La neurociencia y los infantes

Uno de los campos con mayor expansión en la actualidad es el de las Neurociencias, “rama científica que estudia la anatomía, la fisiología, la química o la biología molecular de los nervios y del tejido nervioso y especialmente su relación con su comportamiento y el aprendizaje” (Merriam-Webster, 2018).

El hecho de saber más sobre nosotros/as a nivel estructural y a nivel funcional nos lleva a poder plantear adaptaciones de prácticas como la Neuro-educación.

También otro campo donde podemos aplicar estos conocimientos es el de la práctica psicoterapéutica con las Terapias Neurocientíficas o terapias con una base Neurobiológica.

Además, podemos no sólo emplear estos trabajos en adultos sino también en infantes.

neurociencia y niños

Algunos conceptos a tener presente para el mejor crecimiento y el mejor desarrollo de los niños/as, son:

· La Etapa de la Impronta. Es en este período de tiempo comprendido entre el nacimiento y los seis/ siete años, cuando los pequeños/as son más sensibles a los estímulos.

Es una etapa crucial para el niño/a y su influencia puede marcar el curso de su vida como adulto. A nivel madurativo los niños/as están efectuando un gran número de cambios neurológicos en estas edades. Es el espacio temporal donde se asentan de forma profunda elementos como: los valores, el lenguaje, las creencias, las conductas, los hábitos, los miedos, las manías… (Sylva, 1997)

Esto se debe a otro concepto muy relevante que es el siguiente:

· La Neuro-plasticidad. Es la capacidad natural del cerebro humano de adaptarse o moldearse a sí mismo. Esta capacidad está muy presente en los infantes siendo un elemento que influye en su facilidad para producir nuevos aprendizajes. (Martínez y Moya, 2015).

Como consecuencia, al hacernos adultos podemos disponer de mayores o menores capacidades en función de la estimulación que hemos recibido. Y para ello vamos a hablar de:

· Las Ventanas de oportunidad: son períodos críticos donde el cerebro del infante está madurando para ser capaz de efectuar una serie de aprendizajes o incorporar de manera natural capacidades específicas. Si no recibe estimulación alguna en estos períodos, entonces se pierde esa oportunidad para poder desarrollarse (Siegel, 1999; Barragán, y Lozano, 2011). Aunque tenemos que decir, que existen estudios recientes donde se argumenta que algunas funciones las podríamos desarrollar de más mayores (Forés, Gamo, Guillén, Hernández, Ligioiz, Pardo, y Trinidad, 2015).

De esta manera como adultos tenemos que vigilar con algunas conductas y comportamientos delante de los infantes, por ejemplo: el tomar en consideración el lenguaje que usamos; que expresiones o palabras empleamos; con que términos nos referimos a nuestros hijos/as.

También debemos cuidar nuestros hábitos ya que ellos pueden configurar un modelo para cuando crezcan. Si nos ven enganchados a los móviles o a la pantalla del televisor, ellos/ellas también van a reproducir los mismos comportamientos.

Y finalmente, es bueno cuidar las experiencias que les aportamos. Los momentos de gritos, violencia, temores o ridiculizaciones pueden quedar almacenados en la memoria inconsciente y generar traumas o bloqueos futuros.

Tampoco es buena la idea opuesta de ejercer una sobre protección. Hay que encontrar un punto de equilibrio: que los infantes puedan expresar sus pensamientos y sus sentimientos dentro de un contexto de respeto, amor y seguridad.

Estos elementos van a ayudar a que crezcan con mayor equilibrio emocional. Las Neurociencias están de nuestra parte y sólo tenemos que usar sus últimos hallazgos.

Escrito por Oriol Lugo y Ana Farré: psicólogos e investigadores de la Universidad Ramón Llull de Barcelona. Co-directores del OWL INSTITUTE. Institut Psicològic.

Bibliografía:

Barragán, P. E., & Lozano, S. S. (2011). Identificación temprana de trastornos del lenguaje. Revista Médica Clínica Las Condes, 22(2), 227-232.

Forés, A., Gamo, J. R., Guillén, J. C., Hernández, T., Ligioiz, M., Pardo, F., y Trinidad, C. (2015). Neuromitos en la educación. El aprendizaje desde la neurociencia. Barcelona: Plataforma Editorial.

Martínez, M., y Moya, L. (2015). Escucha tu cerebro. Barcelona: Plataforma Editorial.

Merriam-Webster (2018). Neuroscience. Medical Definition of Neuroscience. Reino Unido, GB: Merriam-Webster. Consultado el 4 de junio de 2018 en: https://www.merriam-webster.com/dictionary/neuroscience

Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind: Toward a Neurobiology of Interpersonal Experience. Nueva York, NY: Guildord Press.

Sylva, K., (1997). Critical periods in childhood learning. British Medical Bulletins, 53(1) 185-197

Por qué los niños deben pasar tiempo “desenchufados”

Todos los padres y madres quieren que sus hijos sean felices y les vaya bien. Sin embargo, con demasiada frecuencia nos hacen creer que la mejor manera de garantizar eso es agregar más de todo a la vida de nuestros hijos: más estudios, más extraescolares, más idiomas… Eso lo convierte en una vida familiar llena de tensiones y mucha presión para todos. Las familias se sienten atrapadas entre los horarios de actividades; añadido a esto, no debemos olvidar la presión que los chicos y chicas reciben de las redes sociales para ser “perfectos”. El doctor Mark Bertin, autor de varios libros sobre desarrollo, señala que los padres no deben presionar tanto para asegurar el bienestar de su familia.

Foto extraída de: gidahatti.com
Foto extraída de: gidahatti.com

Lo que los niños necesitan para prosperar es mucho más claro o sencillo de lo que se siente hoy en día y aprender cómo se desarrollan los niños hace que la vida sea más fácil para los padres y sus hijos. Para empezar, los niños de hoy no requieren más que los niños hace generaciones; hogares estables y afectuosos, la oportunidad de poner a prueba los límites que establecemos y el apoyo de los adultos mientras descubren su propia capacidad para superar los desafíos.

También necesitan jugar, y no solo a través de las pantallas. Según la Academia Americana de Pediatría, el juego tradicional es “esencial para el bienestar cognitivo, físico, social y emocional de los niños y los jóvenes”. Los niños necesitan juego no estructurado y “desenchufado” de pantallas para crecer de manera que puedan desarrollarse óptimamente.

En particular, las habilidades de autorregulación basadas en las funciones ejecutivas, como la capacidad de demorar la gratificación, planificar con anticipación y controlar los impulsos, son elementos fundamentales de la resiliencia. Estas habilidades le permiten a un niño no solo tener éxito en circunstancias normales, sino también recuperarse de la adversidad. En un estudio del grupo de Moffitt, de la Universidad de Chicago, observaron que la capacidad de autorregulación en la niñez temprana se correlacionan con medidas posteriores de logro y bienestar, incluyendo mejores resultados académicos en secundaria, mayor probabilidad de graduarse a tiempo, menos probabilidad de obesidad en la vida adulta, entre otras. A diferencia del juego libre, los videojuegos dependen de la imaginación del creador del juego (no del niño) y promueven un tipo de atención que cambia rápidamente, lo que dificulta que los niños se centren en el mundo real.

