nosotros/as a nivel estructural y a nivel funcional nos lleva a poder plantear adaptaciones de prácticas como la Neuro-educación.

También otro campo donde podemos aplicar estos conocimientos es el de la práctica psicoterapéutica con las Terapias Neurocientíficas o terapias con una base Neurobiológica.

Además, podemos no sólo emplear estos trabajos en adultos sino también en infantes.

neurociencia y niños

Algunos conceptos a tener presente para el mejor crecimiento y el mejor desarrollo de los niños/as, son:

· La Etapa de la Impronta. Es en este período de tiempo comprendido entre el nacimiento y los seis/ siete años, cuando los pequeños/as son más sensibles a los estímulos.

Es una etapa crucial para el niño/a y su influencia puede marcar el curso de su vida como adulto. A nivel madurativo los niños/as están efectuando un gran número de cambios neurológicos en estas edades. Es el espacio temporal donde se asentan de forma profunda elementos como: los valores, el lenguaje, las creencias, las conductas, los hábitos, los miedos, las manías… (Sylva, 1997)

Esto se debe a otro concepto muy relevante que es el siguiente:

· La Neuro-plasticidad. Es la capacidad natural del cerebro humano de adaptarse o moldearse a sí mismo. Esta capacidad está muy presente en los infantes siendo un elemento que influye en su facilidad para producir nuevos aprendizajes. (Martínez y Moya, 2015).

Como consecuencia, al hacernos adultos podemos disponer de mayores o menores capacidades en función de la estimulación que hemos recibido. Y para ello vamos a hablar de:

· Las Ventanas de oportunidad: son períodos críticos donde el cerebro del infante está madurando para ser capaz de efectuar una serie de aprendizajes o incorporar de manera natural capacidades específicas. Si no recibe estimulación alguna en estos períodos, entonces se pierde esa oportunidad para poder desarrollarse (Siegel, 1999; Barragán, y Lozano, 2011). Aunque tenemos que decir, que existen estudios recientes donde se argumenta que algunas funciones las podríamos desarrollar de más mayores (Forés, Gamo, Guillén, Hernández, Ligioiz, Pardo, y Trinidad, 2015).

De esta manera como adultos tenemos que vigilar con algunas conductas y comportamientos delante de los infantes, por ejemplo: el tomar en consideración el lenguaje que usamos; que expresiones o palabras empleamos; con que términos nos referimos a nuestros hijos/as.

También debemos cuidar nuestros hábitos ya que ellos pueden configurar un modelo para cuando crezcan. Si nos ven enganchados a los móviles o a la pantalla del televisor, ellos/ellas también van a reproducir los mismos comportamientos.

Y finalmente, es bueno cuidar las experiencias que les aportamos. Los momentos de gritos, violencia, temores o ridiculizaciones pueden quedar almacenados en la memoria inconsciente y generar traumas o bloqueos futuros.

Tampoco es buena la idea opuesta de ejercer una sobre protección. Hay que encontrar un punto de equilibrio: que los infantes puedan expresar sus pensamientos y sus sentimientos dentro de un contexto de respeto, amor y seguridad.

Estos elementos van a ayudar a que crezcan con mayor equilibrio emocional. Las Neurociencias están de nuestra parte y sólo tenemos que usar sus últimos hallazgos.

Escrito por Oriol Lugo y Ana Farré: psicólogos e investigadores de la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Co-directores del OWL INSTITUTE. Institut Psicològic.

Bibliografía:

Barragán, P. E., & Lozano, S. S. (2011). Identificación temprana de trastornos del lenguaje. Revista Médica Clínica Las Condes, 22(2), 227-232.

Forés, A., Gamo, J. R., Guillén, J. C., Hernández, T., Ligioiz, M., Pardo, F., y Trinidad, C. (2015). Neuromitos en la educación. El aprendizaje desde la neurociencia. Barcelona: Plataforma Editorial.

Martínez, M., y Moya, L. (2015). Escucha tu cerebro. Barcelona: Plataforma Editorial.

Merriam-Webster (2018). Neuroscience. Medical Definition of Neuroscience. Reino Unido, GB: Merriam-Webster. Consultado el 4 de junio de 2018 en: https://www.merriam-webster.com/dictionary/neuroscience

Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind: Toward a Neurobiology of Interpersonal Experience. Nueva York, NY: Guildord Press.

Sylva, K., (1997). Critical periods in childhood learning. British Medical Bulletins, 53(1) 185-197

Savoring: Una Forma De Aumentar El Disfrute De Nuestras Experiencias

En la actualidad, podemos llegar a la conclusión de que no necesitamos grandes desembolsos de dinero para aumentar nuestras experiencias positivas y por consiguiente nuestra felicidad. En primer lugar definiremos a qué nos referimos con savoring; fruto del trabajo del psicólogo Fred Bryant junto con Joseph Veroff surgió el concepto de enfocar nuestra atención en lo bueno de nuestro día a día, lo cual incluye aumentar el disfrute de las experiencias positivas presentes así como prever las posibles del futuro y recordar las ya pasadas.

Cada vez son más las técnicas que desde la Psicología Positiva se están desarrollando para el aumento del disfrute o de la felicidad, de forma más general. Podrían ser las cartas, diario y visita de gratitud de Seligman y Lyubomirsky, el portafolio de emociones positivas o de positividad que recomienda Barbara Fredrickson, la práctica de la atención plena en actividades cotidianas o Mindfulness de Jon Kabat Zinn; además de otras como el altruismo o voluntariado (tal y como defiende Michael I. Norton en esta charla TED a favor del gasto prosocial del dinero que podrían aportar esa sensación subjetiva de bienestar y felicidad.

Todas estas técnicas conllevan procedimientos por lo general sencillos. En este post nos centraremos en el “savoring” o “saboreo” del momento presente (también intentaremos presentar la diferencia tan sutil como importante que existe con el mindfulness; muy en boga en los últimos tiempos como técnica de tercera generación).

Sus investigaciones han demostrado que “saborear” puede mejorar nuestra salud disminuyendo la ansiedad, las rumiaciones, la culpa y la vergüenza a la vez que aumenta la felicidad y el optimismo (Bryant, 1989; 2003).

Hasta aquí parece fácil. Sin embargo, en la práctica el ser humano tiende a experimentar todo lo contrario: nos centramos o solemos recordar con más facilidad aquellos eventos negativos (pensamientos, emociones e interacciones sociales desagradables) que los neutros o positivos; esto es conocido como “sesgo de negatividad”, bautizado así por Paul Rozin y Edward Royzman.

Analizamos nuestras vivencias inconscientemente en busca de amenazas (como coletazo heredado de nuestros ancestros, a los cuales les servía como estrategia de lucha o huida en pos de su supervivencia). Sin embargo, en el mundo actual  de cambio continuo el sesgo de negatividad puede mantenernos en alerta constante y por tanto no ser tan efectivo como antaño. Llena nuestras mentes con miedo y ansiedad, mermando nuestra salud con preocupaciones crónicas y una visión oscura y premonitoria del mundo.

Incluso ante la presencia de problemas, la práctica del savoring nos permite ensalzar los aspectos gratificantes de nuestras circunstancias aumentando así el refuerzo positivo recibido (y sus correspondientes repercusiones deseables en el estado de ánimo). También alivia el estrés y rompe la negatividad a favor de “ampliar y construir” emociones positivas.

Mindfulness y savoring: Parecidos razonables

Gozarlo saboreando una onza de chocolate o quedarse absortos en la tranquilidad que produce contemplar una puesta de sol pueden confundirse con ejercicios de atención plena o Mindfulness; sin embargo queremos profundizar en por qué serían ejemplos de savoring.

Se debe a que “saborear” consiste en el acto deliberado de tratar de mejorar lo positivo y así prolongar en el tiempo una buena experiencia. Se necesitaría del Mindfulness como antesala, para estar totalmente atentos a nuestros sentidos (vista, olfato, oído, etc), pero la atención no está abierta a todo tipo de estímulos internos y externos, sino más restringida al afecto positivo; ese es el parecido básico que en muchas ocasiones puede conllevar a error y a la no diferenciación entre una y otra técnica.

Por otro lado, la atención plena consiste en fijarse con plenitud en las cosas que estamos vivenciando, sea bueno, malo o neutral, sin juzgar. Centrados en el aquí y ahora. No se trata, por tanto, de mantener lo agradable o de crearlo. El mantenimiento de lo positivo es donde el savoring entra en juego; luego, un concepto más específico.

Y ahora, ¡a ponerlo en práctica!

Para evidenciar de una forma más clara la diferenciación teórica que hicimos entre ambas anteriormente proponemos un ejercicio práctico. El escenario desde el que partimos es el mismo: estás sentado en la naturaleza, mirando una puesta de sol.