Eso no significa que no permitamos a nuestros hijos e hijas jugar a videojuegos. Sin embargo, el juego saludable se parece mucho a cuando se trata de comer bien; un enfoque equilibrado de la “nutrición cerebral” requiere un estilo de vida que combine todo tipo de actividades mentalmente atractivas. No poidemos hacer que un niño disfrute de algo específico, pero podemos fomentar una variedad sensata de actividades.
La vida no es predecible, así que en lugar de aspirar a perfeccionar y controlar todo, preparemos a los niños para el éxito mediante la construcción de su resiliencia. Afortunadamente, el punto de partida para esa capacidad de recuperación es un juego de niños.

¿Por qué es tan difícil mantener a los niños alejados de las pantallas?

Mientras que los padres entienden que a sus hijos les iría mejor sin tanto tiempo de pantalla, no siempre es fácil llevarlo a la acción. Las pantallas se han convertido en una parte omnipresente de la vida moderna.
Las estadísticas señalan que los adolescentes invierten a diario nueve horas con pantallas, al igual que sus padres. Esta obsesión con nuestras pantallas está asociado a un sueño más pobre, peores resultados académicos, problemas de comportamiento y estado de ánimo.

¿Por qué es tan difícil reducir el uso de pantallas? Si los adultos tenemos dificultades para controlar su uso, sin duda un niño o adolescente -cuyas habilidades de autogestión son, por definición, inmaduras hasta los 20 años- también lo harán. Si bien el uso de tecnología saludable e intencional es correcto, no podemos esperar que los niños administren el uso de las pantallas de manera segura sin recibir primero orientación de un adulto. Al igual que para aprender a conducir un coche, los niños necesitan instrucciones sobre cómo usar estos dispositivos, en lugar de dejarles que los usen tal cual.

Para ayudar a nuestros hijos, primero debemos fijarnos en nuestro uso y así ser un modelo de comportamiento saludable con las pantallas. En una encuesta realizada en 2014 en Reino Unido, casi el setenta por ciento de los niños sintieron que sus padres están demasiado ocupados con sus dispositivos electrónicos, lo que sugiere que a veces somos parte del problema. Reconocer si habitualmente encendemos un dispositivo cuando estamos aburridos o cansados puede ayudar a romper ese hábito a medida que desarrollamos otras formas de lidiar con estos desagradables estados emocionales. Los niños inconscientemente reflejan el comportamiento de sus padres de innumerables maneras, por lo que si queremos reducir el tiempo que usan sus pantallas, ese cambio comienza con nosotros.

Nosotros marcamos nuestras prioridades y nuestros hijos también aprenden a priorizar. Si deseas que tu hijo busque tiempo de juego sin pantallas, entonces búscalo tú mismo. Si quieres que tu hijo lea, debe verte leyendo un libro, no una pantalla. Apaga la televisión y sal al aire libre, visita museos, queda con amigos, esto aumentará tu propio bienestar y será modelo de comportamiento saludable para tus hijos.
Si a nuestros hijos aún les resulta difícil dejar de lado sus pantallas, entonces debemos volver a comprender el desarrollo del cerebro. La mayoría de los niños requieren más que un modelado, necesitan aprender los límites claros establecidos por los padres sobre cuánto uso de la pantalla, cuándo y qué tipo de contenido es apropiado. Hasta que los niños demuestren su propia capacidad para manejar bien la tecnología, los padres deben supervisar el uso de la pantalla de esta manera. De hecho, un control parental fuerte del tiempo frente a la pantalla se correlaciona por sí mismo con mejores resultados académicos, sociales e incluso físicos en los niños.

Todos los padres modernos deben lidiar con el simple hecho de que criar hijos saludables en el mundo moderno requiere la supervisión del tiempo con pantallas. Aunque puede ser difícil cambiar los hábitos, cualquier cosa que hagamos para establecer una forma de vida más saludable vale la pena.

Fuente: Greater Good Magazine (Science Center at UC Berkeley)

Traducido y adaptado por María Rueda

Savoring: Una Forma De Aumentar El Disfrute De Nuestras Experiencias

En la actualidad, podemos llegar a la conclusión de que no necesitamos grandes desembolsos de dinero para aumentar nuestras experiencias positivas y por consiguiente nuestra felicidad. En primer lugar definiremos a qué nos referimos con savoring; fruto del trabajo del psicólogo Fred Bryant junto con Joseph Veroff surgió el concepto de enfocar nuestra atención en lo bueno de nuestro día a día, lo cual incluye aumentar el disfrute de las experiencias positivas presentes así como prever las posibles del futuro y recordar las ya pasadas.

Cada vez son más las técnicas que desde la Psicología Positiva se están desarrollando para el aumento del disfrute o de la felicidad, de forma más general. Podrían ser las cartas, diario y visita de gratitud de Seligman y Lyubomirsky, el portafolio de emociones positivas o de positividad que recomienda Barbara Fredrickson, la práctica de la atención plena en actividades cotidianas o Mindfulness de Jon Kabat Zinn; además de otras como el altruismo o voluntariado (tal y como defiende Michael I. Norton en esta charla TED a favor del gasto prosocial del dinero que podrían aportar esa sensación subjetiva de bienestar y felicidad.

Todas estas técnicas conllevan procedimientos por lo general sencillos. En este post nos centraremos en el “savoring” o “saboreo” del momento presente (también intentaremos presentar la diferencia tan sutil como importante que existe con el mindfulness; muy en boga en los últimos tiempos como técnica de tercera generación).

Sus investigaciones han demostrado que “saborear” puede mejorar nuestra salud disminuyendo la ansiedad, las rumiaciones, la culpa y la vergüenza a la vez que aumenta la felicidad y el optimismo (Bryant, 1989; 2003).

Hasta aquí parece fácil. Sin embargo, en la práctica el ser humano tiende a experimentar todo lo contrario: nos centramos o solemos recordar con más facilidad aquellos eventos negativos (pensamientos, emociones e interacciones sociales desagradables) que los neutros o positivos; esto es conocido como “sesgo de negatividad”, bautizado así por Paul Rozin y Edward Royzman.

Analizamos nuestras vivencias inconscientemente en busca de amenazas (como coletazo heredado de nuestros ancestros, a los cuales les servía como estrategia de lucha o huida en pos de su supervivencia). Sin embargo, en el mundo actual  de cambio continuo el sesgo de negatividad puede mantenernos en alerta constante y por tanto no ser tan efectivo como antaño. Llena nuestras mentes con miedo y ansiedad, mermando nuestra salud con preocupaciones crónicas y una visión oscura y premonitoria del mundo.

Incluso ante la presencia de problemas, la práctica del savoring nos permite ensalzar los aspectos gratificantes de nuestras circunstancias aumentando así el refuerzo positivo recibido (y sus correspondientes repercusiones deseables en el estado de ánimo). También alivia el estrés y rompe la negatividad a favor de “ampliar y construir” emociones positivas.

Mindfulness y savoring: Parecidos razonables

Gozarlo saboreando una onza de chocolate o quedarse absortos en la tranquilidad que produce contemplar una puesta de sol pueden confundirse con ejercicios de atención plena o Mindfulness; sin embargo queremos profundizar en por qué serían ejemplos de savoring.

Se debe a que “saborear” consiste en el acto deliberado de tratar de mejorar lo positivo y así prolongar en el tiempo una buena experiencia. Se necesitaría del Mindfulness como antesala, para estar totalmente atentos a nuestros sentidos (vista, olfato, oído, etc), pero la atención no está abierta a todo tipo de estímulos internos y externos, sino más restringida al afecto positivo; ese es el parecido básico que en muchas ocasiones puede conllevar a error y a la no diferenciación entre una y otra técnica.