Imagen extraída de Brasileira Curiosa (en Pinterest)
Imagen extraída de Brasileira Curiosa (en Pinterest)

Atención plena o Mindfulness: observa la naturaleza. Debes estar atento a tus sentidos, a los sentimientos y pensamientos que van apareciendo en ti mientras estás ahí sentado, así como a todos los detalles de la escena en ese mismo momento. Puedes sentir tranquilidad o tal vez comienzas a encontrarte algo tenso y muy pendiente de tus sensaciones endógenas. Permite que todo lo que está sucediendo siga ahí, obsérvalo, sin juzgar o hacer atribuciones. Procura no quedarte “atrapado” en ningún detalle en concreto, contempla la totalidad, tanto interior como exterior. Cualquier otra sensación que puedas ir añadiendo al conjunto hará que consigas la plenitud de tu atención.

Savoring: fíjate en la misma escena (puesta de sol).

Sumérgete en su belleza: los sonidos, los detalles que capta tu vista, algún olor agradable que percibas. Ahora fíjate en algún detalle en particular que te resulta positivo, algo que te haga sentir bien. Puede ser la amplia gama cromática de las hojas de los árboles si estás en otoño, el sonido de un río de fondo si lo hubiere o de cómo esos últimos rayos de sol del ocaso calientan tu piel. Abstráete en los detalles. Ahora procura observar cualquier sentimiento positivo que se genere en tu interior y disfrútalo en su totalidad mientras que saboreas los detalles del entorno. No pierdas de vista esa emoción positiva, “guárdala a fuego” en tu memoria y disfruta con lo que bien que te sienta. Si ese sentimiento se desvanece la experiencia de “saboreo” no ha terminado ahí, puedes centrarte en otra particularidad de la escena y seguir analizando los correspondientes sentimientos positivos que produce en ti.

Además y para finalizar, Seligman menciona cinco técnicas que aconsejaban Bryant y Veroff para favorecer el disfrute o savoring:

  • Comparte la experiencia con otras personas significativas y cuéntales lo mucho que se disfruta con el momento.
  • Guarda recuerdos de la experiencia, ya sea con imágenes mentales, fotografías o detalles físicos.
  • Autoelógiate por lo bien que lo estás haciendo, sin miedo a caer en el orgullo.
  • Agudiza tus sentidos para centrarte en unos detalles en lugar de en otros, no es posible abarcarlo todo porque la atención se difumina y disminuye el nivel de conciencia.
  • Ensimísmate para no pensar y solo sentir, dejando que la actividad te envuelva y te haga fluir.

Escrito por Maite Nieto Parejo

Bibliografía

Bryant, F. B. (1989). A four‐factor model of perceived control: Avoiding, coping, obtaining, and savoring. Journal of personality, 57(4), 773-797.

Bryant, F. B. (2003). Savoring Beliefs Inventory (SBI): A scale for measuring beliefs about savouring. Journal of mental health, 12(2), 175-196.

Bryant, F. B., & Veroff, J. (2007). Savoring: A new model of positive experiences

https://gerryvelasco.wordpress.com/2016/05/27/saboreo-disfrutando-la-felicidad/

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/what-matters-most/201602/being-positive-it-s-not-mindfulness-it-s-savoring

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/your-personal-renaissance/201805/simple-way-overcome-negativity

¿Por qué no puedo sobreponerme a una infancia dolorosa?

Como terapeuta cognitivo-conductual, siempre intento centrar el tratamiento psicológico en los problemas que están apareciendo en el presente en la vida de las personas que acuden a nuestro centro. Sin embargo, en muchas ocasiones simplemente aparecen pensamientos, emociones o recuerdos que tienen que ver con momentos muy anteriores en la vida, habitualmente referentes a la infancia, durante el manejo de las emociones en la actualidad. Además, es frecuente que las personas que han tenido una infancia difícil lo vivan como si debieran haberlo superado ya, como si fuera inapropiado el mantener algunas reacciones o emociones de esas épocas de su vida, ya que hace mucho tiempo de eso. Lo cierto es que el tiempo no es el factor determinante para que algunas cosas nos afecten menos. La forma en la que vivimos nuestra infancia es algo determinante para muy diferentes aspectos de nosotros mismos, y en el caso de haber vivido situaciones de abuso físico, psicológico o negligencia, en grados mayores o menores puede afectar de forma importante a la salud psicológica.