Por otro lado, la atención plena consiste en fijarse con plenitud en las cosas que estamos vivenciando, sea bueno, malo o neutral, sin juzgar. Centrados en el aquí y ahora. No se trata, por tanto, de mantener lo agradable o de crearlo. El mantenimiento de lo positivo es donde el savoring entra en juego; luego, un concepto más específico.

Y ahora, ¡a ponerlo en práctica!

Para evidenciar de una forma más clara la diferenciación teórica que hicimos entre ambas anteriormente proponemos un ejercicio práctico. El escenario desde el que partimos es el mismo: estás sentado en la naturaleza, mirando una puesta de sol.

Imagen extraída de Brasileira Curiosa (en Pinterest)
Imagen extraída de Brasileira Curiosa (en Pinterest)

Atención plena o Mindfulness: observa la naturaleza. Debes estar atento a tus sentidos, a los sentimientos y pensamientos que van apareciendo en ti mientras estás ahí sentado, así como a todos los detalles de la escena en ese mismo momento. Puedes sentir tranquilidad o tal vez comienzas a encontrarte algo tenso y muy pendiente de tus sensaciones endógenas. Permite que todo lo que está sucediendo siga ahí, obsérvalo, sin juzgar o hacer atribuciones. Procura no quedarte “atrapado” en ningún detalle en concreto, contempla la totalidad, tanto interior como exterior. Cualquier otra sensación que puedas ir añadiendo al conjunto hará que consigas la plenitud de tu atención.

Savoring: fíjate en la misma escena (puesta de sol).

Sumérgete en su belleza: los sonidos, los detalles que capta tu vista, algún olor agradable que percibas. Ahora fíjate en algún detalle en particular que te resulta positivo, algo que te haga sentir bien. Puede ser la amplia gama cromática de las hojas de los árboles si estás en otoño, el sonido de un río de fondo si lo hubiere o de cómo esos últimos rayos de sol del ocaso calientan tu piel. Abstráete en los detalles. Ahora procura observar cualquier sentimiento positivo que se genere en tu interior y disfrútalo en su totalidad mientras que saboreas los detalles del entorno. No pierdas de vista esa emoción positiva, “guárdala a fuego” en tu memoria y disfruta con lo que bien que te sienta. Si ese sentimiento se desvanece la experiencia de “saboreo” no ha terminado ahí, puedes centrarte en otra particularidad de la escena y seguir analizando los correspondientes sentimientos positivos que produce en ti.

Además y para finalizar, Seligman menciona cinco técnicas que aconsejaban Bryant y Veroff para favorecer el disfrute o savoring:

  • Comparte la experiencia con otras personas significativas y cuéntales lo mucho que se disfruta con el momento.
  • Guarda recuerdos de la experiencia, ya sea con imágenes mentales, fotografías o detalles físicos.
  • Autoelógiate por lo bien que lo estás haciendo, sin miedo a caer en el orgullo.
  • Agudiza tus sentidos para centrarte en unos detalles en lugar de en otros, no es posible abarcarlo todo porque la atención se difumina y disminuye el nivel de conciencia.
  • Ensimísmate para no pensar y solo sentir, dejando que la actividad te envuelva y te haga fluir.

Escrito por Maite Nieto Parejo

Bibliografía

Bryant, F. B. (1989). A four‐factor model of perceived control: Avoiding, coping, obtaining, and savoring. Journal of personality, 57(4), 773-797.

Bryant, F. B. (2003). Savoring Beliefs Inventory (SBI): A scale for measuring beliefs about savouring. Journal of mental health, 12(2), 175-196.

Bryant, F. B., & Veroff, J. (2007). Savoring: A new model of positive experiences

https://gerryvelasco.wordpress.com/2016/05/27/saboreo-disfrutando-la-felicidad/

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/what-matters-most/201602/being-positive-it-s-not-mindfulness-it-s-savoring

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/your-personal-renaissance/201805/simple-way-overcome-negativity

Cómo cultivar la confianza en uno mismo

 

Fotografía extraída de https://www.iebschool.com
Fotografía extraída de https://www.iebschool.com

Qué difícil es a veces creer en uno mismo. Uno de los valores fundamentales para garantizar una buena autoestima y relacionado con una mayor probabilidad de éxito en los proyectos que nos proponemos, confiar en uno mismo puede ser un camino arduo en una sociedad hiperexigente que demanda siempre de sus ciudadanos el máximo de su potencial, donde la vulnerabilidad, el error y tomarse un tiempo para recapacitar parece incompatible con el éxito en las metas personales.

Confiar en ti mismo significa tener la seguridad de que tus proyectos, tus retos e intereses tendrán un desempeño adecuado en muy diversas situaciones. Creer en tus propias capacidades. Es una cualidad que opera en los tres sistemas de respuesta (en nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras acciones), íntimamente con la inteligencia emocional y tiene que ver tanto con la capacidad de movernos seguros en un entorno conocido junto con la capacidad de arriesgarse y asumir retos nuevos y hacerlos nuestros.  Dicha confianza puede verse reforzada y reafirmada en función de las acciones y del éxito que emane de ellas. Es decir, que permite mayor seguridad a la hora de hacer las cosas pero que ese mismo éxito repercute en nuestra confianza. Por eso es tan importante en entrenarnos en confianza, no cejar en el intento e intentarlo una y muchas veces, para desarrollar tan deseada virtud.

Diversos estudios han demostrado variables que pueden influir en todo ello. Entre ellos, adoptar una pose de superhéroe (que ya nos hicimos eco en un post anterior), donde asumir e imitar una postura de atrevimiento y seguridad antes de hacer una tarea puede influenciarnos muy positivamente en su realización. De otro, una menor confianza en uno mismo se ha relacionado con unos padres rígidos y perfeccionistas, dispuestos a recordar lo que no se ha hecho y hacer énfasis más en el error que en éxito, pues las cosas sólo se hacen de una única forma (y no promueven la flexibilidad). La confianza en uno mismo está relacionada con la libertad y la independencia al hacer las cosas, el dejar probar a una persona y experimentar a través de sus intentos y de sus fallos. El demostrarle pese a todo, que él o ella puede, que no lee quitas el afecto después de un error, demuestras lo orgullos@ que estás hacia él/ella, que le recuerdas que ya lo ha hecho antes y que le incentivas la curiosidad y las ganas de hacerlo muchas veces. Estas ideas sí que promueven la confianza en uno mismo.

 Por la importancia que supone para todos nosotros, volver a reconectar con tus pequeños éxitos diarios puede estar la clave para desarrollar y entrenar nuestra auto-confianza. El sintonizar con todas las cosas buenas que hacemos cada día y que nos hacen sentir muy bien. Y con todo, otros sencillos consejos para ayudarnos en la confianza:

  1. No te sientas seguro todo el tiempo. Aunque parezca contraintuitivo, el no estar pendiente a cada momento de nuestra propia seguridad permite relajarnos y cometer errores. Siempre habrá una nueva oportunidad para cambiar lo que hemos hecho mal y los errores se ven dentro de un camino hecho para progresar. Nos permite también adoptar y cultivar una perspectiva humilde ante la vida; la duda como garantía para progresar y aprender.
  2. Muestra compasión por tu self futuro. Las personas seguras de sí mismas intentan planificarse su tiempo y saben que el momento perfecto para hacer las cosas es el presente, no el futuro. No procastinan sus quehaceres. De esta manera no sólo están cuidándose en este momento, también en el futuro, donde no se reservan miles de tareas sin hacer que se han ido posponiendo a lo largo del tiempo.
  3. Sé capaz de autoevaluarse de manera realista y comprensiva. Las personas seguras de sí mismas no se encargan de multitud de proyectos por esa misma seguridad. Tienen muy claro sus límites y paran si saben que eso compromete su rendimiento y calidad. Esto les permite activar mecanismos de auto – cuidado cuando detectan sobrecarga o sufrimiento excesivo. El reconocer estas dos variables fomenta y entrena nuestra motivación y autocontrol, y permite asumir proyectos realizables y realistas.
  4. Reetiqueta tus fallos. Cambiar una palabra (“fracaso” por “oportunidad”, por “alternativa”, por “expectativa”) es harto difícil pero permite no centrarnos tanto en lo que salió mal y más en las alternativas para solucionar un problema concreto. En efecto, no se detienen tanto en la amenaza y no paran hasta moverse de una situación fallida a otra mucho mejor, donde lo anterior no se repite.
  5. Conoce tus puntos fuertes. Todos sabemos lo complicado que resulta no pensar en los fallos y centrarnos en las cosas que sí que salieron bien. Ahí están, y nos dan una perspectiva de nuestras habilidades, de todas esas ideas, intuiciones y reflexiones que contribuyeron a llevar una situación al éxito. Recoge todos esos comentarios de la gente positivos que te ayudaron a crecer. Fíate de tus propios gustos, recuerda cada tarea que comenzaste y que pareció como si no te despegaras de ella hasta que no la viste terminada. Las personas seguras de sí mismas la introducen en su propia ecuación para afrontar las cosas, y en efecto, las sacan su máximo partido.
  6. No asumas que los demás lo saben hacer mejor que tú. Una persona segura de sí misma no ve el éxito de los demás como una amenaza, sino más bien como modelos para saber la forma y el momento de hacer bien las cosas. Se centran en el éxito de los demás para aprender de ello y poder aplicarlo por sí mismo. Asumen que todo lo que han visto en las acciones de los demás pueden conseguirlo por sí mismos, y encuentran la forma de comenzar a hacerlo.
  7. Recuerda tus metas y valores. Las personas de sí mismas tienen claro sus objetivos y metas, sabiendo que todos los obstáculos y los socavones en el camino son parte de un bien mayor. Su perseverancia, motivación y entusiasmo vienen justificados en la medida en que ven posibles sus metas realizables, no perdiéndolas de vista y manteniendo su trayectoria en todo momento.

Como todo, se basa sencillamente en intentarlo, en darte aliento, en recordarte un poquito cada día que puedes hacerlo y que tendrás muchas ocasiones para perfeccionar tus talentos y mejorar en tus puntos flacos. Seguro que todxs podemos intentarlo y sentirnos un poquito mejor con lo que hacemos y reflejamos en nuestro espejo.

Escrito por David Blanco Castañeda.

Fuentes: Huffington Post, Psych Central, Diario El País.

¿Por qué no puedo sobreponerme a una infancia dolorosa?

Como terapeuta cognitivo-conductual, siempre intento centrar el tratamiento psicológico en los problemas que están apareciendo en el presente en la vida de las personas que acuden a nuestro centro. Sin embargo, en muchas ocasiones simplemente aparecen pensamientos, emociones o recuerdos que tienen que ver con momentos muy anteriores en la vida, habitualmente referentes a la infancia, durante el manejo de las emociones en la actualidad. Además, es frecuente que las personas que han tenido una infancia difícil lo vivan como si debieran haberlo superado ya, como si fuera inapropiado el mantener algunas reacciones o emociones de esas épocas de su vida, ya que hace mucho tiempo de eso. Lo cierto es que el tiempo no es el factor determinante para que algunas cosas nos afecten menos. La forma en la que vivimos nuestra infancia es algo determinante para muy diferentes aspectos de nosotros mismos, y en el caso de haber vivido situaciones de abuso físico, psicológico o negligencia, en grados mayores o menores puede afectar de forma importante a la salud psicológica.

Extraída de https://blogs.extension.iastate.edu/scienceofparenting/
Extraída de https://blogs.extension.iastate.edu/scienceofparenting/

Personalidad

Nuestra personalidad es la forma, relativamente consistente, en la que actuamos, sentimos y pensamos sobre nuestro entorno. La forma de relacionarnos con los otros se desarrolla en el núcleo familiar, de modo que la calidad de las relaciones en nuestra familia de origen es un predictor significativo de cómo nos relacionamos actualmente. Además, unas experiencias más negativas en la familia de origen se relaciona significativamente con el rasgo de neuroticismo, el cual implica una vivencia más intensa de emociones negativas y que además lleva también a unas relaciones interpersonales más pobres. De esta forma, las experiencias tempranas influyen sobre nuestra personalidad, lo que se mantendrá aproximadamente a lo largo de nuestra vida.

Patrones sobreaprendidos

Cuantas más veces realizamos un comportamiento, más se establece y la tendencia a repetirlo es mayor. Por ejemplo, si en la infancia era fácil que se nos pusiera en ridículo ante cualquier error, lo que tenderemos a hacer es ocultar a toda costa los mismos. Ya siendo adultos, se tratará de luchar excesivamente contra la sensación de vergüenza, incluso si no es pertinente en este momento. Puede que un un amigo nos resalte algún error y la respuesta defensiva sea demasiado intensa en nosotros.

Cambiar hábitos que han estado presentes toda la vida es muy complicado, requiere mucho tiempo y atención. E incluso, una vez que se ha modificado este patrón sobreaprendido, es posible que en las situaciones de crisis se reactive esta forma de sentir o pensar.

Falta de conciencia

Puede que al reaccionar de determinadas maneras durante las situaciones emocionales, asumamos que esta reacción se determina por la situación. No es fácil tener en cuenta que unas determinadas circunstancias en la infancia, harán que valoremos los sucesos de nuestra vida teñidos por ellas. De hecho, cuando tiene que ver con esas vivencias tempranas, posiblemente en nuestra respuesta actual no tendremos conciencia de poder responder de otra forma.

Es posible que incluso tendamos a evaluar lo que nos ocurrió en estas etapas tempranas desde el prisma de la edad adulta. Por ejemplo, si el vivir situaciones de agresividad en la infancia nos resultaba terrorífico, es posible que desde nuestra perspectiva de adultos sea algo normalizado y pensemos que la reacción era exagerada.

Identidad

La creación de un autoconcepto sólido se da a través de las relaciones significativas que vivimos en la infancia. Tener unas figuras de referencia con las que las interacciones son predecibles y positivas ayuda a la creación de una idea estable y sólida de quién somos.

Cuando tenemos una baja claridad de autoconcepto, parece que las investigaciones apuntan a que tendremos mayor probabilidad de sufrir una depresión, o que sea más grave, así como mayor soledad y estrés. En términos generales, un autoconcepto poco claro va en detrimento de nuestra salud mental.

Cambios cerebrales

Desde hace ya varios años, se conoce que ambientes poco enriquecidos literalmente conforman nuestro cerebro de forma distinta. Las adversidades en la infancia modelan también áreas como el hipocampo, la amígdala y zonas del cerebro que intervienen en la regulación emocional.

Visto desde este punto de vista, es normal que sea muy complicado no responder acorde a lo que hemos vivido en la infancia. Afortunadamente, hemos de recordar que posteriormente también se puede seguir modelando el cerebro a través de experiencias opuestas para dejar atrás estas formas de respuesta poco sanas.