Extraída de https://blogs.extension.iastate.edu/scienceofparenting/
Extraída de https://blogs.extension.iastate.edu/scienceofparenting/

Personalidad

Nuestra personalidad es la forma, relativamente consistente, en la que actuamos, sentimos y pensamos sobre nuestro entorno. La forma de relacionarnos con los otros se desarrolla en el núcleo familiar, de modo que la calidad de las relaciones en nuestra familia de origen es un predictor significativo de cómo nos relacionamos actualmente. Además, unas experiencias más negativas en la familia de origen se relaciona significativamente con el rasgo de neuroticismo, el cual implica una vivencia más intensa de emociones negativas y que además lleva también a unas relaciones interpersonales más pobres. De esta forma, las experiencias tempranas influyen sobre nuestra personalidad, lo que se mantendrá aproximadamente a lo largo de nuestra vida.

Patrones sobreaprendidos

Cuantas más veces realizamos un comportamiento, más se establece y la tendencia a repetirlo es mayor. Por ejemplo, si en la infancia era fácil que se nos pusiera en ridículo ante cualquier error, lo que tenderemos a hacer es ocultar a toda costa los mismos. Ya siendo adultos, se tratará de luchar excesivamente contra la sensación de vergüenza, incluso si no es pertinente en este momento. Puede que un un amigo nos resalte algún error y la respuesta defensiva sea demasiado intensa en nosotros.

Cambiar hábitos que han estado presentes toda la vida es muy complicado, requiere mucho tiempo y atención. E incluso, una vez que se ha modificado este patrón sobreaprendido, es posible que en las situaciones de crisis se reactive esta forma de sentir o pensar.

Falta de conciencia

Puede que al reaccionar de determinadas maneras durante las situaciones emocionales, asumamos que esta reacción se determina por la situación. No es fácil tener en cuenta que unas determinadas circunstancias en la infancia, harán que valoremos los sucesos de nuestra vida teñidos por ellas. De hecho, cuando tiene que ver con esas vivencias tempranas, posiblemente en nuestra respuesta actual no tendremos conciencia de poder responder de otra forma.

Es posible que incluso tendamos a evaluar lo que nos ocurrió en estas etapas tempranas desde el prisma de la edad adulta. Por ejemplo, si el vivir situaciones de agresividad en la infancia nos resultaba terrorífico, es posible que desde nuestra perspectiva de adultos sea algo normalizado y pensemos que la reacción era exagerada.

Identidad

La creación de un autoconcepto sólido se da a través de las relaciones significativas que vivimos en la infancia. Tener unas figuras de referencia con las que las interacciones son predecibles y positivas ayuda a la creación de una idea estable y sólida de quién somos.

Cuando tenemos una baja claridad de autoconcepto, parece que las investigaciones apuntan a que tendremos mayor probabilidad de sufrir una depresión, o que sea más grave, así como mayor soledad y estrés. En términos generales, un autoconcepto poco claro va en detrimento de nuestra salud mental.

Cambios cerebrales

Desde hace ya varios años, se conoce que ambientes poco enriquecidos literalmente conforman nuestro cerebro de forma distinta. Las adversidades en la infancia modelan también áreas como el hipocampo, la amígdala y zonas del cerebro que intervienen en la regulación emocional.

Visto desde este punto de vista, es normal que sea muy complicado no responder acorde a lo que hemos vivido en la infancia. Afortunadamente, hemos de recordar que posteriormente también se puede seguir modelando el cerebro a través de experiencias opuestas para dejar atrás estas formas de respuesta poco sanas.

Creencias fundamentales

Las creencias fundamentales dan lugar a un estilo de pensamiento rápido, automático y sesgado que nos ayuda a interpretar el mundo que nos rodea. Cuando estas creencias fundamentales se han iniciado en un entorno hostil o de escasa atención en la infancia, dará lugar a pensamientos automáticos relacionados con la poca valía propia y además sesgará nuestra atención hacia corroborar estos pensamientos. Ya que las creencias fundamentales nos guían a la hora de codificar los eventos que vivimos, es lógico que se mantengan con una similar intensidad en la edad adulta, a menos que tomemos conciencia de ello y busquemos otra forma de pensarlo.

Memorias no procesadas

Cuando hemos vivido una infancia difícil, es habitual que existan también eventos traumáticos difíciles de procesar. Ante este tipo de vivencias, se trata de evitar recordarlas, tratamos de enterrarlas y olvidar que estos eventos han ocurrido. Sin embargo, es posible que los recuerdos aparezcan de forma intrusiva y despierten respuestas de pánico y condicionen como nos vemos a nosotros mismos y al mundo.