Creencias fundamentales

Las creencias fundamentales dan lugar a un estilo de pensamiento rápido, automático y sesgado que nos ayuda a interpretar el mundo que nos rodea. Cuando estas creencias fundamentales se han iniciado en un entorno hostil o de escasa atención en la infancia, dará lugar a pensamientos automáticos relacionados con la poca valía propia y además sesgará nuestra atención hacia corroborar estos pensamientos. Ya que las creencias fundamentales nos guían a la hora de codificar los eventos que vivimos, es lógico que se mantengan con una similar intensidad en la edad adulta, a menos que tomemos conciencia de ello y busquemos otra forma de pensarlo.

Memorias no procesadas

Cuando hemos vivido una infancia difícil, es habitual que existan también eventos traumáticos difíciles de procesar. Ante este tipo de vivencias, se trata de evitar recordarlas, tratamos de enterrarlas y olvidar que estos eventos han ocurrido. Sin embargo, es posible que los recuerdos aparezcan de forma intrusiva y despierten respuestas de pánico y condicionen como nos vemos a nosotros mismos y al mundo.

Este tipo de memorias se parecen al estrés post traumático que sufren los soldados que vuelven de un entorno de guerra, y pueden ser dañinas con la misma intensidad muchos años después de haber sufrido el evento traumático.

¿Cómo se llega al cambio?

Teniendo en cuenta todos los factores que hemos estado comentando, puede parecer que el cambio, que lograr que desaparezcan estas respuestas poco útiles en el presente, será extremadamente complicado. Y es cierto que no es un camino sencillo el sobreponerse a una infancia difícil, motivo por el cual hemos de ser más indulgentes con nosotros mismos y tratar estas reacciones con cariño y compasión.

Después, sólo el hecho de observar con curiosidad de donde provienen las reacciones, y darnos cuenta de que es una reacción a algo que nos ha ocurrido en el pasado y que ya no está presente es un paso que en muchas ocasiones puede dar lugar al cambio. Negar la influencia que el pasado tiene sobre nuestras acciones, pensamientos y sentimientos actuales solo nos impide aprender sobre ello.

Un equilibrio entre vivir anclados en lo que nos ocurrió y enterrarlo sin pensar jamás en ello será lo más efectivo para lograr que nos influya más desde el autoconocimiento y el crecimiento que desde las reacciones descontroladas y sólo emoción. Desde luego, el revisitar experiencias del pasado puede ser muy doloroso en ocasiones, así que no dudes en hablar con un psicólogo que pueda proporcionarte el espacio seguro para hacerlo.

Fuente Psychology Today

Escrito por Lara Pacheco Cuevas

 

¿Diferencia o normalidad? Depende del ojo con el que se mire

Poseemos el lenguaje, esa herramienta tan útil de la que dispone el ser humano. A través de él podemos comunicarnos, describir todo lo que nos rodea… para eso muchas veces utilizamos números. ¡Todo lo medimos, todo es cuantificable!

La temperatura que hace en la calle en grados centígrados, cuánto medimos en metros incluso la cantidad de colesterol en sangre en milimoles (mmol) por litro, y al igual con otros muchos niveles físico-médicos: la fiebre, la presión arterial, etc…

En el ámbito biomédico, en ocasiones sobrepasar un determinado nivel conlleva consecuencias irreversibles como la muerte. Si nos quedamos con el ejemplo del colesterol, existe un nivel tope a partir del cual se considera que puede tener efectos perjudiciales para nuestra salud. Si lo sobrepasamos aumentan las probabilidades de infartos de miocardio, por ejemplo pero… ¿siempre? o ¿depende de la persona? ¿”Depende del ojo con que se mire”? En este caso, aunque se trata de un aspecto crítico de la función fisiológica humana el superar en 1 o 5 el límite aconsejable entendemos que no tiene una repercusión directa, inminente y letal (como sí ocurre con otros niveles como el nivel de glucosa en sangre).

MEDICIONES CUANTITATIVAS EN EL ÁMBITO DE LA SALUD MENTAL

Poner un número a una cualidad o constructo psicológico ya se hace más complicado. No existe una inteligencia de 100, funciona bien la atención entre 35 y 65 o se padece una depresión de 29: no existe la objetividad.

Sin embargo, y para podernos comunicar interprofesionalmente (¡nuevamente el lenguaje!) se han creado una serie de medidas arbitrarias que hacen que constructos tan abstractos puedan ser manejados más fácilmente. Esas mediciones (obtenidas a través de cuestionarios y autoinformes creados para tal efecto) construyen a su vez un continuo, constituyendo lo conocido como la diferencia entre “normalidad” y lo que no es normal. La mayoría de constructos en psicología se distribuyen según la curva de distribución normal o de Gauss, puntuaciones obtenidas de estudios de poblaciones representativas de lo que queremos medir (¡ni siquiera de todos y cada uno de los seres humanos que poseen ese constructo! por lo que lleva inherente una cantidad de error).

Entre unos límites determinados, normalmente la media de ese constructo obtenida en una determinada población más-menos una desviación típica es lo considerado normal, mientras a partir de esos límites se considera que esa persona “es anormal” en dicho ámbito.

¿SE PUEDE DEFINIR OBJETIVAMENTE LA ENFERMEDAD MENTAL?

Foto extraída de lamenteesmaravillosa.com
Foto extraída de lamenteesmaravillosa.com

Los psiquiatras y psicólogos, para determinar la “normalidad”, primero redactan una serie de criterios diagnósticos, a partir de los cuales se define prototípicamente un trastorno X.

El prototipo de ese trastorno representa el ejemplo “ideal”, el número de requisitos mínimos que han de cumplirse para que ese sujeto cruce la fina línea existente entre la normalidad y poseer un trastorno psicológico.

¿Pero es dicho prototipo realmente representativo de lo que en la práctica clínica se considera disfuncional o que ocasiona malestar significativo para la persona?

Encontramos casos en los que el sujeto no se encuentra disconforme con esa desviación de la norma (y a su vez no genera malestar a nadie) por lo que se repite el “depende el ojo con el que se mire”.

Por ejemplo, existen personas a las que especialmente les gusta la soledad, se muestran emocionalmente fríos, prefieren trabajos en los que no es necesario cooperar en equipo y tienen aficiones bastante individuales; su día a día discurre con normalidad. Con sistemas diagnósticos en mano como el DSM-5, ¿esta persona tendría un trastorno de personalidad esquizoide? Pues tal vez… pero teniendo en cuenta que no siempre genera malestar subjetivo, NO (no tenga este trastorno, ni ningún otro).

Además, en la mayoría de los trastornos en el ámbito de la salud mental podemos trabajar con la severidad de la manifestación sintomatológica, pero aún se desconocen sus bases biológicas.

Es aquí donde se embrolla el definir quién es normal y quién se desvía de la norma. Para ello los profesionales de la salud mental cuentan con “la Biblia de la Salud Mental”: el DSM o Manual diagnóstico estadístico de los trastornos mentales. Aquí se recogen una serie de criterios definitorios necesarios; los cumples: tienes un trastorno, ya no eres normal. No los cumples (aunque, generen algo de malestar en el sujeto) eres normal.

De todo esto se deriva, y volviendo al uso del lenguaje, que un trastorno conlleva una etiqueta, y en último término que esta propicia una estigmatización del paciente identificado.

Esta postura se ha radicalizado con la publicación del manual de diagnóstico más reciente de la Asociación Americana de Psiquiatría, el DSM-5. Con su lista de nuevos trastornos psiquiátricos y al haber disminuido el número de criterios necesarios para el cumplimiento de otros, algunos críticos consideran que el DSM-5 representa la necesidad de justificar el exceso de tratamiento de las personas que no están realmente enfermas, especialmente con medicamentos (si existen intereses económicos de las farmacéuticas de por medio o no es algo que nos podríamos plantear, pero que preferimos dejar para futuros debates).

Asimismo se está produciendo una proliferación de trastornos mediante “el regalo de etiquetas” (que ni siquiera aparecen en los sistemas diagnósticos, por lo que carecen de fundamentación empírica) por parte de una minoría de profesionales, como síndrome de Blancanieves, depresión postvacacional, trastorno de dolor amor y un largo etcétera.

El otro punto de vista por antonomasia es que dentro de ese continuum algunos defienden que se está patologizando la normalidad; o como argumenta el filósofo Jonathan Sholl: “tanto la salud como la enfermedad son normales, reflejando distintas regularidades y modos de vida. La enfermedad no es antinatural ni indica la ausencia de normas: se trata de tener normas diferentes”. O incluso lo que otros definen como anormal no es más que la manifestación extrema de ciertos rasgos de personalidad que forman parte del abanico de la variabilidad interpersonal o formas de adaptabilidad a un entorno no favorecedor de la salud mental.

Como conclusión, de todo esto se puede extraer que, el constante aumento de la patologización en el ámbito de la salud no se está haciendo constructivamente, sino desde el prisma del “etiquetaje” y el estigma. No se está viendo reflejado en la creación o puesta en marcha de medidas interventivas ni del acercamiento a la población de los recursos terapéuticos necesarios.

Escrito por Maite Nieto
Fuentes: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales: DSM-5. Editorial médica panamericana, 2014.

Pértegas Díaz, S., & Pita Fernández, S. (2001). La distribución normal. Cad Aten Primaria, 8, 268-274.

https://lamenteesmaravillosa.com/esquizofrenia-paranoide-definicion-causas-tratamiento/

https://www.psychologytoday.com/intl/blog/denying-the-grave/201805/is-different-the-new-normal-0

 

Detener el acoso escolar: por qué el género importa

Es frustrante escuchar cómo hay colectivos que rechazan que se implanten programas educativos que abordan específicamente cuestiones de género y sexualidad en las escuelas. Argumentan que los programas genéricos contra el bullying (acoso, intimidación…) son suficientes para detener los comportamientos negativos que ocurren entre los estudiantes en las escuelas. Los programas genéricos contra la intimidación no funcionan: necesitamos nombrar específicamente y abordar las formas más comunes y dolorosas de intimidación que ocurren entre los estudiantes para que tengan algún impacto. La doctora en psicología Elizabeth Meyer, de la Universidad de Colorado se preguntó cómo se relacionan el acoso sexual y la homofobia con el acoso escolar. Llevó a cabo un estudio, a partir de talleres realizados con estudiantes de un instituto a los que le preguntaba si habían visto varias formas de acoso en su escuela. Esto ayudaba a familiarizarlos con las diferentes formas, así como validar públicamente que éste es un problema que debe abordarse en su comunidad escolar. Primero definió el acoso como “cualquier comportamiento, que se realiza repetidamente y que daña intencionalmente a otro individuo (Olweus, 1993)”. Luego daba ejemplos y pregunta si habían visto:

Foto extraída de Adecco
Foto extraída de Adecco

– intimidación física (poner zancadilla, empujar, tirar libros, etc.)

– intimidación verbal (insultos, difundir rumores, contar chistes de mal gusto…)

– intimidación no verbal (exclusión, hacer dibujos, gestos, miradas…)

– acoso cibernético (mensajes, whatsapp, correos electrónicos, publicaciones de Facebook, etc.)

Luego preguntaba si alguno de estos tipos de intimidación eran naturaleza sexual y ofrecía una definición de acoso sexual: “cualquier comportamiento no deseado que tenga un impacto negativo en el objetivo o el entorno que tiene un componente sexual o de género” (Land, 2003). Finalmente, les pidió que votaran por la forma de intimidación que ven más frecuentemente en la escuela. La mayoría de los estudiantes votaron por “verbal”, siendo ésta claramente la forma más común que ven durante el día. El siguiente paso en el taller es más complejo.

Les pide a los alumnos que escriban de 3 a 5 insultos que escuchan con mayor frecuencia en el . Escoge de 5 a 10 hojas al azar y escribe las palabras en la pizarra. Por lo general, surge un patrón muy claro. En estos talleres, obtiene resultados similares en diferentes escuelas e institutos. Los 5 términos más comunes se enumeran en orden a continuación: puta, zorra, maricón y gay.

Luego se les pide a los estudiantes que miren la pizarra y comenten. Los estudiantes generalmente notan que los insultos hacia las niñas son más comunes, y que los insultos hacia los varones generalmente son de naturaleza homófoba.

Esta descripción del taller muestra la importancia de trabajar con estudiantes sobre la prevención del acoso hablando explícitamente sobre cuestiones relacionadas con el género y la sexualidad en cualquier esfuerzo por reducir el acoso en las escuelas. Sin un diálogo abierto sobre estos temas y sobre cómo estos nombres duelen, los estudiantes seguirán repitiendo lo que escuchan en sus grupos de pares y en los medios juveniles populares.

La sesión finaliza con algunas estrategias específicas que pueden usar para convertirse en “testigos” activos en lugar de “espectadores” pasivos cuando ocurre acoso o bullying. Les ayuda a pensar en frases que les faciliten tomar partido en situaciones de abuso, tales como:

* “Ese es mi amigo/a, para”.

* “Si eso fuera una broma, me estaría riendo. No tiene ninguna gracia”.

* “¿Por qué usas la palabra ‘gay’ como un insulto? No hay nada de malo en ser gay”.

* “No deberías difundir rumores. Si no estuviste allí, no sabes si es cierto o no, así que esta no es tu historia”

* “No me gusta cuando me dices nombres. Eso es intimidación. Si no paras, voy a denunciarlo”.

Negar o mirar para otro lado no suele ser una opción cuando tratamos de poner remedio a uno de los problemas más importantes que acontecen en nuestros centros escolares. Reflexionar con los chicos y chicas sobre el alcance que puede tener algunos de los tratos que se dan en su cotidianidad, puede ayudarles a tomar conciencia, así como a dotarles de herramientas para enfrentarse a los mismos. Incidir sobre los testigos, concienciar de que ellos y ellas pueden marcar la diferencia tal vez sea una de las claves para acabar con el acoso en las escuelas.

Fuente: Psychology Today

Escrito y adaptado por María Rueda

¿Estar triste es el primer paso para volver a ser feliz?

 

Extraída de www.areahumana.es
Extraída de www.areahumana.es

En la sociedad en la que vivimos siempre ha existido un esfuerzo consciente y creciente por ser felices. Se idealiza los estados de ánimo positivo como cúspides en la vida de cada uno y atribuyéndolas como elementos imprescindibles para nuestro éxito, salud y equilibrio mental. Pero, ¿podemos establecer claramente qué es lo positivo y lo negativo? ¿Realmente el enfado, la tristeza y el miedo son esas emociones negativas las que constantemente hemos luchar por evitar? En esto de las emociones, se vuelve más importante entender que no es tan importante lo que sentimos en un momento dado sino la cantidad y la función de las emociones; es decir, algo se vuelve desagradable si la intensidad es tan elevada que impide hacer la vida normal de cada uno. De este modo, llorar cuando estamos triste, tener una discusión con nuestra pareja o tener un sobresalto no se definen como algo negativo per se, en la medida que nos preparan para las situaciones y nos ayudan a entenderlas. La otra variable que nos ayuda a entender qué es agradable y desagradable en esto de las emociones es su función; así, algo es desagradable cuando nos quita disfrute de la vida, no nos enseña nada y nos trae a la misma situación en bucle una y otra vez. Llorar, por sí solo, no es malo ni bueno, depende de la razón y de lo que hagamos con ella para entenderla como algo bueno o malo.