Este tipo de memorias se parecen al estrés post traumático que sufren los soldados que vuelven de un entorno de guerra, y pueden ser dañinas con la misma intensidad muchos años después de haber sufrido el evento traumático.

¿Cómo se llega al cambio?

Teniendo en cuenta todos los factores que hemos estado comentando, puede parecer que el cambio, que lograr que desaparezcan estas respuestas poco útiles en el presente, será extremadamente complicado. Y es cierto que no es un camino sencillo el sobreponerse a una infancia difícil, motivo por el cual hemos de ser más indulgentes con nosotros mismos y tratar estas reacciones con cariño y compasión.

Después, sólo el hecho de observar con curiosidad de donde provienen las reacciones, y darnos cuenta de que es una reacción a algo que nos ha ocurrido en el pasado y que ya no está presente es un paso que en muchas ocasiones puede dar lugar al cambio. Negar la influencia que el pasado tiene sobre nuestras acciones, pensamientos y sentimientos actuales solo nos impide aprender sobre ello.

Un equilibrio entre vivir anclados en lo que nos ocurrió y enterrarlo sin pensar jamás en ello será lo más efectivo para lograr que nos influya más desde el autoconocimiento y el crecimiento que desde las reacciones descontroladas y sólo emoción. Desde luego, el revisitar experiencias del pasado puede ser muy doloroso en ocasiones, así que no dudes en hablar con un psicólogo que pueda proporcionarte el espacio seguro para hacerlo.

Fuente Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

 

¿Diferencia o normalidad? Depende del ojo con el que se mire

Poseemos el lenguaje, esa herramienta tan útil de la que dispone el ser humano. A través de él podemos comunicarnos, describir todo lo que nos rodea… para eso muchas veces utilizamos números. ¡Todo lo medimos, todo es cuantificable!

La temperatura que hace en la calle en grados centígrados, cuánto medimos en metros incluso la cantidad de colesterol en sangre en milimoles (mmol) por litro, y al igual con otros muchos niveles físico-médicos: la fiebre, la presión arterial, etc…

En el ámbito biomédico, en ocasiones sobrepasar un determinado nivel conlleva consecuencias irreversibles como la muerte. Si nos quedamos con el ejemplo del colesterol, existe un nivel tope a partir del cual se considera que puede tener efectos perjudiciales para nuestra salud. Si lo sobrepasamos aumentan las probabilidades de infartos de miocardio, por ejemplo pero… ¿siempre? o ¿depende de la persona? ¿”Depende del ojo con que se mire”? En este caso, aunque se trata de un aspecto crítico de la función fisiológica humana el superar en 1 o 5 el límite aconsejable entendemos que no tiene una repercusión directa, inminente y letal (como sí ocurre con otros niveles como el nivel de glucosa en sangre).

MEDICIONES CUANTITATIVAS EN EL ÁMBITO DE LA SALUD MENTAL

Poner un número a una cualidad o constructo psicológico ya se hace más complicado. No existe una inteligencia de 100, funciona bien la atención entre 35 y 65 o se padece una depresión de 29: no existe la objetividad.

Sin embargo, y para podernos comunicar interprofesionalmente (¡nuevamente el lenguaje!) se han creado una serie de medidas arbitrarias que hacen que constructos tan abstractos puedan ser manejados más fácilmente. Esas mediciones (obtenidas a través de cuestionarios y autoinformes creados para tal efecto) construyen a su vez un continuo, constituyendo lo conocido como la diferencia entre “normalidad” y lo que no es normal. La mayoría de constructos en psicología se distribuyen según la curva de distribución normal o de Gauss, puntuaciones obtenidas de estudios de poblaciones representativas de lo que queremos medir (¡ni siquiera de todos y cada uno de los seres humanos que poseen ese constructo! por lo que lleva inherente una cantidad de error).

Entre unos límites determinados, normalmente la media de ese constructo obtenida en una determinada población más-menos una desviación típica es lo considerado normal, mientras a partir de esos límites se considera que esa persona “es anormal” en dicho ámbito.

¿SE PUEDE DEFINIR OBJETIVAMENTE LA ENFERMEDAD MENTAL?

Foto extraída de lamenteesmaravillosa.com
Foto extraída de lamenteesmaravillosa.com

Los psiquiatras y psicólogos, para determinar la “normalidad”, primero redactan una serie de criterios diagnósticos, a partir de los cuales se define prototípicamente un trastorno X.