Aun y a pesar de lo dicho, en nuestra sociedad se ha extendido erróneamente la idea de que hay toda una serie de emociones contrarias a una imagen de éxito y equilibrio, que debemos controlar y reprimir para conseguir nuestros objetivos y ser felices.

Entre todas ellas se considera la tristeza como una emoción no deseable y ambivalente; a pesar del alivio que supone su expresión, la presión social intenta ocultarla para no perturbar nuestro estado eutímico ideal, como si sentirla nos llevara necesariamente por un camino espinoso, tedioso y muy largo. Esto provoca muchas veces una vivencia de la tristeza en silencio y soledad, aumentando paradójicamente los síntomas y añadiendo una pizca de otros muchos a su vivencia. Es ahí cuando su intensidad y su calidad puede aumentar, volviéndose capaz vez más difícil de manejar.

Así, se crea uno de los mitos de la tristeza. Para superarla, debemos de ser fuertes y endurecernos, hacer muchas actividades, emprender nuevos proyectos y decir poco a los demás… un círculo vicioso que favorece la acumulación de la tristeza y favoreciendo que cobren forma otras emociones menos adaptativas para las situaciones dolorosas, como la ira. Lo que en algunas situaciones nos sirve para un fortalecimiento o reivindicación de nuestros derechos puede derivar en respuestas defensivas e irritables en contextos donde necesitamos más el cariño y la comprensión de los otros. Por pequeños momentos, estos arranques los creemos necesarios para darnos un control en ambientes percibidos como amenazantes. Pero no nos engañemos, donde no se expresa la tristeza, allí se queda. Como una alfombra que tapa un suelo lleno de juguetes desordenados; que todo parezca cuidado en apariencia no quiere decir que lo esté ni mucho menos que ya no esté lo que tanto nos hacía daño.

¿Qué debemos saber de la tristeza para no temerla tanto?

En primer lugar, que como toda emoción es una reacción finita ante situaciones de dolor y en las que estamos percibiendo la existencia de una perdida. Comúnmente pensamos que se experimenta en rupturas de amistades, pareja o por la perdida de un trabajo. Pero también puede producirse cuando no se cumple lo que esperamos, cuando llevamos demasiado tiempo en situaciones ansiosas o como respuesta a un acontecimiento imprevisto y traumático. La tristeza ayuda a digerir lo que nos ha ocurrido mediante el afrontamiento de la perdida y la aceptación de que, antes o después, es bueno que hagamos algo nuevo para restaurar nuestro equilibrio perdido.

Nos ayuda a apartarnos de las situaciones que nos piden un exceso de competencia. En efecto, la superación de la tristeza pasa por reconocer que el cuerpo y nuestra mente no puede estar en todas nuestras responsabilidades y nos ayuda a priorizar aquellas básicas para nuestra supervivencia. La tristeza es tremendamente selectiva: nos ayuda a discernir prioridades de lo que realmente no son y a atender sólo a lo básico.

Es un mecanismo de protección. Aunque socialmente tendamos a esconderlo, los seres humanos sabemos reaccionar a ella y una buena forma de contrarrestar sus efectos es con el cariño y la compañía de los demás. El contacto corporal con los demás reduce enormemente la ansiedad y permite convivir y aceptar la vulnerabilidad inherente a estos estados. No sólo eso, los demás pueden sernos útil en una etapa donde nos cueste tomar decisiones y necesitemos a los demás para guiar planes futuros y nuestra motivación.

Aumenta nuestra creatividad y nuestra atención. La tristeza también quiere decirnos cambio; lo que estamos haciendo ya no nos sirve y canalizar y evocar nuestra tristeza puede ayudar a encontrar nuevos caminos para encontrar la calma (y conectar con otros que en el pasado nos sirvieron). Nos ayuda también a ser más empáticos, más centrados y atentos a los que nos pasa. No todo nos sirve, y por ello la tristeza nos hace estar atentos a los detalles.

Nos motiva. Diversas investigaciones avalan el poder de la tristeza para hacernos perseverantes. No sólo en el seguimiento de las tareas, los sujetos tristes encontraban más y mejores preguntas a los problemas y se mantenían constantes hasta encontrar la solución a los problemas.

Puede ayudarnos a una mejor comunicación. La tristeza puede ayudarnos a mejorar nuestra comunicación, utilizando un lenguaje mucho más preciso, claro y persuasivo a la hora de expresarse y dejando las sentencias ambiguas para otro momento.

Nos ayuda a comprendernos y cuidarnos. Ser consciente del estado y la situación en la que estamos permite entender lo importante que es bajar de ritmo, no pedirnos lo mismo que cuando estamos bien, permitir bajar nuestras expectativas a una perspectiva más realista y hacer cosas con el único objetivo de pasar un rato agradable. Nos conecta con los pequeños detalles que nos hacen felices.

Nos devuelve el color que una vez no pudimos ver. Reconectarnos con el mundo, nosotros mismos y lo demás permite empezar a sentir otras emociones unidas a esas situaciones destinadas al auto cuidado y la comprensión. Se convierten en el paso previo a experimentar una verdadera felicidad. No sólo eso, nos vuelve resilientes: aprendemos el verdadero valor de los momentos dolorosos, tan necesarios y constructivos para volver a sonreír.

Como en la película de Disney, Inside Out, la tristeza es una parte fundamental de nuestra psique y su integración en nuestra vida permite entender y superar situaciones necesarias en nuestro crecimiento personal.

Escrito por David Blanco Castañeda

Fuente: Psychology Today, Psych Central, Huffington Post, Diario Publico.

 

¿Qué hacer con una mente demasiado ansiosa?

Nuestras percepciones, evaluaciones, juicios y expectativas se desarrollan con el tiempo en función de nuestra fisiología, historia y experiencias. En ocasiones nos gustaría dejar de pensar en algo. Otras dejar de preocuparnos por cualquier cosa o de tener pensamientos que tenemos o son extremadamente negativos. Algunas veces tenemos pensamientos acelerados y no podemos reducir su velocidad. Estos pensamientos pueden provocar inquietud, implacabilidad e intensos sentimientos de preocupación, miedo, desilusión y frustración.

El nivel de charla de nuestra mente varía de persona a persona. Debido a lo incómodo que es, a menudo se lucha para deshacerse de los pensamientos y sentimientos o buscamos que nunca hayan existido. Esta lucha perpetúa un ciclo de la mente y para algunos, este ciclo mental puede ser agotador, doloroso y frustrante. Puede ser complicado tener autocompasión cuando todo ese “ruido” está emergiendo y nos hace cuestionarnos, defendernos y desear evitarnos a nosotros mismos.

Probablemente nos digamos o los demás nos digan que “paremos” de tener estos pensamientos y sentimientos. Se espera que esto se logre recitando “afirmaciones positivas“, “pensando en algo agradable o positivo” o “pensando en otra cosa”. Pronto nos daremos cuenta de que no hay un método factible para “deshacerse” de los pensamientos y sentimientos, más bien se pueden hacer esfuerzos para disminuir la intensidad de la angustia a fin de que la vida se pueda vivir de manera más significativa.