El prototipo de ese trastorno representa el ejemplo “ideal”, el número de requisitos mínimos que han de cumplirse para que ese sujeto cruce la fina línea existente entre la normalidad y poseer un trastorno psicológico.

¿Pero es dicho prototipo realmente representativo de lo que en la práctica clínica se considera disfuncional o que ocasiona malestar significativo para la persona?

Encontramos casos en los que el sujeto no se encuentra disconforme con esa desviación de la norma (y a su vez no genera malestar a nadie) por lo que se repite el “depende el ojo con el que se mire”.

Por ejemplo, existen personas a las que especialmente les gusta la soledad, se muestran emocionalmente fríos, prefieren trabajos en los que no es necesario cooperar en equipo y tienen aficiones bastante individuales; su día a día discurre con normalidad. Con sistemas diagnósticos en mano como el DSM-5, ¿esta persona tendría un trastorno de personalidad esquizoide? Pues tal vez… pero teniendo en cuenta que no siempre genera malestar subjetivo, NO (no tenga este trastorno, ni ningún otro).

Además, en la mayoría de los trastornos en el ámbito de la salud mental podemos trabajar con la severidad de la manifestación sintomatológica, pero aún se desconocen sus bases biológicas.

Es aquí donde se embrolla el definir quién es normal y quién se desvía de la norma. Para ello los profesionales de la salud mental cuentan con “la Biblia de la Salud Mental”: el DSM o Manual diagnóstico estadístico de los trastornos mentales. Aquí se recogen una serie de criterios definitorios necesarios; los cumples: tienes un trastorno, ya no eres normal. No los cumples (aunque, generen algo de malestar en el sujeto) eres normal.

De todo esto se deriva, y volviendo al uso del lenguaje, que un trastorno conlleva una etiqueta, y en último término que esta propicia una estigmatización del paciente identificado.

Esta postura se ha radicalizado con la publicación del manual de diagnóstico más reciente de la Asociación Americana de Psiquiatría, el DSM-5. Con su lista de nuevos trastornos psiquiátricos y al haber disminuido el número de criterios necesarios para el cumplimiento de otros, algunos críticos consideran que el DSM-5 representa la necesidad de justificar el exceso de tratamiento de las personas que no están realmente enfermas, especialmente con medicamentos (si existen intereses económicos de las farmacéuticas de por medio o no es algo que nos podríamos plantear, pero que preferimos dejar para futuros debates).

Asimismo se está produciendo una proliferación de trastornos mediante “el regalo de etiquetas” (que ni siquiera aparecen en los sistemas diagnósticos, por lo que carecen de fundamentación empírica) por parte de una minoría de profesionales, como síndrome de Blancanieves, depresión postvacacional, trastorno de dolor amor y un largo etcétera.

El otro punto de vista por antonomasia es que dentro de ese continuum algunos defienden que se está patologizando la normalidad; o como argumenta el filósofo Jonathan Sholl: “tanto la salud como la enfermedad son normales, reflejando distintas regularidades y modos de vida. La enfermedad no es antinatural ni indica la ausencia de normas: se trata de tener normas diferentes”. O incluso lo que otros definen como anormal no es más que la manifestación extrema de ciertos rasgos de personalidad que forman parte del abanico de la variabilidad interpersonal o formas de adaptabilidad a un entorno no favorecedor de la salud mental.

Como conclusión, de todo esto se puede extraer que, el constante aumento de la patologización en el ámbito de la salud no se está haciendo constructivamente, sino desde el prisma del “etiquetaje” y el estigma. No se está viendo reflejado en la creación o puesta en marcha de medidas interventivas ni del acercamiento a la población de los recursos terapéuticos necesarios.

Escrito por Maite Nieto
Fuentes: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales: DSM-5. Editorial médica panamericana, 2014.

Pértegas Díaz, S., & Pita Fernández, S. (2001). La distribución normal. Cad Aten Primaria, 8, 268-274.

https://lamenteesmaravillosa.com/esquizofrenia-paranoide-definicion-causas-tratamiento/

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/denying-the-grave/201805/is-different-the-new-normal-0

 

¿Qué hacer con una mente demasiado ansiosa?

Nuestras percepciones, evaluaciones, juicios y expectativas se desarrollan con el tiempo en función de nuestra fisiología, historia y experiencias. En ocasiones nos gustaría dejar de pensar en algo. Otras dejar de preocuparnos por cualquier cosa o de tener pensamientos que tenemos o son extremadamente negativos. Algunas veces tenemos pensamientos acelerados y no podemos reducir su velocidad. Estos pensamientos pueden provocar inquietud, implacabilidad e intensos sentimientos de preocupación, miedo, desilusión y frustración.

El nivel de charla de nuestra mente varía de persona a persona. Debido a lo incómodo que es, a menudo se lucha para deshacerse de los pensamientos y sentimientos o buscamos que nunca hayan existido. Esta lucha perpetúa un ciclo de la mente y para algunos, este ciclo mental puede ser agotador, doloroso y frustrante. Puede ser complicado tener autocompasión cuando todo ese “ruido” está emergiendo y nos hace cuestionarnos, defendernos y desear evitarnos a nosotros mismos.

Probablemente nos digamos o los demás nos digan que “paremos” de tener estos pensamientos y sentimientos. Se espera que esto se logre recitando “afirmaciones positivas“, “pensando en algo agradable o positivo” o “pensando en otra cosa”. Pronto nos daremos cuenta de que no hay un método factible para “deshacerse” de los pensamientos y sentimientos, más bien se pueden hacer esfuerzos para disminuir la intensidad de la angustia a fin de que la vida se pueda vivir de manera más significativa.

La mente hace lo que hace. Hay variación en cuanto a la charla que tienen nuestras mentes. También existe variabilidad en cuanto a qué tan negativo es nuestro pensamiento de forma innata. Es importante validar y verbalizar que la forma en que pensamos y sentimos está bien e intrínsecamente bien. Además, hay una diferencia entre pensar sobre algo y actuar. Así como saber que no estamos completamente definidos por los pensamientos y sentimientos.

En lugar de estar obligados a aceptar los pensamientos y sentimientos como hechos, podemos aprender a observarlos, evaluarlos y responder a ellos de manera consciente y atenta. Aprender cómo funciona nuestra mente puede hacer que se reduzca la autocrítica y la vergüenza que se aumente la autocompasión y actuar en nombre de nuestro mejor yo.

extraída de quaysnews.es
extraída de quaysnews.es

Para conocer mejor tu mente, considera lo siguiente:

La mente se aferra a las formas formativas de pensar, sentir y afrontar más habituales 

Preguntamos a las personas “cuántos años” tiene un pensamiento o sentimiento, generalmente es antiguo y se remonta a la infancia; especialmente cuando hay mucha intensidad asociada. El pensamiento y/o sentimiento pueden ser familiares, cómodos y a lo que la persona está acostumbrada. Estos pensamientos, sentimientos y mecanismos de adaptación pueden haber sido extremadamente útiles en la infancia, pero a veces no se adaptan al desarrollo de la persona a medida que madura hasta la edad adulta. Pregúntate a ti mismo qué pensamientos, sentimientos y mecanismos de afrontamiento mantienes y en la actualidad te funcionan de forma efectiva.

Observa esos pensamientos y sentimientos “antiguos”

Observa los patrones consistentes y si pertenecen al conjunto presente de circunstancias. Evalúa por ti mismo si estás retrocediendo en estos patrones más antiguos o si las circunstancias naturalmente evocarán ese conjunto de pensamientos y sentimientos. Además, evalúa si tiendes a caer en esas formas típicas de reaccionar y actuar en nombre de esos pensamientos y sentimientos. Vuelve a evaluar si eso es, de hecho, la forma en que deseas actuar. Puede que no tengas control sobre nuestros pensamientos y sentimientos, pero actualmente podemos tomar decisiones diferentes sobre nuestro comportamiento. Pregúntate si estás siguiendo y perpetuando ciertos patrones y cómo te sirven hoy.

Reconoce a qué creencias centrales pertenecen esos pensamientos y sentimientos

 ¿Son eficaces? ¿hay falta de amor? ¿desesperanza? ¿Tienden a chocar uno contra otro? ¿Se mantienen consistentes o cambian según la circunstancia? Pregúntate cuáles son tus creencias fundamentales y cuál es su utilidad y variabilidad en el presente. 

En el continuo, las personas ansiosas son más propensas a tener un gran nivel de habla interna. Tienden a estar inundados con ansiedad anticipada (antes), ansiedad en el momento (durante) y ansiedad post-evento (después).

Pregúntate si tiendes a tener una mente comunicativa y si estás inundado de ansiedad antes, durante o después de los acontecimientos.