La mente hace lo que hace. Hay variación en cuanto a la charla que tienen nuestras mentes. También existe variabilidad en cuanto a qué tan negativo es nuestro pensamiento de forma innata. Es importante validar y verbalizar que la forma en que pensamos y sentimos está bien e intrínsecamente bien. Además, hay una diferencia entre pensar sobre algo y actuar. Así como saber que no estamos completamente definidos por los pensamientos y sentimientos.

En lugar de estar obligados a aceptar los pensamientos y sentimientos como hechos, podemos aprender a observarlos, evaluarlos y responder a ellos de manera consciente y atenta. Aprender cómo funciona nuestra mente puede hacer que se reduzca la autocrítica y la vergüenza que se aumente la autocompasión y actuar en nombre de nuestro mejor yo.

extraída de quaysnews.es
extraída de quaysnews.es

Para conocer mejor tu mente, considera lo siguiente:

La mente se aferra a las formas formativas de pensar, sentir y afrontar más habituales 

Preguntamos a las personas “cuántos años” tiene un pensamiento o sentimiento, generalmente es antiguo y se remonta a la infancia; especialmente cuando hay mucha intensidad asociada. El pensamiento y/o sentimiento pueden ser familiares, cómodos y a lo que la persona está acostumbrada. Estos pensamientos, sentimientos y mecanismos de adaptación pueden haber sido extremadamente útiles en la infancia, pero a veces no se adaptan al desarrollo de la persona a medida que madura hasta la edad adulta. Pregúntate a ti mismo qué pensamientos, sentimientos y mecanismos de afrontamiento mantienes y en la actualidad te funcionan de forma efectiva.

Observa esos pensamientos y sentimientos “antiguos”

Observa los patrones consistentes y si pertenecen al conjunto presente de circunstancias. Evalúa por ti mismo si estás retrocediendo en estos patrones más antiguos o si las circunstancias naturalmente evocarán ese conjunto de pensamientos y sentimientos. Además, evalúa si tiendes a caer en esas formas típicas de reaccionar y actuar en nombre de esos pensamientos y sentimientos. Vuelve a evaluar si eso es, de hecho, la forma en que deseas actuar. Puede que no tengas control sobre nuestros pensamientos y sentimientos, pero actualmente podemos tomar decisiones diferentes sobre nuestro comportamiento. Pregúntate si estás siguiendo y perpetuando ciertos patrones y cómo te sirven hoy.

Reconoce a qué creencias centrales pertenecen esos pensamientos y sentimientos

 ¿Son eficaces? ¿hay falta de amor? ¿desesperanza? ¿Tienden a chocar uno contra otro? ¿Se mantienen consistentes o cambian según la circunstancia? Pregúntate cuáles son tus creencias fundamentales y cuál es su utilidad y variabilidad en el presente. 

En el continuo, las personas ansiosas son más propensas a tener un gran nivel de habla interna. Tienden a estar inundados con ansiedad anticipada (antes), ansiedad en el momento (durante) y ansiedad post-evento (después).

Pregúntate si tiendes a tener una mente comunicativa y si estás inundado de ansiedad antes, durante o después de los acontecimientos.

La mente es implacable en protegernos. Nos proporciona seguridad en todo momento, incluso cuando no está necesariamente garantizada. Esta seguridad incluye protección contra el rechazo, el dolor, la decepción, etc. ¡Agradece que tu mente lo intenta! El “qué pasaría si” tiene un propósito. Por ejemplo, si no pensamos “Voy a suspender la prueba”, es posible que no se nos pida que estudiemos. Las dificultades aparecen cuando el pensamiento de “voy a fallar” se vuelve omnipresente y tiene impacto en la autoconfianza y la capacidad de una persona para estudiar y concentrarse efectivamente en el material. Quizá tu mente es excesivamente sobreprotectora y a veces se interpone en el camino de hacer lo que quiere hacer.

De acuerdo con el mecanismo de protección de nuestra mente, somos naturalmente negativos. La atención plena y las prácticas meditativas facilitan el esfuerzo de estar en el momento presente y reeducar nuestra mente para ser flexibles y abiertos a otras posibilidades. Se llama “flexibilidad psicológica”. Podemos preguntarnos ¿De qué otra manera verlo? ¿Existen otras posibilidades? Esto ayuda a abrir y expandir la mente. Pregúntate si tiendes a ver las cosas a través de una lente negativa y aprovecha la oportunidad para ser flexible y expandir su pensamiento.

No creas todo lo que piensas

Ten cuidado al aceptar los pensamientos como hechos. Observa los pensamientos, e intenta mostrar curiosidad acerca de ellos, observa tus juicios y pregunta ¿de qué otra manera pueden considerarse las cosas? Si solo es un pensamiento, intenta desafiarlo. Si es un hecho, entonces fíjalo, acéptalo, resuelve el problema a través de él, mientras te sientes compasivo con los pensamientos y sentimientos que surgen. Pregúntate si instantáneamente aceptas los pensamientos como hechos y si estás dispuesto a evaluar y trabajar a través de ellos sin importar las circunstancias.

Se nos enseña a ser felices

“Arreglar lo que está roto”, “deshacernos de los malos sentimientos y aferrarnos sólo a los buenos”, y “lo que pensamos o sentimos refleja lo que somos”. Con todo esto, se nos hace difícil ESTAR BIEN, porque rara vez todo esto encaja. Parte de nuestra humanidad intrínseca es la aceptación de todo lo que somos y se nos presenta, incluidos los pensamientos y sentimientos más cómodos y los menos cómodos. Siempre me refiero a esto de esta manera: nunca sugiero lo bueno y lo malo. Eso conlleva que si tenemos malos pensamientos somos malos y si tenemos buenos pensamientos somos buenos. Si este fuera el caso, nuestra condición humana dictaría que todos somos malos porque constantemente se evocan pensamientos negativos y menos cómodos. Pregúntate si te juzgas a tí mismo y a los demás como “bueno” o “malo” y si intentas deshacerte rápidamente de los pensamientos y sentimientos negativos y menos cómodos.

Todos nos esforzamos por ser aceptados y buscados y queremos creer que no somos la causa del dolor o la incomodidad de otra persona. Debido a esto, a veces somos hipervigilantes del temor que tenemos. Ahí radica por qué nos confundimos y tenemos pensamientos y sentimientos contradictorios sobre nuestro “egoísmo” y nuestra necesidad de “autoconservación”. Cuando nos percibimos como “egoístas”, nos experimentamos a nosotros mismos como seres mezquinos y egocéntricos. A veces será bueno aceptar que tenemos que tomar decisiones que se basan en nuestras propias necesidades en aras de la autopreservación, a pesar de que pueda hacer que alguien se sienta incómodo o tenga un impacto negativo. La clave está en si en nuestra toma de decisiones realmente reflexionamos sobre el impacto en los demás y lo tomamos en consideración. Pregúntate si te juzgas a sí mismo por tener en cuenta tus necesidades y si te tomas el tiempo para reflexionar sobre el impacto que tiene en otros en el proceso.

Acepta, aprecia y enorgullécete de todo lo que eres. La parte de nosotros en que aceptamos nuestra propia “humanidad” nos permite apreciar la “humanidad” de los demás, incluidos sus pensamientos, sentimientos, percepciones y juicios. Acércate al mundo con curiosidad y flexibilidad, te abrirá nuevas experiencias y posibilidades para facilitar el crecimiento personal y la autosatisfacción.

Fuente psychcentral.com

Escrito por Lara Pacheco Cuevas