La mente es implacable en protegernos. Nos proporciona seguridad en todo momento, incluso cuando no está necesariamente garantizada. Esta seguridad incluye protección contra el rechazo, el dolor, la decepción, etc. ¡Agradece que tu mente lo intenta! El “qué pasaría si” tiene un propósito. Por ejemplo, si no pensamos “Voy a suspender la prueba”, es posible que no se nos pida que estudiemos. Las dificultades aparecen cuando el pensamiento de “voy a fallar” se vuelve omnipresente y tiene impacto en la autoconfianza y la capacidad de una persona para estudiar y concentrarse efectivamente en el material. Quizá tu mente es excesivamente sobreprotectora y a veces se interpone en el camino de hacer lo que quiere hacer.

De acuerdo con el mecanismo de protección de nuestra mente, somos naturalmente negativos. La atención plena y las prácticas meditativas facilitan el esfuerzo de estar en el momento presente y reeducar nuestra mente para ser flexibles y abiertos a otras posibilidades. Se llama “flexibilidad psicológica”. Podemos preguntarnos ¿De qué otra manera verlo? ¿Existen otras posibilidades? Esto ayuda a abrir y expandir la mente. Pregúntate si tiendes a ver las cosas a través de una lente negativa y aprovecha la oportunidad para ser flexible y expandir su pensamiento.

No creas todo lo que piensas

Ten cuidado al aceptar los pensamientos como hechos. Observa los pensamientos, e intenta mostrar curiosidad acerca de ellos, observa tus juicios y pregunta ¿de qué otra manera pueden considerarse las cosas? Si solo es un pensamiento, intenta desafiarlo. Si es un hecho, entonces fíjalo, acéptalo, resuelve el problema a través de él, mientras te sientes compasivo con los pensamientos y sentimientos que surgen. Pregúntate si instantáneamente aceptas los pensamientos como hechos y si estás dispuesto a evaluar y trabajar a través de ellos sin importar las circunstancias.

Se nos enseña a ser felices

“Arreglar lo que está roto”, “deshacernos de los malos sentimientos y aferrarnos sólo a los buenos”, y “lo que pensamos o sentimos refleja lo que somos”. Con todo esto, se nos hace difícil ESTAR BIEN, porque rara vez todo esto encaja. Parte de nuestra humanidad intrínseca es la aceptación de todo lo que somos y se nos presenta, incluidos los pensamientos y sentimientos más cómodos y los menos cómodos. Siempre me refiero a esto de esta manera: nunca sugiero lo bueno y lo malo. Eso conlleva que si tenemos malos pensamientos somos malos y si tenemos buenos pensamientos somos buenos. Si este fuera el caso, nuestra condición humana dictaría que todos somos malos porque constantemente se evocan pensamientos negativos y menos cómodos. Pregúntate si te juzgas a tí mismo y a los demás como “bueno” o “malo” y si intentas deshacerte rápidamente de los pensamientos y sentimientos negativos y menos cómodos.

Todos nos esforzamos por ser aceptados y buscados y queremos creer que no somos la causa del dolor o la incomodidad de otra persona. Debido a esto, a veces somos hipervigilantes del temor que tenemos. Ahí radica por qué nos confundimos y tenemos pensamientos y sentimientos contradictorios sobre nuestro “egoísmo” y nuestra necesidad de “autoconservación”. Cuando nos percibimos como “egoístas”, nos experimentamos a nosotros mismos como seres mezquinos y egocéntricos. A veces será bueno aceptar que tenemos que tomar decisiones que se basan en nuestras propias necesidades en aras de la autopreservación, a pesar de que pueda hacer que alguien se sienta incómodo o tenga un impacto negativo. La clave está en si en nuestra toma de decisiones realmente reflexionamos sobre el impacto en los demás y lo tomamos en consideración. Pregúntate si te juzgas a sí mismo por tener en cuenta tus necesidades y si te tomas el tiempo para reflexionar sobre el impacto que tiene en otros en el proceso.

Acepta, aprecia y enorgullécete de todo lo que eres. La parte de nosotros en que aceptamos nuestra propia “humanidad” nos permite apreciar la “humanidad” de los demás, incluidos sus pensamientos, sentimientos, percepciones y juicios. Acércate al mundo con curiosidad y flexibilidad, te abrirá nuevas experiencias y posibilidades para facilitar el crecimiento personal y la autosatisfacción.

Fuente psychcentral.com

Escrito por Lara Pacheco Cuevas